FÉLIX JURADO
Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández
QUINTO CAPÍTULO:
MÁS MUERTE
(LA POSGUERRA - SEGUNDA PARTE)
A los pocos días de meter a mi padre en la cárcel vinieron a mi casa dos señoritas o dos putitas, que no sé qué nombre les cuadrara mejor a esa clase de mujeres. Le dijeron a mi madre y a una vecina nuestra, la Encarnación la del Ramo, que se fueran con ellas, que le iban a limpiar la casa.
Ellas pensaron iremos y podremos ganar algún dinero. Mi madre no estaba muy convencida de ir, le dijo "yo no sé qué hacer porque tengo mis niñas que son muy pequeñas para que se queden solas." No era que venían para darle un jornal, era que tenían que ir por la fuerza: como a otros se los llevaban a la cárcel, a ellas se las llevaron y las tuvieron una semana haciéndoles ir de la mañana a la noche fregando y barriendo la casa que tenía mierda del año que se la pidieran. No les dieron ni una peseta ni la comida, lo que les dieron fue que todo el día estaban diciendo que se creían los rojillos que iban a ganar la guerra y nosotros nos íbamos a morir de hambre, pues hemos comido mejor que ellos. Ya murieron hace años, les decían las Pericas; con toda su riqueza y toda su soberbia, y mi madre que ya tiene 85 años hoy vive mejor que ellas. Nadie la tiene que maldecir como lo hacían con ellas mucha gente. Ya hablaré mas adelante de mi madre y mis hermanos.
Voy con otro señorito, como le dicen allí a los que tienen cuatro perras, o cuatro duros para entendernos mejor; de sinvergüenza tenían más que de otra cosa. La burra que nos dieron los del comité en la guerra, salió un tal Vizcaíno diciendo que era suya; un día vino a nuestra casa diciendo que la burra que teníamos nosotros era suya, y como que nosotros a todo teníamos que decir amén, lo único que le dijimos que nos la dieron, que no sabíamos si era suya o no. Dijo que era suya. Mi madre le dijo llévatela, no podíamos decir otra cosa. Él me dijo: "voy a hacer un trato contigo", yo le dije "¿Qué trato quiere hacer usted conmigo?" "Como que tú vas de viaje con la burra", ¡venía bien informado!, me dijo: "Tú me echas unas cargas de agua, el día que quieras, luego vas otro día de viaje y te quedas tú con la burra." Yo vi el cielo abierto, todavía tenía la cabeza llena de hipocresías, era muy creyente. Mi padre se fue con eso si le sirvió de algún consuelo en las noches de sufrimiento, bien le fue. Yo ya pude sacármelo de la cabeza.
Lo que me lío el hombre de la burra. Fui un día, le eche tres cargas de agua, me hacía que le entrara los cántaros de agua al patio y las vaciara en unas tinajas que tenía. Cuando terminé le dije "ya me avisará el día que quiera que le llene las tinajas". Me dijo "tú vienes todos los días por la mañana, el día que las mujeres no tengan que lavar sólo echas una carga". Yo le dije "¿Y el día que tenga que ir de viaje cómo voy a venir?" "El día antes llenas todas las tinajas y dejas los cántaros llenos". Así lo hice un poco de tiempo, hasta que me tuve que decidir, con mucho miedo pero tuve que hablarle. Le dije: "yo tengo que hacer otra cosa para ganar algún dinero para poder comer nosotros y llevarle a mi padre la comida a la cárcel." Al tío no se le ablandó la conciencia para haberme dicho toma un pan y algunos garbanzos, yo negro como estaba le dije: "tenga la burra que no quiero más la burra, que nosotros no tenemos ni para comer nosotros, cómo voy a echarle agua a usted y darle de comer a la burra, si nosotros ya no tenemos paja siquiera, y tendré que hacer otra cosa para comer nosotros". Él me dijo que él tampoco tenía, y me dijo "si no tenéis comida para la burra llévala a las eras y que coma lo que encuentre". Por ahí se murió la burra de hambre como muchas personas se murieron de hambre en Hinojosa.
Cuando se le hinchaban los párpados a las personas de cuarenta años para adelante se morían. Nunca se habían visto llevar tres o cuatro juntos de los que morían de hambre. Yo cuando me quede sin burra, en el tiempo de las naranjas empecé a vender naranjas otra vez por las calles. Ahora ya era a Kilos, no a docenas como antes. Con aquello iba sacando algún dinero, mi hermano era el que se encargaba de sacar los cochinos, que ya pesarían unas tres arrobas, los tenía un día por debajo de nuestra casa, en la casa de Farruco, que era una de las casas que bombardearon un día 22 aviones. En aquella casa había hierba y por eso los llevaba mi hermano a comer. Mi hermano, mientras, vino a casa un momento; cuando volvió con los cochinos le habían quitado un lechón. No pudimos saber quién fue, a lo mejor le hacía mas falta que a nosotros, si fue así, estuvo bien. Todavía nos quedaban dos y la cochina, que era la madre de los lechones. Tuvimos que vender otro, y cuando fue el tiempo de la matanza, matamos el otro. Cuando salió la cochina brotada estaba el tiempo lluvioso, pero no podíamos dejarla que se le pasara el tiempo de llevarla al macho. Tuve que ir al Lote de Noguero, que había un vecino nuestro de porquero, que le decían Sargentillo, se conocía mas por eso que por su nombre. A él tampoco le sabía mal que se lo dijeran.
Cogí una mañana, fui al Lote, vaya mañana de lluvia. Las personas aguantamos más de lo que parece. Además de lo que estaba lloviendo, cuando llegaba al arroyo de la Jesa, llevaba una avenida de agua que daba miedo el pasarlo. Yo le daba la cochina para que pasara y por fin pasó. Cuando yo me disponía a meterme en el arroyo vi venir a uno con una yunta de mulas y me dijo que me montase con él en la mula, pasamos el arroyo y cuando la mula vio la cochina pego un resoplido y la cochina se volvió al otro lado del arroyo. El hombre me dijo "yo me voy, no sea que si volvemos a pasar se asombren las mulas y nos echen al arroyo." Me tuve que volver y pasar la cochina como pude. Una cajetilla de tabaco, que era lo que daban a los porqueros por echar el macho a las cochinas. Me la metí en una boina que tenía puesta, y eso fue lo que no se mojó. El agua me llegó a mí al pecho. Cuando llegamos al Lote de Ropero, antes de llegar al arroyo del Tocón, allí había una piara de cerdos, entre ellos había un macho que parecía un pollino, se aparto la cochina del camino cuando se dio cuenta del macho, el se vino corriendo a ella, echaron un polvo que estuvieron un cuarto de hora, después la cochina echaba cuajarones de leche por la chocha. Yo pensaba no se va a quedar preñada porqué se le salía todo lo que le había echado el macho. Ya que estaba cerca fui donde estaba el Sargentillo con sus cochinos, tuve que pasar el arroyo del Tocón, pero aquel no llevaba tanto caudal. Cuando me vio llegar aquel hombre me dijo: "¿Cómo has tenido valor de venir con este tiempo?" Le dije "¡Para que no se le pase la fiebre!" También le dije que la había cogido un berraco que estaba en el Lote de Ropero.
Pero como que se lo tenía dicho a él que cuando la cochina estuviera con ganas de macho la llevaría donde estuviera él, por eso no me quise volver. Yo cuando digo una cosa me gusta cumplirla. Él me dijo: "déjala ahí con los cochinos a ver si la coge el macho otra vez, aunque con una sola vez ya quedan preñadas". Dejamos la cochina con los otros, recogimos leña, me hizo fuego y me sequé la ropa puesta. Le di la cajetilla de tabaco. El me dijo "no me tenías que haber traído la cajetilla de tabaco". Cuando el macho suyo volvió a coger la cochina, le dije me voy, ya va siendo la hora de la merienda, no pensaba echar tanto tiempo y no he traído nada para comer.
Me dijo "ya es hora de merendar, quédate y come conmigo". Cuando acabamos de merendar le di las gracias y me fui para el pueblo. Cuando llegue al primer arroyo ya habían bajado las aguas, lo mismo cuando llegue al otro.
No obstante el agua me llegó a la cintura. La cochina pasó nadando como siempre, quedó preñada. Y cuando parió ya habían fusilado a mi padre. Cuando los lechones tenían 10 o 12 días mi hermano estaba con la cochina dándole de comer. La tenía en la cuneta de la carretera de El Viso. Cerca del arroyo de la Jesa. Un coche que sería el único que pasó en todo el día por allí, le dio un trompazo en el vientre y la reventó. Íbamos de mal en peor. El del coche paró, le dijo: "niño, ¿cómo se llama tu padre?" Él le dijo "a mi papa lo han matado". Los dos hombres que iban en el coche se fueron.
Uno que paso por allí, que venía al pueblo, fue a mi casa y nos dijo lo que le había pasado a mi hermano con la cochina. Yo fui corriendo, cuando llegué me dijo mi hermano: "la cochina estaba comiendo en la cuneta y tenía medio cuerpo para la carretera. El coche en vez de irse para el otro lado le dio a la cochina, pero no tiene sangre, estaba reventada por dentro." Mi hermano decía "no tiene sangre, está asustada, no quiere comer". Nos fuimos a casa. Cuando llegamos le dio de mamar a los lechones, la tuvimos dos días y no comía. Los lechones mamando, la tuvimos que vender a unos carniceros que también nos la pagaron más barata de lo que iba. De los lechones, criamos dos con leche y los otros los tuvimos que matar. Si no, con lo que nos dieron por la cochina no hubiésemos tenido ni para comprar leche para ellos. Hacía pocos días que habían matado a nuestro padre, nos quedamos sin lechones y sin cochina. Si aquellos canallas nos hubiesen fusilado a todos como quiso "el Gato" poco hubiésemos perdido. Pero con el tiempo ha cambiado la vida, hoy siendo mayores apreciamos más la vida y nos hemos ido enterando de que han ido muriendo aquellos criminales. Voy a poner la fecha en que fusilaron a mi padre y seis hombres más, entre ellos mi tío Nicasio, fue el día 10 de noviembre de 1939. Dos días antes de fusilarlos, se los llevaron a Córdoba. No sé por qué querrían fusilarlos en Córdoba, cuando el día 1 de noviembre de 1939 fusilaron a 22 en Hinojosa del Duque.
Lo harían ese día para que sus familiares tuvieran presente esa fecha y ellos como que eran tan católicos celebraron el Día de Todos los Santos así.
En Córdoba les dirían que allí ya habían matado demasiada gente y que lo hicieran en su pueblo, que ya sabían como se hacía. A mi padre unos días antes de estallar la guerra lo salvó el Dr. Romera para que lo echaran a su pueblo porqué iba a estallar la guerra, después de acabarla tampoco quisieron matarlo allí.
Lo tuvieron por ahí dos días sin comer ni beber, y dándole buenas palizas. No querían que se fueran a la tumba sin antes hacerles padecer más que lo que le habían hecho. En aquella fecha mi madre estaba en la cama con fiebre, tenía disipela, tenía toda la cara hinchada. La hermana de mi padre, vino a mi casa enseguida que se enteró a decirle a mi madre que los que se llevaron a Córdoba los habían traído, era ya anochecido y la gente que los vieron bajar del camión, era la gente que les había llevado la comida a los presos, esos fueron los que vieron que mi tío Nicasio tenía sangre en la boca. Preguntaron los soldados si había allí algún familiar de Nicasio Erruzo.
Porqué él pedía a ver si su familia le podía llevar un poco de leche porque del daño que le hicieron no podía comer. Mi tía cuando se enteró fue a llevársela, y cuando llegó le dijeron que no se podía entrar hasta mañana. Todavía no ha llegado el mañana que él se tomase la leche. El mañana que tuvieron él y seis más, entre ellos mi padre, fue que los fusilaron a primera hora de la mañana, como lo hacían siempre. Ese fue el desayuno que nos dieron durante mucho tiempo: el sentir de las descargas de los que fusilaron en Hinojosa, había soldados de infantería, caballería y legionarios para vigilar los presos y para que el pueblo no se moviera, aunque poco nos podíamos mover porqué los que lo podían hacer estaban presos y los niños y mujeres cagados de miedo.
Si no con tanto material de guerra que había por aquellos campos se podía haber liado en Hinojosa otra revolución. A los que iban a fusilar, para hacerles las últimas horas que les quedaban las más amargas de su vida iban los buenos curas y les decían: "confiesa hijo mío, que Dios te perdonará lo que los hombres no te han perdonado". Para qué iban con esa tontería si los hombres que no los perdonaban era ellos. Cuando se subían a los púlpitos decían que había que quitar la fruta podrida para que no pudriera a las otras, ellos qué eran.
Mi padre, que era muy creyente, cuando ya lo tenían puesto en las tapias del cementerio lo tenían atado con su cuñado, cuando el cura le quiso dar a que besara el crucifijo le tiro una patada que si le hubiese pillado los testículos se los hubiera hecho agua. Suerte tuvo el cura que mi padre estaba sin zapatos, los había dejado en la cárcel para que los tuviésemos nosotros. Yo fui el que me los puse, los tenía que haber guardado de reliquia, pero no tenía talento para hacerlo ni zapatos que ponerme.
La patada que le tiro mi padre al cura lo sé yo por uno de los soldados que fue a fusilarlos (venía a pasear con una muchacha que vivía cerca de nuestra casa) me dijo que no dijera nada que era una gente muy mala la de Hinojosa, y si se enteraban sus jefes lo fusilarían a él también.
Mi tía Evangelista estuvo toda la noche que los trajeron de Córdoba deambulando por el pueblo. A mi casa vino varias veces, pero a mi madre, como que estaba enferma, no le quería decir nada de que habían traído a mi padre. Decía que sólo habían traído a su marido y otros pocos. Ya se había corrido por el pueblo aquella noche que los que habían traído de Córdoba los iban a matar por la mañana. Mi tía, aunque decía que a mi padre no sabían si lo habían traído, cualquiera pegaba ojo aquella noche, como otras tantas noches nos había pasado, cuando nos enterábamos de que al otro día iban a matar a alguien.
Mi tía vino tres o cuatro veces a mi casa aquella noche y siempre llorando, una de las veces mi madre también se echó a llorar, y yo le decía no llore tanto que se va a poner usted mas mala, ella sin pensar que tenía cuatro hijos pequeños (yo era el mayor, tenía 15 años). Dijo mi madre: "a ver si me muero yo también y no veo más a esos criminales". Mi tía, que no estaba tranquila en ningún sitio, se fue otra vez. Si mi madre no hubiera tenido tanta fiebre seguro que se hubiera ido con ella. Mi tía la última vez que se fue de mi casa estuvo merodeando por las calles cercanas a las monjas de la Concepción. Allí era donde tenían a los presos. Ella vio cuando vino el cura y su acompañamiento que iba a confesar a los que iban a fusilar. Ella se acerco a una puerta, el dueño que la vio le dijo "vete de aquí, que no quiero compromisos". Mi tía se fue calle Tinteres arriba, se paro en la puerta de una casa, desde allí vio cuando vino un camión. Esperó hasta que se fueron con el camión, se fue a su casa que estaba cerca, ella vivía en Camino Sevilla, cuando llegó a su casa sintió la descarga de los fusiles que les segaba la vida a siete hombres, entre ellos su marido y su hermano. Nosotros también sentimos las descargas, mucha gente del pueblo, los que tenían presos, que eran muchos. Esos estaban como nosotros, siempre con el corazón temblando. Porque aquellas descargas podían matar a alguno de sus seres queridos. La hora que hacían los fusilamientos era alrededor de las siete de la mañana. Nosotros no sabíamos si habían matado a nuestro padre o no. Cuando fue la hora de llevar el desayuno a los presos, dijo mi hermano: "Yo voy a llevarle la comida a mi papa. Cuando llego a la cárcel le dijo al que entraba la comida, le traigo la comida para si han traído a mi papa de Córdoba". Le preguntaron "¿Cómo se llama tu papa?", les dijo "Agapito Jurado Perea", le dijeron "espera un poco".
Le sacaron el colchón y una de las dos mantas que tenía nuestro padre, porque la otra se la quedaron ellos. Los zapatos que dejó para sus hijos, que como dije se fue descalzo.
El único que se alegró de que fuera descalzo fue el cura que le quiso dar el crucifijo a besar. Como sería aquel cura tan sinvergüenza, que a un hombre que está puesto en las tapias de un cementerio, esperando que lo fusilen injustamente, que deja a cuatro hijos pequeños y su esposa, quiere un cura que bese un crucifijo. Si existiera el Dios que ellos dicen no les dejarían hacer esas injusticias en nombre suyo, fulminaría a esos hipócritas. Cuando le dieron a mi hermano las pertenencias que tuvo mi padre en la cárcel, le dijeron "¿Por qué no ha venido tu madre?", él les dijo que estaba enferma. Él tenía sólo doce años, ya sabían lo que le habían hecho a su padre, cuando le daban la ropa a la gente es porqué no le hacía falta al que había estado preso, ya lo habían matado.
Cuando mi hermano llegó a nuestra casa, mi madre con la fiebre que tenía se levanto y nos dijo: "Estos canallas os han dejado sin padre". Mi hermano se salió a la calle y se fue por ahí, mi madre también se salió al medio de la calle, se puso gritando y diciendo todo lo que se le venía a la boca, de aquellos verdugos de aquel pueblo, no quedó una palabra de las que se merecían que no le dijeran. Las vecinas, cuando las sintieron, una le decía "Petra, quédate en tu casa que te vas a poner peor".
Ella le dijo: "a ver si me muero yo también". "No digas eso ni en broma, que tienes tus hijos, que les haces mucha falta". Otra le dijo "¡Cómo te sientan lo que estas diciendo!" Ella dijo "que me sientan esos criminales". No decía nada más que la verdad. Yo también le decía, "mama, métase en casa". Cuando ya estaba que no podía con su cuerpo se metió en casa; me dijo "¿dónde esta el Fulgencio?", que era como le decían entonces por su padrino, él se llama Ambrosio. Yo le dije a mi madre "se ha salido a la calle, cuando vino con la ropa del papa y no sé donde estará, la dejó ahí y se fue". Cuando vino él también venía llorando, le dijo nuestra madre: "han matado al papa y tú por ahí". Lo que no podíamos nosotros figurarnos era dónde había ido. Había ido al cementerio. Le dijo a nuestra madre: "he estado en el cementerio para ver si era verdad que han matado a papa, y lo podía ver".
Le dijo: "mama he visto la sangre de los que han matado, pero el sepulturero, cuando iba a saltar las tapias (porque la puerta estaba cerrada) dijo: niño, ¿que haces ahí?"
Él le dijo "han matado a mi papa y lo quiero ver". Le contestó "a tu papa no lo han matado". Él se vino llorando. Yo también fui por la tarde al cementerio, pero lo que pude ver, fue lo que había visto mi hermano. La sangre coagulada de los siete que habían fusilado aquella mañana.
Parte de ella era la de mi padre y la de mi tío Nicasio. También cogí unos casquillos de las balas que habían matado a aquellos hombres. Yo vi muchas veces la sangre de los que fusilaban.
Yo cuantas veces había llorado en aquellas tapias, donde los fusilaban. Un día de los que fui había allí otro muchacho que también habían fusilado a su padre. Me dijo "mira qué casquillos de bala me he encontrado ahí. Las podemos guardar y si un día podemos que nos las llenen estas balas y matar a los que han matado a nuestros padres". Yo le dije que el día que habían matado a mi padre, me había encontrado unas cuantas y las tengo guardadas en casa. Si un día podemos haremos lo que tu dices.
Aquel muchacho me dijo: "A los que tenemos que matar el día que podamos, será a los que les han puesto las denuncias. Los soldados no tienen culpa, ellos vienen porque les hacen venir a la fuerza". Aquel muchacho, su familia, que sería quien se lo habría dicho, pensaban mas que yo, porque yo sólo pensaba en tonterías que me habían metido en la cabeza y no hacía nada más que rezar para que Dios llevara a mi padre a la gloria. Pero como yo digo, si hubiese ese Dios, donde tenía que haber estado mi padre era criando a sus hijos y no en el cielo. Había un cura en Hinojosa que decían que era muy bueno, se llamaba Juan Jurado, era pariente de mi abuelo Tomás. Llegó a ser una persona relevante, estuvo en Córdoba, no sé que cargo tuvo dentro de la Iglesia. No sé para quien sería bueno. Las acciones que yo sé de él más bien son de un verdugo como tantos colegas suyos. Mi madre me ha dicho, cuando yo he sido mayor y le pregunté que si no podía haber mirado si alguien podía haber salvado a mi padre, me dijo que había hablado con varias personas, entre ellas con el tal Don Juan Jurado. Cuando fue a su casa se hincó de rodillas delante de él pidiéndole que hiciera algo para que no mataran a nuestro padre, él le dijo vete de aquí, y la echó a la calle. Ese era el bueno, y los que nos tenían dicho que fuésemos buenos para ir a la gloria. Pero para ellos la gloria la quieren en la tierra. Y los demás que hiciéramos lo que pensaban sus cabezas.
A la Carmen Aranda Caballero la fusilaron estando embarazada de seis o siete meses. Cuando la iban a confesar para fusilarla le dijo al tal don Juan que la dejaran hasta que tuviese lo que tenía en el vientre, que si ella era culpable de algo, lo que tenía en el vientre era inocente. El cura le dijo besa esta cruz que morirás santa. Ese era también el que nos decía desde el púlpito que a los que mataban eran manzanas podridas, y para que no pudrieran a las demás había que hacerlo. Yo cuando iba a los sermones pensaba: "¿Será verdad lo que dicen los curas, que son muy malos y por eso los están matando?" Después, cuando he sido mayor, me he dado cuenta, pienso lo que hicieron, fue quitar la fruta buena y nos han hecho durante tantos años vivir entre la fruta podrida. Suerte que el tiempo ha sido nuestro vengador y ya se han muerto casi todos aquellos verdugos. El día que mataron a la Carmen Aranda los soldados no podían articular ni palabra de lo que querían que hicieran, no querían tirarle a aquella mujer de la forma que estaba. Fernando el carcelero, que fue como dijo mi padre en la carta uno de los dos que le puso la denuncia, ese le dijo a los soldados: "¡Quitad de ahí, maricones!" Él fue el que con una pistola la mató. Después de muerta, la criatura, por lo que dijeron los soldados, daba saltos en el vientre de su madre, hasta que muriera. A la madre la enterraron muerta, a la criatura viva. Yo me pregunto una y mil veces cuando siento que matan a alguien, que cómo puede haber gente con tan malos instintos. Cuando siento que el aborto de pocos días del embarazo es un crimen, ellos han hecho eso, matar a mujeres embarazadas, que hipócritas son. Aunque ya ni ellos, los que quedan de aquellos, ni sus sucesores, quieren ser culpables de ello. Que hubiesen pensado lo que hacían antes de hacerlo, cuánto más le hubiese valido a ellos y a los demás si no hubieran hecho aquellas atrocidades. El tal Fernando también tuvo que emigrar del pueblo, por lo que me dijeron se fue a Madrid y murió de un cáncer en la boca.
El marido de la mujer que él mató embarazada, Salcedo Leal (tenían ocho hijos) se escapó de la cárcel y lo mataron en la sierra. Tres hijos suyos (Juan, Manuel y Evaristo) murieron en el frente. Y Paco, que era de la quinta de 1946, cuando se lo llevaron a Córdoba para que hiciera la mili, en vez de ir a defender a los verdugos que mataron a sus padres y hermanos, se fue a la sierra y lo mataron también.
De esa familia quedaron los más pequeños, tres varones y dos hembras, también les quitaron la casa de sus padres.
El Paco desde Córdoba se fue a la sierra con otro que le decían "Chispas". Después cogieron al "Chispas" la Guardia Civil y delató al Paco. Estando herido le decía a los guardias civiles "no tirad que me entrego", los guardias civiles, cuando se entregó, la cura que le hicieron fue terminarlo de matar.
Por eso digo que "el Gato" no fue capaz de perdonar porque le mataron a tres de su familia. El tiempo que vivió, ha visto que los hijos del "Perdigón", que así le decían a Salcedo, han perdonado. De su casa le mataron seis, cuatro hermanos, sus padres y un hermano que tampoco pudieron ver nacer. La venganza que han hecho los hijos del "Perdigón" ha sido hacer un monumento donde piensan que están sus padres enterrados, y como ellos todos perdonamos, para que volviera la democracia, que ellos murieron a manos de los que la quitaron. Yo fui el que propuse que hiciéramos un monumento en nombre de todos los que habían matado algún familiar, pero el que se quedó a cargo de aquello, que era concejal entonces en el Ayuntamiento, también le habían matado a su padre, no se preocupo de nada más que en beneficiarse de su cargo en el Ayuntamiento para el bien particular, está todavía de concejal (año 1989). Primero fue en las listas de los comunistas y después de los socialistas. Se llama Francisco Sánchez Errador, ya no se acuerda del padre que lo hizo, si yo estuviera en el pueblo, ya haría tiempo que no hubiese estado en las listas de los listos de izquierdas, que lo pusieran en las de las derechas si querían. Pero por suerte para mí estoy en Cataluña, donde hemos podido vivir mejor, y que hayan podido vivir mejor los que se quedaron en Hinojosa. Si el monumento que yo propuse en nombre de todos se hubiese hecho, podíamos haber puesto en él:
A la memoria de unos hombres y mujeres que fueron fusilados por otros hombres, que no supieron razonar ni perdonar. Y se cegaron matando los que quisieron por el placer de matar. Gracias a los familiares de los que mataron por haber sabido perdonar, y que el pueblo de Hinojosa, las presentes y futuras generaciones no vuelvan a ver lo que nosotros vimos.
Por culpa de los que no supieron perdonar, Hinojosa del Duque perdió ser cabeza de partido. Porque nos tuvimos que marchar aproximadamente la mitad de los habitantes.
En el mes de agosto es cuando se ve los que se fueron, cuando volvemos muchos para estar unos días en la tierra que nos vio nacer. Esto que digo a continuación lo escribí en el año 1979:
Hermanos somos, hermanos; y muchos de nuestra patria chica emigramos, por no poder más aguantaros, porque no sé qué pensabais hacer con vuestros paisanos, nos dejasteis a muchos huérfanos y a todos nos queríais ver como a las culebras, arrastrándonos y vosotros con el látigo en la mano despellejándonos.
Cuarenta años hemos tenido que esperar para deciros la realidad de lo que hicisteis en esa tierra, no os lo perdonaría ni Cristo que vuelva, y nosotros os vamos a perdonar por saber lo que vale un miembro de una familia en el hogar. Lo que pasó que no vuelva jamás a pasar, sólo os pedimos que procuréis no cruzaros en nuestro camino, a los que nos dejasteis sin padres tan jovencitos, y a nuestras madres tan jóvenes sin sus maridos, y a muchos padres sin sus hijos.
Id copiando de nuestros sentimientos para que las próximas generaciones puedan ver cosas mas buenas de las que nosotros vimos en ese pueblo. (25/08/1979)
En el cementerio de Hinojosa, el día 21-8-1978. Fuimos los familiares de los que habían fusilado, ya que anteriormente no nos habían dejado ni llorar en público.
Dos años después de esta fecha, para ser mas exactos el 23 de febrero 1981 volvieron a intentar darle a los españoles otro baño de sangre. Porque veían que iban a volver a mandar las izquierdas. Gracias al rey Don Juan Carlos I que hizo caso al pueblo y no a los militares. Si no pasa en España lo que pasó cuando se fue su abuelo del país, esto seria otra historia para explicar, pero yo quiero seguir con lo que voy.
Esto no lo va a leer el que escribió Un Remanso de Paz en la Sierra Cordobesa. En Hinojosa del Duque, hoy (1989) existe ese remanso de paz que tu dices, pero en los años en los que yo viví en mi pueblo natal qué poco conocí de eso.
En el año en que a ti te dejaron repasar los archivos de la historia de Hinojosa no supiste verlo o no te lo dejaron ver si existe lo que yo viví en el año que pone la fecha en tu libro, tampoco fue un año de rosas para España, porqué pones 1981. Hinojosa, además de ser en la actualidad Cordobesa, también es española (Manuel Valdés). Procurad los que os cuidáis de escribir la historia de los pueblos informaros además de los archivos de los ayuntamientos de la gente de a pie de la calle y no de los de a caballo, así quedarían las cosas mas claras para que se puedan fiar de los historiadores las presentes y futuras generaciones.
Un saludo aunque tu no lo leerás esto, como yo he leído tu libro
Félix Jurado Ramos
Vuelvo con nuestro calvario, después que nos quedamos sin nuestros cochinos. Mi hermano se fue de pastorcillo con una familia que vivía por debajo de nuestra casa. La mujer se llamaba Matilde y el hombre José Baño. Ellos tenían una finca en un sitio que le decían El Combo. Allí mi hermano estaba bien comido, que era lo principal. Un día que fui a llevarle la ropa limpia me dijo "aquí puedes tomar toda la leche que quieras", y cuando fuimos a la casa le dijo la Matilde a mi hermano que si me gustaba la leche. Le dijo que sí y la mujer me dio un vaso, me dijo: "después, cuando merendemos, si quieres puedes beber mas, porqué como pronto comeremos, no se te vaya a pasar la gana." Después de comer el cocido con buen habio de tocino y morcilla pusieron una cazuela de leche migada, aquel día me puse mas ancho que largo, así estaba mi hermano que por aquellos caseríos sólo lo conocían por el gordito, dinero le daban poco, pero comida mucha y buena. Por lo menos había uno en la familia que no pasaba hambre. Yo tenía que ir buscando donde ganar una peseta, lo mismo que mi madre. Ella le lavaba la ropa a algunas que se lo decían y también le traía algunos cántaros de agua a algunas vecinas. Un cántaro lo tenía que traer en la cabeza y otro en el cuadril [cuadril le dicen los andaluces a la cadera]. El agua la tenía que traer del pilar, así íbamos tirado como podíamos.
Mis hermanas dirán que no digo nada de ellas, ya diré algo, pero de lo que ellas hacían entonces, era la María la mayor de ellas, era tener cuidado de la Carmelilla, que le decía mi padre, yo siempre le digo Carmela. Yo hice de todo lo que pude para ganar unas pesetas, para poder comer mis hermanos, mi madre y yo, como decía mi padre en su carta, aunque no lo hubiera dicho hubiera hecho igual. Cuando iba de viaje con la burra había ido con sandías y tomates a Valsequillo y la Granjuela. En Valsequillo entrábamos en el pueblo que ya había gente viviendo, además de los soldados y los prisioneros que tenían. En la Granjuela nos teníamos que poner en una carretera que había cerca del campo de concentración. Allí había mujeres con puestos para vender, y a ellas era a quien le vendíamos lo que llevábamos. Desde allí se veían los prisioneros que hacían unas trincheras muy anchas y poniendo alambradas, para que con aquello no se pudieran salir ellos de allí. Allí por lo que decían cada día mataban a algunos y de comida les daban un chusco y una lata de sardinas para dos hombres. Un día mataron a uno y un hermano suyo estaba llorando; preguntó un oficial a un soldado que por qué lloraba aquel, le dijo porqué era su hermano al que habían matado, le dijo el oficial que lo mataran a él también. Por eso decía que los que el día que terminó la guerra iba la Guardia Civil con los hombres que llevaban para aquellos campos se hubiesen escapado de aquellos guardias y no hubiesen ido a aquel infierno, pero el preso siempre espera pensado en que él no morirá.
Los muchachos, cuando se terminó la guerra, donde habían estado los frentes íbamos a buscar balas vacías y toda clase de chatarra que encontrábamos. Cantimploras y platos de aluminio. Los vendíamos a cincuenta o sesenta céntimos el kilogramo. Algunos días fuimos a Sierra Trapera, la que los rojos dejaron cortada en la ofensiva del cinco de enero. Nosotros pensábamos que allí habría muy buenas trincheras y no había nada más que parapetos y cuatro chabolas de piedra, pero como digo siempre, con los mandos fascistas que iban mandando los rojos, eso era la mayor fortaleza que tenían los fascistas.
En la casa de campo que estuvieron mi mujer y su familia durante la guerra (eso estaba de Hinojosa del Duque a poco más de dos kilómetros), y también había señoras que a sus maridos se los habían matado los rojos y siempre estaban los oficiales de los rojos que estaban en Hinojosa del Duque en contacto con ellas de cómo iba la guerra porqué ellos tenían emisoras y se comunicaban con los fascistas. Un día les dijeron que al día siguiente, cuando sintieran aviación que se metieran en la contramina de la huerta porqué iban a venir a bombardear unos polvorines de los rojos que estaban por Torretejada, y no se fueran a equivocar y cayese allí alguna bomba. El día 27 de marzo de 1939 entraron en Hinojosa del Duque los fascistas. En seguida fueron unos oficiales de los rojos a decirles: "ya están aquí los nuestros, ya hemos ganado la guerra." ¿Qué más se puede decir de cómo fue aquella maldita guerra?