FÉLIX JURADO
Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández
DÉCIMO CAPÍTULO:
EN LA MILI (TERCERA PARTE)
Voy a decir algo de Juan Brenes. El padre murió hace muchos años; al hijo lo vi en el año 1965, que estuve en El Pedroso unas vacaciones con mi mujer y mis hijos. Estuvimos allí 24 horas, porque íbamos a Badajoz a ver a un hermano de mi mujer.
El padre, que en paz descanse, lo queríamos sin despreciar al hijo todos los artilleros que lo conocimos. Ellos eran labradores; además del trabajo que hacían allí. A ellos, el pan que entonces era una cosa sagrada no les faltaba, y cuántas veces nos daban un trozo de pan y de lo que tuviesen a todos los que íbamos donde ellos se quedaban.
A mí, había noches que hacían una cena extraordinaria y me decían: "Félix, no comas esta noche ranchón, vente aquí con nosotros". Estaban allí el padre y el hijo; la mujer y otra hija que tenían estaban en El Pedroso.
Se encontraban hombres buenos entre tantos malos como había entones, como yo y todos los que vivimos aquello decimos. Cuando estuve en El Pedroso con mi mujer e hijos, le pregunté a la madre de Juan que si sabían algo del teniente Aniceto Granjera Lechón, y me dijeron que estaba en Barcelona, que había estado allí el año pasado y ya era comandante. Fui un día al cuartel donde me dijo que estaba en Barcelona, y el centinela al que pregunté me dijo que él no conocía a ningún comandante que se dijese así.
Contaré algo más de mi vida en El Pedroso, porqué contarlo todo sería demasiado pesado para quien lo lea, y para mí de escribirlo. Contaré lo más relevante.
Empezaré por un día que estaba de guardia en los polvorines y allí estaban unos albañiles haciendo una poca de obra, y un peón me dijo: "¿Quieres que peguemos cada uno un tiro, a ver quién tiene más tino?" Decía que había estado en la División Azul. Le dije: "Por mí podemos probar, lo malo es que sienta los tiros el cabo de guardia y venga; seré yo quien pague, no tú". Él dijo: "Si viene le decimos que han sido unos cazadores". Yo dije: "Como no se conocen los tiros de escopeta con los de fusil". Pero pusimos una lata al lado de un muro, y cada uno pegamos un tiro. Yo hice blanco, pero él no. Con otro fusil a lo mejor me hubiese ganado, pero el que yo tenía había que entenderlo. Cuando íbamos al blanco nos ponían un paquete de tabaco, y el que le daba se lo ganaba.
Era raro que yo viniera sin algún paquete. Algunos me decían: "Déjame que tire con tu fusil". Pero como no les decía el defecto que tenía el fusil, lo hacían peor que con el suyo. En lugar de apuntar un poco para la derecha y un poco para bajo, con aquel fusil había que apuntar un poco hacia la izquierda y un poca para arriba.. Después de haber disparado el peón de albañil y yo no tardó mucho en venir el cabo de guardia, que era Antonio Lozano, el paisano de Picino. Cuando lo vimos venir me dijo él que había disparado conmigo que le echase tierra en el cañón y en la recámara, y así no huele a pólvora. Le eché un poco de polvo. cuando llegó el cabo me dijo: "Quién ha pegado esos tiros". Le dijimos que habían sido unos cazadores que iban del río pa allá.
Pero él me dijo: "Esos tiros eran de fusil; has sido tú". Le dije: "Mira, mi fusil está lleno de polvo del tiempo que hace que no he disparado con él". Me dijo: "Déjame que lo vea". Lo primero que hizo fue olerlo. Me dijo: "Huele, verás como aunque le has echado polvo todavía huele". Yo le dije lo que habíamos hecho. Me dijo: "No vuelvas más a hacer esto, que te la vas a buscar". Él se fue y yo le dije al otro: "Lo ves, no lo he podido engañar".
Una noche que estaba yo de retén el que estaba de guardia en el puente, que era el puesto más cercano al cuerpo de guardia, el centinela que estaba allí pegó un tiro. Fui a ver qué había pasado. Cuando llegué le dije: "Acevedo que así se apellidaba el que estaba de puesto, ¿qué ha sido ese tiro?" Me dijo que ahí, en la huerta, había visto un tío.
Yo le dije: "¿No lo habrás matado?". "No, se ha ido corriendo hacia el río y no le he podido tirar más porque sólo tenía una bala". Yo no llevaba ni cartuchera ni fusil, pues estaba cerca del cuerpo de guardia. Salí sin coger nada.
Fui a decirle al cabo lo que me había dicho el centinela. Le dije que me diese las balas para llevarle al centinela. El cabo sólo tenía un peine de cinco balas. Tuvimos que ir a decirle al teniente lo que había pasado, y que nos diera balas, que no teníamos. Nos dijo: "Como siempre, estáis pegando tiros cuando vais a los polvorines de guardia". Ya sabía él que no fui yo solo el que pegaba tiros. No dijo: "Ir que el maestro delgado os dé balas"
Cuando llegamos con las balas (también venía con nosotros el teniente) ya estaban todos los que entraban de guardia. comentamos lo ocurrido, y el teniente le dijo al cabo: "Sube a la batería y que bajen unos pocos, que vamos a dar una batida, a ver si cogemos a ese tío que decís que ha visto el centinela". Nos dijo a cada uno por dónde teníamos que ir. A unos les dijo que fuesen por la carretera, a otros por la vía, y a otros que fuesen con él por la huerta. El Gálvez y yo nos fuimos por la carretera. Al teniente se le ocurrió de pegar unos tiros con la pistola contra unas zarzas que había en la orilla del río, y los que iban por la vía se liaron también a tiros.
Como a los hombres eso de pegar tiros nos encanta, se lió un tiroteo. El Gálvez y yo nos escondimos en una casa que había al otro lado del río, y yo le grité al teniente diciéndole: "¡Mi teniente, mande usted que no tiren más, que nos vamos a matar unos a otros!" Gritó el alto el fuego. No vimos a ningún tío.
Al poco tiempo supimos quién fue aquel intruso. Era uno de los gitanos que estaban allí con nosotros y se metió a coger tomates en la huerta para llevárselos a una muchacha no tan muchacha que conocía en El Pedroso. Él estaba casado, y con los tomates que había, no podía haberlos pedido o cogerlos de día. Los dos gitanos que estaban allí eran primos hermanos, y eran de la quinta de 1944.
Otra noche que también estaba yo de retén, como el teniente no quería que se llevaran mantas a los puestos porque los centinelas se dormían, y como ya he dicho que había veces que se doblaban y redoblaban las guardias, pues a uno de los Chacha Curro (que eso era lo que estaban diciendo siempre los gitanos) se le ocurrió de llevarse al puesto la sábana. Cuando yo fui dando una vuelta por los puestos, vi una cosa blanca y me quedé parado. Pensé si aquello sería una carpanta que se nos había metido allí. Cuando me vio, me dijo: "Alto, Chacha Curro". Cuando llegué a él le dije: "¿Por qué te traes las sábanas". Me dijo lo que ya sabía: como el teniente no quería que nos trajéramos las mantas, se trajo las sábanas. Aquel gitano se llamaba José. Le dije: "Si viene el cabo, cuando lo veas, quítate la sábana de encima". Que yo no sabía lo que estaba viendo. Me dijo: "Adiós, Chacha Curro" cuando me iba.
No fue el miedo que me dio al ver a aquél con la sábana el más grande que pasé allí. El más grande fue una noche que estaba de puesto en la garita. Aquella noche, cuando iba yo a relevar al que estaba allí como ya he dicho, íbamos solos vi una luz a lo lejos, en la dirección del río. Me volví al cuerpo de guardia y le dije al cabo: "Asómate a la puerta, verás que luz se ve allí lejos". Él me dijo: "Eso será alguno que esté cazando pájaros con un carburo". Pero como era para el sitio donde yo tenía que ir, vino él conmigo. Cuando llegamos, le preguntamos al que estaba de puesto que si él había visto una luz. No había visto nada. Nos pusimos a mirar desde un puente metálico que había en el río y vimos las luz, ya más lejos.
Me dijo el cabo: "No tengas miedo, eso es lo que te he dicho: uno que está cogiendo pájaros y ya se va". Ellos se fueron y yo me fui fuera de la garita, en unos cubiertos que había, ya medio destruidos. Allí estaba la chimenea de cuando aquello había estado en activo. También había unas piedras muy grandes; yo me puse detrás de ellas. Me hice un cigarro y me lo fumé, me tapé con la manta (que todavía no había dado el teniente la orden de no llevarlas a los puestos), y ya no pensé en la luz.
Me quedé adormilado, y una de las veces que cerraba y abría los ojos vi una iluminación. Monté el fusil y me puse de pie, con más miedo que once viejas, y dije: "Alto, quién va". Allí no contestaban ni las ratas. Cuando se me pasó un poco el miedo, me senté otra vez y me puse a rezar. Me di una casca de rezar aquella noche, que las tres horas de puesto me parecieron tres años.
Me volvía a fumar otro cigarro y me quedé otra vez adormilado. Cuando abrí los ojos volví a ver la iluminación. Entonces, se levantó viento y el tejado de aquellos cubiertos, que era de chapa como la uralita, hacía más ruido que un demonio, aunque yo no necesitaba ningún demonio. Cuando sentí un trueno me quedé tranquilo: lo que yo veía cuando abría los ojos eran los relámpagos, y como la tormenta estaba tan lejos, hasta que no se acercó no sentí los truenos.
No se en que fecha sucedió aquello, pero vaya tres horas de puesto. Cuando se apodera el miedo de uno, ni con una ametralladora que tengas en las manos se te quita. Al menos a mí, el fusil no me quitaba el miedo, que lo tenía montado encima. No creo que hubiera sido capaz de apretar el gatillo.
Hablaré del permiso. Por fin fui con 25 días de permiso. Estuve sin ir a mi casa desde octubre de 1945, cuando cumplí la convalecencia de cuando estuve enfermo, hasta aquellos 25 días de permiso oficial el mes de noviembre de 1946, y eso que de Hinojosa a El Pedroso no hay ni 100 kilómetros. Un día se lo dije al teniente, si para mí no había permiso oficial. Él me dijo: "¿No estuviste tú dos meses de permiso?" Le dije: "Pero eso fue de convalecencia, y ya hace 13 meses". Él me dijo: "¿Ya hace tanto tiempo?" A los pocos días fue a Sevilla, y cuando vino me dijo: "Félix, prepara la maleta, que te he traído un pase con 25 días de permiso".
Esa vez, cuando fui de permiso, sí que iba hecho un hombre, no cuando fui con la convalecencia, que fui hecho un esqueleto. También era el tiempo que empezaban las dichosas bellotas, y como no había otra cosa que hacer, me tocó ir a por bellotas. Por eso me acuerdo siempre de las bellotas, por los ratos tan amargos que pasé con ellas, por muy dulces que estuvieran.
De los días que fui con aquel permiso, hubo de todo, como siempre: días que sacaba el jornal, y días que se los tuve que llevar a otros, que ellos tenían un jornal seguro. Un día que iba con Francisco Pescuezo (que ese hace tiempo que murió en Vic) nos cogió una pareja de guardias civiles. Veníamos nosotros cada uno con su recogida, que era un medio saco de bellotas, al hombro, y cuando los vimos ya los teníamos encima.
No pudimos esconder los sacos, y nos dijeron: "¿Qué lleváis ahí?" Sabían ellos como nosotros lo que llevábamos. Nos dijeron que por qué íbamos a por bellotas. Dije: "Porqué yo he venido de permiso, que estoy haciendo la mili, y en mi casa no tenemos para comer". Poca compasión tuvieron con nosotros. Nos dijeron: "Llevarlas al cuartel, y decir que os lo ha dicho una pareja que va para los lates".
Por eso digo que entre tantos malvados como había siempre se encontraba algún hombre bueno: les tuvimos que llevar las bellotas al cuartel para los cochinos que tenían ellos allí. Nosotros nos fuimos a nuestras casas con las manos vacías. Tendría muchas cosas a decir sobre esto, pero que juzgue aquí quién lea esto, si es que lo lee alguien. Hace años que lo viví.
Cuando estuve en mi casa durante aquel permiso estaba mi hermana Carmen en un convento de monjas en Montoro. Les dijeron a las madres de las niñas menores de 14 años a quienes ellos habían matado los padres, que si querían llevarlas al colegio de Montoro, que allí estarían muy bien y se harían unas mujeres de provecho. No sé a lo que ellos llamarán mujeres de provecho: lo que allí aprendió mi hermana, como todas las niñas que había, fue a rezar, a pasar hambre y frío al mismo tiempo. Mi hermana tenía 10 años.
Cuando cumplí el permiso, le dije a mi madre: "Quiero ir a ver a la Carmen, que ya hace mucho tiempo que no nos hemos visto". Me preparó mi madre cuatro cosas para ella, y fui a Montoro a verla el mismo día que me tenía que ir. Como no teníamos reloj me levanté con el tiempo justo, tan justo que cuando llegaba a la calle Corredera ya venía el coche de línea de la plaza. Le hice señas para que se detuviese, pero no quiso. Me tuve que volver a mi casa e irme al otro día. Mi madre me decía: "Como te vas un día antes para ver a tu hermana, pues ya no vayas a ver a la niña, no sea que te arresten por ir después". Yo le dije: "Si me arrestan, que me arresten, pero yo voy a verla".
Cuando llegué a Córdoba fui a la fonda en qué estuve cuando me llevaron de recluta y le dije a mi paisana que si podía dejar allí mi maleta hasta la vuelta, que iba a Montoro a ver a mi hermana. La María de los Ángeles me dijo: "Déjala, ya te la guardo". Me preguntó cómo estaba su familia y la mía. Estuvimos un rato hablando y después cogí lo que llevaba para mi hermana y me fui a la estación. Me metí en el primer tren que salió para Montoro. Era un mercancías. Cuando llegué era por la tarde. Pregunté por el colegio donde estaba mi hermana, y cuando llegué tiré de una cuerda que hacía sonar una campanilla. Salió una monja y le dije que era hermano de Carmen Jurado Ramos, que si podía verla. La monja tuvo la curiosidad de preguntarme dónde estaba haciendo la mili. Se lo dije. Me dijo: "Espera, que se lo voy a decir a la Superiora". Vino la Superiora y lo primero que me dijo fue que dónde estaba haciendo la mili. Se lo dije. Me dijo: "Vas a ver a tu hermana porque eres un soldado que está defendiendo la patria, si no no, porque hoy no es día de visitas". Pidiéndoselo por favor la dejó salir un rato conmigo.
Mi hermana estaba más crecida que la última vez que la había visto en nuestra casa, pero más delgada. Tenía el pelo muy corto. Cuando me vio, no sabía qué hacer, si reír o llorar. Yo pensaba: "¡Que tenga que estar aquí mi hermanilla, tan lejos de nuestra casa! Qué habremos hecho nosotros, para tener que sufrir tanto en este mundo". La saqué un rato, a dar un paseo. Me dijo: "Chache, ¿me quieres comprar una pastilla de jabón para lavarme, que no tengo, y un peine?" También quería que le comprase palodul, pero eso no lo pudimos encontrar. Estuvimos un rato, y cuando vi que pasó el poco tiempo que nos había dado la monja nos fuimos donde la tenía que dejar, con todo el dolor de mi corazón. Aquel día no hablamos casi nada de cómo las trataban allí (estaban ella y otra vecina nuestra, una hija de Manuel Pescuezo; aquella no la vi, lo que me dio su madre para ella se lo di a mi hermana para que se lo hiciese llegar).
Me tuve que quedar aquella noche en Montoro. A una hija de la posadera le dije: "¿Tú no sabes dónde venden palodul?" Me dijo: "En la plaza hay, por las mañanas". Le di 50 céntimos para que le comprase un poco a mi hermana y fuese al convento a llevárselo. La muchacha me dijo que lo compraría y se lo llevaría. Cuando fue la hora de levantarme, comí un poco y me fui a la estación. Cuando pasó el correo me fui a Córdoba.
Después, cuando mi hermana volvió a nuestra casa y yo me licencié, me dijo: "Chache, cuando fuiste a verme yo no te podía decir nada de cómo estábamos allí porqué nos decían las monjas que la que dijese a sus familias que allí no estaban bien, la metían en el cuarto de las ratas, para que la comieran por mala". La mojas quisieron hacerlas a su imagen y semejanza, y lo que consiguieron fue que las odiaran durante toda su vida. Consiguieron que algunas fuesen monjas, pero tan pocas, que con lo que sembraron en aquellos tiempos, como siga la cosa como va , el que quiera ver a una monja va a tener que vestir una caña de monja.
Mi hermana dice que cuando salían al patio, donde había árboles frutales, sólo podían coger, con el hambre que tenían, las peras pequeñas que se caían. Si cogían una del árbol las tenían en cruz medio día. Cuando iba a barrer a la bodega, veía los jamones que tenían, curados. Ellas, lo que probaron de los jamones fue la sal: se mojaban el dedo de saliva, lo pasaban por los jamones y se lo chupaban. La canción que les hacían cantar decía:
Viva Dios, que nunca muere
la santa religión
y las medres del colegio
que nos dan la educación.
Y nosotras picaremos
no la queremos tomar
merecemos cuatro palos
y a la cama sin cenar.
Cuando llegué a Córdoba, uno que venía de escolta me dijo: "Si quieres no saques billete, que yo tengo la lista de embarque para dos". Así me pude ahorrar lo que valía el billete. Sólo me quedaba un cajetín, y tenía que coger un tren de Córdoba a Los Rosales, y otro de allí a Fábrica del Pedroso. Con el dinero que tenía, no podía permitirme el lujo de decirle que no.
Mientras él estaba en la estación, fui a por la maleta. Cuando vino el tren que iba a Sevilla, nos fuimos hasta los Rosales, y como ya había paso el correo, cogimos el primer mercancías que pasó. Nos sentamos en una garita donde iban los guarda frenos. Cuando llegamos a Villanueva de Ríos y Minas estuvo el tren parado mucho tiempo. Cuando llegamos al destacamento casi oscurecía. Solté la maleta en la batería y fui en seguida a decirle al teniente que ya había llegado. Me preguntó por mi familia, si estaban bien. No se dio cuenta que llegaba dos días tarde.
Cuando escribí a mi familia le dije a mi madre que, si podía sacar a la Carmela de aquel convento, que lo hiciera, porque yo la había visto muy delgada. Que para estar pasando hambre allí, que la pasara en casa. Lo que yo no sabía es que tampoco podía dormir de frío, que después es cuando no dijo que se acostaba y se levantaba con los pies helados.
Al otro día de llegar, como había otros de permiso, me pusieron guardia. Aquel año 1946 estuve de guardia el día 24 de diciembre. Me tocó la Nochebuena de puesto. A las 10 vino el cabo de guardia a darnos a los que estábamos de puesto una copa de anís y unos dulces.
Yo sabía que aquello lo íbamos a pagar caro. Al cabo, que era Antonio Lozano, le dije: "No creerás que con esto nos vas a engañar como a los muchachos y nos vas a tener de puesto toda la noche". El me dijo: "No, hombre, si es que me ha mandado el teniente que le dé a los que están en los puestos una copa y unos dulces". Yo le dije: "Bueno, a ver si cuando sean las doce venís a relevarme".
No me equivoqué: eran las dos de la madrugada y aún no venía el que tenía que relevarme. Me harté de esperar y me fui donde tenían liada la fiesta. Al primero que salió a la puerta le dije: "Quieres decirle al cabo de guardia que salga, que lo quiero ver". No quise entrar, porqué allí estaban los maestros artificieros, y no quería que se enterasen que dejaba el puesto solo. Cuando vino el cabo me dijo: "¿Qué quieres?" Le dije: "¿No sabes tú lo que quiero?" Me dijo: "Si no me lo dices, no lo sé". "Que no sabes qué hora es y no has mandado ninguno a relevarme". Él, entonces, me dijo: "¿Qué has hecho? ¿Dejar el puesto solo? Si se entera el teniente nos la vamos a buscar los dos; haz el favor de irte al puesto, que voy a ver dónde está el que mandé a relevarte cuando eran las doce".
Casi eran las 430 cuando volvieron los dos. El que tenía que relevarme, en vez de venir al puesto cuando lo mandó el cabo, se había metido en el comedor, que era donde tenían liada la juerga. Cuando vinieron, le dije al cabo: "Yo ya he terminado por hoy mi guardia", y me fui a la batería a acostarme. Pero con el cachondeo que tenían debajo y los nervios que yo tenía, no había quien me hiciera dormir. Ya se habían ido los maestros artificieros, y el que tenía liado todo el tinglado era José Zafra. Aquel, con una caja de chapa y dos palos te liaba unos zapatiestos que retumbaba todo aquello.
Me cansé de oír tanta música de aquella y me levanté. Fui al comedor y le dije a Zafra: "¿Todavía no te has cansado de dar porrazos y berrear?" Me dijo: "Por eso es Nochebuena". Le dije: "Ya es Navidad, que la Nochebuena ya hace rato que pasó". El seguía dando porrazos y berridos. Con mala leche, le dije: "Si no quieres irte a dormir, te vas a la orilla del río y le tocas a los peces, que yo he estado de guardia y quiero dormir". Lo dejé, para no liarme a tortas con él, que no tardó mucho rato en dejar de dar berridos y palos a su tambor.
Era un caso perdido: hacía allí de carpintero (era su oficio), y vendía casi todas las puntas que había. Por vender, vendió hasta el capote, y el teniente se lo iba descontando de las sobras, que allí era de 1,50 diaria. Un día de los que vino el capitán le dijo: "Mi capitán, me sha perdido el capote, y el teniente me lo está descontando de las sobras". El capitán le dijo al teniente: "Págale a Zafra las sobras, que si no, nos va a vender hasta a nosotros".
Cuando volvieron, después de la Navidad, los que estaban de permiso, un día, estando formados, me dijo el teniente: "Félix, saca los cochinos y llévalos por ahí, para que coman". La trompeta para hacer las llamada que había allí era una campana como las que había antes en las estaciones para anunciar la llegada y la salida de los trenes (hoy se hace de otra forma). Todas las mañanas, después del desayuno, los que no tenían servicio de armas teníamos que formar. Venía el teniente, y a cada uno nos decía lo que teníamos que hacer.
Yo estuve con los cochinos hasta que el teniente los vendió. Una noche vino un camión y se llevó las vigas de hierro que estaban allí, que el teniente las vendió. El cabo de guardia se lo dijo al sargento. El sargento, que le tenía envidia al teniente porque él no podía mangonear como él, animó al cabo (un gaditano que también era del 1945) para que entre los dos dieran un parte por escrito de que había vendido un camión de vigas. Cuando el teniente se enteró, sabiendo lo que le esperaba, vendió los cochinos y las cabras (de estas, dejó 4 ó 5).
Estuve comentando con él lo que le habían hecho. Me dijo: "El cabo se licenciará, pero el sargento, como vuelva a estar en otro sitio conmigo, se va a enterar de quién soy yo". Suerte tuvo de vender enseguida los animales, porque a los dos días vinieron un capitán y un teniente. El capitán era el que tuvimos de instructor siendo quintos, y el teniente era joven y estaba soltero. Nosotros no lo conocíamos, iría a La Maestranza después que nosotros.
El teniente se quedó al cargo del destacamento, y el capitán vino para arrestar al otro teniente. Le dijo que de momento no podía salir de su casa. Al que estaba de puesto cerca de la casa del teniente le dijo: "Si ves que el teniente sale de su casa, le pegas un tiro". No creo que ninguno le hubiésemos pegado un tiro si llega a salir de su casa, porque si él hubiese cumplido las leyes militares a rajatabla, nos hubiesen tenido que fusilar a todos los que estábamos allí. A los pocos días se llevó de allí a su familia, a unos pabellones que había cerca de Pinedas. A él lo tenían arrestado en el cuarto de banderas en la Maestranza.
Al cabo, por lo que decían, no le quedarían más ganas de dar partes por escrito de ningún superior. Decían que lo tuvieron 24 horas en cruz en el cuerpo de guardia de La Maestranza. No sé que fue del sargento, y la última vez que vi al teniente fue en La Maestranza; él salía del cuarto de banderas y nos cruzamos en el patio. Seguro que iría a hacer sus necesidades. Yo lo saludé militarmente; él me miró, pero no dijo ni palabra. Volví a saber de él, como ya dije, un año que fui a El Pedroso.
[En Fábrica del Pedroso, el día 14-8-1945]
A aquel joven teniente le gustaba el agua más que a las ranas. Todos los días se iba al río a media mañana y se venía a la hora de la comida. Un día estaba yo de guardia por donde él pasaba; salí de la garita y lo saludé como se saluda cuando uno tiene armas, aunque con el otro teniente y el capitán (cuando venía) no hacíamos ni eso. El capitán, como al principio de estar allí siempre le saludábamos, nos dijo: "Con una vez que nos saludemos por la mañana basta, como dándonos los buenos días. Después no me saludéis cada vez que me veáis". Pero aquel nuevo pensaba como recién salido de la academia: al poco rato de pasar él por allí vino el cabo de guardia y uno de los que estaban de servicio. Dije: "¿Dónde vais, si todavía no es hora?" Me dijo el cabo: "¿Qué te ha pasado con el teniente, que me ha dicho que te releve y te mida cuarenta metros cuadrados donde esté la hierba más grande para que la caves?" Dije: "Pues si yo me salí de la garita y lo salude". Dijo el cabo: "Pero no le diste la novedad". Yo le contesté: "¿Y cuándo hemos dado aquí la novedad a nadie?" Dijo: "De aquí para adelante lo tendremos que hacer". Dije: "Si cavo esa hierba en el tiempo que estoy libre, luego puedo seguir la guardia". Me dijo que si yo lo que quería era estar libre el domingo para ir a El Pedroso.
No sé si fue bueno o malo, el acaloramiento que me dio aquella tarde. Lo que sé es que aquello fue el fin de estar yo en Fábrica de El Pedroso. A los dos días se me liaron unas fiebres de cuarenta y más grados. El practicante me dijo: "Esto es una insolación, de estar el otro día toda la tarde bajo el sol quitando hierba". Yo le dije: "Me parece que es paludismo, porque me da al tercer día. Sea lo que sea, dile al teniente que me mande a Sevilla, no me pase como la otra vez que estuve con fiebres, que por poco me muero aquí."
Al otro día me fui a Sevilla con el enlace. Me tuvieron en el botiquín toda la mañana, y por la tarde me mandaron al hospital de Queipo de Llano. Yo pensaba que me llevarían donde estuve antes, pero fui a otro pabellón, el 4º.
Estando en el botiquín de La Maestranza vino el enlace y me dijo: "¿No sabes lo que me han dado para ti?" Yo le dije: "Qué sé yo". Dijo: "Si no te enfadas, te lo digo". Dije: "¿Por qué me voy a enfadar?" Me dijo lo que era: un pasaporte con 25 días de permiso. Dije: "Está muy bien el pasaporte, pero donde yo tengo que ir es al hospital a curarme. Sólo falta que vaya a mi casa enfermo". Dijo: "Ya tienes razón".
¡Qué diferencia había entre la monja del 5º pabellón y la que había en el 4º! La primera, como ya dije, era la mujer más comprensiva que yo he visto. La segunda era como muchas que hay: de buena que era le decían sor Metralla. No le faltaba razón a quien se lo puso. La guantada que me dieron en la mili fue de ella, que la que me quiso dar el cabo Lemo la esquivé. Pero ella, que no medía dos cuartos del culo al suelo, me la dio.
Un día que tenía fiebre me levanté a las nueve de la mañana y fui al cuarto de aseo para lavarme la cara. Entró ella diciéndome: "Tórtolo (la otra nos decía "niños", ella "tórtolos"), que ya no es hora de lavarse". Y mientras con la boca me decía esto, con la mano me dio una torta. Le dije: "He venido a lavarme porque tengo fiebre, para refrescarme un poco". También le dije que en más de dos años de mili era la primera guantada que me habían dado. A ella le hizo mucha gracia aquello, y cuando vio a un enfermero le dijo: "Mira, tan alto como es y le he dado una guantada".
Otro día me pidió uno lumbre para encender un cigarrillo. Le dije: "Vámonos fuera de la sala, que como nos vea sor Metralla estamos listos. El otro me dijo: "Dame y me salgo al corredor, que ella no me ve". Le di, y vaya si nos vio. Vino al corredor en que nos habíamos salido, y nos dijo: "¿Vosotros no sabéis que en la sala no se puede fumar?" Le dijimos: "Si sólo hemos encendido el cigarro y nos hemos salido al corredor". Nos dijo: "Mañana se lo diré al médico". Y vaya si lo hizo. Cuando el médico pasaba la visita, los que podíamos levantarnos nos poníamos de pie delante de las camas, y cuando el médico llegó a mí, le dijo la hermana: "Mire, este y aquel estaban fumando en la sala".
Yo no llevaba muchos días allí, y cuando ingresé me pelaron al cero, como a todos. El médico dijo: "¡Cómo tiene este el pelo! Que se pele toda la sala". Había algunos con dos dedos de pelo y que pronto pasarían por el tribunal y les darían la convalecencia para ir a sus casas; se tuvieron que pelar al cero. Algunos, si hubiesen podido, nos hubiesen comido. Como siempre, pagaron los que no tenían culpa.
La comida también era escasa. Hacían el pedido las monjas, y aquella, si nos hubiese podido matar de hambre, seguro que lo hubiese hecho.
No sé si sería verdad lo que decían de la hermana, que como en su pueblo ninguno se quería casar con ella, se fue de monja.
Cuando se me empezaron a cortar las fiebres me dijo el médico: "Vosotros, los palúdicos, podéis trabar algo. Te vas y le ayudas a los jardineros (también eran soldados); así, te dará la hermana más de comer". Había una mesa que le decían "de los pelotas", y allí comía yo cuando me fui con los jardineros. Mi trabajo era quitar alguna hierba seca, los otros hacían lo demás. Mejor era aquello que estar viendo a la tía aquella.
Lo de ir a limpiar jardines era por la mañana, y por la tarde, como sor Metralla era tan buena, nos hacía ir al rosario: lo que perdía con su mala leche lo quería recuperar rezando.
Yo estuve en el hospital hasta unos días antes del referéndum que hicieron en el mes de julio del 1947. Cuando hicieron la relación para ir a votar en aquel referéndum (que nosotros decíamos "si pones sí, que siga; si pones no, que no se vaya"), a mí me pilló en el hospital. Pero salí de él antes de que se celebrase, y cuando en la Maestranza me dijeron que tenía que ir a votar al otro día, les dije: "Yo tendré que ir a votar al hospital, que allí me apuntaron". Me dijeron: "Toma este papel y te aprendes de memoria ese nombre que está ahí escrito". Le pregunté: "Para qué me tengo que aprender eses nombre?" Me dijo un sargento: "Porque has de ir a votar por uno que está de escolta".
Así que voté dos veces. Por la mañana fui al hospital, y desde allí nos llevaron a los hotelitos. Allí todos los que votamos éramos militares. Nos dieron la papeleta para que cada uno pusiésemos lo que quisiésemos. Aquella la eché en blanco.
Cuando por la tarde nos llevaron a la calle del 2 de Mayo, antes de salir de La Maestranza, nos dieron los papelitos con el sí puesto. Donde fuimos estaban militares y paisanos todos juntos. Yo entré en un váter; allí había papeletas en blanco; cogí una, y con un trozo de lápiz que tenía puse NO. Rompí la que me habían dado con el SÍ. Pensé: "Aquí, entre paisanos y militares, no sabrán quién ha sido el del no".
Como tanto miedo teníamos metido en el cuerpo, pasé un rato jodío cuando nos dijeron: "Los militares, venid, que vais a votar en este sitio". Cuando me tocó a mí, tenía que decir el nombre del otro y después darle la papeleta a un teniente, que era el que las metía. Pensé: "Cómo la abra y la vea, se me va a caer el chaleco". Hasta que la entró en la urna no se me pasó el miedo. Después pensé: "Como mi nombre no está ahí, a mí no me pillan".
Después de aquel día fui a ver al cabo primera de la 6ª batería, que era a la que yo pertenecía, y le dije: "Mi primera, ¿qué tengo que hacer? ¿Irme al destacamento que me ha tocado o quedarme aquí?" Me dijo: "Yo no sé. Vamos a ir a ver al comandante ayudante y él te dirá lo que tienes que hacer". Fuimos los dos. El entró en el despacho del comandante y yo esperé en la puerta hasta que salió el primera. No se qué le habría dicho; no salió muy contento. Me dijo: "Pasa tú, que te quiere ver el comandante". Pedí permiso para entrar. Me dijo: "¿De qué quinta eres?" Le dije que del 45. Anotó mi nombre en la hoja de un calendario que tenía encima de la mesa y me dijo: "A vosotros pronto os licenciarán, vete y ya te avisaré yo". Todavía estoy esperando a que lo haga. Se lo dije al primera y me dijo a qué destacamento tenía que ir: era al kilómetro 84, un destacamento que había en Algeciras.
Y es que no sólo relevaron al teniente, el sargento y el cabo mientras yo estuve en el hospital: relevaron a todos los que estaban en el destacamento de Fábrica de El Pedroso, y mandaron gente de otro sitio: el oficial del 14 de Artillería, y los soldados del 14 del mismo cuerpo y de Infantería. Yo pedí permiso para ir a Fábrica del Pedroso para recoger una muda que me había dejado en casa de la mujer que me lavaba la ropa, y un mono azul que ella me tintó. Y de paso, llegar al Pedroso a ver a la amiga.
Me fui con un enlace que no conocía. Me dijo que los que estaban eran todos nuevos. Cuando llegamos al Pedroso le dije: "Yo me quedo aquí". Fui a ver a la María y su familia. Aquella noche me quedé en su casa, y al otro día fui a casa de la señora que me lavaba la ropa. Estaba en el puebla porque había venido a blanquear la casa (me lo había dicho la María, con eso me ahorré de ir al campo). Estuve con ella hablando. Me dijo: "El mono lo tengo aquí, la muda se la di a tu paisano, que vino al cortijo para que se la diera antes de que se fueran de allí". Estuvimos comentando lo del referéndum. Le dije: "Usted también fue a votar?" Me dijo: "Decían que el que no votara le quitaban la cartilla de racionamiento". Me dio el mono. Le di recuerdos para su marido e hijos. Me despedí de ella y hasta ahora no he sabido más de ellos.
Me fui a casa de la María, y como hasta la tarde no me iba para Sevilla, me fui con ella y una vecina suya a hacerle compañía a una huerta de un pariente suyo que fueron a lavar.
Después nos cruzamos unas cuantas cartas, y cuando fui con mi mujer e hijos al Pedroso en el 1965 me dijo Juan Brenes que se casó y estaba en Cataluña. Los dos, aunque por distintos derroteros, fuimos a la misma tierra.
Por la tarde me fui a Sevilla a esperar que me dijeran una cosa o otra, y cuando empezaron a echar a la gente de los destacamentos para licenciarnos, vino mi buen amigo (por decir algo, porque yo, el único buen amigo que tuve fue mi padre, y me dejaron sin él a muy temprana edad) y me dijo: "¿Qué estoy viendo? ¡Si me dijeron que te había muerto!" Por lo visto, enviaron a uno al hospital para que me pagara las sobras y no me supo encontrar. Habían estado una quincena sin pagarme, pero después me pagaron dos; pero lo que es me decía no lo supe hasta entonces. Le dije: "Pues ya me ves, vivito y coleando. Cuando quieras me das la ropa que fuiste a pedirle a la mujer que me la lavaba, que tengo que entregarla". Me dijo: "Ya no tengo aquella ropa; la vendí. Como me dijeron que te habías muerto..." Le dije: "Pues yo no he visto a ningún muerto, ¡qué peje! Pero como no me apañes ropa para entregar, a ti te voy a dar dos tortas que vas a hacer palmas con las orejas". Me dijo: "Toma 7 pesetas y vamos a la tarde al jueves (que era como lo decían al rastro que había en Sevilla, no sé si aún existe) y te compras ropa vieja para entregar". Lo que pudimos comprar con aquel dinero estaba hecho trizas.
Desde que salí del hospital hasta el día que nos licenciaron estuve sólo de paseante de Sevilla. Por la mañana, después del desayuno, formaba con los asistentes y me salía a la calle. Me di a conocer con uno que era de Villarato. Ese estaba de asistente con un teniente coronel. No eran de la Maestranza, pero venían a dormir y a comer allí. Con él iba a la casa de la madre del teniente coronel (le hacía la compra a aquella mujer). Yo nunca la vi, porque me quedaba a esperarle antes de llegar al sitio. con alguna peseta que se ahorraba en la compra y con lo que le daba después, cuando salíamos de paseo nos tomábamos una jarra de cerveza.
Pero un día se fue sin que yo lo viera. cuando lo vi, le dije: "Porfidio (que así se llama, si aún vive), hoy no me has querido esperar". "Es que he tenido que hacer otra cosa". Al día siguiente me lo volvió a hacer. Cundo lo volvía a ver, le dije: "Si no quieres que vaya contigo para no convidarme, me lo dices, y no me andes con rodeos". Me dijo: "Te voy a decir lo que es, pero no te vayas a chivar". Le dije: "Hace poco que nos conocemos, sino no dirías que me iba a chivar". Me dijo: "Es que la madre del teniente coronel se ha ido de vacaciones, y no tengo que ir allí". Le dije: "Ya semos dos que no tenemos nada que hacer".
Cuando íbamos a los Jardines de Murillo, quería que nos arrimáramos a todas la mujeres que veíamos. Había tardes que se iba detrás de alguna a la otra punta de Sevilla. Una noche se quedó sin cenar, y yo le dije: "Espabílate, noviero, que esta noche te han dejado sin cenar". Era de 1944, agregado al 1946. Se llamaba Pofidio Rubio.
Llegó el día que tuvimos que entregar la ropa. Hice un lío con la ropa que tenía y los tropajos que compramos en el jueves, y me fui a entregarla. Cuando entré en la batería que pertenecía no estaba allí el cabo, sólo había un soldado del 46. Le dije: "¿No está el primera?" Me dijo: "No, ha salido". Le dije: "Es que vengo a entregar la ropa". Me dijo: "Échala ahí, en ese manto". La puse con cuidado, para que no se desliara y viera la ropa que era. Salí más ancho que largo. Después, cundo nos nombraron para darnos las cartillas militares, a mí no me nombraron.
Fui a ver al primera de mi batería, que era el mismo con quien había ido a ver al comandante ayudante, y le dije: "¿Qué pasa, que a mí no me han nombrado para irme?". Me dijo: "Ya sé lo que ha pasado, que cundo mandé los otros al destacamento no tenía que haber mandado la tuya, y la mandé". Le dije: "Entonces, ¿qué tengo que hacer? ¿Ir con el enlace a por ella?" Dijo: "No, ya haré yo una lista de embarque para ti y después te mandaré la cartilla al cuartel de la guardia civil de tu pueblo, porque si fueses tú al destacamento, te tendrían allí hasta que fuese tu relevo".
Así, el día 13-8-1947 a las nueve de la noche salimos los que íbamos licenciados de Sevilla para Córdoba, y no llegamos allí hasta que se había ido el tren de la sierra, que era el que nosotros teníamos que coger. Antes de llegar a Córdoba nos tuvieron parados a caso hecho hasta que se fue el tren que teníamos que haber cogido.
Como se puede ver, en aquellos tiempos hacían lo que querían, y silencio y chitón, ya que sino eras de los malos y te ponían donde no alborotaras. Menos mal que hemos podido llegar a tiempos en que se puede hablar; aunque no nos hagan mucho caso, pero que duren.
Cuando llegamos a Córdoba nos tuvimos que estar allí hasta la tarde que salía otro ten para Pueblonuevo. como Daniel tenía una hermana sirviendo en Córdoba, fuimos a ella a darle el pego. Nos dio 5 pesetas y nos dijo: "Comprad sardinas y las traéis para que sus las fría. Os daré un poco de pan y os las coméis por ahí, porque aquí no quieren mis señores visitas". Nos compramos las sardinas y con lo que nos sobró compramos una sandía y nos fuimos a comer a un parque.
Le dimos las gracias a su hermana Carmen y nos dimos un paseo por las calles cordobesas hasta que nos fuimos a la estación a esperar el tren que nos llevó a Pueblonuevo. Allí tenía Daniel otra hermana sirviendo. Esa era la Concepción. Como llegamos de noche, fuimos a la casa en que estaba sirviendo para que nos aliviara nuestras alegrías.