FÉLIX JURADO
Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández
DUODÉCIMO CAPÍTULO:
EN EL PANTANO DE SAU (I)
(EMIGRACIÓN - SEGUNDA PARTE)
Llegamos a Barcelona un sábado por la tarde. En la estación estuvimos hablando con uno de los que trabaja allí, y nos dijo que si queríamos trabajo, que fuésemos a ver al encargado de unas obras, que estaban haciendo unos arreglos en las vías. Fueron el barbero y Francisco a verlo, y yo me quedé en la sala de espera con las maletas. Aquello era en la Estación del Norte, y estaban haciendo unos ensanches de vías.
Cuando vinieron me dijeron: "Mañana tenemos que ir a trabajar a las 6 de la mañana". Aquella noche nos quedamos en la sala de espera. Nos tumbamos en un banco para dormir, si podíamos, que poco dormimos. El Francisco no entendía de reloj, y a las tres de la madrugada me dijo: "Félix, ¿estás dormido?" "¿Qué quieres?" "Mira el reloj de la estación" (nosotros no teníamos). Le dije: "Echate a dormir, que todavía faltan tres horas". Dijo: "No tengo sueño, lo que tengo es hambre". Y se comió un cacho de pan y un trozo de morcilla, que era lo único que nos quedaba. Yo me dormí, y a las 5 me volvió a decir: "Félix, ¿qué hora es?" Le dije la hora que era. Me dijo: "Vamos a despertar al otro y nos vamos a la obra, no vayamos a hacer tarde". Aquello estaba cerca de la estación.
Nos fuimos allí y estuvimos esperando hasta que vino uno y nos dijo que si nosotros íbamos allí a trabajar. Le dijo Francisco que sí, que estuvo hablando ayer con el encargado y le dijo que fuésemos hoy a trabajar. Al poco rato llegó el listero. "¿Vosotros sois los nuevos que venís a trabajar?" Le dijimos que sí. Nos dijo: "Cambiaros de ropa para trabajar". Yo me puse el mono azul, que todavía lo conservaba, el Francisco otros pantalones, y el barbero siguió con la ropa que llevaba puesta, ya que no tenía otra.
Cuando fue la hora nos dieron a cada uno un pico y una pala y nos dijeron: "Poneros ahí y id haciendo lo que hacen los otros". Cuando vino el encargado me dijo: "Tú, ven pacá". Le dije: "¿Me llevo la pala y el pico?" Me dijo: "No, déjalos ahí a un lado". Me mandó que fuese con un camión que iba cargado de tierra. Fuimos a la fábrica de máquinas de escribir, la Olivetti. Allí había un barranco muy grande. Basculó el camión el chófer, y quedó fuera del barranco una poca de tierra. Le dije al chófer, cuando vi que subía al camión para irse: "Espera que tire esa tierra dentro". Me dijo: "Tú estate ahí hasta que yo venga". Cogí una rastrilla que tenían allí y la destendí en seguida.
Me fui ha hablar con el guarda que estaba allí, que era un guardia civil retirado. Me preguntó de dónde era y cuanto tiempo hacía que estaba yo allí trabajando. Le dije que era el primer día, que llegamos ayer. El me dijo: "Pues sí que habéis tenido suerte, porque yo tengo un hijo, y no encuentra trabajo". Yo le dije: "Dígale usted que vaya donde estamos nosotros trabajando, que le darán trabajo", pero el hijo de aquel no quería hacer ese tipo de faenas.
Cuando venía el camión yo volvía a destender lo que quedaba fuera, y así estuve hasta que me dijo el del camión: "Destiende eso y vente conmigo". Era cerca de la una cuando llegamos a la obra. Le dije al encargado: "¿Qué hago?" Me dijo: "Ve a buscar la pala y el pico y los llevas a la barraca, que ya vamos a dar de mano". Y cuando fue la una y dimos de mano, nosotros no sabíamos lo que teníamos que hacer por la tarde. Le dijimos que a qué hora nos poníamos por la tarde. Nos dijo: "Los domingos no se trabaja nada más que por la mañana. Ya hasta el lunes, que nos ponemos a las siete". Le dijimos al barraquero que si podíamos dejar allí las maletas. Nos dijo: "Dejadlas si queréis, pero yo cierro estas y me voy, ya hasta el lunes no vengo. Si tenéis que necesitar algo de lo que tenéis en las maletas, lo mejor que podéis hacer es ir a aquel bar y allí os las guardaran. Ya iré yo con vosotros".
Y así fue. Le dijo aquel, que conocía al del bar, que estábamos trabajando donde él, y allí comimos nosotros aquella mediodía. Por la tarde nos fuimos a la Rambla de las Flores. Allí vimos a dos de Hinojosa que estaban haciendo la mili en Barcelona. Les dijimos que nosotros habíamos venido a trabajar. Estuvimos paseándonos con ellos, y cuando dijeron de irse para el cuartel, nosotros nos fuimos para el bar en que teníamos las maletas. Les dijimos que nos las dieran y nos fuimos al muelle de la estación, y en un vagón que tenía alfalfa cogimos una poca que nos sirvió de colchón. El Francisco tenía una manta. Aunque yo le dije en el pueblo que en el pantano nos daban cama, él me dijo: "Una manta no está de más, porqué yo en la guerra ya sabía lo que te servía una manta". Nos acostamos encima de alfalfa, y con la manta nos tapamos. El lunes, cuando estábamos trabajando, le dijimos a uno dónde nos habíamos acostado, y él nos dijo: "¿Por qué no buscáis alguna patrona? Porqué ahí no vais a estar durmiendo siempre". Le dijimos: "Si tu conoces alguna..." Nos dijo: "A la tarde, cuando dejemos de trabajar, os venís conmigo donde yo paro. Allí os dará cama". Nos fuimos con él.
Eso estaba en las Casas Baratas de Horta. Allí nos arreglamos con aquella familia; por dormir, hacernos la cena (dándole nosotros lo que quisiéramos que nos hiciera) y lavarnos la ropa nos cobraba 30 pesetas a la semana. Era poco, pero nosotros teníamos menos. El barbero, en una taberna que estaba al lado, donde iban muchos de los trabajadores, dijo que era barbero y que si alguno se quería pelar y afeitar, se lo hacía por 1,25 pesetas. El con aquello tenía para ir comiendo hasta que nos pagaron. Pero aquello no daba para los tres, y como nosotros ya no teníamos ni comida ni dinero, le dijimos a la patrona que si nos podía dar la comida hasta que nos pagaran. Nos dijo que lo único que podía hacer era darnos la cena, porque su hombre era un trabajador como nosotros: ellos vivían de su jornal y de lo poco que sacaban de los que dormían allí. Nosotros le dijimos que cómo íbamos a estar comiendo como los perros, cada 24 horas. Como en la empresa no daban anticipos, porque habían dado y cuando algunos cogían el dinero no volvían por la obra.
Nosotros, el miércoles, tuvimos que pedir la cuenta. Para ir a aquel trabajo nos teníamos que levantar una hora antes para llagar de hora. Cogíamos un tranvía, y cuando llegábamos a una parada en qué había un puesto de melones, allí nos bajábamos. Pero un día quitaron los melones y nos pasamos del sitio. Como ya nos parecía que llevábamos mucho tiempo y no veíamos el puesto de melones, preguntamos que dónde nos teníamos que bajar para ir a la estación del Norte. Nos dijeron que ya hacía rato que nos la habíamos dejado atrás, y cuando llegamos a la obra ya estaban trabajando. Siempre llagábamos los primeros, y aquel día fuimos los últimos.
El día que fuimos a que nos dieran la cuenta, nos acompañó el listero. Ese fue el primer día que yo me subí en unas escaleras metálicas de esas que van subiendo ellas. Cuando le dijimos a la patrona que nos dijera lo que teníamos que darle, nos dijo: "Si yo lo sé que era para tan pocos días, no os hubiese cogido". Le dijimos lo que ya le habíamos dicho antes, que no íbamos a estar trabajando y comiendo cada 24 horas. Le dijimos: "Nosotros también lo sentimos. Cóbrenos usted la semana entera". Pero nos cobró sólo los días que estuvimos. Al otro día por la mañana nos despedimos de ella y del barbero, que se quedó allí, y nos fuimos a la estación de Francia, que era la que nos dijeron que teníamos que ir para ir a Blanes.
Allí se nos agregaron otros dos; uno de unos treinta años, y otro de 17 o 18 años. Como iban buscando trabajo como nosotros, fuimos los cuatro a Blanes. El más joven decía que tenía en Madrid un tío general. "¿Y te has venido aquí a buscar trabajo? No serás muy bueno". El decía que le gustaba correr mundo. Cuando llegamos a Blanes, en vez de ir a ver a nuestros paisanos de la Safa, fuimos a pedir trabajo. Allí había un portero, y le dijimos a lo que íbamos. Se lo dijo el portero al director, quien nos hizo pasar. Nos estuvo preguntando unas cuantas cosas, entre otras de dónde éramos. Lo iba apuntando. Nos dijo: "Esperad en la portería, que ya os avisaré". Nos tuvo allí más de media hora. Después llamó al portero, quien nos dijo, cuando salió, que le había dicho que de momento no le hacíamos falta.
Nosotros sospechamos que pidió informes nuestros a Hinojosa, y como nosotros no éramos adictos al régimen, no nos dio trabajo. Si fue así, el joven aquel no sería su tío lo que él decía, como no fuera un general rojo. De allí salimos cada uno a su sitio. El joven decía que se iba a Barcelona, el otro a ver si encontraba trabajo por otro sitio, y Francisco y yo a ver si dábamos con Luis y su hermano. Fuimos donde nos dijeron que estaban los barracones, y los encontramos allí porque trabajaban de noche y estaban acostados. Le dijimos al barraquero, que fue el que nos dijo que estaban acostados, que si podríamos verlos. Nos dijo: "Si no tenéis mucha prisa esperad un poco que los tengo que llamar para que salgan a comer".
Cuando nos vieron, nos dijo Luis: "No sabía que ibais a venir, porqué sino le hubiese dicho al director que si hacían falta gente iban a venir dos paisanos míos". Le dijimos que ya habíamos hablado nosotros con él y nos había dicho que no había trabajo. Me dijo Luis: "Teníais que haberme visto a mí antes". Le dije: "Es que veníamos cuatro". Total, que allí no tuvimos trabajo. Aquel sitio no era como el pantano de Barasona, que todo el que iba a pedir trabajo, aunque no le dieran, si tenía algún conocido, podía dormir allí. En la fábrica de Safa no te dejaban ni entrar en los barracones. Lo que sí nos entraron el Luis y su hermano fueron las maletas, y nos dijeron: "¿No habéis comido todavía?" Les dijimos que no y nos llevaron a una cantina, de las pocas que había entonces en Blanes.
Estaba cerca de donde tenía la Safa los comedores. Le dijo Luis al dueño de la cantina: "Dale de comer a estos paisanos míos, que cuando cobre te lo pago yo". Nos dijo: "Comed aquí y esperad, que vamos nosotros a comer y cuando terminemos vendremos y iremos por ahí a ver si encontramos algún trabajo para vosotros". Cuando vinieron, dijeron: "Vamos a ir a Lloret de Mar, que me han dicho dijo el Luis que allí hacen casas y puede que necesiten peones". El Daniel le dijo a su hermano: "Eso está lejos para ir andando; vamos a ir a alquilar dos bicicletas". Entraron el Luis y el Daniel, y el otro y yo nos quedamos en la puerta. Cuando salieron nos dijeron: "Vámonos". La mujer que arrendaba las bicicletas (estaría escamada con los que le arrendaban una y se montaban dos) salió a la puerta y les dijo: "Venid para ca. ¿Qué ibais a hacer, montaros dos en cada una y hacérmelas polvo?" El Daniel le dijo: "No, si nos íbamos a montar cada uno un rato". Pero le tuvieron que dejar allí las bicicletas y nos fuimos andando. Cuando llegamos donde hacían las casas y le pedimos trabajo al que se cuidaba de aquello, nos dijo que de momento no hacía falta ninguno, que pasáramos dentro de unos días. Como si nosotros tuviésemos medios para comer y dormir unos días, regresamos a Blanes. El Luis y su hermano nos dijeron: "A la noche podéis dormir en ese chozo". Era un chozo que estaba enfrente de donde estaban los barracones en que dormían ellos.
Ellos se tenían que ir a descansar un rato, ya que trabajaban de noche. El Daniel nos dio cinco pesetas y nos dijo: "vais al cine, y cuando salgáis, venís y os acostáis en ese chozo". Le dijimos: "Pero vosotros estaréis trabajando; ¿quién nos dará las maletas?" Nos dijeron: "Ahí siempre hay uno de vigilante; cuando nos vayamos nosotros, le dejaremos dicho que cuando vengáis a pedírselas os las dé". Le dijimos: "Si no encontramos trabajo esta tarde, mañana nos iremos para otro sitio. Así, si mañana nos vamos sin veros, cuando encontremos trabajo ya os escribiremos desde donde nos coloquemos". Nos despedimos, y ellos se fueron a descansar.
Nos fuimos a dar vueltas por Blanes, preguntando si alguien sabía dónde hacía falta gente para trabajar. Uno nos dijo que le hacía falta uno para ir con un carro a sacar arena de un río, que se había puesto uno enfermo y quería a otro hasta que aquel se le pusiera bien. Yo le dije a Francisco: "Quédate tú si quieres, que entiendes de carros". El me dijo lo que yo le hubiese dicho: que íbamos los dos juntos, y si no había trabajo para los dos, no había para ninguno; íbamos juntos, y no nos iban a separar. Después nos dijeron que si queríamos ir a tirar del copo. Preguntamos qué era eso y cuánto se ganaba. Nos dijeron que eran las redes que echaban por la noche para pescar, que por la mañana tendríamos que tirar de las cuerdas para sacar lo que caía en las redes; el jornal podía ser de 3 a 14 pesetas según la pesca que cogieran. Le dijimos que buscaran a otros.
Cuando fue la hora fuimos al cine. Nos sirvió para dormir: yo, de la película, vi poco, y Francisco lo mismo. Nos quedamos bien dormidos. Cuando terminó la película nos sacudió uno y nos dijo: "Os vais o os quedáis aquí esta noche durmiendo". Nos salimos y nos fuimos a los barracones. Le pedimos las maletas al que estaba allí. Nos dijo: "¿Ahora dónde vais, a estas horas?" Dijimos: "A acostarnos a ese chozo que hay ahí. Haga el favor de decirle a Luis y a su hermano que no hemos encontrado trabajo, y por la mañana nos vamos a dar tumbos por ahí". Le dimos las gracias y nos fuimos al chozo. Era más que un chozo un cobertizo que tenía hecho un payés. Tenía allí ramos de mongetas (o habichuelas, en andaluz). Pusimos unas pocas de ramaje para cama; con la manta de Francisco encima, nos acostamos allí.
Antes de salir el sol vino el dueño y nos dijo que quién nos había mandado que nos acostásemos allí. Le dijimos que estábamos buscando trabajo, y como no nos dieron el la Safa, ni teníamos dinero para ir a dormir a una fonda, nos habíamos acostado allí. Nos echó una buena bronca. Cogimos nuestras maletas y nos fuimos por un camino que vimos, y el payés se quedó allí.
Cuando anduvimos un poco, vimos unas higueras; dijimos: "Vamos a desayunar higos". Yo me subí a la higuera, y Francisco se quedó debajo. Cuando sentimos unos pasos pensamos que venía el payés. Yo miré para dónde se sentían los pasos, y vi una pareja de la guardia civil. Me bajé de la higuera y le dije a Francisco: "Vienen los civiles". Cuando llegaron a nosotros nos dijeron: "¿No hay más orden que esta?" Dijimos: "Y la que ustedes traigan". Nos dijeron que por qué íbamos a comer higos a aquellas horas. Les dijimos que íbamos buscando trabajo y no teníamos nada para comer.
Nos preguntaron de dónde éramos. Les dijimos: "Andaluces". Nos dijeron que ellos también lo eran. Nos dijeron: "Si otra vez tenéis que ir a comer higos o uvas o lo que sea en el campo, id a media noche, que no os vean los payeses, que si no siempre están en el cuartel diciendo que les quitáis las cosas". Nos dijeron: "¿Habéis comido ya bastante?" Les dijimos que sí. Nos dijeron: "Iros y ya sabéis, si otra vez venís, ya sabéis a qué hora debéis hacerlo".
Nosotros nos dijimos: "No sé si hemos encontrado unos guardias buenos, o nos han dicho que si tenemos que venir otra vez, lo hagamos a media noche por si nos ven pegarnos un tiro". Como fuera, por allí no volvimos más. Nos fuimos a la estación de Blanes, y allí estaba el madrileño, el mayor de los dos que vinieron con nosotros. No sabíamos qué hacer, si coger el primer tren que pasara y que nos bajara el revisor donde nos cogiera, o irnos andando y así poder comer fruta por los campos y buscar trabajo a la vez.
Nos decidimos por esto último, y echamos todo el día andando. Higos comimos aquel día tantos como quisimos, y uva, y manzanas, pero con fruta sola se estraga el estómago. Fuimos a un sitio que nos dijeron que había una cantera, y nos dijeron que no tenían trabajo para nosotros, que estaba completo el cupo. Por aquella carretera, que iba a Arenys de Mar, por aquel entonces en vez de pasar coches pasaban carros de varas, conducidos por mujeres. La mayoría llevaban cántaros de leche. Nosotros, como nunca habíamos visto carros conducidos por mujeres, nos llamaba aquello la atención.
A Arenys de Mar llegamos a primera hora de la noche, y el madrileño, que estaba más corrido que nosotros, nos dijo: "Vamos hoy a ver al alcalde y le decimos que no encontramos trabajo y no tenemos para comer". Fueron él y Francisco. Yo me quedé con las maletas. Volvieron con un vale que les había dado el alcalde para comer en una fonda. Nos fuimos a comer, y el madrileño nos dijo antes de entrar: "Vino no podemos pedir, sólo comida y agua". Le dijo: "Ya que fuisteis a ver al alcalde, le teníais que haber pedido para dormir". Ellos dijeron: "De eso no nos dimos cuenta". El madrileño nos dijo: "Vámonos a la estación y allí, si hay algún vagón, nos acostamos". Cuando llegamos a la estación, estaba allí la guardia civil. Nos pidieron la documentación, y les dijimos que si nos podíamos acostar en unos vagones que estaban en una vía muerta. Nos dijeron que se lo dijéramos al jefe de estación. Fuimos a decírselo y nos dijo: "Pronto viene un tren que dejará aquí unos vagones de segunda. Os podéis acostar en ellos, pero no rompáis nada". Le dijimos: "Estate tranquilo, que no rompemos nada", y nos fuimos a unas rocas que había. Desde allí se veía la mar, y luces de barcos a lo lejos.
Vino el tren que dejaba allí los coches que nos había dicho el jefe de estación. Pusieron la máquina en una plataforma para cambiarla de dirección. Soltó el maquinista el vapor y puso al madrileño chorreando. Echaba maldiciones al maquinista, que con el ruido de la máquina no se enteró de nada. Se tuvo que quitar toda la ropa; yo le dejé el mono hasta que se le secara. Cuando se fue la máquina nos metimos en un coche de aquellos, y allí pasamos la noche. Al otro día tendió la ropa en las rocas, y cuando la tuvo seca se la puso y me dio el mono. Después le dijimos: "¿Qué hacemos?" El decía que se iba a Barcelona. Nosotros le dijimos que nos íbamos a ir para la provincia de Huesca, y si no encontrábamos trabajo, nos iríamos a Francia si no nos cogían, y si nos cogían a la cárcel.
El se fue en el primer tren que vino, y Francisco y yo no sabíamos qué hacer ni para dónde tirar. Dinero, mirándonos mucho por él, del que ganamos en Barcelona nos quedaba muy poco. Al final nos decidimos de irnos para Barcelona. Como ya teníamos billete para todos los trenes, cogimos el primero que pasó. En el tren que nos montamos iba una joven, y le dijimos el tiempo que hacía que buscábamos trabajo y no encontrábamos. Nos dijo: "Si queréis, vais a Montcada y Reixach, que allí hay una fábrica de hilaturas, y a lo mejor os dan trabajo". Nos dio la dirección y fuimos.
Pero nos dijeron que no tenían trabajo. Pensamos: "Vamos al Ayuntamiento y hablamos con el alcalde, a ver si nos quiere dar algo para comer". Preguntamos por el Ayuntamiento y fuimos, pero no estaba allí. Nos dijeron que si queríamos verlo fuéramos a su casa. Le preguntamos al que nos lo dijo dónde vivía. Nos apuntó la dirección, y fuimos a su casa. Llamamos a la puerta y salió una mujer. Le dijimos que queríamos ver al alcalde. Se entró ella para adentro y salió él. Le dijimos lo que queríamos. Nos dijo: "Apañado estaría yo si tuviese que dar de comer a todos los que vienen por aquí".
Cogimos y nos fuimos otra vez a la estación. Estando allí se acercó uno a nosotros y nos dijo si buscábamos trabajo. Le dijimos: "Eso andamos buscando, pero no lo encontramos". Nos dijo: "¿Queréis trabajar en un pantano que están empezando a hacer?" Le preguntamos dónde era. "Allí no hay fruta", dijo (nos estábamos comiendo unas manzanas). Nos dijo que era en Sau, pero que nosotros teníamos que ir a Vic y allí preguntar por el Hotel Colón; allí nos dirían dónde podíamos ver al que se cuidaba de dar trabajo.
Con el poco dinero que nos quedaba, sacamos billete para Vic. Cuando llegamos, preguntamos por el Hotel Colón. Allí preguntamos si sabían dónde podíamos ver al que se encargaba del pantano de Sau; nos dijo uno de los camareros: "Ese que está ahí es el chófer que lleva el camión que va al pantano". Le dijimos que si él sabía si nos darían trabajo y nos dijo que sí. Yo pensé: "Menos mal que ya hay uno que sabe decir sí". Se llamaba José Portet. Nos dijo: "Si queréis, como mañana es domingo, os podéis quedar aquí, y el lunes, cuando yo venga, os venís conmigo". Le dijimos: "Aquí, ¿qué vamos a hacer nosotros?" Le preguntamos a qué hora se iban a ir al pantano; nos dijo que a las tres o a las tres y media, cuando llegase don Manuel. Le dijimos: "Nos da tiempo de comer algo. ¿No sabes tú dónde hay un sitio que no sea muy caro?" Nos dijo: "Coged esta calle y cuando lleguéis a una plaza, en la esquina de la parte de abajo hay un bar que está bien de precio".
Fuimos a la plaza que nos dijo, que es la Plaza de los Mártires. Allí comimos garbanzos como los hacen aquí, en Cataluña, cocidos con agua y los escurren, y les echan un poco de aceite. Fue la primera vez que yo comí de aquella forma los garbanzos. También nos pusieron un trozo de butifarra, una rebanada de pan y un medio litro de vino. Nos cobró bien de precio, y cuando terminamos fuimos al Hotel Colón, y allí seguía Portet esperando que viniera don Manuel. Nosotros le dijimos: "¿Nos podemos subir a la caja del camión y echarnos hasta que venga don Manuel?" Nos dijo que sí. Nos tumbamos, y cuando vino don Manuel, le dijo el Portet que allí estábamos dos que íbamos con ellos para trabajar en el pantano. El don Manuel se asomó a la caja, y al vernos dijo: "¡Vaya unos trabajadores!" Nosotros le dijimos: "Llevábamos dos noches que casi no hemos dormido, buscando trabajo y durmiendo donde hemos podido". El nos dijo: "Bueno, dentro de un rato nos vamos".
En esa fecha estaban haciendo la ferretería Comella. El día que llegamos a Vic fue el 18-9-1948, un sábado. Y la hora, según un joven al que pregunté cerca del Hotel Colón, "dos quarts i mig de dues". Hoy sé lo que significa, pero aquel día, cuando me preguntó Francisco qué hora era la que me había dicho, le repetí lo que me había dicho el joven y nos quedamos los dos sin saber la hora que era.
Cuando nos dijo don Manuel que ya nos íbamos, nos sentamos en la caja del camión. Se puso en marcha, y cuando llegamos a Calldetenas se paró. Le dijimos: "¿Es aquí?". Nos dijeron: "Bajad, que vamos a coger unos sacos de pan". Los cogimos, y se puso de nuevo el camión en marcha. Cuando pasamos de Folgueroles y no se paraba, y cada vez se veían las montañas más cerca, nos decíamos: "Vaya a un sitio que nos van a llevar". Cuando llegamos a Vilanova de Sau, se paró en el bar de Torrent. Pensamos: "Si es aquí, esto está más llano". Le dijimos a Portet: ¿Aquí es ya?" Nos dijo: "No. Bajaros si queréis tomar algo". pero nosotros le dijimos: "No, aquí esperaremos". Cuando nos pusimos otra vez en marcha y veíamos las montañas de Tavertet cada vez más cerca, volvíamos a decir: "¿Dónde nos vamos a meter?"
Cuando llegamos donde tenían que hacer el pantano tenían una barraca que hacían servir de almacén y de oficina. Descargamos los sacos de pan. Nos tomaron la filiación y nos dieron un vale para que el barraquero nos diera la cama. Y como teníamos que ir a dormir a unos barracones que había en Sau que desde allí no se veían, nos dijeron: "Esperad que den de mano los que están trabajando, y os vais con ellos". Cuando plegaron (o dieron de mano), vinieron al almacén y le dieron a cada uno un pan. A nosotros no nos lo quería dar el que se cuidaba de darlo porque no habíamos empezado a trabajar. Tuvimos que hablar con don Manuel, quien le dijo que nos lo diera.
Allí, cuando llegamos nosotros, todavía no había comedor en la empresa. El jornal era de 1050, y las horas extras a 150. Daban un pan, y desquitaban lo que valía de la semanada. Nos daban 10 pesetas de crédito en la cantina, que era de Angel Font Parramon, y ese, cuando nos iban a pagar, le avisaba don Manuel para que fuera él a la oficina a cobrar lo que le debía cada uno. No sé si aquello lo podían hacer por ley, pero como entonces la ley eran ellos, lo hacían y se quedaba hecho.
¡Con el jornal que ganábamos, y un kilo de pan negro valía 18 pesetas, y el blanco 20! ¡Así se hicieron los pantanos en España: comiendo los obreros de las pocas carnes que teníamos!
Cuando llegamos a los barracones le dimos el vale a Antonio, que era un hombre mayor y hacía de barraquero. Nos dijo: "os puedo dar la cama, pero colchonetas, si no las han traído hoy, ya sabe don Manuel que no hay". Le dijimos: "Nosotros hemos venido en el camión, y no ha traído colchonetas". Nos dijo: id a la cantina y decidle al Angel que he dicho yo que os dé un saco con paja". Eladio, el hijo del barraquero, nos dijo: "Ya voy yo con vosotros". El se lo dijo al Angel, y nos dio dos sacos, uno a cada uno. Nos dijo: "Llenadlos como queráis, en aquel pajar". Así estuvimos hasta que vinieron las colchonetas.
Francisco tenía en la obra el número 39, y yo el 38. Aquella noche comimos un cuarto de higos pasas que compramos en la cantina, medio litro de vino y pan, y el domingo nos hicimos un guiso de arroz y patatas con unas colas de bacalao. Hicimos un puchero de barro bastante grande, y esa sería nuestra comida para merendar y cenar. Esa clase de comida fue la nuestra para muchos días hasta que pusieron el comedor en la obra. Pero pocos paraban allí. Con lo que se ganaba, como no se hicieran ellos la comida, no tenían ni para el desayuno y la merienda, y la familia ya podía ir esperando que le mandaran cuartos.
Aquel domingo le escribí a mi familia, que ya hacía días que no les había escrito. También le escribí a Luis y su hermano, diciéndoles donde habíamos ido a parar, que cuando me contestaran me dijeran si querían venirse aquí; como decían que allí había mucha química y aquello era enfermizo... Pero ellos preferían aquello que venirse al pantano, porque todavía estoy esperando la contestación. Francisco le escribió a su madre, porque con la mujer se vino regañado.
Como había cartilla de racionamiento, nosotros la trajimos. Como en Barbastro las exigían para comer en el comedor, y para poder comer algún pan más barato que el que había al estraperlo, llevamos las cartillas el Francisco y yo a una panadería de Vilanova de Sau, y los sábados, cuando dábamos de mano, íbamos a por el pan, que sería un kilo lo que nos daban para toda la semana. Era lo único que daban con la cartilla. Por lo menos a nosotros. Así estuvimos hasta que dejaron de darnos el pan con las cartillas.
Cuando nosotros llegamos al pantano, hasta las herramientas eran escasas. Tenían cuatro carretillas de mano, unas palas y unos picos, y poco más. Y un pequeño compresor y cuatro parpelinas para sanear lo que removían los barrenos. Decían que las carretillas y algunas palas y picos se los había dejado los de la Confederación del Pirineo Oriental, que eran los que vigilaban que el pantano se hiciera bien.
[En Sant Romà de Sau el día 17-8-1950. Yo soy el del centro]
Allí el trabajo que teníamos que hacer era de pico y pala. Después, lo primero que trajeron fueron unas vagonetas. Así empezó el pantano de Sau: o sea, la presa que hoy sostiene el agua. Anteriormente, cuando terminó la guerra (para algunos, como yo digo) habían hecho una presa pequeña y un túnel para desviar el río y poder hacer la que hoy se ve.
Nuestra misión era trabajar 10 o 12 horas. Los que queríamos, porque algunos decían que había costado mucha sangre conseguir la jornada de 48 horas, y ellos, aunque se murieran de hambre, no hacían más. Por la mañana, a lo primero, unos nos poníamos a las 7, otros a las 8, y otros a las 9. A los que se ponían a las 9, que eran los que no hacían horas, el primer encargado que tuvimos allí, que era madrileño, les dijo: "El que no quiera hacer horas que no las haga, pero la hora de ponerse a trabajar es a las 8, y el que no quiera, que se vaya". Así se terminó el turno de las nueve.
El Francisco y yo, cuando dábamos de mano, recogíamos leña por el camino de la obra a los barracones, y luego uno se quedaba partiéndola para hacer el fuego y aviar la comida. Mientras, el otro iba a la cantina a por el arroz y las patatas y un trozo de bacalao (si no había colas, que era lo más económico). Nuestro aceite casi siempre era un trozo de tocino refrito. Como dije anteriormente, con aquello cenábamos, y nos llevábamos para la comida del mediodía, que la hacíamos en la obra. Para el desayuno, lo que más comíamos los días de trabajo, eran higos pasados y un poco de pan. Cuando llegamos hacía buen tiempo, y con una manta que nos dieron, sin sábanas, se podía pasar. Pero cuando empezó el frío ya con una manta no había quién pudiera conciliar el sueño, y nos tuvimos que aparear como si fuéramos sodomitas, el Francisco y yo. Entre los dos, y con la manta que él tenía, juntamos las camas, y así podíamos dormir.
A Francisco, cuando llegó la primavera, le dijeron que en Vic admitían gente en la brigada de la RENFE, y me dijo: "¿Quieres que nos vayamos?" Le dije: "Ya anduvimos bastante buscando trabajo". El decía: "Dicen que ahí te dan trabajo, y eso es un buen sitio". Le dije: "Haz lo que quieras, pero yo no me voy". Se fue a trabajar a la brigada de la RENFE y me quedé yo sólo de Hinojosa.
Una noche, cuando estaba pelando las patatas para hacer mi guiso, había otro pelando patatas. Hacía pocos días que aquel estaba allí, y cuando vi la forma que tenía de pelar patatas le dije: "Pocas patatas has pelado tú". Me dijo: "Yo no he hecho esto nunca". Pero si malamente las pelaba, cuando se puso a partirlas, ni eran para cocidas, ni para fritas. Le dije: "¿Cómo vas a hacer las patatas?" Me dijo: "Fritas". Le partí una para que viera cómo tenía que hacerlo. Me dijo: "Si quieres, como se ha ido tu paisano, comemos juntos, y tú haces de comer, porque yo no sé". Se llamaba, y creo que se sigue llamando (era un año mayor que yo) Pedro Puig i Creu, y era de Granollers. Su vida es otra historia, y él la podrá contar mejor que yo la mía. Sabía leer y escribir, y cada día iba escribiendo lo que hacía. Días después se colocó en la oficina. (Más adelante volveré a decir algo de él.).
Mientras estuvo mi paisano fuera hice otro trabajo que no era de pico y pala. La tubería que subía el agua a un depósito para abastecer la torre de los que estaban de la Confederación y la obra de agua, empezaba a estorbar para hacer la excavación de la presa, y me dijeron el mecánico y don Manuel: "Tú vas a desmontar esa tubería". Les dije: "Yo no sé hacer eso". Me dijo el mecánico: "Eso tiene poco que aprender. Ven conmigo, que te voy a enseñar cómo se hace". Cogió dos llaves y desmontó dos o tres tubos. Me dijo: "¿Ves que fácil se hace esto? Ahora les diré a dos que vengan y los tubos que tú vayas soltando, que se los lleven donde hay que ponerlos luego". Así empecé mi primer trabajo de mecánico. Aquel mecánico también era madrileño, como el encargado. Ellos estuvieron allí poco tiempo. El mecánico se llamaba Paco.
Los tubos aquellos eran de uralita. Se collaban con unas bridas; dos que eran las que tenían la misión de apretar con tres tornillos, y una que era la que hacía el empalme; y dos gomas para que el agua no se saliera. Cuando terminamos de desmontarla, le dije al Paco: "Maestro, ya está aquello terminado". El me dijo: "Ahora hay que montarla por donde habéis ido dejando los tubos. Otra vez le dije que no sabía cómo o hacerlo. El me dijo: "¿No has visto cómo iban montados? Pues así las tienes que poner. Lo que tienes que tener cuidado de no apretar más unos que otros para no romperlos". Yo le dije: "Venga usted y me pone alguna para que yo vea cómo lo hace para apretar los tornillos para que no se rompan". Me dijo: "Mira que eres torpe". Vino y me puso unos tubos y me dijo: "Ahí te quedas. Ya te espabilarás". Los otros dos que estaban acercándome los tubos me decían: "Esto es muy fácil de hacer". Pusimos los tubos. Entre quitarlos y ponerlos echamos una semana. Desde la bomba, que estaba en el río, y el depósito, había unos trescientos metros. Cuando los tuvimos puestos fui a decirle al Paco que ya estaba aquello terminado. Me dijo: "¿Has roto muchas bridas?" Le dije que pocas. Me dijo: "Ve y te traes las llaves, que lo vamos a probar". Le dijo a uno de la Confederación, que era el que se cuidaba entonces de la bomba, que la pusiera en marcha.
Tuvo que mandar parar la bomba, porque al subir el agua al depósito se salía por la mitad de las juntas. Me dijo el Paco: "¿Qué has hecho, dejar las juntas flojas?" Le dije: "Como se me rompían algunas, no quería apretar mucho". Me dijo: "Coge las llaves y ya puedes repasarlas, pero ten cuidado que no las rompas ahora". Cuando terminé, volvimos a probar. Todavía quedaba alguna que perdía, y las fui apretando sin parar la bomba. Fui cortando las que perdían, pero yo me duché bien duchado con la ropa puesta. Después me dijo el Paco que me quedara con él para ayudarle en el taller, y cuando se quedó la bomba de suministro, como le decía a aquella bomba, al cargo de la compañía que hacía el pantano, me pusieron en la bomba y me hicieron peón especializado.
Mi paisano Francisco duró poco en la RENFE. Cuando vino le dije: ¿Ya te has cansado de RENFE?" Me dijo: "Allí no se gana ni para pagar a la patrona". Le dije: "Pues yo ya estoy enchufado en la bomba de suministro, me han hecho peón especializado". El me dijo: "Me alegro". El Pedro me dijo: "Félix, como ya ha venido tu paisano, tendré que comer otra vez solo". Le dije: "Ahora comeremos los tres juntos, si quiere mi paisano, y si no que coma él solo por haberse ido". Y comimos los tres hasta que el Pedro se enchufó en la oficina y se quedaba en el almacén a comer con uno que estaba allí; se llamaba Joaquín y era maño, de Benabarres.
Cuando vino Francisco de su RENFE lo echaron a trabajar donde se empezó la excavación. Al Pedro lo tenían con los paletas, en la torre que estaban haciendo, y yo en el río con la bomba. Como yo era el único que podía calentar la comida un poco antes de que fuese la hora, me llevaba la olla, y cuando teníamos que ir a comer la subía donde estaba el Francisco, y el Pedro bajaba de la torre. Comíamos los tres comida de nuestra olla, pero un día, cuando la cogí para calentarla, me di cuenta de que se le había soltado el culo, y ya no la pude mover. Cuando bajó el Pedro le dijo Francisco: "No sé hoy qué le pasa a Félix, que dice que si queremos comer, que bajemos". Cuando llegaron, les dije: "Mirad lo que le ha pasado a la olla". No se salió la comida porque era, como todos los días, patatas con arroz, y aquello estaba hecho un pan. ¡Aunque estaba frío, cualquiera lo dejaría! Por la noche nos tocó comprar otra olla.
Hasta que pusieron el comedor teníamos bien ocupado el tiempo en hacernos la comida. Los domingos, como a lo primero no se trabajaba, teníamos que lavar y coser la ropa. La primera Noche Buena que pasamos allí, mi madre me escribió diciéndome que me iba a mandar un paquete con chorizo, que eso era una de las comidas más buenas que comíamos los pobres por la Noche Buena, si lo teníamos. El día de la Noche Buena fuimos el Francisco y yo a por el pan de las cartillas, y a ver si había llegado el paquete. El mío no había llegado, pero a Francisco, como se vino peleado con la mujer, le mandó uno sin decirle nada. Cogimos el pan y un par de chorizos, y nos los comimos acompañado con un litro de vino en un bar que hay en Vilanova de Sau en una plazoleta.
Había estado lloviendo aquel día. Fuimos para Sau por el camino que va a unas casas que les dicen a la una Casitas y a la otra Can Mateu, sale al puente de Sau, y va de allí a los barracones. De lejos veíamos los charcos, pero cuando nos dábamos cuenta ya estábamos dentro de uno. El calzado que llevábamos era unas albarcas, y los calcetines unos trozos de saco liados a los pies. Cuando llegamos al barracón nos cambiamos de calzado y nos fuimos a la cantina de Carlos. La mujer se llamaba Carmen; le decían la tía Cataca; se lo puso un hombre mayor que se llamaba Patrocinio, y cuando se enteró ella que fue él quien le puso el mote, se lo dijo. El le dijo: "Pues tú dime a mí tío Cuatro o Cinco, que no sé quién me lo ha puesto".
Cuando llegamos a la cantina me dijo Francisco: "Vamos a pedir que nos traiga un plato de sopa". Yo me comí uno, y él se comió dos. ¡Después de lo que habíamos comido en Vilanova! Después vinieron dos o tres más, andaluces. Uno era también de la provincia de Córdoba. Se llamaba Hipólito, y tenía una bota de vino. Nos dijo: "Vamos a ir a la Misa del Gallo", y fuimos. Como en Andalucía en la Noche del Gallo se va con las botas, o botellas, de vino, y hasta que empieza la Misa se bebe y se canta, empezamos a hacer lo mismo. Cuando el Hipólito pasó por el confesionario donde estaba el cura por si alguien se quería confesar, le dijo: Buenas noches, padre". El cura creyó que se iría a confesar, pero él siguió para donde estábamos los otros con nuestro cante. Salió el cura del confesionario y nos dijo que allí no era un bar para estar cantando y bebiendo. Nosotros le dijimos que en Andalucía lo hacíamos. Nos dijo: "En Andalucía tenéis otro Dios". Nos dijo que saliésemos a cantar a la calle. Salimos de prisa de aquella iglesia, que después sería cobijo para los peces. Después que nos echó el cura de la iglesia nos fuimos a los barracones. Allí estuvimos cantando los villancicos de nuestra tierra, y después, cuando nos acostamos, yo pensaba, como creo que lo harían los otros, en mi familia, y lloraba bajo las mantas, sin que nadie se diera cuenta (ni Francisco, que dormíamos juntos porque ya hacía mucho frío). Si entonces me hubieran dicho que tenía que estar allí el tiempo que estuve, no me lo hubiese creído ni en bromas.
Me he retrasado en el tiempo para contar lo que nos pasó la primera Navidad que pasamos en San Román de Sau.
En julio de aquel año 1949 me dijo Francisco (que ya había hecho las paces con su mujer): "¿Quieres que vayamos al pueblo a pasar la feria?" Yo le dije: "Ya quedé escarmentado con ir el año pasado al pueblo. Me gustaría ver a mi familia tanto como a ti, pero yo no voy". El, cuando cobramos la primera quincena de agosto, se fue al pueblo. Le di un poco dinero para mi madre. A mí, a los pocos días de irse él a Hinojosa, me pusieron en un compresor que habían montado cerca del río. Así hacía dos trabajos: de noche, en la bomba de suministro; de día, en el compresor. Así estuve dos días y dos noches. No es que no durmiera, que de noche daba algunas cabezadas (o sea, que me dormía algunos ratos) pero le dije al mecánico (que ya no era el Paco, que se lo llevaron a otro sitio; el que vino en su puesto era maño y le decían Obispo): "¿Usted cree que yo puedo estar sin dormir tantos días?" Dijo: "Le diré al encargado general que te mande un pinche y te traiga una colchoneta; que él se quede contigo por la noche: tú duermes, y si él ve alguna cosa rara, que te avise". Así lo hizo: me mandó un pinche, hijo de un capataz que se llamaba Matías. El muchacho, en vez de estar vigilando cuando yo dormía, se dormía antes que yo.
No teníamos luz allí. Las bombillas que tenían en la obra eran de 125, y yo las empalmaba a la línea que había, que era de 220, y no duraban casi nada. Todas se fundían. Le dije al Obispo que teníamos que estar a oscuras porqué las bombillas que nos daban se fundían enseguida. Me dijo: "Estas bombillas son de 125; las tienes que poner en serie". Le dije: yo qué sé lo que es eso". Dijo: "Así ya puedes ir poniendo bombillas, que todas se te funden. Eso hay que hacerlo con dos bombillas: pon el portalámparas en una punta de cordón, pela la otra punta y la enchufas en el interruptor; después, cortas uno de los dos cables y poenes en él la otra bombilla". Así estuve una semana. El sábado, cuando estaba durmiendo en los barracones, vinieron dos medio pintones (aquel día habíamos cobrado) y me despertaron. Me pusieron de mala leche. Les dije: "Haced el favor de no despertarme más, que he estado toda la semana casi sin dormir". Ellos dijeron: "Pues no haber trabajado de día y de noche", y se fueron otra vez a la cantina. Después volvieron a venir a la cama a despertarme. Aquella vez ya hubo más que palabras. A Manuel Morellon, que era uno de ellos, cuando me quitó la manta, me levanté y le pegué una hostia. Se cayó encima de una cama en que no había nadie acostado. El era (y es, que con ese nos vemos en Vic casi todos los días, ya jubilados los dos, y alguna vez recordamos aquellos tiempos) de mi estatura (180 m). Me escupió a la cara. Si no nos hubiesen sujetado nos hubiésemos zurrado bien. Al otro día me vino a pedir perdón. El, muy bien hablado, me dijo: "Perdona, Félix, que anoche estaba embriagado y no sé cómo te pude molestar". El otro era mayor que nosotros y tenía más mundo corrido, y se quitó de en medio. Ese era Rocamora. Los dos catalanes, que es lo mismo que si hubiesen sido andaluces o de otra región cualquiera, porque en todos los sitios habemos de todo.
Mi paisano Francisco se vino otra vez en septiembre, y con él se vino mi hermana María. Cuando vino donde yo estaba se echó a llorar de verme con la ropa tan destrozada que tenía puesta, y unas albarcas de calzado. Le dije: "No llores. ¿Qué te creías que estaba haciendo yo aquí?" Cuando veía a los otros decía: "¿Y para eso estáis tan lejos de vuestras casas. Esto parece como los campos de concentración". Le dije: "¿Para qué has venido tú aquí?" Dijo: "Por verte a ti, que yo quería haberme quedado en Barcelona con otras". Dije: "Pues ahora no sé qué vas a hacer tú aquí". Como estaba yo en el compresor, se quedó conmigo hasta que plegamos, y después fuimos a ca el Angel. Le dije que si se podría quedar allí mi hermana hasta el domingo, que iríamos a ver si le encontrábamos dónde ponerse a servir.
Nos dijo: "Que se quede aquí y le ayude a mi mujer, y ya le daremos la comida, la cama, y lo que le den a las criadas de dinero". Allí estuvo poco tiempo. A ella no le gustaba aquello, ni a mí tampoco. Me decía: "Chache (que es lo que le dicen en Andalucía a los hermano mayores), pide permiso un día y vamos a Vic a ver si buscamos allí alguna casa para yo servir". Un hombre que tenía una hija sirviendo en Vic me dijo donde estaba, para que fuésemos a verla por si ella sabía de alguna casa.
Aquella muchacha estaba sirviendo en can Casetas, y nos acompañó. En todas las casas que fuimos les decían a mi hermana si sabía cocinar. Ella decía: "Como se cocina en mi pueblo sí sé algo, pero como lo hacen aquí no sé". Como no encontramos en ningún sitio fuimos a comer en un bar que tenía Teodoro Fonseca en la calle San Antonio. La dueña, que se llama María como mi hermana, nos dijo: "Si quiere se puede quedar aquí con nosotros hasta que encuentre otra casa". Aquel matrimonio tenía una niña que después se murió de meningitis. Mi hermana se hizo querer con aquella niña, y estuvo allí bastante tiempo.
Después vino mi madre. Se fue a servir a una casa de payés. La mujer se llamaba Filomena. A esa casa le decían Casa Blanca, es donde hoy está el polígono industrial de Vic. Cuando yo venía del pantano iba a verla allí, y le traía la ropa para que la lavara y cosiera.
Mi hermano estaba en la mili. Le tocó en Figueres. Estaba, pues, cerca de Vic, y era aquí donde venía cuando le daban permiso. Uno de los permisos lo pasó en el pantano trabajando; era por Navidad, y la panera que rifaron en la cantina de Angel Font le tocó a él. En vez de coger lo que tenía la panera cogió el dinero que le ofreció el Angel. Hizo lo mejor; sino, como decía él, nos la hubiésemos comido y bebido entre los paisanos. El dinero le hizo un buen servicio para la mili.
Ya había allí dos más de Hinojosa: Sebastián García y Antonio Ureña. Después vendrían bastantes más; entre otros Sebastián y Teodoro Morales Parra, dos hermanos que ya hace tiempo que murieron en Vic.
De mi familia, la última que vino fue la más pequeña: mi hermana Carmen. También se fue a servir a una casa de payés; se la había buscado mi madre. A esa casa le decían de Arqués. Está cerca de Gurb. Ella no entendía el catalán, y la mujer, que se llamaba Concha, no entendía el castellano. Cuando le decía: "Tráeme una paella", que en castellano es una sartén, tenía que ir la Concha y enseñársela. Y así todo. Por eso es la única de nosotros que sabe hablar catalán, y también está, como la otra hermana nuestra, casada con un catalán.
Mi hermana María se fue a servir a otra casa; por mediación de aquella familia se fue mi madre a cuidar a los padres de aquella mujer, que estaba paralítica. A mi madre le dieron por cuidar a la Clara y Siset, que así se llamaban los que tenía que asistir la vivienda. Se vinieron de payés ella y mi hermana Carmen, y cada una se puso a trabajar por un lado. Mi madre hacía faenas por las casas, y la Carmela se colocó en una fábrica de hacer juguetes en can Goula. La señora Clara, cuando mi madre venía de hacer algunas horas de trabajo, cuando sentía la puerta le decía: "¿Señora Petra, a dónde está usted, que le he estado llamando y no venía?" Mi madre le decía: "Tengo que ir a trabajar, que usted no me va a dar de comer". Ya tuvo que aguantar, con aquella pareja. El decía que había sido el mejor torero de Vic, y algunas veces se quitaba la chaqueta y se ponía a dar pases diciendo: "Así le hacía yo a los toros". Dicen que en sus tiempos había sido célebre en Vic.