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FÉLIX JURADO

Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández

 

NOVENO CAPÍTULO:

EN LA MILI (SEGUNDA PARTE)

Cuando me faltaban tres días para que se acabara el permiso, fui al ayuntamiento para que me hicieran la lista de embarque.

Me la hicieron y el día que se terminó el permiso me fui directo a Sevilla a la Maestranza y parque de artillería. Me presente al oficial de guardia y me dijo mañana vas a la batería que pertenezcas y que te den lo que te pertenezca del rebaje de rancho del tiempo que has estado de baja.

Me dieron lo que me tenían que dar y volví a ver al mismo capitán que estaba el día antes de guardia, le dije que tengo que hacer quedarme aquí o irme al Pedroso. Él me dijo espérate aquí y cuando venga el capitán que se cuida del destacamento ya te dirá lo que tienes que hacer, cuando llevaba allí unos días sin hacer nada, solo comer y salir de paseo pensé a ver si algún día me arrestan por estar aquí despistado, aunque no era mía la culpa.

Vi a uno que había estado de asistente con el capitán que tenia yo que ver y me dijo tu no te preocupes ya vendría don Manuel y con aquello ya me quede tranquilo.

Dos días después de aquello, me dijo aquel muchacho ya esta aquí Don Manuel. Fui a la oficina que estaba y le dije mi capitán qué tengo yo que hacer, irme al Pedroso o quedarme aquí.

El me dijo, estas muy delgado, es mejor que te vayas a la fábrica del Pedroso, aquello es mas sano que esto. Ya iré un día de estos y le diré al teniente que te ponga en un sitio para que no hagas guardias en una temporada.

Me tienen que hacer alguna lista de embarque? Y me dijo mira si ha venido el enlace y te vas con el que lleva lista de embarque para dos o tres. También le dije capitán usted sabe si tiene que ir alguno de los que están de recuperación en Hinojosa del Duque?, me dijo si era yo de allí.

Le dije que sí. Para que quieres ver tu alguno que vaya allí?.

Para mandarle a mi madre 200 pts que me han dado del tiempo que he estado de baja. Con ese dinero me harán un traje.

Con 200 pts quieres que te hagan un traje si con eso no tienes ni para los forros.

Me compra mi madre un corte de traje de los que van vendiendo los gitanos y cuando vaya yo otra vez lo hacen las mujeres.

Me dijo el que tiene que ir para Hinojosa es un brigada. Me dijo donde lo podía ver y el brigada me llevo las 200 pts a casa.

Mi madre me compró el corte del traje y cuando fui otra vez a casa, me lo hicieron mi madre y una vecina. Ese fue el primer traje que me habían hecho a medida. Ya diré cuanto tiempo tarde en ir a mi casa para hacérmelo y ver a mi familia que me interesaba mas que el traje.

Cuando vi al enlace, le dije cuando te vas para el Pedroso ?

Me dijo que pronto. Le dije que me había dicho el capitán que me vaya contigo. Él me dijo a la hora que nos iríamos.

Cuando llegamos al destacamento me dijeron cuanto tiempo sin saber de ti, ya pensábamos que no vendrías mas por aquí. Y les dije ya estoy aquí.

Había algunos que no los conocía, eran nuevos mientras yo estuve fuera. No eran de la Maestranza, eran del 14 de artillería que habían venido allí agregados. Pronto conocí a dos. Uno era de Pozoblanco y otro de Villanueva del Duque. A los pocos días vino el capitán y no se le había olvidado lo que me dijo. Me dio un enchufe, pero yo preferí aquello mejor que hacer guardias así podía dormir más tranquilo.

Cuando vino el capitán me mandó llamar para que fuera al despacho. Cuando fui estaba él y el teniente, pedí permiso para entrar, y me dijo el capitán pasa. Lo primero que me dijo, tienes bastante comida con la que te dan? Le dije la verdad, que algunas veces me quedaba con gana, y dijo: Ya le diremos a los rancheros que te den mas comida. A partir de aquel día comía yo antes que los otros.

Cuando apartaban las perolas, mientras los otros pasaban lista, me ponían de comer. Si no tenía bastante con un plato pedía más. Suerte tuve de encontrar entre tantos hombres que había entonces sin conciencia y yo encontré a una mujer y a un hombre que además de mi familia para mi fueron buenísimos. Sor Rosa y un capitán de artillería Don Manuel García Hernández.

El teniente tampoco fue malo para mi, su nombre era Aniceto Granjera Lechón.

El capitán lo segundo que me dijo, tú en qué trabajabas en tu pueblo?

Le dije he tenido que hacer muchas cosas para poder comer. He trabajado en una tejera y en el campo también he tenido que ir algunas veces a trabajar y otras veces a buscar lo que podíamos.

El me dijo si nunca has hecho de hortelano y quieres, te puedes ir con el que hace de hortelano y así aprendes para cuando te licencies, así puedes trabajar en alguna huerta.

Yo pensé en que huerta querrá este hombre que haga yo de hortelano si las que hay allí tienen bastante con los dueños. Pero dije que sí.

El que hacía allí de hortelano ese sí que tenían sus padres huerta. Era de Lora del Río.

También se llamaba Manuel.

Con lo de comer yo sin formar, algunos me decían que suerte tuviste con ponerte enfermo comes lo que quieres y no tienes que hacer colas. A alguno le tuve que decir si tienes envidia ponte tu malo.

Un día me puse en fila y me dijo el que hacia de cocinero mayor. Tu que esperas en la cola sí ya esta las perolas apartadas. Le dije para que no protesten algunos de estos.

Me dijo el que no le este bien cuando venga el teniente que se lo diga y ya me dejaron tranquilo.

0Cuando llevaba dos meses comiendo así, recupere casi mi peso normal, y con lo que iba trabajando ya tenia fuerza como antes de caer enfermo. Cuando me recupere de todo el peso que había perdido me ponía en cola con los otros. El teniente me dijo. Porque te pones en fila. Le dije mi teniente ya tengo bastante con la comida que comen todos, y me dijo: me alegro de que así sea. Daban bastante comida, lo que no estaba tan bien condimentada como en la Maestranza.

En la huerta sembrábamos toda clase de hortalizas, tomates, pepinos, patatas, pimientos, de todo lo que se cría en una huerta. También había naranjos y nogales de unos que echan las nueces con la forma de aceituna. Allí fue donde conocí aquella clase de nueces, después no las he vuelto a ver más.

En 1945 hubo pocos tomates, pero en 1946 tuvimos allí una cosecha de tomates y patatas. Las patatas se perdieron pronto pero de tomates había para dar y vender como dicen los campesinos cuando hay buena cosecha. Y no la pueden vender como ellos quisieran. Todas las mañanas cogíamos tres o cuatro cestas de tomates. Los poníamos en una habitación y aquel año comimos tomates cocidos.

Aunque los tomates con el agua que tienen y un poco de aceite que le ponían, por eso decíamos que estaban cocidos con agua. Y crudos podían comer todos los que se querían. Sólo tenían que ir a cogerlos donde los guardábamos para comer los que quisieran.

Había uno que se apellidaba Gago, y decía que en su casa nunca había comido tomates. Allí se hizo a comer tomates y decía el día que yo vaya a mi casa y mi madre me vea comer tomates crudos le va a parecer que está viendo visiones. Y nosotros, como comía tantos tomates, le decíamos: "Descansa Gago". Y cuando íbamos al Pedroso de tanto decírselo nosotros, cuando nos veían los del pueblo decían descansa Gago.

Nos preguntaban porque le decíamos eso y se lo explicábamos.

Había buena gente en el Pedroso y cuando íbamos al pueblo, y entrábamos en las tabernas que era lo que mas hacíamos allí, cuando íbamos a pagar la convidada, muchas veces ya nos la habían pagado.

Gracias a los pedroseños por lo bien que se portaron con nosotros. Cuando estaba en la huerta, les daba de todo lo que allí se criaba al que me lo pedía. Había dos mujeres del Pedroso, puestas por la Maestranza, para lavarnos la ropa. Aquellas mujeres cuando había coliflores me decían si les podía dar alguna y mientras había para nosotros había para ellas.

Una mujer de aquellas tenia su marido en la cárcel. Ella tenia que sacar sus hijos adelante. Había muchas mujeres como ella y una de ellas era mi madre. Y como que yo sabía lo que era pasar por aquellos trances, todo lo que podía se lo daba.

También los hijos del teniente (tenia cuatro) eran como los dedos de la mano, casi iguales, la niña que era la mayor tenia nueve años. Cuando menos lo esperaba estaban detrás de mi y me decían hortelano dame lo que les había dicho su madre.

Traían la cesta y yo tenía que llevársela. Tanta confianza tomaron los niños conmigo que venían hasta la batería a buscarme y cuando comíamos uno que se llamaba Coi (tenia cinco años) le decía quieres rancho que esta muy bueno.

El no entendía que nosotros le decíamos rancho a la comida pero le tenia que dar. Algunas veces comía bastante. Se lo dije al teniente, que el Coi comía rancho conmigo. Él me dijo has hecho bien en decírmelo, por que hay veces que no quiere comer, por mucho que le obliga su madre, pero si te pide otra vez no le des, que coma con sus hermanos.

Pasó otra cosa más jodida, uno que se llamaba Acebedo le enseño a fumar. El crío le daba unas chupadas al cigarro como uno grande. Un día le pidió a su padre un cigarro. Cuando su padre vio como el crío le daba las chupadas al cigarro, le pregunto quien te a dado a ti para que fumes, el le dijo el hortelano. Cuando me vio el teniente me dijo que le des de comer al niño de comer tiene un pase pero no te da vergüenza de enseñar a fumar al crío.

Le dije si yo casi no fumo como le voy a dar de fumar al niño. Suerte que uno le dijo quien le daba de fumar al niño. Le metió una buena bronca y a mí me dijo cuando vengan los niños por aquí los llevas a mi casa.

Suerte que se aclaró la cosa, sino perdemos las amistades, como él me había dicho. Esos de que íbamos a perder las amistades me lo dijo más de dos veces, como estábamos tantos días juntos…

El teniente tenía allí una sobrina que se llama (creo que sigue viviendo, porque esa ara más joven que yo, aunque la muerte no tiene edad) Natita. Era la familia de las Natividades: la mujer del teniente, la hija y la sobrina, las tres se llamaban lo mismo. También tenía allí a la suegra, y de vez en cuando traía a los otros sobrinos, a pasar allí una temporada.

El teniente y su familia llegaron allí unos días después de llegar nosotros, los quintos del 45. Venía de Marruecos, arrestado; y allí encontró una ganga, ¡vaya qué arrestos! Pero después (ya lo iré explicando) no sólo me tomaron cariño los hijos del teniente, sino que hasta la sobrina se enamoró de mí.

Un día le dijo a la joven que estaba de criada con ellos: "Me gustaría casarme con Félix. ¡Con lo buen mozo y guapo que es!" Pero yo, aunque me lo dijo la criada, no le dije nada; no estaba yo para novías. Aunque después me hice amigo de una joven en El Pedroso.

Porque aunque yo no pensara en casarme, por no traer más esclavos a este mundo, tengo una buena flauta, y también quería que me la tocaran.

Cuando no teníamos nada que hacer en la huerta hice de porquero. El que estaba de cabrero no sabía ordeñar; el cabrero fue el que me enseñó a dividir; era de Cádiz, se llamaba Pedro: me dijo que me aprendiera bien la tabla de multiplicar, y me enseñaría a dividir.

Como él no sabía ordeñar las cabras, era yo quien las ordeñaba, i se lo enseñé a él. Así, cada uno no enseñamos una cosa.

Algunos día, cuando íbamos a ordeñar las cabras, venías las dos, la criada y la Natita, para que les enseñase a ordeñar, y les dejase una cabra para que ellas la ordeñaran. Pero un día vinieron con prisas y me decían: "Félix, déjanos que ordeñemos una que tenemos que irnos a hacer otra cosa". Les dije: "Cuando termine esta, escogeré una y la ordeñáis". Lo que les cogí no fue una hembra, sino el macho.

Les dije: "Tomad, ordeñad esta". Y ellas decían: "Que tetas tiene esta más duras". Hasta que se dieron cuenta que era el macho: Se echaron a reír y se fueron haciendo "fiu" como el gato. Con aquella pareja de jóvenes estaba yo divertido, y es que, como ya he dicho, tenía una flauta y me gustaba que me la tocasen. Ellas tenía su trombón y también querían que se lo tocaran.

Estuve una temporada de asistente con el teniente. Tenía que distraer a los críos, y a ellas cuando tenían tiempo. Y si no, ya procuraban ellas de tenerlo; me decían: "Félix, ¿quieres venir y nos haces en una encina un columpio para mecer a los niños?" Las encinas estaban a unos 40 metros de la casa en que vivían ellas y sus tíos. Cuando les hacía el columpio con una cuerda que pasaba por una rama, me decían: "Félix, ¿quieres columpiarnos un poca a nosotras, tú que tienes más fuerza?"

Yo, el primer día les dije: "No es para vosotras, es para los niños". Pero después me di cuenta que ellas querían un rato de cachondeo, sobre todo la Natita. De allí salíamos ellas y yo cachondos. Me decía la Natita: "Félix, deja puesta la cuerda para otro día". Yo le decía: "como nos vea tu tío, ya verás lo que nos dirá". Y ella me decía: "Ya lo saben, mis tíos, que nos venimos a columpiar aquí".

Cuando licenciaron a la quinta de 1943 se fueron los que había allí, y como hacía falta gente tuve que hacer guardias. Cuando me veían que estaba de puesto en una garita (a aquel sitio le decían el Chaparro), venían el par de ellas con algún crío y la cuerda para que hiciera el columpio.

Yo les decía: "Iros de aquí, o hacedlo vosotras, que yo estoy de puesto y no quiero que tu tío me meta en el calabozo". Me decía la Natita que ya lo sabía, su tío, que venían a que yo les hiciera el columpio, y se lo tenía que hacer.

Como estuve allí tanto tiempo me tocó hacer de todo, hasta de bellotero. Un día, cuando era el tiempo de las bellotas, me dijo el teniente: "Félix, ¿tú no has ido en tu pueblo a por bellotas?" Yo le dije: "¡No me hable usted de las bellotas! Que más de dos noches me hicieron dormir en la cárcel por ir a por bellotas". El me dijo: "Aquí, si vas, no te pasa nada". Yo le dije: "Aquí no, porque si voy cojo unas pocas para comer". Y él me dijo: "Lo que yo quiero es que vayas a por bellotas para los cochinos".

Que remedio me quedaba sino hacer lo que me decía. Le dije: "¿Cuando quiere usted que vaya a por bellotas?" Me dijo: "Si quieres vete ahora". Le dije: "¿Con qué las voy a traer?" Me dijo: "Ve que Picino te dé un saco". Picino era de mi quinta. En su pueblo hacía de matarife, y como allí mataban cochinos, él lo hacía. También hacía de furriel. Fui y le dije que me diera un saco. Me dijo: "¿Para qué quieres tú un saco?". Le dije para lo que era, que me lo había dicho el Teniente.

Me lo dio y me fui a por bellotas. Como había muchas, en dos horas cogí medio saco. Cuando llegué, se lo enseñé al teniente. Me dijo: "Ponlas donde tienen la comida para los cochinos". Le dije: "¿Le doy el saco a Picino?" Me dijo: "Déjalo ahí y esta tarde vas a por más; y eso va a hacer tú ahora mientras haya bellotas".

Un día le vendí medio saco de bellotas al jefe de estación, que él tenía cochinos. Como siempre hay chivatos, se lo dijeron al teniente. Él no me dijo nada, pero el mono que tenía, de subirme a las encinas se me rompió; le tuve que pedir uno al teniente, pero me dijo: "Me parece que te lo vas a comprar tú con el dinero de las bellotas que has vendido al jefe de la estación". Le dije: "Vendí el otro día unas pocas porque no tenía sellos y tenía que escribir a mi familia". Me dijo: "Habérmelo pedido a mí". Cuando me iba me dijo: "Que Picino te dé el mono". Fui, y no había nada más que un mono que, de largo, me sobraban cuatro palmos, pero de ancho, aunque yo ya tenía mi peso normal, cogía otro como yo. No sé para quien hicieron aquel mono.

Fui a casa del teniente y le dije: "Mire, el mono que hay, tan grande. Con esto no me puedo subir a las encinas". Estaban allí, con el teniente, su mujer y la madre de esta. Él me dijo: "Félix, lo que hay que mirar es la percha, no la ropa". Me dijo la madre de la mujer del teniente: "Déjamelo aquí, que yo te lo arreglaré". Aquella señora me lo puso a mi medida.

Cuando fui a por el mono estaban la mujer del teniente y su madre, y aunque yo había entrado muchas veces en la casa, la señora Natividad nunca me había dicho nada. Aquel día me sacó la conversación de cuando yo había estado en el Hospital. Me dijo: "Félix, nunca te he preguntado cómo se llamaba la monja de cuando estuviste en el hospital". Le dije: "Se llamaba Sor Rosa". Me dijo: "Si lo hubiese sabido, te hubiese dado una recomendación". Le dije: "Usted la conoce?" Me dijo: "Es una mujer muy buena. Con ella estuve yo en la guerra de enfermera". Yo le dije: "Aunque no me dio usted recomendación, mejor que lo hizo conmigo no lo hubiese hecho". Así me enteré de que ella fue enfermera en la guerra.

Cuando ya no había bellotas por allí cerca, tenía que ir a una finca que estaba a unos 2 kilómetros del destacamento, y allí tenía que tener cuidado para que no me vieran los porqueros. Pero tanto va el cántaro a la fuente que, como dice el refrán, se rompe: un día me vio el porquero. Yo le dije que eran para comérnoslas los soldados. Él se lo creyó como yo, que tantas bellotas era para comérnoslas los soldados, ni que sólo comiéramos bellotas. Me las dejó y me fui. Se lo dije el teniente. Me dijo: "Cuando vayas mañana tienes más cuidado para que no te vean".

Pero como el porquero se la había dicho a quien se cuidaba de la finca, estaba vigilando cerca de donde yo cogía las bellotas. Vino montado en un caballo y me dijo: "¿Ya os habéis comido las bellotas que te llevaste ayer?" Le dije para qué eran las bellotas y me dijo: "Dile al teniente que mañana mandaré yo a uno y que le dé los cochinos, que aquí se los cebaremos". Le dije: "Ya le diré lo que usted me dice", y me fui con las poca bellotas que tenía en el saco.

Cuando llegué al destacamento fui a ver al teniente y le dije lo que me había dicho aquel hombre. Cuando vino el porquero al otro día, le dio el teniente tres cochinos para que se los cebaran. Pero como aún tenía dos cochinas paridas y los lechones, me dijo: "Félix, allí no vayas más a por bellotas, ve a otro sitio. Le dije: "Si por aquí ya no hay. Como no me vaya por la sierra y coja bellotas de alcornoque..." Él me dijo: "Tú coge de las que haya". Lo que él no sabía, ni yo tampoco, que aquellas bellotas no se las comían los cochinos; las partían, y como que amargaba, las dejaban.

Le dije al teniente lo que hacían los cochinos con las bellotas. Me dijo: "¿No puedes ir a otro sitio que haya encinas?" "Claro que hay –le dije–, pero son cuatro bellotas en cada encina, y en todo el día cogeré un celemín de bellotas". Pero él quería que le trajese bellotas; me dijo: "Pues ve a la finca donde nos tienen los cochinos, y si vienen les dices que son unas pocas para hacer yo un regalo a un familiar que tengo en Sevilla".

Ya me empezaba yo a hartar de bellotas y de teniente, pero fui otras veces donde me decía. Como las bellotas estaban ya cerca de la casa, poco tiempo tardó en venir el encargado de aquello y me dijo: "¿Ya estás aquí otra vez? ¿No quedé con el teniente que me trajera los cochinos aquí para que no viniesen a por bellotas?" Le dije: "Esta vez me ha dicho que son para hacer un regalo a un familiar que tiene en Sevilla". Y él, como sabía que tenía más cochinos, me dijo: "El familiar son los cochinos que tiene allí".

Le dije al teniente que aquel hombre se puso muy enfadado conmigo y que yo ya no iba más a por bellotas. Él me dijo: "Pues mañana tienes que hacer guardia". Y así fue. Le dijo a Juan Redando, que era el que nombraba las guardia, que me pusiera en la lista. Ese Redando era de los que estaban allí agregados del 14 de Artillería, y era de Pozoblanco. Me dijo: "Félix, ¿qué te ha pasado con el teniente, que me ha dicho que te ponga guardia para mañana?" Le dije por lo que fue. Me dijo: "De guardia estás mejor que lo que estás haciendo" Y así era.

Lo peor era para dormir: cuando tenías que hacer guardia dos días seguidos te dormías en el puesto. Si el capitán hubiese estado en el destacamento, fijo el teniente no me hubiera hecho hacer tantas cosas. Pero el capitán sólo venía 2 ó 3 días cada mes –algunos meses ni venía–, y cuando sabía el teniente que iba a venir me decía: "Tú, mañana, a la huerta".

Ya no me hacía a mí mucha gracia, porque, como decía Redando, en la guardia se estaba mejor que en lo que yo hacía; no en lo que hacía él. Porque él estaba en la oficina, y también se cuidaba de abrir un rato por las tardes una cantina que puso el teniente.

Cuando me hice amigo de una joven –se llamaba María– en El Pedroso, entonces, si estaba haciendo guardia, le decía a Redando que me dejara libre los domingos. Así lo hacía, dos o tres domingos seguidos. Los otros decían: "Tú Redando haces trampa, que siempre libra Félix los domingos". Él decía: "Venid y mirad la lista, veréis como es que le toca". Allí, como en todos los sitios, había envidias y se hacían trampas.

Allí, cuando se hacía el relevo de guardia, no se iba formado, como hacen en lo cuarteles. Allí cada uno se iba solo al puesto donde le tocaba. Un día que estaba yo de guardia me tocó hacer el último puesto. Al otro día tenía que salir a las ocho, y eran las ocho y media y no venía el relevo. Era en el invierno y no venía nadie por allí; estaba cerca de la estación y veía el reloj. Pensé: "Verás como se enteran que estoy aquí". Me eché el fusil a la cara y disparé a una encina que había allí.

En seguida salió el teniente de su casa y me dijo: "¿Qué ha sido eso, Félix?" Yo le dije: "Tenían que haberme releva a las ocho y todavía no han venido". Estando hablando nosotros vino el cabo de guardia a ver qué pasaba. Le dijo el teniente: "Qué haces que no has relevado ya a este". Él dijo: "Si cuando yo entré de guardia los mandé a cada uno a sus puestos". Yo le dije: "Pues aquí no ha venido ninguno".

El tiro que le pegué a la encina salió unos veinte centímetros por encima de donde había entrado. Se lo dije al teniente: "Mire por donde ha salido el tiro". Él me dijo: "Eso es que ha cogido un seco y ha vuelto para atrás". También me dijo: "Como vuelvas a pegar tiros vamos a perder las amistades".

El cabo fue a mirar lo que había pasado con los de la guardia. Pasó que los dos se fueron al mismo sitio; uno entró en la garita y el otro se quedó antes de llegar, y entre unas cosas y otras yo estuve cuatro horas de puesto.

Voy a hablar un poco del teniente. Como ya dije, él llegó allí pocos días después que nosotros, los quintos del 1945, al Pedroso. Vino de Marruecos, y traía mala prensa. Cuando llegó tenía hasta los pantalones remendados. Traía los hijos que tenía, y la suegra, pero no la sobrina, que esa vino después (también era hija de militar, su padre era capitán de Caballería).

Con lo que ganaba un teniente y con tanta familia allí se tubo que espabilar. Lo de las bellotas no era nada; como dije, en 1946 cogimos muchas patatas, y pronto se perdieron. Nosotros pensábamos que aquellas las dejaría para nosotros, y las que traía de Sevilla se las echaría a los cochinos, si las querían, porque tenían un gusto que no se podían comer.

Vendió las que cogimos, y en el tiempo de las aceitunas iba a Cazalla de la Sierra a comprar. En el Pedroso las molían, y juntaba bidones de aceite para llenar un camión. También mataba cerdos y hacía embutido y llenaba cajas de madera. Con las cajas de embutido y los bidones de aceite en el camión ponía la bandera de explosivos, y así metía aquello en Sevilla. Ya sabía él donde vender aquello. Así hizo él allí su agosto. Después quiso hacer lo que no tenía que haber hecho; ya lo explicaré más adelante.

Un día vino por allí un muchacho de 17 o 18 años que había estado de vaquero en una finca cerca de allí y lo habían despachado. Venía para que le diésemos un plato de rancho; yo, como sabía lo que era pasar hambre, me cuide de ello. Aquel muchacho se quedaba en un chozo que había cerca del río y yo le daba un plato de rancho por la mediodía y por la noche. Ya lo sabían los rancheros, que era para aquel muchacho. Estuvo por allí unos días y me dijo: "Me voy por ahí a ver si encuentro algún sitio donde trabajar en algo". Se fue y no volvimos a verle más por allí.

También había unos pastores que mandaban a dos hijos pequeños que tenían con una olla para que les diésemos rancho. También me hice yo cargo de aquello. Cuando quedaba y no estaban ellos allí, cogía un cubo y se lo llevaba al cortijo. La madre de aquellos muchachos se llamaba Antonia y el padre José; me decían. "Esto que tú haces no sabemos cómo te lo podemos pagar". Y yo les decía: "A mí no me tienen que pagar nada, porque yo sélo que es pasar hambre; por eso lo hago". La mujer hizo que le llevara mi ropa para que ella me la lavara y cosiera. Le dije: "Pero si allí tenemos dos mujeres que nos lavan". Pero ella me dijo: "Aquí te lavo tu ropa sola y allí la tienen que lavar toda junta. Un día también me quiso dar 5 pesetas para que fuese al cine, pero le dije: "Más falta les hacen a ustedes para sus hijos que a mí para el cine.

Una tarde, cuando iba al cortijo de aquellos pastores para buscar la ropa, me vio uno que tenían siempre en el calabozo. Era de Cheuta. Me dijo: "Félix, ¿dónde vas?" Le dije: "A buscar la ropa; si quieres, te abro la puerta y le dices a Lemo –que era el que estaba de cabo de guardia– que te dé permiso y te vienes conmigo". Lo saqué del cuarto que hacía de calabozo, salió él para el patio. Yo lo esperé en la puerta y vino en seguida. Me dijo: "Vámonos, que me ha dicho que vaya contigo". El cabo, que estaba en la cocina, yo no lo vi.

Aquel día había cogido el pastor una liebre y la pusieron con patatas; no dijeron que nos quedásemos a cenar con ellos. Aunque les decíamos que no, al final nos quedamos. Lo que yo no sabía era que el Ceuta (que era como allí le decíamos) no le había pedido permiso al Lemo, y cuando llegó la hora de la cena y lo fueron a buscar para comer, se encontraron que no estaba. También me echaron a mí de menos. Mandó el cabo que fuesen a la estación y a la casilla que había de los ferroviarios, y como no estábamos allí miraron nuestro fusiles, a ver si estaban en el armero. Cuando los vieron, el cabo se tranquilizó.

Porqué, como allí decíamos algunas veces, "mejor es irse a la sierra que estar aquí". El cabo pensó: "Estos se han ido a la sierra precisamente hoy, que no está aquí el teniente" (había ido a Sevilla). Cuando volvíamos nos dijo el cabo: "¿De dónde venís, vosotros?" Yo le dije: "¿No lo sabes tú, que este te pidió permiso para venir conmigo a por la ropa?" entonces me enteré que aquel se vino sin permiso. Nos entró a los dos al calabozo; a él por no pedirle permiso, a mí por haberle abierto al puerta. Después de un par de horas, me sacó y me dijo: "Vete a dormir a la batería y mañana cuando venga el teniente ya le diré lo que has hecho".

Cuando vino el teniente al otro día se lo dijo el cabo. Me dijo el teniente: "¿Tú sabes lo que te podría pasar si ese se hubiese escapado estando en el calabozo?" Yo le dije: "¿Cómo se iba a escapar estando conmigo si no se escapa cuando está de guardia? No sé para qué lo meten en el calabozo nada más cuando está libre de servicio". Como no fuera porque estuvo de enlace y vendiera algo que no fuera suyo, como decía el teniente.

Ser tan comprensivo con la gente me podría haber costado algún disgusto. Un día de invierno que estaba de guardia, el que vino a relevarme, a las 7 de la mañana, venía dando tiritones del frío que traía. Yo le dije: "Coge una poca de leña y haces candela en la barraca" (que estaba bastante retirada del polvorín). Él me dijo: "¡Si está prohibido hacer candela!". Yo le dije: "Pues te vas a quedar helado". La hicimos entre los dos; yo le dije: "Cuando te calientes la apagas". Pero él no la apagó, y cuando el cabrero iba para allá con las cabras vio el humo. Se volvió y le dijo al cabo de guardia que en los polvorines habían hecho fuego (nosotros le decíamos polvorines a dos naves que estaban solas, retiradas de los otros pabellones).

Cuando se lo dijo el cabrero al cabo yo estaba en la cocina calentándome, y no le dije al cabo que yo ayudé a hacer la candela. Cuando volvió me dijo: "Tú hiciste la candela y no me has dicho nada". Yo le dije: "Como iba el otro helado le ayudé a hacerla y le dije que cuando se calentaras la apagara". El cabo se lo dijo al teniente, como era natural.

El teniente me llamó y me echó una buena réplica. Entre otras cosa me dijo lo de "perder las amistades conmigo", y que si aquello hubiese ardido me la hubiese buscado. Yo le decía que allí dentro de donde lo hicimos no se podía el fuego ir hasta donde estaban los polvorines. Y le dije que sino se hubiese quedado el otro helado. Y el me dijo: "Con no helarte tú, deja a los otros, que ellos no miran tanto por ti".

Después me dijo uno de los maestros artificieros, el más joven (se apellidaba Delgano): "Félix, no se te ocurra más de hacer eso, porqué aunque está lejos del pabellón, como tú dices, los gases de la pólvora no sabemos hasta dónde pueden llegar". Yo pensé: "¡Si supieras que hay quien fuma encima de las cajas de la pólvora!" Con aquel hombre había yo discutido de los viajes a la luna, que ya se decía que algún día subiría el hombre a la luna. Yo, como entonces era tan creyente y tan ignorante, le decía: "Si la luna la hizo Dios fue para que no fuesen allí los hombres". Él me decía de qué forma subirían en unos cohetes, tal como hicieron. Él lo habría leído, pero yo sólo leía entonces (y mal) novelas de El Coyote. El otro maestro artificiero se apellidaba Gil. Ese era mayor, y con él hablaba poco de nada.

Un día, para la feria de El Pedroso, fuimos en un camión unos cuantos. También vino el teniente y su familia. Cuando llegamos a la estación y nos bajamos nos dijo el teniente: "A las once de la noche tenéis que estar aquí todos para irnos". De los que íbamos, había dos que tenían que jugar con el equipo de El Pedroso, que aquella tarde venía un equipo de un pueblo de Extremadura a jugar. Los que quisieron fueron a ver el fútbol, y los que no, no fuimos a ver otras cosas por el pueblo.

Cuando eran las diez veníamos tres de la plaza para la estación. Entonces vimos que el cabo primero Lemo, que hacía poco que había venido, estaba diciéndole a dos quintos del 1946, que hacía pocos días que habían llegado al destacamento: "Vosotros iros para el camión". Los muchachos le decían: "Mi cabo, si el teniente nos dijo a las once". Él, como había allí unos paisanos suyos, que habían venido con los futbolistas, para que vieran que él tenía mucha personalidad, les dio a aquellos muchachos una torta. Los paisanos suyos les decían: "Lemo, no seas sieso".

Cuando llegamos, los otros y yo le dijimos que por qué les estaba pegando a aquellos. Nos dijo: "Porqué me da la gana". entonces le dije yo: "Pégame a mí, flamenco". Me dijo: "A ti lo mismo te pego", y quiso darme una guantada. Los esquivé, y se la di yo a él; fue a tirarme una patada y le cogí el pie y lo tumbé de espaldas. Se llenó la calle de gente y le dije: "Vente a las afueras del pueblo, que mira que espectáculo estamos dando". Mientras, vinieron unos cuantos de los nuestros, entre ellos dos cabos segundos, y nos dijeron: "Estaos quietos".

Uno de ellos fue donde estaba el teniente y los maestros artificieros, y le dijo lo que había. El teniente le dijo: "Decídles que vayan para el camión, que pronto vamos nosotros".

Cuando vinieron, el teniente ya traía a su familia, que por lo visto tubo que ir a la casa de Juan Brenes, que allí estuvieron, porque los niños se le cansaron y el teniente se fue con los artificieros a tomar unas copas. El teniente, cuando llegaron a la estación, no nos dijo nada, y yo pensé que el cabo que fue a verle con otro soldado no le había dicho nada. Cuando el chófer iba a poner el camión en marcha no arracancaba. Le dijo el teniente, que también sabía conducir: "Déjame a mí". Entonces se dio cuenta de que el camión no andaba porque le faltaba gasolina; dijo: "¿Quién quiere ir al destacamento y que venga el mulero y traiga un bidón de gasolina?" El Lemo le dijo: "Yo iré, mi teniente". Ninguno más dijo de acompañarle.

El destacamento está de El Pedroso a 5 ó 6 kilómetros. Cuando vino Cristóbal, que era el mulero, nos decía: "Por vosotros he tenido yo que venir a estas horas, y vosotros os vais en el camión y yo tengo que ir con el mulo". (Más adelante diré algo de Cristóbal).

Cuando se puso el camión en marcha, nos subimos. Conducía el teniente, porqué al chofer le echó una bronca por no darse cuenta que el camión no tenía gasolina para ir y venir de El Pedroso. Cuando veníamos por el camino decían: "Mira cómo el Lemo se fue solo porque sabía que lo que hizo no tenía razón". Yo le dije al maestro artificiero (a Delgado): "¿Usted sabe lo que ha pasado?" Él me dijo: "Si el teniente no os dice nada, no lo menees, que ya hemos hablado nosotros de eso".

El Lemo había estado en la Maestranza, en la oficina, y él era el que llevaba el control de los que salían de escolta: falseaba los pases y los que iban de escoltas se iban unos días a sus casa. Así, él cobraba el rebaje de rancho de los días que los otros estaban en sus casa, hasta que lo descubrieron y lo echaron a El Pedroso arrestado. era reenganchado. No tardó mucho tiempo en licenciarse; decía que se licenciaría para irse a su pueblo, a una oficina.

Yo, cuando aquello, estaba de porquero y tenía que hacer refuerzos. Estaba con el cabo de guardia, de noche, para ayudarle dando vueltas a los puestos y a hacer los relevos. La noche que me tocaba con el Lemo nos sentábamos en la mesa del cuerpo de guardia y no nos hablábamos el uno al otro. Yo, cuando tenía que ir a dar la vuelta a los puestos, me estaba con cada centinela un buen rato, hacía tiempo hasta que era la hora del relevo. Estuve sin hablarme con él hasta que un día, por fin, me dieron permiso, y cuando iba para la estación me dijo: "Félix, que te encuentres bien a tu familia". Le dije: "Gracias, hombre". Después, cuando vine, ya nos estuvimos hablando hasta que se licenció.

Allí, de Hinojosa, sólo estuve yo hasta que vinieron los quintos del 1946, cuando vino uno del pueblo que no sabía escribir. Le escribía yo, lo mismo que a Cristóbal López Gálvez. A los dos les tenía que leer las cartas y escribírselas. Tenía que poner lo que yo veía que había que contestar a sus cartas, porque los dos lo único que me decían que les pusiera que se acordaban mucho de ellos y que estaban bien. Mi paisano era un hombre pequeño de estatura. Se llamaba José Calzadilla, y de mote Lechuguino.

Cristóbal era un hombre de mucha corpulencia: lo que tenía de grande, lo tenía de nobleza, no de cobardía. Yo le leía las cartas de su madre, que era su único familiar, porque no tenía ni padre ni hermanos. El era de Paterna de la Sierra, provincia de Cádiz. Me gustaría poderlo ver. Pero quién sabe dónde estará. Siempre que le leía las cartas lloraba y algunas veces decía: "Tobala, ¿por qué no apretaste las nalgas y me mataste cuando me pariste?" Yo decía: "Calla, que no dices más que tonterías", y él lloraba como un niño.

El Lechuguino tenía novia. Yo, cuando me decía que le pusiera a la novia lo que yo quisiese, le decía: "¿Quién es el novio, tú o yo?" Y él decía: "Yo no sé qué ponerle". A la novia le pasaba lo mismo: le escribía una vecina. Un día, cuando fui con permiso, me dijo que fuera a ver a la novia, y ella me enseñó la muchacha que le escribía. Yo le dije: "Entonces, los novios somos tú y yo". Se echó a reír. Aquella era una ricachona, y escribía mucho mejor que yo.

El Calzadilla (o Lechuguino) me decía: "Aquí no hacen falta rancheros". Le dije: "Cuando se licencien esos que hay, que son del 44, después tendrán que poner a otros". Me dijo: "A mí me gustaría ser ranchero". Se lo dije a Picino. Le dije: "Antonio (que era su nombre, aunque todos le conocían allí mejor por Picino), cuando se licencien los del 44, si puedes piensa en mi paisano para ranchero".

El Picino, como dije, era matarife. Fue el primero de mi quinta a quien el teniente hizo cabo. Él hizo después cabo a un paisano suyo; los dos se llamaban Antonio, pero el Picino se quería comer el mundo, y al otro tanto le daba ocho que ochenta.

Con mi paisano, mientras estuvimos los dos del pueblo, no había disputas. Pero vino arrestado mi inseparable (cuando estuvimos de quintos, y cundo nos licenciamos también) Daniel Leán López. cuando vino él, empezaron las discusiones. Un día, se discutieron ellos, y el Lechuguino me vino a decir: "Félix, me ha dicho Daniel que ya no me vas a escribir más". Yo le dije: "Eso es mentira. Tan a gusto que he estado aquí sin paisanos, y ya lo tenemos liado".

El Lechuguino se casó cuando se licenció: la mujer le duró pocos años, y él también murió joven.

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