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FÉLIX JURADO

Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández





 

UNDÉCIMO CAPÍTULO:

EN EL PANTANO DE BARASONA

(EMIGRACIÓN - PRIMERA PARTE)

 

La casa en que trabajaba su hermana estaba a la entrada del pueblo. Eran ella y otra chica sirviendo allí. Entonces por cuatro perras tenían a las criadas. Cuando nos vieron, después de saludarnos, nos dijeron: "Los señores se van a ir al cine. Dejadnos la maleta, que la vamos a guardar en el lavadero". Dijo la maleta, porque sólo yo llevaba la mía, que era de madera y la tenía bien conservada, pero el Daniel había perdido la suya por ahí. Nos dijeron: "Iros un poco por ahí y venís a las diez".

Así lo hicimos. Cuando volvimos nos habían preparado la cena: patatas fritas y un huevo para cada uno. Nos dijeron: "Venid donde podéis comer y acostaros". Nos llevaron al cubierto en que tenían el lavadero, y nos dijeron: "No hagáis ruido, por si cuando vengan los señores estáis despiertos no os sientan, que entonces nos reñirían a nosotras". Les dijimos: "estad tranquilas, que no haremos ruido, y mañana, como es fiesta y no hay coche de línea nos llamáis cuando sea de día para irnos al pueblo". Ellas nos dijeron: "Si vosotros despertáis antes que nosotras, dais un golpe en aquella ventana y nos levantaremos a abriros".

Cuando se hizo de día ya estábamos nosotros despiertos. Como veíamos que ninguna venía por donde estábamos, fue Daniel y tocó la ventana. Se levantó su hermana y nos abrió la puerta. Le dimos las gracias por lo que hicieron por nosotros, y lo atrevidas que habían sido al hacerlo. Les dijimos adiós y emprendimos nuestra marcha.

Cuando íbamos a salir de Pueblonuevo, en un puente que hay estaba un hombre con un puestecillo vendiendo dulces y cigarros. Compramos una peseta de cigarros, y ese fue nuestro desayuno. Cuando habíamos andado un poco sentimos el traqueteo de un carro. Nos esperamos, y cuando llegó a nosotros le dijimos que si iba para Hinojosa, y nos dijo que no. Como sabía por qué se lo decíamos, nos dijo: "Si queréis, venid conmigo hasta que me aparte de la carretera". Así fuimos unos dos kilómetros montados.

Después de darle las gracias, que era lo único que teníamos para dar, seguimos nuestra carretera; que en aquellos tiempos podíamos andar tranquilos, que no nos cogía ningún coche. Ya no volvimos a ver ni coches ni carros en todo el camino. Lo que sí vimos antes de llegar al Cuartanero fue un hombre que estaba guardando un melonar. Le dijimos que si nos daba una sandía. Cuando me reconoció, nos dijo: "Venid al chozo y comed los que queráis". Nos partió un melón y nos dio un trozo de pan.

Nos dijo: "No tengo otra cosa que daros; es lo que yo como más: melón y pan, porque las sandías es todo calduche". Aquel hombre (se llamaba José Flores Balsera, de apodo le decían Curuvilla) y yo estuvimos trabajando en el comedor que pusieron en la guerra. Yo le dije: "¿Cuando volveremos a comer tanta carne como cuando estuvimos en el comedor?" El dijo: "Y que lo digas". A aquel hombre, además de las gracias, le dimos un cigarro.

Daniel y yo seguimos otra vez nuestra carretera. La maleta la íbamos llevando cada uno un rato, y cuando nos parecía nos parábamos un rato a descansar. Ya nos empezaba a calentar el sol. De Pueblonuevo a Hinojosa hay 29 kilómetros, y aunque salimos temprano, había que andarlos.

Cuando llegamos al molino de viento llevaba el Daniel la maleta en el hombro, como hacíamos siempre; la dejó caer al suelo y medio la descuartizó. Le dije: "Ya que tú no llevas maleta, rompe esta también". Cuando llegamos a la entrada de Hinojosa, en unos comederos que había allí, vivían mis tíos Antonia y Casildo. Fue a los primeros que vimos. El Daniel también lo conocían bien mis tíos. Estaba mi tío Casildo y otro.

Como era el día de la Virgen de Agosto, se estaban convidando. Tenían una garrafa de cuarto de arroba con vino y un plato con pájaros fritos. Nos dijeron: "Sentaos y comeos unos pájaros, y bebeos un vasillo de vino". No se lo despreciamos. Nos sentamos con ellos, y una prima mía que se llama Felicia fue corriendo a mi casa a decirle a mi madre y hermanos que yo estaba en su casa". Allí vinieron todos los míos corriendo a verme. Después de abrazarnos y besarnos le dije a mi madre: "¿Quién os ha dicho tan pronto que yo estaba aquí?". Me dijo: "Tu prima Felicia". Le dije a mi prima: "Yo quería haberle dado una sorpresa, para qué fuiste a decírselo". Ella se rió por respuesta. De allí fuimos todos mis hermanos, mi madre y yo para casa. Ya había cumplido con la patria.

Ahora, qué teníamos que hacer, ya lo iríamos viendo. En Hinojosa el trabajo estaba casi todo hecho. Poco había que hacer. Daniel tenía un hermano que también hizo la mili en Sevilla. El era del 43, y estuvo en San Juan de Alfarache en el 74 de Artillería antiaéreos; cuando se licenció, se fueron él y otro a trabajar a un pantano a la provincia de Huesca: el pantano de Barasona. Habían venido a pasar unos días en el pueblo, y cuando lo vi le dije: "Luís, si me fuera yo con vosotros, ¿me darían trabajo a mí?" Me dijo que sí, que Daniel también se iba con ellos. Me dijo: "Si tú te quieres venir, te juntas un día con mi hermano, vais al Ayuntamiento y les decís que os hagan un papel, que es como una lista de embarque, y con eso sólo se paga la tercera parte del billete. Yo también iré antes de la feria, porque eso dicen que lo tienen que pedir a Córdoba".

Fuimos a que nos hicieran aquel billete de caridad, como decían. Recién licenciado y para buscar trabajo tenías que pedir caridad para desplazarte al sitio que te podrían dar trabajo. Esa era la España de mi juventud. Dos días antes de la feria, que entonces se celebraba el 28 de agosto, vino Luis a mi casa y me dijo: "Félix, ¿quieres venir estos días hasta que pase la feria a repartir gaseosas y sifones por los bares y tabernas?" Yo le dije que sí. Me dijo: "Cuando quieras puedes ir en ca el Lanchego y él te dirá cómo lo tienes que hacer; iremos mi Daniel, tú y yo". Aquella misma tarde empecé. El Luis ya había hecho aquello antes, y él le ayudaba al dueño a llenar las botellas algunos días. Daniel y yo íbamos por los bares y tabernas a repartir. Nos daba un tanto por lo que vendíamos.

El dueño sólo tenía una burra, así uno (en aquel caso yo, que fui el ultimo de conocer aquel negocio) tenía que llevar mi mercancía en un carretillo de mano, y así tenía que ir por todos los bares y tabernas del pueblo preguntando si tenían gaseosas o sifones para cambiar. Sólo había un bar al que yo no quería entrar. Le decía al Daniel: "A ese llégate tú, que yo no quiero ni ver a ese tío". El, como ya sabía por lo que era, lo hacía. También nos las compraban los del circo, y con eso por la noche teníamos la entrada gratis, si queríamos.

Dando muchos viajes sacamos un buen jornal. El penúltimo día de feria, yo le dije al dueño: "Mañana, si no le sabe mal, quiero ver la feria y no venir". Me dijo: "Como es el último día de feria, ya nos apañaremos". Cuando fui a que me pagara, la dueña, al verme con el traje que me hicieron mi madre y las vecinas con el dinero que le mandé del rebaje de rancho que me dieron cuando estuve enfermo en la mili, me dijo: "Pareces un señorito, no te conocía si no te hubiese visto la cara". Los días que estuve trabajando lo hacía con el mono azul, que fue con el que me vine de La Maestranza.

¡Con las ganas que tenía de licenciarme para estar con los míos en nuestra casa, y qué poco tiempo estuve! Después de la feria fuimos al Ayuntamiento por si tenían los papeles arreglados, y nos dijeron: "Venid mañana". Nos los arreglaron más pronto porque Luis y Daniel tenían un hermano que había sido pistolero, y otro que les mataron los rojos. Ellos decían que a su Canito lo mataron porque no pudieron coger al pistolero, que cuando se terminó la guerra vino con los fascistas, que con ellos se había ido. El también mató a unos cuantos en el pueblo.

El día 5-9-1947 emprendimos la marcha para Aragón. Ibamos cinco: el que había estado con Luis, era Manolo Imed, otro Manolo (le decían el Sebo), el Daniel y yo. De los Manolos, ninguno llevaba el billete de caridad. Cuando quisieron arreglarlo ya era tarde, y por no esperar hasta que se lo hicieran, se vinieron con nosotros.

El día que nos fuimos, como mi familia no querían que me fuese, les dije: "Lo siento tanto o más que vosotros, pero aquí no hay nada que hacer. Los indeseables de esta tierra no nos quieren en ella, y os pido por favor que no vengáis ninguno a despedirme a la plaza". Nos despedimos en casa llorando, como siempre que lo hacíamos. Cogí la maleta que había llevado en la mili (que era la única que teníamos), y me fui a la plaza. Allí nos juntamos los cinco, y cuando vino el coche de línea que iba a Cabeza de Buey nos fuimos en él.

Llegamos allí por la tarde. Dejamos las maletas en consigna y nos fuimos a ver la ciudad. Cuando se hizo de noche, volvimos a la estación y allí esperamos hasta las 11, cuando vino el tren que nos llevó a Madrid. Llegamos por la mañana, y estuvimos hasta la tarde bien tarde, cuando cogimos otro tren que nos dejó al otro día en Zaragoza.

En Zaragoza, tuvimos que ir a otra estación diferente de la que habíamos llegado. Tuvimos que pasar un puente que había para peatones, y nos hicieron pagar 15 céntimos a cada uno. Aquel día, hacía un viento que parecía que estábamos en diciembre. Era fuerte y frío. Yo le dije a Luis: "Si aquí hace tanto frío, cuando lleguemos allí nos helamos". El dijo: "En el invierno hace allí frío, pero en este tiempo no lo hace. Por lo menos el año pasado así fue. Allí cogimos otro tren que nos llevó a Segua, y allí otro con que fuimos a Barbastro.

Allí nos llevó un camión, porque el conductor conocía a Luis y Manolo, hasta Puebla de Castros, y nos bajó allí porque no querían los jefes que montaran a nadie en los camiones.

De allí fuimos andando hasta la central eléctrica, que era lo que hacían allí, porque la presa ya hacía tiempo que estaba terminada.

Me he pasado el viaje de un tirón; no he contado nada de cómo fue el camino. Los dos Manolos, como tenían tanto dinero y no traían billete de caridad, hasta Madrid pudieron pagarse el billete. Después tuvieron que hacerlo sin billete. Nos dejaron a nosotros las maletas, y ellos, cuando veían que el revisor venia, se metían debajo de asientos, si los dejaban los que iban de frente a los asientos en qué íbamos nosotros. Y si no, se lo tenían que apañar como podían. Hasta se subieron en los techos. Nosotros, cuando nos lo dijeron, le dijimos: "No hagáis eso, que como pase por un túnel y no os deis cuenta, os matáis". Unas mujeres que iban en frente de nosotros sintieron lo que decíamos. Les dijimos dónde íbamos, y que aquellos no tenían dinero para sacar el billete. Les dijeron que, cuando vieran venir al revisor, se metieran debajo de los asientos, que ellas no dirían nada.

Cuando llegamos a Barbastro, nos vieron una pareja de guardias civiles cuando bajamos del tren. Nos dijeron que a dónde íbamos. "A buscar trabajo al pantano de Barasona". Nos dijeron: "Lo que vais a encontrar va a ser la bala que os vamos a meter en la cabeza". El Luis se adelantó y le enseñó el salvoconducto que habían hecho en Hinojosa. Como a él le mataron a su hermano y el otro había sido pistolero, le ponían en el salvoconducto "adicto al régimen". Le dijeron:

"¿Así todos estos van contigo?" "Sí, es que yo ya he estado ahí trabajando". Dijeron: "Podéis marcharos". Luego me dijo Luis que en los salvoconductos tenían una contraseña, y ellos sabían los que eran afectos al régimen y los que no. Esos fueron los contratiempos que tuvimos.

Luis y Manolo, los dos que habían estado trabajando allí, fueron a las oficinas a pedir trabajo. Tardaron un buen rato, que a nosotros se nos hizo muy largo, y nos decíamos: "mira que si después de haber venido tan lejos no nos dan trabajo..." Cuando vinieron nos dijeron: "Ya podéis ir a la oficina para que os apuntéis". Quedamos tranquilos. Como perro que le quitan pulgas fuimos a las oficinas. Nos tomaron los datos y nos dijeron si teníamos cartilla del seguro. Les dijimos que no, y nos dijeron que ellos nos las harían. Nos preguntaron a quién queríamos poner en la cartilla. Como yo era el que hacía en mi casa (por ser mi madre viuda) de cabeza de familia, pude poner a mi madre y hermanos. También nos preguntaron si teníamos cartilla de racionamiento. Les dijimos que sí (el Luis y el Manolo nos habían dicho que la teníamos que llevar, que con ella podíamos comer por 3 pesetas). El jornal por 8 horas era de 9’50 pesetas. Cuando terminaron de tomarnos las datos nos dieron una papeleta para que el barraquero nos diera cama.

Nos dijeron: "Vosotros vais mañana a las ocho a la central a trabajar". Cuando íbamos para los barracones les dije a Luís y a Manolo: "Esto que nos han dicho que íbamos a ganar no es lo que decíais vosotros". Cuando estuvieron ellos estaban haciendo los anillos del túnel, e iban a destajo. Así, sacaban más del doble de lo que nos dijeron en la oficina. Pero aquello había cambiado: cuando ellos estaban, lo hacían los que estaban libres, y cuando fuimos, habían llevado a presos comunes para redimir condena, y eran ellos los que hacían los destajos.

Los demás hacíamos 10 horas diarias de lunes a sábado; las 8 horas de jornal las pagaban como dije anteriormente, y las horas extras a 1’40. La comida, como dije, 3 pesetas; la cama era de balde. Sólo teníamos que dar la sangre que nos sacaban los piojos. Yo no había visto tantos piojos desde la guerra, porque en la mili lo que había eran chinches. Pero allí, mientras más te cambiabas la ropa, más piojos tenías.

Por la mañana fuimos los cinco donde nos dijeron, a la central subterránea que estaban excavando. Nos presentamos al encargado, y a cada uno nos dijo lo que teníamos que hacer. Al Luis lo mandó a una hormigonera, porque ya sabía como funcionaba. A los dos Manolos los puso en el peor trabajo que había, que era bajar cemento en sacos de yute, que era los que entonces traían el cemento. Lo tenían que bajar desde la carretera a la central: había más de cien escalones. Así todas las mañanas; por las tardes les hacían llenar vagones de tierra y piedras en la central. Ellos estuvieron allí pocos días. Una mañana le dijeron al encargado que mandaran a otros a bajar cemento, que ellos ya estaban hartos de hacer aquello. Les dijo que si no querían hacer aquello se podían ir. Le dijeron: "Nos vamos". Se fueron a la oficina y pidieron la cuenta y se fueron dando tumbos por ahí. Unos días después nos escribieron desde Francia. Termino diciendo que Manolo Jurado está en esta fecha en Córdoba; tuvo en Francia un accidente laboral y quedó cojo, y con la paga que le quedó va tirando. Del otro, después de venirme de Barasona, no he sabido más de él.

A Daniel y a mí nos pusieron a sacar vagones. Con una grúa los sacábamos de donde hacían las excavaciones, los poníamos en una vía y los sacábamos por un túnel, y los vaciábamos en el cauce del río.

Teníamos que trabajar una semana de día y otra semana de noche. Después de la comida del mediodía, cuando íbamos de nomche, nos íbamos por aquellos campos, y le decíamos a los dueños si nos dejaban rebuscar almendras. Nos dejaban donde ya las tenían ellos cogidas. Para hacer el frío que hacía, allí había toda clase de árboles frutales. También había bastantes olivos. Yo no he vuelto a comer tantas almendras como allí, ni tan baratas como nos costaba: sólo el cogerlas.

Cuando llegamos no hacía frío, como nos dijo Luis el día que pasamos por Zaragoza. Pero cuando empezó a hacer, caían unas helada que el agua que iba goteando sobre la carretera (pasaba al lado de una montaña) se hacía bloques de hielo.

El ingeniero y algunos de la oficina los tiraban a tiros, y nosotros a pedradas. Cuando pasábamos por allí teníamos que ir con mucho cuidado, porque si te caía un témpano en la cabeza no lo habrías contado.

Allí empecé a ver por qué hay obras defectuosas. En la hormigonera donde trabajaba el Luis, cuando estaba el vigilante, le echaba una cantidad de cemento, y cuando se iba le echaba otra; como el vigilante estaba allí poco rato, siempre iban las pasteradas flojas de cemento. Con eso y otras porquerías como esas se han puesto muchos las botas.

La comida estaba bastante bien. Comíamos los presos y los libres todos juntos. A ellos, el día que daban arenques para desayunar les daban medio churrasco. A nosotros no nos daban nada más que una pareja de civiles, como les decíamos a los arenques. El día que eran farinetas de harina de maíz, era para todos igual. Nosotros teníamos que comprarnos el pan para el desayuno, y como el pan sin cartilla valía más caro, cuando podíamos cogíamos una vereda que iba paralela al río, e íbamos a Grau.

Allí fuimos contándole a un panadero que a nosotros las cartillas nos las pidió la empresa para darnos la comida, y que hiciera el favor de vendernos un pan al precio que vendían el de las cartillas. A lo primero nos dijo que a él le daban la harina para la gente que tenían las cartillas, y como nos íbamos porque nosotros no podíamos pagar el pan de estraperlo, nos dijo: "Os venderé uno a cada uno, pero no se lo digáis a nadie, porque con el pan que os vendo a vosotros, tengo yo que poner dinero". Le dimos las gracias por el favor que nos hizo. Yo tuve que ir allí pocas veces a por pan, porque me coloqué de mozo de comedor y ya comía lo que tenía gana. Ya hablaré de ello.

Las primeras 100 pesetas que ahorré se las mandé a mi familia y le decía a mi madre lo que ganaba, que no ganábamos lo que dijeron los que estuvieron allí antes. Mi madre me mandó a decir: "No te vayas tú a quedar sin comer por mandarnos lo que ganas, no nos mandes nada más, que nosotros nos apañaremos como podamos. Si puedes ahorrar algo lo guardas tú". Ya sabía ella que yo no tenía vicios y sabía guardar un peseta.

Con el dinero que pude ahorrar me hice un traje de pana. Me lo hizo un sastre de Puebla de Castros, y se lo iba pagando cada semana un poco. Yo le dije: "Hasta que no se lo termine de pagar, no me lo llevo". Me costó 275 pesetas. El resto del dinero que iba ahorrando me lo guardaba una mujer, también de Puebla de Castros, que tenía un bar.

El Luis y su hermano Daniel no guardaban ni una peseta. Cuando les dije que ya tenía el traje pagado, me decía el Luis: "Si tú vas a la cantina y compras lo que sea, y te vienes a los barracones. Nosotros, cuando vamos, hasta que gastamos todo lo que tenemos no nos venimos". Me dijo: "De aquí en adelante me vas a traer tú lo que me haga falta de la cantina". Pero le pasaba como a aquel que decía mi madre: "Me pega palos con el rabo de una oveja: yo quiero ser bueno, pero el rabo no me deja". Lo que no gastaba cuando yo le hacía la compra, lo gastaba después cuando iba solo.

Estando nosotros allí vaciaron el pantano para limpiarlo, y cuando ya quedaba poca agua, bajaban los peces borrachos, y se podían coger fácilmente. Nos pusimos a coger peces desde la orilla del río. El Luis se escurrió y se cayó al río. Se puso hecho una sopa. Era en diciembre. Tuvimos que hacer fuego para secarle la ropa. El se tuvo que acostar, y le echamos las mantas de nuestras camas porque tenía más frío que once viejas. Después cocimos los peces. Los echamos en una lata grande. Tuvimos peces para unos días.

Una noche, cuando estábamos comiendo el bocadillo de las doce, suerte tuvieron los que les tocaba trabajar debajo del liso que se desprendió justo en aquel momento. Porque, para comer se subían arriba, donde se ponían los vagones para sacarlos. Si llega a caerse cuando estaban trabajando, no sé lo que hubiese pasado. El liso hizo un montón de piedras que pesaría siete u ocho toneladas.

-403Le dije al encargado: "Si los pilla trabajando, los arregla". Me dijo que estaba él vigilando. Le dije: "Cómo se iba usted a enterar si se ha venido de golpe". Me dijo: "Es la hora que da la vuelta la tierra; pero antes de caerse un liso empiezan a caer piedras pequeñas".

Lo bueno es que nos cogió comiendo y no pasó nada. A Daniel y a mí no nos hubiese pasado nada, porque, como dije, estábamos arriba para sacar los vagones. En el tiempo que yo estuve allí no murió ninguno. Decían que antes había muerto uno, y después de estar yo allí también me dijeron que hubo muertos de accidentes de trabajo.

Unos días después de que se desprendiera aquel liso me dijo el que hacía de encargado en la central si sabía leer y hacer cuentas. Le dije que un poco. Me dijo: "¿Quieres entrar en el comedor a trabajar? Me han dicho que mande a tres de aquí para que sus hagan unas pruebas". Fuimos tres a las pruebas: uno era extremeño, mi paisano Daniel (que ese vino por venir, que él, desgraciadamente, no sabía ni poner su nombre) y yo, que tampoco sabía mucho (de cuentas sí me defendía un poco, pero faltas de ortografía tenía para dar y vender).

Fuimos a la cocina, y el Macario, que era el que se cuidaba de aquello, nos puso unas cuentas de sumar y restar, y que pusiéramos la dirección de nuestra casa, y día, mes y año de nuestro nacimiento. A Daniel le dijo: "¿Tú por qué has venido, si no sabes ni poner tu nombre?" El le dijo: "Pero sé trabajar". Nos dijo: "Iros, y ya os diré si tenéis que venir o no". La semana siguiente, que a mí me tocaba trabajar de noche, me dijeron: "Mañana tienes que ir al comedor". Me lo dijo el encargado de donde yo estaba trabajando. Le dije: "¿Por qué no nos da esta noche destajo? Si terminamos antes podré dormir un poco". Nos dijo los vagones que teníamos que sacar. Yo le dije al encargado: "¿Quiere usted que suba uno de esos aquí para ayudarle a este a sacar los vagones? Yo bajaré a llenar vagones". Así fue: bajé a llenar vagones. Echaba las piedras más grandes que había. Casi todos los que estaban allí eran hombres mayores y no podían con aquellas piedras; las tenían que partir con un mallo y tardaban mucho. Yo me di una buena casca de trabajar, pero se adelantó más de dos horas y pude irme a dormir un poco. Aunque después tuve todo el día libre, porque de los dos que fuimos, uno tenía que trabajar de día y otro de noche; como yo había trabajado de noche, dijeron: "Que se quede este de día, y tú te vienes esta semana de noche".

Allí también nos turnábamos. Hacíamos una semana de día y otra de noche. Cuando fui a comer al mediodía, me senté en las mesas como cada día. Me dijeron: "Tú espera y luego comes con nosotros". Aquellos comían del mismo rancho, pero como la primera comida que sacaban de la caldera era la suya, pues era la que se llevaba más grasa y más trozos de tocino.

A partir de aquel día ya no tuve que gastar ni una peseta en comida, ni nos descontaban las tres pesetas. Pero hacíamos diez horas y sólo nos pagaban nueve, ocho del jornal y una extra. Cuando le escribí a mi madre le dije: "Ya no tengo que gastar nada en comer porque trabajo en la cocina; ya le mandaré algún dinero". Le mandaba una parte de lo que ganaba y la otra me la quedaba yo. Cuando íbamos de noche a la cocina, lo que teníamos que hacer era fregar los platos y las perolas que habían hecho servir por la noche, y cuidar que la candela no se apagara. Lo que allí se quemaba era leña de olivo.

El desayuno lo tenía que dar el que iba de noche; el día que eran farinetas, las teníamos que hacer nosotros, y el día que eran los arenques, nos dejaban el pan que teníamos que darle a los presos. Los chuscos estaban contados. Les dábamos uno para cada dos, y así nos quitábamos de partirlos y que nos dijeran que el uno era más grande y el otro más chico.

Los arenques nos dejaban los barriles, y con aquello no había tanto control. Yo, cuando estaba de noche y venía el Luis, me decía: "Dame los de mi hermano". Y venía el Daniel y me decía lo mismo, y si podía darle algún chusco y comida; les decía que estando yo de noche, que después que se fueran todos vinieran y les daría lo que pudiera. Yo le decía a Luis que era el mayor, que no gastaran todo lo que ganaban, y ahorrasen algo, que para eso habíamos venido tan lejos de casa. No creo que esos se hiciesen ricos, con la vida que llevaban.

En la cocina lo mismo que en la central, también había presos trabajando con nosotros, lo único que el turno de la noche lo hacíamos otro y yo, los dos libres. Una noche que estaban llenando unos pilares de hormigón tenían que subir los cubos tirando de una cuerda por una carrucha, y como tenían que llenar los cubos, si no le decían que no terminarían de llenarlos los pilares en toda la noche. Una de las veces se le cayó una piedra cerca de un civil que le hacía vigilancia a los presos. Sacó el tío la pistola diciéndole al preso que le iba a pegar un tiro porque le había tirado la piedra a cosa hecha. Y eso que no le dio, sino no sé lo que hubiese hecho.

Con aquel guardia yo había hablado unas cuantas veces, y le dije que hacía poco que me había licenciado, y que como en mi pueblo no había trabajo, me tuve que ir allí. El me decía: "Yo estoy de guardia por perro, porque mi padre tiene tierra y tiene que buscar algunas veces gente para trabajar con él". Tenía dos o tres años más que yo. Como los dos éramos jóvenes, y como él y yo habíamos hablado anteriormente, pensé que podía tener algo de confianza con él. Le dije: "No te pongas así, que eso ha sido que se ha caído la piedra al vaciar el cubo". Me dijo: "Tú retírate de aquí, que como me líe a tiros no vais a quedar ni uno vivo". En seguida pensé que el que tiene un amigo guardia es como el que tiene un duro falso en el bolsillo. Nunca más volvía a decirle nada.

Como yo en la cocina tenía todo lo que me pedía el cuerpo, me puse de gordo como no había estado nunca. Al principio comía de los peroles, como todos. Pero después de ver tanto rancho se me fueron quitando los apetitos, y la mujer que se cuidaba de hacer la comida, cuando vio que me la dejaba casi toda en el plato, me dijo; "¿Qué te pasa, Félix, que come ahora tan poco?" Le dije que de ver tanta comida se me quita la gana. "Toma esta carne, que es del caldo que le hago al encargado". Ese era el encargado general, que no estaba bien del estómago, y les hacía la comida aparte. Para poder comer tenía yo que echarme un trago de vino. Lo que me daba ella era cuando iba de día.

Aquella mujer tenía a su marido en Francia, era de los exiliados de la guerra, y como yo le dije lo que le hicieron a mi padre, teníamos los dos las mismas ideas. Cuando iba de noche a trabajar, antes de irse Macario nos dejaba lo que teníamos que hacer para el desayuno. Se lo dije a él, que no tenía gana de rancho. Me dijo: "coge carne o chorizo y te lo fríes, hasta que se te quite el empacho de rancho".

Cuando íbamos a por garbanzos, lentejas y habichuelas a un almacén que tenían, que era bien grande, había sacos que estaban mohosos y había que tirarlos. Yo decía: "¡Que aquí se echen a perder las cosas, y que haya tantas personas muertas de hambre!" Pero así era. De allí se iban alguno a Blanes, a una fábrica de seda artificial. A aquella fábrica le decían la Safa. Un día me dijeron Luis y su hermano que ellos iban a que les escribiera una carta a Blanes, para irse ellos allí a trabajar, que si yo quería podíamos pedir trabajo para los tres.

Yo se lo dije a Macario, que habíamos escrito a Blanes para si nos daban trabajo. El me dijo: "Si yo fuera tú, estando aquí como estás, que tienes la comida que quieras comer y el jornal te queda limpio, no me iría a otro sitio. Que como está la comida, lo que ganes te lo vas a tener que gastar sólo en eso".

De Blanes tardaron mucho tiempo en contestarnos. Mientras, me escribieron a mí de casa. Mi hermano me decía que fuera al pueblo, que había hablado con uno para que hiciera tejas y ladrillos a medias. Yo no sabía qué hacer, si irme a Hinojosa o irme a Blanes si nos mandaban llamar. Le dije a Luis: "Me parece que me iré a casa". Escribí a Huesca para que me mandaran un papel de los que teníamos que pagar sólo una parte del billete.

Cuando nos mandaron decir de Blanes que teníamos allí trabajo de la Safa, se fueron mis paisanos y yo me quedé hasta que me mandaron la lista de embarque, o como le dijeran a aquello. Eso era ya en Mayo. Pedí la cuenta y me dijo Macario: "Si te vas a tu casa está bien, pero si te vas a Blanes desde luego no sabes lo que haces". Le dije: "No lo engaño, me voy a mi pueblo". Me despedí de ellos, cogí la maleta, y en un camión que iba a Barbastro, me fui hasta la Puebla de Castro. Fui a la señora que me hacía de banquera. Le di la libreta en que me había apuntado el dinero que le fui dando. Le dije que me iba a mi casa, que me lo diera. En la primera combinación que pillé me fui a Barbastro.

Cuando estaba en la estación, vi un soldado entre unos vagones, como para que no lo vieran. Cuando me vio, vino hacia mí y me dijo: "¿Vas a coger el tren?" Le dije que sí. "Yo también, pero estoy aquí porque hace pocos días me dieron permiso, y cuando estaba para coger el tren vinieron a decirme que no me podía ir, y por esos estoy entre lo vagones, por si vienen otra vez que no me vean".

Era extremeño, y fue divertido viajar con él. Hablaba más que un sacamuelas. Me fue contando todas sus andanzas. Entre otras muchas, que cuando se tenía que venir a la mili, su madre no hacía más que llorar, y las vecinas le decían: "No llores, si tu hijo se va a hacer por ahí un hombre". Decía: "Ahora, cuando la vea, le diré: ¿No decían las vecinas que me haría en la mili un hombre? Lo que me estoy haciendo es una mujer, porque ya lavo y coso, y me plancho la ropa con un ladrillo. También saco los niños del Teniente al paseo y los llevo a la escuela". Fuimos de Barbastro hasta Cabeza del Buey juntos. En Cabeza del Buey me bajé yo, y él siguió su destino.

Cuando llegué a mi casa le di a mi madre el dinero que llevaba, que eran 800 pesetas: lo que me quedó después del viaje. Lo hice bien, porque vi a mi familia. Pero, la tejera, cuando yo llegué, ya se la habían dado a otro. Aquel me dijo si quería hacerle unos adobes a medias, y como en mi casa todavía no habíamos podido levantar la cuadra que nos tumbaron en la guerra, se las hice. Con los que nos tocaron, pudimos levantar las paredes; mi hermano hizo de albañil. Compramos unos palos y la cubrimos con juncos.

Le dije a mi madre: "De ese dinero, deje usted 200 pesetas, que no sé el tiempo que estaré aquí". Ella me dijo: "Ya los guardaré. Mañana iremos a la tienda y te compraré una pelliza". Fuimos la Anita, mi madre y yo. No había ninguna a mi medida. Nos cominos el dinero (o lo que compramos con él) y me quedé sin pelliza.

Cuando empezó la siega me puse el traje de pana e iba a la plaza por si me salía para ir a segar. Me dijo uno: "Con ese traje no vayas a la plaza, si quieres que alguno te busque para segar, porque el otro día estaban diciendo que tú serías un señorito que irías a buscar segadores". Allí tenías que estar con un pantalón remendado y una camisa sudada para que te dieran trabajo. Una mañana vino uno que quería cuatro para ir con él a un cortijo a segar, y uno que me conocía me dijo: "Felilberto, ¿quieres venir a segar?" ese se llamaba Esteban, vivía cerca de mi calle. El cortijero nos dijo dónde teníamos que ir, porque el no había traído nada más que una mula. Teníamos que irnos nosotros andando al sitio, que estaba del pueblo a unos 7 kilómetros. Nos fuimos cada uno para su casa para coger los arreos de segar y una manta, porqué habían ajustado que nos dieran la comida y 35 pesetas diarias. La siega era el trabajo que más se pagaba.

Cuando llegamos al sitio, entre preparar los arreos de siega y lo que tuvimos que andar, era cerca de medio día. Cuando llegamos nos dijo: "Vaya horas de venir". Uno dijo: "Cuando nos pongamos a segar lo desquitaremos". El dijo: "A ver si es verdad".

Allí vi una injusticia y una sinvergüencería más de tantas como me quedaban por ver, a demás de las que ya había visto. Había dos hombres segando que lo hacían de distinta manera que los demás, pues eran malagueños. Ellos no hacían manadas, segaban a puñados. El dueño (por llamarlo de alguna manera) quería que lo hicieran como nosotros, como si eso se aprendiera en un día (no tuve yo que segar días de balde durante la guerra en las Picarazas, con el Peñas, para aprender. Había un hombre que me decía: "Vete a tu chozo y no aprendas tú a segar, no sabes lo malo que es esto"). Como aquellos hombres no lo podían hacer como nosotros, cuando comimos aquel mediodía, les dijo: "Tomad lo que os debo y sus vais". No sé a ellos lo que les pasaría, pero a mí se me revolvieron las tripas. De esos hombres me he acordado y he comentado aquello muchas veces. Ya diré cuando y cómo.

La sinvergüencería fue cuando cenamos. Ellos eran los padres y dos hijos (un varón y una hembra). Los cuatro se pusieron en una mesa, y nosotros en otra. En eso no hay nada que objetar. La comida que hicieron era la normal, la que se daba a los segadores: el cocido con mucha grasa de tocino, y morcilla. No se cómo podíamos digerir aquello por la noche. Ahora viene la poca vergüenza que tuvieron. Cuando terminamos el cocido, ellos se pusieron una cazuela con leche migada, y nosotros dijimos: "Tenemos leche de postre". Y como ellos comían y a nosotros no nos traían nada, el de más edad de nosotros les dijo: "A nosotros también nos gusta la leche". Le dijo el tío aquel: "Es que hoy no había más, por eso no os hemos dado". Si no tenían más, que se la hubiesen comido en el cuarto, y no hacer aquello delante de unos hombres que les estaban recogiendo a ellos su cosecha y habían ajustado con ellos que les darían la comida.

Después que terminaron, nos invitaron a rezar el rosario. Dijo uno: "Nosotros no sabemos. Nos vamos a la cama, que mañana tenemos que madrugar para segar mucho". Estuvimos con aquel, segando, seis días. Cuando terminamos, nos dijo: mañana vais a mi casa en el pueblo, y allí os pagaré". Así lo hicimos.

A los dos días de aquello iba yo a la plaza, y antes de llegar me encontré con uno que le decían Capola. Me dijo: "¿Dónde vas?" Dije: "A la plaza, a ver si me sale para ir a segar". Me dijo: "¿Quieres venir a arrear borregos a Espiel?" Le dije: "¿Cuánto se gana?" Me dijo: "35 pesetas como segando". Le dije que sí. Me dijo: "Pues vete a tu casa y que te prepare tu madre comida para tres días. Coges una manta y te vas a tal sitio, que allí están los borregos. Ven lo más pronto que puedas, que luego, cuando hace mucho calor, no quieren andar los borregos". Cuando mi madre me preparó la comida, me fui al comedero que me había dicho, y todavía estuvimos esperando a otros que tenían que venir.

En total fuimos cuatro: uno que le decían Bollito, un pariente mío, Isidro, el encargado de la expedición, Capola, y yo. Sacamos los borregos del comedero y nos pusimos en marcha. Iban 500 borregos. Teníamos que ir por los caminos reales. El Capola sabía por dónde iban aquella clase de caminos. Tuvimos que pasar por San Bartolomé, derecho a los Tagarrosos, a salir a la carretera que viene de Córdoba.

Cuando se nos puso el sol encima ya no había manera de hacer andar a los borregos. Se acostaron en la sombra de unas encinas. Allí estuvimos hasta que los borregos empezaron a querer andar, y antes de llegar a la carretera se nos hizo tarde. El encargado de la expedición habló con el que estaba en un cortijo que tenía un cercado, y pudimos pasar allí la noche. Metimos los borregos en aquel cercado. Mi pariente Isidro y yo dormimos en un chozo que estaba sin habitar, y los otros dos en la casa. El Capola le dio 25 pesetas al hombre que nos dio allí posada, y cuando se hizo de día se levantó el Capola y nos llamó y nos dijo: "Vámonos, que después, cuando empiece el calor, tendremos que parar, y así podemos adelantar algo".

Cuando llegamos a la carretera encontramos una caseta de peones camineros donde vendían vino y algo de comida. Dejamos a los borregos a la sombra de las encinas, y nosotros fuimos a la caseta. Al poco de llegar nosotros vino una pareja de guardias civiles a caballo. Ataron los caballos en un árbol, cerca de la casa, y nos dijeron que a dónde íbamos. El Capola les dijo que íbamos a Espiel, a embarcar los borregos. El Capola, que era el que llevaba el dinero para los gastos, que él sabría los que llevaría y para qué eran, pidió vino, y los guardias y nosotros nos pusimos bien alegres.

Capola le dijo a la mujer que nos hiciera un gazpacho, y cuando los guardia civiles se iban a ir, nos dijeron: "Hoy, como es domingo y no pasa el coche de línea, os podéis ir por carretera hasta allí delante". El Capola sabía por dónde le decían.

Cuando se iban a montar en los caballos le dijo uno al Isidro: "Dame un pie para subirme". Y como los dos estaban pintones, uno no se cogió bien al caballo y el otro le empujó demasiado fuerte. Cayó el guardia al otro lado del caballo. No se hizo daño, pero le hizo poca gracia. Después, cuando se fueron, le dijimos al Isidro: "¿Que querías matar al guardia?" El dijo: "Yo pensé que me pegaría".

Cuando se refrescó nos pusimos en marcha, y cuando habíamos andado medio kilómetro vimos que venía un turismo. Empezamos a echar los borregos fuera de la carretera, cuando vimos que se paraba el coche. Eran, aunque yo no los había visto hasta entonces, los dueños de los borregos. Nos dijeron que por qué íbamos por la carretera. El Capola les dijo que nos lo había dicho la guardia civil. Ellos se fueron en su coche y nosotros seguimos con sus borregos. Cuando llegamos al sitio que le dijeron los civiles a Capola que teníamos que dejar la carretera lo hicimos. Por aquellos campos fueron los borregos comiendo, y cuando dimos vista a Espiel ya era oscurecido.

El Capola habló con un hombre que estaba en una huerta y le dijo que si podíamos quedarnos aquella noche allí. El le dijo que sí. Le dijo Capola: "¿Quiere usted quedarse al cuidado de los borregos, que nosotros queremos ir al cine a Espiel?" Le dijo: "Le daré 25 pesetas porque los guarde hasta que regresemos. Se quedó el hombre aquel hasta que vinimos del cine. La película que vimos fue La hija del Corsario Negro. Las pasamos negras aquella noche. El cercado donde entramos los borregos tenía muchos trozos de la tapia caídos, y cada uno teníamos que estar al cuidado de unos agujeros para que no se fueran los borregos, que con el calor no andan, pero con el fresco de la noche no hacían más que quererse salir. Así, de día hacíamos de pastores, y de noche de perros.

Aquella noche poco dormimos. Cuando se hizo de día nos pusimos en marcha. De allí a la estación no había mucho, y dejamos que los borregos fuesen comiendo. Cuando estábamos a unos 300 metros de la estación, nos paramos en unas chaparros que había. Nos dijo el Capola: "Estaros aquí, que voy a ir a la estación para ver si han venido las trafesas", que eran unos vagones dobles, y se fue. Cuando vino nos dijo que no podíamos cargar hoy los borregos. Dijo también: "¿Queréis que le diga a la cantinera que nos haga un ajo de papas?" (las papas son las patatas). Le dijimos que sí, que ya era hora de comer una comida caliente. Se fue de nuevo a la estación. Cuando vino ya traía el ajo de patatas en una cazuela. El ajo de patatas consiste en patatas cocidas y un poco de pan. La carne que tenía eran hojas de laurel, ajos y cebollas refritas. Aquel ajo nos supo a citrones. Yo no he vuelto a comer ningún guiso tan bueno como aquel.

Como no pudimos embarcar aquel día los borregos, tuvimos que quedarnos allí otra noche. En la estación no había ningún sitio vacío para encerrar los borregos, y nos dijeron dónde teníamos que llevarlos: "Pasáis a la otra orilla del río y los tenéis por allí comiendo, y cuando sea oscuro, los lleváis a la casa que se ve allí, en aquel cerro, que allí hay un hombre que ya lo sabe". El establo que había allí era pequeño, y los borregos, por mucho que los apretamos, quedaron tres o cuatro fuera, y los echamos por encima de las tapias.

No queríamos pasar otra noche en vela, pero tampoco dormí mucho. Los otros se acostaron en la calle, o sea, fuera de la casa. Pero yo, como cuando estuve haciendo las tejas me picó una noche un escorpión, no quise dormir fuera y me quedé en la casa con el hombre que estaba en ella. Le dije: "¿No tiene un saco que me deje? Lo lleno de paja para la cama". Me dijo: "Yo sólo tengo aquí una garda, que es donde duermo". La casa estaba enlosada de piedras. Puse la manta en el suelo y me acosté. No hacía nada más que dar vueltas, y con las piedras me dolía todo el cuerpo. Como veía que no podía dormir, cogí la manta, la doblé y la puse al lado de la pared y me senté con la espalda apoyada en la pared. Así pude dormir.

Cuando fuimos a sacar los borregos se habían asfixiado dos. Dijo el Capola: Estos nos los darán para nosotros. Hoy comeremos un buen guisado de carne". Fueron él y el Isidro a llevarlos a la estación, que allí estaban los marchantes, y les dijeron: "Estos borregos han amanecido asfixiados del calor que hace". Ellos dijeron: "Dejadlos ahí". Por lo visto, se los vendieron a la gente de la estación, y nosotros tuvimos que comer, aquella mediodía, otra vez ajo de patatas. Pero aquel no fue como el del día anterior. Ya no estuvieron tan buenos, aunque los había hecho la misma mujer y con los mismos condimentos.

A las tres de la tarde tuvimos que empezar a cargar los borregos. Lo hacíamos con un manso que llevamos. Con el calor que hacía, y con el que meten los borregos, pensamos que nos asfixiábamos allí. Aquella noche se asfixiaron dos, pero a Cataluña, que allí los llevaron, no sé cómo llegarían. Después de terminar de cargarlos el Capola estuvo hablando con los de los borregos y les pidió 100 para el tren. Nos dio 25 pesetas a cada uno, y como teníamos que llevarnos el manso, tuvimos que ir hasta la estación de Zujas. Allí tuvimos que hacer otra noche, nos quedamos a dormir como pudimos.

A la otra mañana cogimos el manso y nos pusimos en marcha los cuatro. Como el Capola y el Bollito (que ya hace tiempo que murieron cuando escribo esto; quedamos el Isidro y yo) nos dijeron: "Vamos ahí, a ese caserío, y verás como nos dan leche". Fuimos, y una mujer que estaba nos dio a cada uno un vaso de leche.

Llegamos a Hinojosa al medio día. Íbamos despacio para que fuese comiendo el manso. Nos dijo Capola que aquel día nos lo pagarían lo mismo. Cuando nos íbamos cada uno para nuestra casa, nos dijo que anochecido fuésemos en cala Gutosana, que era una taberna que le decían así a la dueña, y allí nos pagaría. Cuando me vio mi madre me dijo: "¿Qué te pasa, que vienes tan delgado?" Le dije: "No he dormido casi nada estos días, y me he tenido que apañar con la comida que me echó usted para tres días. Lo único que he comido bien ha sido ajo de papas dos mediodías".

Cuando fuimos a que nos pagara nos convidó a un litro de vino, y nos pagó los días que estuvimos. Le dijimos: "Toma los cinco duros que nos dieron en Espiel". El nos dijo: "De esos no se acuerda el que me los dio". Aquel tendría que habernos pagado la comida, y lo que nos pagó fueron dos guisos de patatas y los cinco duros que no quiso desquitarnos de la cuenta. Pero, en este mundo, el que no corre, vuela.

Después de aquello, lo que quedaba de siega lo hacían los conocidos. Si no iba a espigar, no tenía otra cosa que hacer. Fui algún día a espigar. Otro día un conocido me dijo si quería ir con uno que le había dicho que tenía que entrar la paja, y fuimos él y yo. Ese era José Navarro; después diré lo que nos pasó con él.

Estuvimos durante dos días metiendo la paja. Nos daban un tanto por carro que le entrábamos. La metíamos con una manta de cujón que nos dejaba el que le metíamos la paja. La siega es mala, pero aquello la supera. Cuando te echabas la manta a las espaldas, te llenabas del polvo de la paja, y con el sudor y aquello, estabas apañado. La teníamos que subir por unas escaleras al pajar. Yo le dije a aquel hombre: "Si puedo, no entraré más paja en mi vida" (en aquello no me equivoqué).

Le dije a mi madre: "Cuando pase la feria, me iré donde estaba". Cuando se enteró mi hermano, me dijo: "Yo me iré contigo hasta que me tenga que ir a la mili". Unos días antes de la feria se enteró Francisco González Guerra que me quería ir a trabajar donde había estado, y me dijo si quería que se vinieran él y un primo suyo. Le dije: "Por mí, puedes venirte". Fuimos él y yo al Ayuntamiento para que nos hicieran el salvoconducto y la lista de embarque para pagar una parte del precio del billete de tren. El puso para su primo y él, y yo para mi hermano y yo. Cuando tuvimos los papeles, mi hermano dijo que él se iba a la Mancha a hacer carbón, y el primo de Francisco tampoco quiso venir. Como había tantos jóvenes que no sabían qué hacer, cuando se enteraron que mi hermano y el otro no venían, se presentaron en mi casa José Navarro y Juan Jurado, por si queríamos que se vinieran con nosotros. Como ya no daba tiempo para pedir los papeles, yo le dije: "Si queréis, uno decís el nombre de mi hermano cuando venga el revisor, y el otro el del primo del Calabazo" (lo conocían más por este mote que por Francisco). En eso quedamos. Y, como la vez anterior, partimos de Hinojosa el día 5-9-1948: el año había cambiado, pero el día y el mes eran los mismos.

Cogimos el coche de línea de Hinojosa a Cabeza del Buey, y como allí teníamos que estar bastantes horas, les decía a Juanito y José: "¿Sabéis bien los nombres?" Y se los hacía repetir varias veces. Se lo advertí no sé cuantas veces, que no se fueran a equivocar cuando nos pidiera el revisor el billete. Ellos decían que no.

Cuando sacamos los billetes ya nos lo hizo el que los daba malamente. Nosotros llevábamos aquellos papeles para que nos dieran el billete de Cabeza del Buey a Segua, y el tío no quiso dárnoslos nada más que hasta Madrid. Se quedó con todos los cajetines, y por mucho que le dijimos que si no nos daba los billetes hasta Segua, que nos dejara los cajetines que sobraban. Nos dijo: "Cuando lleguéis a Madrid, vais a la oficina esta (nos dio la dirección), y allí sus darán otro papel, y le decís hasta donde vais".

Cuando vino el tren, a las 11 de la noche, lo cogimos. Volví a recordarles el nombre que tenían que decir. Tardó un buen rato en venir el revisor. Le di aquel papel con los nombres que nos hizo el que nos vendió los billetes, y me dijo: "¿Cómo te llamas?" "Félix Jurado". "¿Quién es el otro que va contigo?" "Este es mi hermano". El revisor le dijo: "¿Tú cómo te llamas?" "José Navarro". Dije: "Se ha equivocado de nombre, se llama Fulgencio Jurado". Me dijo: "El que se ha equivocado eres tú". Nos pidió a los cuatro el salvoconducto, y nos dijo: "Estos dos tienen que pagar billete doble". Le dijimos que íbamos a trabajar y teníamos poco dinero. Dijimos: "Lo que podemos dar es la mitad de lo que hemos pagado, a lo que sale un billete ordinario". Aquello no lo quiso. Nos dijo: "En la próxima estación se tienen que bajar estos, o llamo a la guardia civil que va de vigilancia en el tren". No tuvieron más remedio que bajarse. No digo nada del comportamiento del revisor aquel; cada uno que lo piense como quiera.

Cuando llegamos a Madrid el Francisco y yo era por la mañana, y preguntamos por las oficinas a qué teníamos que ir. No eran muy lejos de la estación. Dejamos las maletas en consigna, y fuimos a las oficinas. Cuando llegamos había cola. Nos pusimos en ella, y antes de que nos tocara a nosotros dijeron: "Ya hasta mañana no se atiende a nadie". Cuando se fue la gente que había estado en la cola dimos un golpe por la ventanilla. Se asomó un chico aproximadamente de mi edad y nos dijo: "Ya hasta mañana no se atiende a ninguno". Le dijimos lo que nos había pasado y nos dijo que aquello no lo tenía que haber hecho, que nos tenía que haber quitado los cajetines de Cabeza de Buey a Madrid y habernos dejado los otros. Nos dijo: "Venid mañana y ya os lo arreglo yo". Le dijimos: "¿Y qué hacemos nosotros aquí, sin cuartos y sin conocer a nadie?" entonces se le movió la conciencia y nos arregló aquello. Nos hizo uno nuevo. Le dimos las gracias y nos fuimos a la estación. Sacamos las maletas de donde las dejamos y nos fuimos a la otra estación. Allí estuvimos hasta que salimos en el tren que iba a Zaragoza, donde tuvimos que hacer otro transbordo para ir a Segua, y de allí a Barbastro.

Cuando estuvimos en Barbastro vimos a uno de los chóferes que estaba con los camiones. Cuando me vio, me dijo: "¿Dónde vas tú por aquí?" Dije: "Al pantano. Si quieres, nos vamos contigo cuando te vayas". Nos dijo: "Si queréis venir, yo os llevo, pero trabajo no sus darán, porque ya están despidiendo a la gente. Aquello se está terminando". Nos dijo que fuésemos a otra oficina, allí en Barbastro, que estaban empezando otro pantano; allí nos podrían dar trabajo.

Fuimos y nos dijeron que ya no apuntaban a nadie, que de momento tenían hecho el cupo. Cuando íbamos por la calle vimos a uno que yo conocía. Era de los presos que estaban redimiendo condena en Barasona. Cuando nos saludamos le dije: "¿Que te has escapado y vas huyendo?" Me dijo: "No, es que ya me han dado la libertad". Me quería enseñar los papeles. Le dije: "A mí no me tienes que enseñar papeles ningunos. Me alegro que ya hayas cumplido tu condena". Era barbero, y todo lo que llevaba era la ropa puesta y un maletín con las herramientas de afeitar y pelar. Le dije: "¿Que vas para tu casa?" El me dijo que iba a ver si encontraba trabajo. Nos dijo: "Si queréis, me voy con vosotros". Le dijimos: "Haz lo que quieras".

De allí nos fuimos a Monzón, que nos dijeron que estaban empezando unas obras. Aquella noche dormimos en una fonda. El Francisco y yo nos acostamos en la misma cama porque nos salía más barato y ya nos quedaba poco dinero (yo saqué de casa 200 pesetas).

Por la mañana nos levantamos y fuimos preguntando hasta llegar a las obras que nos dijeron. Fuimos a una barraca que hacían servir de oficina. El que estaba allí nos dijo que fuésemos a ver el encargado que estaba donde estaban empezando las obras. Le pedimos trabajo y nos dijo que si sabíamos de encofradores o ferrellistas. Le dijimos que no, que nosotros queríamos de peones. Nos dijo: "Peones ya tenemos bastantes".

Nos volvimos otra vez a la fonda a por las maletas. En el camino nos encontramos muchos árboles frutales; comimos fruta y nos llevamos los bolsillos llenos de manzanas.

Le dijimos a la de la fonda que nos íbamos, que no nos habían dado trabajo. Le pagamos la cama y nos fuimos a la estación a esperar el primer tren que pasara con dirección a Barcelona. En la estación el barbero le quiso vender las herramientas a uno. Nosotros le dijimos: "¿Para qué las vas a vender?" El nos dijo: "Para comprar comida, que anoche me distéis vosotros". Le dijimos: "Deja las herramientas, que con ellas puedes ganar algún dinero pelando alguno. Toma y cómete este pan y morcilla", que era lo que nos quedaba a nosotros para comer. No las vendió, y con ellas empezó en Barcelona a ganar unas pesetas hasta que le empezaron a pagar donde nos pusimos a trabajar.

 

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