FÉLIX JURADO
Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández
PRIMER CAPÍTULO: INFANCIA
Foto 1: mis padres y yo (foto tomada en 1925 aproximadamente)
Foto 2: La casa donde nací, en Hinojosa del Duque, calle San Gregorio. En la actualidad tiene el número 53. (La foto la tomó el día 27 de agosto de 1989 mi nieta Laia).
Voy a intentar recordar lo que he visto y he vivido en estos años que tengo. Empezaré dando los nombres y lugar donde mis padres y yo nacimos.
Mi padre Agapito Jurado Perea, mi madre Baldomera (Petra) Ramos Herrador, yo, Félix Jurado Ramos, y la mujer con la que me casé, que se llama Lucía Escobar Fernández, los cuatro nacimos en Hinojosa del Duque, provincia de Córdoba.
Yo nací el día 22 de agosto de 1924 en la calle San Gregorio 53, la casa era de mis abuelos paternos. Lo primero que yo recuerdo de este mundo es la primera vez que me montaron en un tren: mis padres se fueron a Montilla, por lo que años mas tarde lo tuvimos que hacer tantos miles de hombres y mujeres de todo el mundo. Creo que queda claro lo que nos negaban en nuestros pueblos: el trabajo y según en qué épocas el trabajo y la libertad.
Mi padre era zapatero, y buscando trabajo fue a parar a Montilla. Allí encontró trabajo en su oficio, en casa de un tal Mendoza que tenía que hacer los zapatos para el ejército y cuando mi padre estuvo trabajando se llevó a mi madre y a mi hermano. A mí me dejaron con mis abuelos. Mi hermano Ambrosio que es el único hermano varón que he tenido. Somos cuatro hermanos, dos hembras y dos varones.
Mi hermano tendría pocos meses y mis padres vivían en una casa de vecinos donde tenían una habitación con derecho a cocina, estando en aquella casa estaba mi madre dándole el pecho a mi hermano y tenía mucha leche, y cuando le venía el apoyo del otro pecho se le salía la leche, un día la vio una señora y le propuso si quería darle pecho a otro niño. Mis padres, como que económicamente estaban tan fastidiados, le dijo no se me daría ningún cuidado; se lo dijo a mi padre y acordaron que sí. Fueron con aquella mujer a ver al matrimonio que tenían el niño y no se pusieron de acuerdo económicamente.
Pero a los pocos días vino otra vez la mujer que se lo había dicho a mi madre antes. Aquella mujer era comadrona y le dijo a mi madre que si está su marido, que sé de otra señora que si se ponen de acuerdo le puede criar un niño. Mi madre le dijo que no estaba su marido, pero cuando venga ya le diré lo que sea. Mi padre en la casa que trabajaba había temporadas que tenían mucho trabajo y otras lo dejaban parado. Cuando vino mi padre le dijo mi madre lo que le había dicho aquella señora, fueron a su casa y ella los llevó a la casa de los hijos de los administradores del duque de Medinaceli.
Eran los que tenían el niño, que ella no podía o no quería darle el pecho a su hijo y por eso buscaban una mujer que se lo criara, se pusieron de acuerdo con mis padres con unas condiciones un poco raras; yo comprendo que estarían en mala situación económicamente, pero yo sin recriminarlos no sé si lo hubiera hecho. Ya sé que cada generación que ha ido pasando nos hemos podido ir librando del yugo en que nos tenían enganchados. Hoy ya esto se ve y se vive de otra forma a la que ellos vivieron, y por eso voy a seguir como fue entonces. El trato fue buscarle a mi padre trabajo en otro pueblo, en Aguilar, para que no durmiera con su mujer, no la fuera a dejar embarazada. Lo segundo llevar a mi hermano a Hinojosa del Duque, le escribieron a mis abuelos paternos y ellos buscaron una mujer para criar a mi hermano, entonces como que estaban tan mal las pobres mujeres tenían que amamantar a sus hijos y a los de los otros, por suerte para las mujeres aquello ha quedado de momento superado, hasta tal punto que hoy ya hay pocas que amamantan a los suyos. Voy otra vez a lo que iba, le daban a mi madre 75 pesetas al mes y le dieron un pequeño piso para que se llevara los pocos muebles que tenía en la otra casa. Aquel piso que le dieron tenía una habitación, comedor y cocina. De las 75 pesetas que le daban a mi madre por criar a aquel niño mis padres tenían que mandar a mis abuelos 35 pesetas para la mujer que criaba a mi hermano. A mi madre además de las 75 pesetas le daban la comida y la cama.
Cada uno estábamos por un sitio, mi padre en Aguilar, mi madre en Montilla, mi hermano en Hinojosa con la señora Juliana y yo con mis abuelos paternos. Mi abuela se llamaba Eugenia y mi abuelo Tomas.
El piso que le dieron estaba enfrente de la casa donde estaba criando al niño. Cuando venía mi padre a ver a mi madre, mandaban a una criada para que los acompañara y salían de paseo.
Mi padre se canso de aquello y un día cuando vino se lo dijeron a los padres del niño. Y ellos le dijeron que no podía darle mas el pecho al niño y buscaron a otra mujer para que le diera el pecho. Por lo que mi madre me ha dicho, el niño ya era un poco grande y no quiso cogerle el pecho a la otra mujer, lo tuvieron que criar con sopas que mi madre ya le había empezado a dar. Mi padre fue a Hinojosa y nos llevo a Montilla a mi hermano y a mí, y ahí es cuando yo empiezo a darme cuenta de que ando por este mundo. En aquel piso que le habían prestado a mi madre (aunque mi madre ya no criaba el niño, le dejaron el piso para que siguieran viviendo en él) lo primero que me acuerdo es del tren, como ya he dicho anteriormente, y de mis abuelos en Hinojosa, y de la señora que le daba el pecho a mi hermano y del piso que les dejaron a mis padres.
Los primeros recuerdos son de cuando mi madre se iba a la plaza a hacer la compra y nos quedábamos mi hermano y yo en la cama, mi hermano siempre hacía sus necesidades en la cama; parecía que estaba esperando a que se fuera nuestra madre y cuándo se iba, él empezaba a hacer fuerza y yo ya sabía lo que iba detrás de la fuerza, pero como estaba tan gordo yo no podía con él, lo tenía que dejar que lo hiciera en la cama, suerte que lo hacía muy duro, si no nos hubiéramos puesto de mierda hasta las orejas. Me acuerdo que nos traía nuestra madre cuando venía de la plaza caña de azúcar, también un día llevaba caracoles, el caldo se le vertió a mi madre y le quemo una pierna a mi hermano.
Voy a decir lo que yo recuerdo de aquellos años entre el 28 y 29 además de lo que he dicho que me acuerdo. También fue en Montilla donde yo vi por vez primera el cine mudo que entonces era el cine que había. Al lado nuestro había un hombre que iba leyendo lo que salía en la pantalla, también fue allí donde yo vi el primer automóvil, toda la gente salía de sus casas para verlo. Los chavales íbamos detrás del coche y los que eran más grandes que yo corrían ellos más que el coche. También fue en Montilla donde yo hablé por teléfono, hablar es un decir porque sólo dije adiós a mi abuela, porque yo veía tan difícil que sintiera la voz de mi abuela que me quedé espantado y no pudieron hacer que le dijera nada más. Cuando era el tiempo de trasegar el vino salíamos los muchachos a jugar y hacíamos nuestras primeras travesuras, pasaba una manguera por la calle que transportaba el mosto de las uvas de donde las estrujaban a los conos, los muchachos más grandes que yo con una aguja la pinchaban, salía un chinguete y nosotros bebíamos de aquello. Un día a mí, que era uno de los menores y corría menos que los otros, vino un hombre de los que estaban trabajando allí y me cogió, me llevo a la bodega y me cogió de las piernas y me puso boca bajo. Me dijo "te voy a meter en ese cono para que te hartes de vino".
Yo me eche a llorar y me dijo "¿vas a volver a hacer eso?" Yo le dije "no, no" y cuando me soltó me fui a mi casa con más miedo que vergüenza; después, cuando los otros muchachos me decían "vamos a pinchar las mangueras", yo salía corriendo para mi casa. También íbamos a buscar pasas de las que quedan cuando estrujan las uvas, pero aquello se lo decíamos a los hombres que estaban allí trabajando, también había ido con mi madre a un seminario que hay de frailes, ya que estaba allí un hermanastro de mi madre. Estaba estudiando; se llamaba Jesús. Luego murió cuándo vino la guerra civil en el frente. Él, cuando íbamos a verlo me daba pelotas de trapo que las hacía él. Un día me encontré una peseta de plata que en aquellos tiempos era un tesoro, se lo dije a uno de los muchachos que estábamos jugando y el que era mayor que yo no se lo pensó mucho, enseguida me dijo que esa peseta era suya, que su madre lo mandó por aceite y la perdió, con lo bien que le habría ido a mi madre para comprar la comida aquel día, se la di a aquel muchacho, cuando se lo dije a mi madre me dijo habértela traído a casa y no haberle dicho nada a nadie, pero con aquella edad que yo tenía era todo inocencia, que con el correr del tiempo la vamos perdiendo. Allí tuve yo infección de vientre y cuando me puse mejor iba yo con unas primas del niño que había criado mi madre. La casa de ellas era muy grande y daba a dos calles, por su casa pasábamos cuando íbamos a por el pan, su abuela nos dejaba pasar por ahí para ir a la panadería que estaba en la calle opuesta a la que estábamos nosotros. Yo traía unos bollos para que mi madre me los hirviera y sólo podía beberme el caldo, me costo bastante recuperarme, me quede como un fideo pero me salvé para poderlo contar, también me acuerdo de ir con mis padres a pasear al paseo donde hoy está la estatua del gran capitán, entonces no sé si estaba, desde allí veíamos los carros tirados con bueyes y cargados con caña de azúcar, también había ido con mi madre y otras mujeres a rebuscar uvas. Yo me quedaba donde ellas dejaban las cestas y allí ellas iban trayendo las uvas, yo, como me quedaba solo, me ponía a llorar y sólo me llevaron un día. En Montilla estaban las viñas muy cerca del pueblo, también me acuerdo de un día que mi padre fue a cazar pájaros, metió unos cuantos en una jaula y fue a echarles de comer, estaba la ventana abierta y se escaparon casi todos los pájaros, otro día me fui con otros muchachos cerca de Aguilar y cuando vinimos, a mí me sacudieron el polvo, no quedé con ganas de ir de excursión, cuando mis padres se cansaron de estar allí pasando trabajos y hambre; pensarían que para pasar hambre allí la podíamos pasar en Hinojosa, y volvimos al pueblo que nos vio nacer. Escribieron a mis abuelos paternos, mis abuelos maternos yo no los conocí, así eran los padres de mi padre, los que tenían que preocuparse siempre de hacer las cosas y cuando nos dijeron que nos tenían buscada la casa nos volvimos a Hinojosa; la casa que nos habían buscado era en la calle donde vivían mis abuelos. Me acuerdo del primer día cuando llegamos; mi tía Evangelista era la única hermana que tiene mi padre, eran cuatro hermanos, tres varones y una hembra. Mi tía le decía a las vecinas mira mi sobrino tan chico y ya ha estado en Montilla. En aquellos tiempos se morían la mayoría sin haber salido del pueblo. Ella misma murió con noventa y tantos años, y una vez que salió del pueblo (vino a Vic a ver a una hija) tenía ochenta años. La casa donde nos fuimos a vivir, en el portal mi padre puso su taller de zapatería, que era una mesa y las pocas herramientas que tenía, con lo poco que sacaba arreglando los zapatos que le traían si echaba unas medias suelas y tacones, hacia algunos nuevos y con la ayuda de sus padres íbamos tirando. Mi abuela traía todo lo que podía, mi abuelo era panadero y ellos tenían cinco fanegas de tierra y fanega y media de viña. Un hijo que le quedó soltero hacía de alfarero. Ellos tenían para vivir bien. Mi abuelo y mi tío Miguel, que estaba soltero, aunque ellos veían que mi abuela nos daba todo lo que podía, no se metían en eso, pero en la casa de enfrente de mi abuela vivía mi tía Evangelista i mi tío Nicasio, ellos tenían una tienda de comestibles y mi abuela les ayudaba a ellos en todo lo que podía, hacía la comida y le cuidaba los hijos, y mi tío Nicasio si veía a mi abuela llevarnos algo le decía: "el pan que le das a esos es la mitad de mis hijos", el pobre hombre no se daba cuenta de lo que le hacían a él sino lo que le daban a los otros; ¡cuantos berrinches que le hizo pasar a mi pobre abuela! En aquella casa tuvieron mis padres a su tercer hijo, esta vez una hembra, mi hermana María. Ella nació el 29 de agosto, segundo día de la feria y fiesta de San Agustín, en qué con el tiempo hasta eso ha cambiado: ahora la feria empieza el día 24 de Agosto. Eso ha sido una de tantas cosas que trae la guerra, que la gente emigre de sus pueblos; y ahora han cambiado la fecha de la feria para que coincida con las vacaciones de los que ahora viven en otros lugares de España. a mí, el día que nació mi hermana me mandaron a la pastelería a por una torta para mi madre. Mi hermano se ve que vio a mi madre cuando parió y vino una vecina y le dijo "Fulgencito, a tu mamá le ha traído la cigüeña una niña" y él le dijo "esa niña la ha cagado mi mamá", a mí aunque mi tío protestaba tanto, mi abuelo me dijo: "tu te vienes a comer al mediodía aquí con nosotros", le dijeron a mis padres que me pusieran en la escuela, que ellos pagarían un real que era lo que valía la escuela una semana.
Me pusieron en la escuela de la Vitorina. Allí no sé si llegue a juntar las letras y a conocerlas todas pero a rezar sí que me enseñaron: todos los días por la mañana nos hacían rezar y por las tardes nos hacían ir a la doctrina y lo que teníamos que hacer, que era leer y escribir, poco nos daban. En la doctrina nos daban vales y el que mejor rezaba más vales le daban, y cuando teníamos bastantes vales nos daban algún juguete o alguna estampa, y esas eran nuestras notas.
El que más grande tenía el juguete más valía en la escuela, o sea que la doctrina eran las notas. Yo no sé de quien sería la culpa de que en vez de enseñarnos a leer nos enseñaran a rezar, si era culpa de la maestra o de los curas. Para mí, con lo que he visto después, debía ser culpa de los curas porque allí nos preparaban para la otra vida, que dicen ellos que hay. Y en esta pensáramos por sus cabezas y las nuestras las tuviéramos para contrapeso del culo; por eso, cuando en la cabeza te meten hipocresías, el trabajo que cuesta de ver la realidad y muchos nunca llegan a verla. ¡El trabajo que tenían algunos para que sus hijos fueran a la escuela! La mayoría de los jornaleros no tenían ni para darles de comer y vestir a sus hijos, así menos podían pagar una escuela; lo que tenían que hacer con los hijos era ir a hacer de pastorcillos y a ellos como les tenían metido en la cabeza que había que tener todos los hijos que dios quisiera, venga a joder a pancho lleno. Al poco tiempo de tener mi madre a mi hermana María, como mi padre la mitad de los días o más estaba parado un día vino un conocido suyo que estaba en Monterrubio de alfarero y le dijo mi padre que si él podía buscarle alguna casa en que hiciera falta algún zapatero, le dijo que se lo miraría y al poco tiempo le mandó a decir Modesto (que así se llamaba aquel hombre conocido de mi padre) que si quería ir allí, el había hablado con uno y le daría trabajo. Fue mi padre a Monterrubio y se arregló con él y se quedo el allí trabajando, al poco tiempo buscó una casa en la que vivía una mujer sola y nos llevó a nosotros a Monterrubio. Vivíamos con aquella mujer; se llamaba Carmen y le llamaban de apodo "La Tía Caña". Allí estuvimos unos meses hasta que mis padres encontraran una casa para vivir nosotros solos.
Nos cambiamos de casa; allí, mientas tuvo mi padre trabajo todos los días, estábamos bien. Me acuerdo que cuando estábamos nosotros allí pusieron las 8 horas de jornada o las 48 horas semanales, el que tuviera trabajo toda la semana, que tampoco había mucho. Yo vi a los hombres que estaban trabajando en las calles y uno que hacía de capataz decía a los otros "aquí tengo el reloj para trabajar sólo las ocho horas que han puesto", no sé bien que año sería. Para mí, echando cuentas ahora, porque entonces no sabía cómo iba eso del tiempo, serían entre los años 1932 o 33.
En el tiempo que estuvimos allí no fui a ninguna escuela, ¡cómo había tanto dinero y éramos ya 5 de familia! Como a mi en la escuela de la Vitorina ya me habían culturizado bastante, con aquella cultura podía defenderme en este mundo con aquel aprendizaje que hice en aquella infancia. Aunque luego no haya tenido mucha afición a la escritura no se nota lo correctamente que escribo como podéis ver si alguno que sepa algo más que yo leyera esto. En Monterrubio, cuando mi madre iba a lavar a un pozo, allí cerca había un arroyo, aquel pozo le decían los palitos. Un día que fue nuestra madre a lavar allí, era invierno, se fue ella por la mañana y nos dijo luego al mediodía os venís donde yo estoy lavando y allí comeremos, que ya me llevo yo la merienda.
Cuando nos fuimos llevaba a mi hermana a cuestas como ella era pequeña. Era en invierno (como ya he dicho) y había hielo en una charca, nos paramos y cogimos hielo para comérnoslo, que eso de comer hielo los niños y niñas de aquellas tierras y aquella época sabemos bastante. Yo que era el mayor de los tres fui el que me acerqué a la charca y cogí unos trozos de hielo, me moje los zapatos y me puse otra vez a mi hermana a cuestas. Por el camino que teníamos que andar había grava y me caí, le dije a mi hermano quítame la niña de encima y él, que tampoco era muy grande, pensó que hacia yo aquello porque quería y él lo que hizo fue echarse encima de mí también. Yo me había hecho una herida en la rodilla que me quedo la cicatriz mientras viva, me lié un pañuelo y fui sangrando hasta que llegamos donde estaba nuestra madre. Ella me corto la sangre como pudo.
Hasta que nos vinimos al pueblo y me pudieron curar la herida de la rodilla. Pero había otra herida más profunda que aquella de mi rodilla: esa era más difícil de curar, que era el hambre. La casa en la que estaba mi padre trabajando aflojó el trabajo y lo dejaron parado. Él hacía en la casa en la que vivíamos lo que le iba saliendo, pero no era un jornal diario. Mi madre y yo (cómo ya he dicho anteriormente era el mayor de tres hermanos y tenía 8 años más o menos) teníamos que ir al campo algunas veces a espigar, otras a buscar aceitunas y otras bellotas, según lo que había en los campos. Y el día que mi padre no tenía ningunos zapatos que arreglar, ese día iban mis padres al campo a recoger lo que daba el tiempo y yo me quedaba en casa para cuidar a mis hermanos.
Dejaba la puerta de la calle cerrada, si no, cuando hubieran venido, tendrían que habernos ido a buscar, y quién sabe dónde hubiéramos ido a parar, si juntos o separados. Algunas veces había ido también con mi padre al campo y él me decía quédate a la sombra de esos árboles hasta que yo venga. Hoy comprendo que le era más rentable ir él solo a espigar que llevarme con él.
Porque luego ya lo diré, lo que hacía cuando yo fui mayor y tenía que ir a espigar con otros, lo que nos hacían si fuesen las espigas cogidas de los trigales, o de los rastrojos; seguiré con lo que hicimos en Monterrubio, después llegaremos a Hinojosa. También había ido con mi padre a pescar peces y galápagos. Unas veces los cogía con las manos y me los echaba a mí a la orilla y yo los echaba en un saco o una talega, otras veces hacía una cosa con cañas que era cónica, aquello le decían un garlito. Eso lo ponía en la corriente de un arroyo o un río anochecido y al otro día íbamos y siempre habían caído mas o menos galápagos. Para quitarles la concha tenían que echarlos en agua hirviendo y así era como los podían arreglar, yo entonces los encontraba buenos cuando los comía, a todos nos sabían buenísimos como dice ahora mi nieta cuando le dices que si está buena la comida. Pero yo, cuando he podido comer otras cosas, aunque alguna vez he cogido algún galápago lo he vuelto a soltar. No quiero que nadie más tenga de comer galápagos.
Un día mi padre y yo fuimos a por bellotas; cogimos unas muy grandes y dulces y mis padres me dijeron llévale unas pocas bellotas a un matrimonio que eran mayores y vivían en nuestra calle.
Mis padres pensaron que a ver si llevándoles aquellas bellotas nos daban un pan. Lo único que me dieron fue las gracias, nos quedamos sin bellotas y sin pan, por eso todos los refranes son verdaderos. Ahí uno que dice El que regala bien vende si el que lo toma lo entiende, pero si el que lo toma se hace el desentendido el que regala queda jodido, ese fue nuestro caso, quedarnos jodidos. Lo único bueno que me quedó de nuestro paso por Monterrubio fue que tenía las manos llenas de verrugas a más no poder y el hijo de Modesto me hizo desaparecer cuando me dijo "¿quieres que se te quiten las verrugas?"; yo le dije "no se pueden quitar, que en Hinojosa me las quemó un cura y me hizo mucho daño y no se me quitaron".
Él me dijo: "yo te las voy a quitar sin que te des cuenta y no te va a doler nada"; yo le dije "quítamelas" y él me dijo "cuéntatelas sin que te equivoques". Yo le dije "no sé si sabré contármelas, como tengo tantas" y el me dijo "dame las manos que yo te las contaré" y eso fue lo que me hizo. A los pocos días, cuando me di cuenta, ya no tenía ninguna verruga. Sólo tenía señales, y cuando le enseñé las manos me dijo "cuando pase un poco de tiempo ya no tendrás ni señales" y así fue, me desaparecieron las verrugas y las señales para siempre.
Allí las cosas iban de mal en peor: mi padre tenía poco trabajo y cuando no había nada en los campos teníamos que comer la lengua; aunque sea mucho decir era lo único que teníamos en la boca. Por supuesto que no nos la comíamos, que poco felices son los padres que como los míos tienen que ver que ni sus hijos ni ellos mismos no pueden ni comer, que es lo menos que podemos tener las personas que venimos a este mundo. Ya comprenderéis que si no podíamos comer, cómo le podía pagar el alquiler al dueño de la casa donde estábamos viviendo. Un día, cuando vino el dueño de la casa para ver si le podíamos pagar algo de lo que le debían mis padres, le dijo mi padre si tuviera dinero para pagar un carro y llevarnos a Hinojosa nos íbamos, pero ni eso podemos hacer. El hombre por que le dejaran la casa vacía le dijo a mi padre: "Si os vais, yo os pago el carro". Mi padre le dijo: "escribiré a mis padres y cuando nos busquen allí una casa nos vamos". Y cuando mis abuelos nos escribieron diciendo que nos habían buscado una casa nos fuimos a nuestra Hinojosa. Fuimos a casa de mis abuelos; cuando llegamos, después de saludarnos con nuestros abuelos, mi abuela Eugenia le dijo al hombre del carro "véngase detrás de mí que yo le diré donde tiene que descargar los muebles". Nos llevó a Casasola y cuando terminaron de descargar el carro, mi abuela le dio una peseta para que se convidara. En aquellos tiempos con una peseta podías comprar cuatro litros de vino, valía 25 céntimos un litro. Allí mi padre volvió a poner su mesa y sus herramientas, o sea, su pequeño taller, y con los zapatos que iba arreglando y la ayuda otra vez de nuestros abuelos, íbamos andando el camino de nuestra vida. A mí me compraron una lechona para que fuera con ella por aquellos campos, para que comiera hierba y así poder hacer la matanza. Un día se me perdió y como no la encontraba me fui a mi casa y le dije a mi padre que se me había perdido. Mi padre me dio con el tirapie en las nalgas, me dijo "vete a buscarla donde la tenías". Me fui con el culo caliente a buscarla, y cuando llegué salió la cochina con una barriga que parecía que estaba preñada. Se había metido en un trigal. Si me llega a pillar el guarda Mi padre me calentó el culo, él me hubiera calentado todo el cuerpo.
Eso fue en el verano. Después cuando empezó el colegio me pusieron en una escuela pública, en la escuela del sindicato, y allí fue cuando acabé de conocer y ajuntar las letras.
Porque en el colegio de la Vitorina lo que aprendí, como ya dije, fue a rezar y ahí en el sindicato no había tanto rezo. Empecé a sumar y restar. El restar se me daba mejor que sumar. Mi padre me decía "si tienes 5 naranjas y te quitan dos, ¿cuántas te quedan?". Así empecé a hacer las restas. En aquel colegio nos daban la comida de la mediodía. Era el tiempo de la segunda república, que aunque duró tan poco y tan mala como dicen algunos que fue, algo bueno hicieron. Yo creo que si aquello hubiera existido siempre, no habría tantos analfabetos como había en Andalucía y Extremadura, que son los que más conozco. Aunque de mi edad, anteriores y algunos posteriormente los hay en toda España.
La comida que nos daban al mediodía la hacían por clases, y no nos tocaba todos los días. Porque éramos los que estábamos en la escuela del sindicato y otros que venían de otra escuela que había enfrente de la fabrica de la harina. A otro muchacho que era tan rico como yo y a mí; el maestro que teníamos en la clase que estábamos nosotros (se llamaba Manuel) siempre nos decía "vosotros quedaros en la acera de enfrente y si falta alguno os llamaré". Y así nosotros comíamos casi todos los días. Como mis padres sabían que el día que tardaba en llegar, era que me quedaba a comer. La comida era siempre la misma: cocido de garbanzos y sopa de fideos, pero estaba muy bien condimentada. Nosotros vivíamos en Casasola y el otro en la Costanilla. A los dos nos cogía cerca de la escuela. Si algún día no podíamos comer allí, nos decía Don Manuel, creo que con todo el dolor de su corazón, "iros, que hoy está todo completo". Eso era en el año 1933, cuando una noche se corrieron las estrellas: decían que todas habían corrido hacia el norte. Me hubiera gustado verlas, pero yo estaba acostado y como dormía, mis padres no me quisieron despertar. Al otro día la gente decía que aquello anunciaba guerra, derramamiento de sangre.
Yo creo que lo que vino después más bien fue por culpa de los hombres que lo hicieron que por culpa de las estrellas, por no entenderse los hombres es por lo que vienen siempre las guerras. Yo estuve en la escuela del sindicato dos cursos, y también estuvimos poco tiempo en Casasola. Aquel año murió un tío de mi madre que no tuvo familia en su matrimonio, y cuando murió la madre de mi madre, su padre se casó otra vez, y a mi madre se la llevaron con ese tío y su esposa, por eso como que se crío con esos tíos, cuando murió le dejaron a mi madre una casa. La casa estaba en la calle Fontanilla o Antonio Barroso. Era media casa pero tenía mucho patio, o corral, como dicen en el pueblo.
Allí pusimos conejos, gallinas y un lechón para irlo criando para la matanza. Ya con nuestra casa empezábamos a ver un poco de luz, mi padre allí empezó a tener más trabajo con los zapatos, y cuando juntó 12 duros compró un burro que tenía 12 años, y le costó eso 12 duros, mi padre decía un duro por año. Yo, cuando terminé el colegio aquel año, como mi padre hacía algunos viajes, él iba combinando unos días con los zapatos y otros con hacer algún viaje, yo iba con él. Lo que llevábamos para vender eran pucheros, que como mi tío Miguel los hacia se los dejaba y cuando venía de venderlos se los pagaba. Eso no se lo hacían sólo a mi padre, se lo hacían a todos los cargueros; nosotros íbamos a vender los pucheros y alguna vez también llevábamos cántaros, los vendíamos por todos los pueblos del valle de los Pedroches. Una vez le dejaron un carro de varas, me acuerdo de los dos viajes que hicimos. El primero, fuimos a Pozoblanco, el segundo a Santa Eufemia. En Santa Eufemia, como que las mujeres no todas tenían dinero, nos decían que ellas nos lo tenían que pagar con grano. Para allí llevábamos pucheros y para aquí cebada y trigo. Luego, un día cambió mi padre aquel burro por otro que decían que tenía 4 años: había unos gitanos enfrente de nuestra casa y le dijeron que, si quería cambiar el burro, sabían de uno que era mejor y más joven; a aquél le tuvo que dar mi padre el nuestro y un jamón. Al otro día de cambiarlo fue mi padre a por una carga de leña y cuando venía para casa el burro cargado como venía se iba dejando atrás a todas las yuntas que venían para el pueblo, y mi padre nos dijo "este si que es un buen burro". Tan bueno que cuando fuimos al otro día a la cuadra estaba muerto; mi padre tupió a los gitanos y ellos le dijeron "eso es que habrá comido una mala hierba", y mi padre les dijo "vosotros sí que sois unas malas hierbas". Un día unos muchachos me dijeron que aquel burro lo habían cargado muy joven, estaba abierto del pecho: eso no tenía cura. Le pusieron los gitanos una inyección y por eso andaba tanto el día que fue mi padre a por la leña, como le debían echar tanta dosis de la inyección se lo cargaron. Nosotros nos quedamos sin burro y sin jamón.
Mis padres pensaron que cuando empezara otra vez la escuela que fuese donde había estado cuando vivíamos en Casasola, pero antes de empezar la clase le dijeron a mi madre que si quería podía ir a la escuela de los frailes que había un fraile que si le lavaban la ropa a él, podía ir un muchacho a la escuela. Lo miro mi madre y así pude ir a la escuela de los frailes. Más me hubiese valido ir a la escuela donde había estado antes; en el convento aquel, cuando vieron que yo sabía restar, en vez de enseñarme a mí, me pusieron para que yo enseñara a otros muchachos. Allí todos los muchachos eran hijos de señoritos y yo era el único que tenía mi madre de lavarle la ropa a un fraile de aquellos. No podía decir nada, ni yo que era un niño, ni mis padres que eran pobres. Ya era una gran grandeza estar un hijo de un zapatero en una escuela de frailes; todo lo que yo hice de enseñar a los otros me lo pagaron muy bien: como la mayoría de la gente clerical es tan buena, cuando llevaba la mitad del curso allí, echaron o se fue que para mí fue lo mismo. El se fue para donde se fuera y yo me fui para mi casa, se terminó para mí el colegio. Mis padres cuando vieron lo enfadado que me puse quisieron ir a ver al maestro de la escuela donde había estado antes, yo le dije que aquel año ya no me iban a admitir. Yo iba a hacer otra cosa como hacía un vecino nuestro, fui a un almacén de un hombre que le decían Montillano, traía naranjas en camiones y las daba para que las vendieran, después se las pagaban cuando las habían vendido. Así entré yo a tomar parte en aquel negocio. Entonces se vendían las naranjas por docenas. Por cada centenar nos daban cinco de más por si alguna salía mala. Allí, cuando íbamos a por las naranjas, nos podíamos comer las que nos viniera en gana. El precio que nos costaba un centenar era de 6 o 7 reales.
Nosotros las vendíamos entre 20 i 30 céntimos la docena. Yo cogía un centenar por la mañana, ponía unas pocas en un saco y otras en una espuerta, me echaba el saco a la espalda y con el trozo de saco que me venia al pecho me liaba la espuerta que la llevaba atada con una cuerda. Así empezaba a pregonar "mis naranjas gordas y dulces" por todo el pueblo. Cuando terminaba un centenar, le pagaba a aquel las que había vendido y me llevaba otro. También las cambiaba por huevos, iba pregonando "naranjas gordas y dulces; tres o cuatro de las gordas, un huevo". Las que cambiaba por huevos me salían más a cuenta, pero había veces que se me rompía algún huevo. Aquello era un buen negocio para sacarme al día 1'20 pesetas, teína que dar muchas voces y pasos. Los huevos valían entonces dos, tres perrillas o quince céntimos, que es lo mismo. Valía todo muy barato, lo malo es que no había trabajo, pero sí muchos trabajos para sobrevivir. Entonces sí que había paro y sin ningún subsidio de nada, por eso estaban recalentando el ambiente y vino lo que no teína que haber venido.
Antes de que se terminara la temporada de las naranjas, cambié de oficio; aunque parezca una contradicción que digo que no había trabajo, a mí me hicieron dejar una cosa para hacer otra, pero el trabajo que tenía que haber tenido era el de la escuela, como quisieron mis padres haber mirado si me admitían en la escuela del sindicato. El paro que había era el de los hombres que iban a la plaza del pueblo para ver si les daban algún jornal; y se tenían que venir todos los días de nuevo para su casa y salir por los campos para poder traer algo para comer, aunque fuera escardillos o romanzas, si no había otra cosa. A mí el otro oficio que me dieron fue el de pastorcillo: vino un día la hermana de mi madre, la tía Antonia, y les dijo a mis padres que si sabía ellos de algún muchacho para irse de pastorcillo. Cuando llegué a mi casa me dijeron que si quería ir de pastor; yo les dije que con las naranjas ganaba más de lo que le daban a los pastorcillos. Ellos me dijeron "las naranjas es una temporada y de pastor, si te va bien, puedes estar hasta que tu quieras". Entonces teína yo diez años, y me convencieron mayormente mi tía y mi madre. Me fui a Manoshierros, cerca de la sierra que años mas tarde se hizo famosa en la guerra civil española, Sierra Trapera.
Me ajustaron dándome la comida y treinta reales al mes (7.50 Pta.). Yo pensaba que iba de pastorcillo, pero no fue sólo aquello: hice de cabrero, de pastor y de porquero, eran las tres clases de animales que tenía que guardar. Me estiraba de los pelos y pegaba más palos que los que le dan a un tambor en un desfile, cuando sacaba los animales del corral para que fueran a comer por aquellos campos; se me hacían tres bandos: las cabras se iban a la viña, los cerdos al arroyo y las ovejas a la simentera, por eso me llevaron a mí allí.
Aquel matrimonio tenía una hija un poco mayor que yo, y ella no podía hacer carrera de los animales. Aquello era un problema: tenía que estar todo el día corriendo cuando sacaba las cabras de la viña, las dejaba en un manchón (un campo que no está sembrado) y me iba a por las ovejas, y cuando venía con las ovejas para donde estaban las cabras ya habían vuelto otra vez a la viña y así estaba todo el día. Los que menos ruido me daban era los cerdos, que se entretenían hozando en el arroyo. Suerte que vino una primavera de lluvia y estuve poco tiempo.
Voy a decir lo que me daban de comida. Me llamaban a mí temprano para que preparara la leña para hacer la candela, mientras preparaba el hombre para hacer las migas (Comida típica andaluza que se prepara con pan partido a trozos pequeños; se echan en la sartén con agua, sal, aceite e irlas moviendo en la sartén hasta que se pongan doradas. Se acompaña con sardinas, chorizo, uvas y unos tragos de vino, y si quieres que sean canas se le echa leche). Nos las comíamos con chorizo de patata o papas como dicen en Hinojosa. Por la mediodía me llevaba la hija del matrimonio un trozo de pan, un trozo de chorizo de papa y una naranja. Los primeros días me comía el chorizo pero a los pocos días no podía comérmelo y me comía el pan con la naranja. El chorizo se lo echaba a un perro mastín que era como un burro de grande. Por la noche cenábamos cocido con chorizo de patata como es natural. El de carne yo no lo vi, se lo comerían ellos al mediodía. Yo pensaba para qué vendría mi tía para que fuese allí yo de pastorcillo. Estaba mejor en el pueblo vendiendo las naranjas. Como he dicho, suerte tuve con la lluvia: un día me puse chorreando, y me tuve que acostar pronto y desnudo, para que pusieran la ropa a secar al fuego. Así me la pude poner al otro día, pero cuando salí al corral para ver como estaba el día seguía lloviendo. Les dije a los amos que llovía mucho, que me dieran una manta y me dijeron "ponte debajo de un chaparro"; así tuve que estar todo otro día mojándome, por la noche tuve que hacer la misma operación, por la tarde estuve pensando lo qué iba a decirle al otro día.
"Que me iba a ir a mi casa". Me dijeron que me acostara, que me iban a secar la ropa. Cuando vino el hombre a por la ropa donde yo me acostaba se lo dije, pero él se pensó que era de broma. Por la mañana me llamo el hombre para preparar la leña (aquella noche aunque era una criatura no pude conciliar el sueño) me levanté cuando me dio la ropa, le fui a buscar la leña y le dije "voy a coger mi chiva para irme". Me dijo no te vayas que hoy no llueve; pero fui a por la chiva y como que la chiva no quería venirse detrás de mí la cogí a cuestas y le dije al hombre adiós. El no me dijo nada.
Empecé a andar, perdí de vista la casa, puse la chiva al suelo y ella se lió a berrear, yo andando hasta que la chiva se vio sola y como que las cabras son tan asustonas, cuando se ven solas. La llamé que como era de dos colores le decía colorina. Cuando se decidió a seguirme nos pusimos los dos en marcha hacia el pueblo. Desde allí había ocho o diez kilómetros. Cuando llegamos al pueblo, era casi mediodía, la chiva iba comiendo hierba y yo tenía que ir a su paso y sin comer. En aquel tiempo no había bellotas, cuando íbamos llegando al pueblo vi venir un hombre, era mi padre que iba a por un saco de hierba para un cerdo y los conejos que teníamos. Me dijo "¿vienes a cambiarte la ropa?" Y le expliqué lo que me había pasado. Me dijo "vete para casa que ya nos apañaremos como podamos".
Yo tenía vecinos que también estaban de pastorcillos, se venían a casa por casos similares al mío. Cuando los veían sus padres les daban un par de correazos con el cinturón y los mandaban otra vez con las ovejas. A los pocos días de venirme de aquel sitio vino el hombre a hablar con mis padres, lo primero que les dijo que yo no quise ni pararme a comer las migas, cosa que él no me había dicho. Pienso que aunque me lo hubiera dicho tampoco lo hubiera hecho. También les dijo a mis padres que me fuera otra vez y me daría cincuenta reales al mes y el hato (Una poca de harina, garbanzos, aceite y poco más).
Y que yo me hiciera la comida. Mi madre le dijo "¿cómo se va a hacer la comida él solo?", él le dijo "le daré cuarenta reales y la comida porque él ya sabe como atender a los animales", pero lo que no supo el animal de él atenderme a mí. Yo no estaba en casa, me había puesto otra vez a vender naranjas. Cuando me dijeron que había venido para que volviera, dije para eso no me hubiera venido. Siempre se aprende algo; allí aprendí a madrugar, en el poco tiempo que estuve, cuando empezaron los esiervos (Quitar la hierba a los trigos y la cebada. Lo hacían las mujeres y los muchachos). Si venia algún hombre era de manijero (Se lo dicen al que hacía de encargado). Yo por las mañanas me levantaba temprano y daba una vuelta por las calles por las que yo sabía que me podían comprar algunas naranjas, para la hora que nos teníamos que ir a servar ya estaba preparado. Por aquello había varios tipos de jornales, según la edad que tenías y el trabajo que podías hacer. Las mujeres ganaban 2,50 y los muchachos entre 1,75 y 2,25 al día. Y con aquel dinero ya teníamos para comprar dos panes, y si quedaba algo para comprar aceite. Con lo poco que ganaba con las naranjas, en mi casa ya teníamos para una ayuda. Cuando se terminó quitar la hierba a los trigales eso era unos cuantos días porque esa faena se hacía cuando las siembras estaban ya grandes. Cuando es la siembra pequeña le quitaban los hombres con las zolejas o azada. Las naranjas se terminaron, me tenía que quedar en casa y nos teníamos que apañar con lo que hacía mi padre. Como tampoco tenía trabajo para todos los días, estuvo también trabajando en una carretera que le estaban echando grava. Era la carretera del Mármol, yo le llevaba la comida al mediodía y comía con él, después cogía un saco de hierba para el cerdo y los conejos, mi hermano sacaba el cerdo con dos o tres muchachos más que también tenían cerdos. Los llevaban por las cunetas de las carreteras y por la colada para que comieran hierba. Aquel verano ya fui yo unos días a segar habas con mis padres y cuando terminamos la siega íbamos a espigar, esto ya era el verano de 1935.
Después del verano no sabia qué hacer, fui a ver a mi abuela un día de los muchos que iba y le dije "¿me quiere dar pucheros y los vendo por las calles?" Empecé a vender pucheros por las calles. Los llevaba en una espuerta con una cuerda, me los echaba a la espalda e iba de puerta en puerta, "¿me compra usted pucheros?" Así me sacaba algún dinero, no vendía muchos porque en Hinojosa había por aquellos años diez o más casas que hacían cántaros y pucheros, pero más saca mariquilla hilvanando que holgando. Aquel año se veía la cosa que iba de mal en peor. Los señoritos no daban trabajo, le echaban a los señoritos los obreros que fuese a cada uno. Mi padre también fue echado y cuatro hombres más a los lotes, lo que hacían era matar langostos. Yo fui con ellos para tener cuidado de que se cocieran los garbanzos y así comía con ellos, eso fue una semana, después mi padre seguía en casa con sus chapuzas. A los zapateros les estropeó el trabajo más de lo que estaba cuando salieron a la venta unas alpargatas que tenían una suela muy gorda: valían sesenta céntimos. Eso era lo que usaban las mujeres y los muchachos.
Iban pocos a arreglar los zapatos, como no fueran los zapatos de los gañanes (Los hombres que van arando o haciendo otros trabajos del campo y tienen que llevar unos zapatos con las suelas de goma muy gruesa) y pocos más. Mi padre se ponía también en la feria con los feriantes que vendían suela para los zapatos.
Mi hermano iba a por hierba y yo a por leña a cuestas, nos ayudábamos uno al otro y así lo pasábamos mejor.
Cuando cogíamos la leña hacíamos un saco de leña gorda y otra menuda, y él un saco de hierba. Cuando lo teníamos todo echo, él se quedaba con la hierba y el haz de leña, yo iba a casa a llevar los chiquitos (Leña que salta cuando están talando las ramas de las encinas). Después volvíamos los dos a casa y así íbamos los dos haciendo nuestro aprendizaje para ir preparándonos para ir por este mundo. Cuando llegó el tiempo de hacer la matanza matamos un cerdo que pesaba ocho o nueve arrobas (En Andalucía 11,5 Kg); hicieron mis padres su morcilla y chorizo de patata y de carne. A mí lo que más me gustaba del cochino era la asadura hervida; y como eso era lo que ponían el día de la matanza con las migas para el almuerzo, para que quedara una poca para mí para otro día, me mandó mi madre a casa del Montillanos a por un kilo de sardinas. Además de las naranjas era el pescadero que más barato vendía el pescado. Aquel día vendían las sardinas a 25 céntimos el kilo. A aquel hombre también lo fusilaron al acabar la guerra
Como mi madre me dio cincuenta céntimos compré dos kilos, como tenían que comer con nosotros el Ángel y la Encarnación. Él era el que mataba el cochino; ella ayudaba a mis padres a hacer los embutidos. La mejor temporada que se pasaba es cuando se hace la matanza, aunque los jamones se los comían otros: había que dejarlos y cuando estaban curados, los vendían para comprar otro cochinillo, lo criabas como podías para el próximo año y así era aquello en aquel tiempo y en aquel pueblo.