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FÉLIX JURADO

Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández



 

CUARTO CAPÍTULO:

LA ÚLTIMA CARTA DE MI PADRE

(LA POSGUERRA - PRIMERA PARTE)



Nosotros fuimos con aquellos hombres hasta la entrada del pueblo. Cuando llegamos allí, a ellos se los llevaron por la redonda que enlaza con la carretera que va a Valsequillo, que allí era su destino. Nosotros cuando, ellos se fueron, nos fuimos por la carretera que entra en Hinojosa que viene de Pozoblanco. Cuando llegamos a una cochera que hay cerca de los lavaderos que le decían la Venta de la Mandanga, porqué había habido allí una taberna. Allí fuimos nosotros, y unos soldados que había de los fascistas nos dijeron que de dónde veníamos nosotros. Les dijimos de los lotes, que allí estábamos en un chozo. Había españoles y moros y un oficial que había nos dio un chusco y una ícara de chocolate. Ellos tenían emisoras y decían que ya estaban los suyos en Almadén del Azogue. Los moros nos pidieron algún sitio por allí que hubiera agua, les dijimos que si querían que nos dieran las cantimploras, que nosotros la iríamos a buscar, que cerca de allí había el Pilar. Pero ellos no quisieron y fueron dos de ellos. Nos dijo un español que eran muy desconfiados, que no los fuéramos a envenenar. Allí estuvimos mucho rato y antes de que oscureciera nos fuimos para donde teníamos el chozo. Los españoles aquellos nos dijeron: "id cantando cuando paséis por donde están aquellos soldados, que hay moros y no vayan a pegaros un tiro, cantad coplas que no sean de la guerra". Y cuando pasamos por allí cantando los moros nos decían ole. Cuando llegamos al chozo ya era bien oscuro. Mi madre me dijo de donde venís a estas horas, yo le dije que habíamos estado en el pueblo, que nos fuimos con unos milicianos que llevaban presos la guardia civil. "Que os fuisteis detrás de unos hombres me lo ha dicho la madre del Leopoldo. Sois unos enreosos, sin saber la gente que hay por ahí". Le dijimos hemos estado en la venta de la Mandanga, que allí hay fascistas, nos han dado un chusco y chocolate. No son tan malos como dicen. Los malos no fueron para nosotros aquellos soldados. Nosotros les decíamos fascistas; los malos eran los fascistas que eran de Hinojosa del Duque.

 

Al otro día me vinieron a buscar los dos hermanos, que habíamos estado la tarde de antes en el pueblo, para si quería ir otra vez al pueblo. Se lo dije a mi madre y me dijo haz lo que quieras. Nos fuimos con la esperanza de ver los que estaban en la Venta de la Mandanga, pero allí ya no había ningún soldado. Nos fuimos al pueblo. Yo me encontré una carabina que me llevé para el chozo. Cuando llegamos a una era que le decían de Palomo vimos a un hombre muerto en la cuneta. Era un miliciano. Luego nos enteramos que más adelante había más muertos, cerca de la mina del Malacate.

 

Es una mina que ya hacía muchos años que habían explotado, yo sólo la había visto de ir las mujeres a lavar. Los muertos que hubo por allí los enterraron debajo del puente de la carretera que va a El Viso. Ellos eran unos cuantos que le hicieron frente a los fascistas y prefirieron morir antes de que los cogieran vivos. Si ellos mataron a algunos de los fascistas, nosotros no nos enteramos de nada. El que vimos nosotros muerto, lo desenterraron al poco tiempo. Vinieron dos cuñados suyos y los dos hombres que fueron a desenterrarlo, fueron los dos mismos que lo habían enterrado. Los estuvo viendo desenterrar el forense que era Feliciano Gallego, y los dos cuñados del difunto, que uno de ellos también era médico. Por supuesto los muchachos, que siempre les gusta meter las narices en todos los sitios. Aquellos hombres decían: "no sabemos por qué él haría frente. Si a él lo hubiéramos salvado aunque lo hubieran detenido". Lo desenterraron allí y lo enterraron en el cementerio de Hinojosa. Allí lo habían enterrado como a todos los que habían enterrado sin caja, pero sus cuñados lo enterraron en el cementerio en una caja. El día que me encontré la carabina y me lo llevé al chozo, cuando llegué allí ya había llegado mi padre. Nos abrazamos llorando de alegría como siempre que nos veíamos. Cuando vio la carabina, me dijo tira eso por ahí, que no quiero ver mas fusiles de esos. Yo le dije "papa, dicen que esto es una carabina"; "sea lo que sea, tíralo por ahí". Lo metí en el hueco del tronco de una encina. Al otro día fue mi madre y él al pueblo para buscar alguno que tuviera un carro y llevarnos al pueblo lo que teníamos en el chozo. Cuando iban llegando al pueblo venía su hermano, el que su hijo se fue con los fascistas. Iban él y su mujer. Cuando se cruzaron le dijo mi padre: "¡Hermano, ya están aquí los tuyos. A ver ahora que harán". Él le dijo "ahí te lo dirán". Mi padre siguió para el pueblo y cuando llegaron a nuestra casa vieron que la casa no tenía puertas: las habían quemado, y la cuadra la habían tumbado. Aquello lo habían hecho los milicianos. Las casas de los ricos estaban intactas. Los mandos eran fascistas la mayoría. No le iban a hacer daño a los suyos. Mis padres encontraron a uno que tenía un carro de varas y fue el que le llevo las cosas al pueblo. Era el padre de mi tío Casildo. Mientras mis padres estaban en el pueblo nosotros teníamos la cochina por allí cerca del chozo. Mi hermana Carmen, que tenía poco más de dos años, tenía en el bolsillo del delantarillo bellotas, la cochina le pego un mordisco y le rompió el bolsillo, suerte que a ella no le hizo daño. Nuestra casa era la venta de Mal Abrigo, pero si se hubiera quedado sólo en aquello. Pero eso sólo fue el principio de lo que nos esperaba, mi padre hizo con unas cajas de sardinas una puerta para la calle, pero pudo hacer poca cosa más en la casa. En la cárcel del ayuntamiento y el cuartel de la Guardia Civil estaban llenos. Empezaron a fusilar sin juicio, aunque a los que juzgaron después, para qué les servía si los fusilaban igualmente. Mi padre decía esta gente va a meter a todo el pueblo en la cárcel. Mis padres quemaron las fotos de cuando mi padre estuvo en el frente. Pensaba que con aquello ya estaba la cosa arreglada.

 

Cuánto me hubiera gustado de poder tener una foto de sus últimos años de vida. Después le he preguntado a los familiares de los que estuvieron con él en los frentes y nadie tenía fotos. Unos se fueron a Francia y los demás excepto uno murieron como él. El día 3 de abril de 1939, estando en nuestra casa sentado, haciéndole a mi hermana María unas sandalias, llegaron dos soldados y un paisano, era un tal Calderón (a ese pronto lo vengó la naturaleza, no tardo mucho en morir tuberculoso que daba gritos y viendo por toda su casa a los que había él echo matar). Como que la cárcel estaba llena de hombres y alguna mujer, tuvieron que llevar a la gente al cuartel de la Guardia Civil. A mi padre lo llevaron al cuartel de la Guardia Civil, decía que a los que llevaban allí no los matarían. Yo el día que se llevaron a mi padre no estaba en casa. Cuando llegue vi que mi madre estaba llorando y me dijo "hijo mío, ya se han llevado a tu padre a la cárcel. A papa se lo han llevado al cuartel, pero dicen que sólo mataran a los de la cárcel". Como que después no cogían en el cuartel, cogieron el convento de la Concepción. No sólo los rojos hicieron servir los conventos para otras cosas: después de la guerra los fascistas los hicieron servir de prisión.

 

Nosotros le teníamos que llevar la comida a mi padre todos los días. El poco dinero que teníamos del que mi padre y yo dijimos de ahorrar para comprar una fanega de tierra, anularon los billetes y solo valía la plata y el cobre. Nosotros vendimos dos lechones y con el dinero que nos dieron empecé yo a ir a Monterrubio a por pan. Fuimos dos muchachos y yo, los muchachos eran Gregorio García y su primo Sebastián. El primer día pudimos comprar el pan que quisimos, nos costaba 45 céntimos el Kilo, nosotros lo vendíamos en Hinojosa a 60 céntimos. Con lo poco que ganábamos teníamos pan para nosotros. En Hinojosa tardaron bastante tiempo en dar pan de racionamiento. El segundo viaje que hicimos sólo nos daban dos panes a los forasteros en cada panadería.

 

Nos dijo un panadero "si me vendéis las angarillas [Es lo que le ponen a los burros en el lomo para poder desplazar cántaros, pucheros etc. Son de madera y flejes de chapa] os vendo el pan que queráis". Le vendió Sebastián las angarillas que eran suyas, la burra era mía. Él decía que como que no tengo burro ni burra, para qué queremos las angarillas. El panadero nos dejó unos sacos para traernos el pan. Por allí no fuimos más a por pan. Mas tarde iría yo a Monterrubio.

 

Un día vino mi tío Casildo a mi casa y le dijo a mi madre que había quien iba a Azuaga a por pan, que si quería que fuésemos él y yo. Dimos unos cuantos viajes a por pan (de Hinojosa a Azuaga hay unos 60 km) salíamos de Hinojosa por la mañana y teníamos que hacer noche por el camino. Madrugando llegábamos al otro día al mediodía, teníamos unas cuantas horas de camino. Para allí íbamos montados en las burras, cada uno llevaba la suya.

 

Uno de los viajes que hicimos, cuando quedaba poca luz del día, quería mi tío Casildo que nos quedásemos al pasar Balsequillo, a pasar la noche en un caserón que había, hecho polvo de la guerra. Yo le dije "¡Aquí cualquiera se queda! Hay muertos por todos sitios a medio enterrar y se los están comiendo las liebres y los cochinos". Él paró su burra y yo no me paré, cuando vio que yo seguía me dijo "espérame que yo también me voy". Llegamos al pueblo a medianoche. Otro viaje que hicimos cuando veníamos era el 23 de junio de 1939, Cuando veníamos entre Valsequillo e Hinojosa me dio una corazonada. Yo venia pensando si mi padre se hubiera escapado de la cárcel y viniera por aquí le diría "papa, coja unos panes y váyase por ahí para que no lo maten, que ya han matado a muchos". Ese pensamiento lo lleve todo el camino. Cuando llegué a casa al verme mi madre me dijo "hijo mío, a papa lo van a matar, le han echado pena de muerte, al tito Nicasio también".

 

Otra vez que veníamos de Azuaga de por el pan, cuando llegamos al pueblo ya habían dado pan de racionamiento y nadie nos compró el pan; tuvimos pan para nosotros y algunos se nos pusieron mohosos. Matamos un cochino para llevarle a mi padre la comida, esto era cuando estaba en el cuartel de la Guardia Civil, y cuando ya no quedaba nada más que el rabo del cochino se lo echó mi madre a mi padre en el cocido y cuando vio mi madre a mi padre (algún día al mes los dejaban ver) le dijo mi padre "¿habéis matado algún lechoncillo?"; mi madre le dijo "¿ahora te enteras?". Él se llevo los dedos a la boca diciéndole "chitón". Se habían comido la carne que le mandábamos los carceleros, que allí eran soldados, los que entraban las cestas de las comidas a los presos.

 

El día que se llevaron a mi padre del cuartel a la cárcel fue la última vez que lo vi. Cuando trajeron a mi padre a declarar al ayuntamiento lo traían dos soldados; venía con otro, los dos esposados. Yo cuando los vi me fui detrás de ellos, no muy cerca, le quería decir papa. Pero del miedo que tenía se me que quedo el papa en los labios y no me pudo oír. Él iba con la cabeza bajada, lo contrario que nos decía a nosotros en una carta (la escribiré luego) que nos mandó de la cárcel, los entraron en la cárcel, yo me fui a un banco que había entonces en la plaza.

 

Me quedé allí a ver si lo volvía a ver. Lo volví a ver cuando lo bajaron de la audiencia, pero él tampoco miró para la plaza. Ese es el último recuerdo que tengo suyo. Voy a decir el último día que hablé con él, que fue en el cuartel. Allí fui un día a pedir que me dejaran ver a mi padre, que le tenía que decir una cosa. Estaba hablando con su hermano Flugencio, cuando lo vi le dije al soldado que estaba de puertas "ese es mi papa". Había un mostrador, mi padre estaba por dentro y mi tío por fuera, me dijo el soldado pasa y dile lo que sea y sales enseguida, lo que le dije es que si quería que vendiésemos un cochino, el me dijo haced lo queráis, como si yo no estuviera. Yo todavía no había cumplido los quince años, pero si me hubieran cortado un brazo no lo hubiera sentido tanto, me eche a llorar y él me dijo, no llores hijo mío. Nos dimos un abrazo y un beso y yo me fui llorando a mi casa. Él se quedo hablando con su hermano, pienso que con el corazón echo polvo, Mi padre tenía dos hermanos y una hermana. A mi tío Miguel no lo miento casi nada porque no estaba en aquellas fechas en el pueblo, estaba en uno de los muchos campos de concentración que había. Yo cuando llegué a mi casa le dije a mi madre que el papa estaba hablando con el tito Flugencio, a ver si el tito quería hablar con el que le puso la denuncia y lo echaban de la cárcel, pero como he adelantado no fue así. Le pegaron muchas palizas cuando lo cambiaron del cuartel a la cárcel. Las camisas que le mandaba a mi madre estaban llenas de sangre, eso me lo ha dicho mi madre que ya he sido grande. Cuando ya no le pegaban tanto le devolvían una camisa dos o tres veces sin ensuciarla, mi madre piensa que a lo mejor le mandaba alguna carta en alguna costura de la camisa, yo pienso que a lo mejor de las palizas que le dieron no se las podía poner. Después cuando lo llevaron al convento, fue cuando por medio de una vecina, Anita Ruiz (que tenía también su marido preso y un cuñado, los dos fueron fusilados como mi padre); la Anita le dijo a mi madre: "Me ha dicho José (que era su marido) que mires en el culo del cesto, que te va a mandar Agapito una carta". Así llegó al poder de mi madre.

 

Cómo estarían aquellos hombres el tiempo que estarían escribiendo y si los hubiesen pillado les hubiesen adelantado su existencia, y como dije que escribiría la carta de mi padre, así empieza:

 

 

Querida Petra:

 

Si estuviste en mi juicio estarás enterada de los que me han puesto las denuncias, que son Pablo Calderón y Fernando, el que está de carcelero, pero tu bien sabes que te lo he dicho yo muchas veces que vi al pobre Pepe muerto y lo que yo lo sentí, fíjate que ahora dicen que lo había matado yo. Pero Dios está en el cielo y a cada uno le dará lo que se merezca. Tu háblale bien y si a mí me matan puedes llevar la cabeza en alto, porque he tenido la suerte de no ser criminal. Fililberto, sé muy bueno con tu madre y con tus hermanos, trabaja para ellos y véngame si puedes algún día, igualmente te lo digo a ti Fulgencio, sed buenos con todos pero venga algún día si puedes a tu padre, que lo han hecho mucho sufrir. María tú sé también muy buena y honrada, te lo pide tu padre, y tú Carmelilla llegarás a ser grande, te digo lo mismo. Petra tu también sé honrada y buena con tus hijos, te lo pido que seas tan buena que lo seas como lo has sido siempre. Yo si me matan voy con mi conciencia tranquila de no haber matado ni haber hecho padecer a nadie. Dale muchos besos a nuestros hijos y ten mucha resignación con este que te lo pide tu Agapito que os quiere mucho a todos. Adiós Petra de mi alma, hijos de mi alma, sed buenos todos y si me matan yo no he matado a nadie, vengadme algún día si podéis. Adiós a todos.

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[fotocopia de la última carta de mi padre, escrita en la cárcel el 5 de noviembre de 1939]

Anita Ruíz

[La señora que está a la derecha, Anita Ruíz, vecina nuestra, fue la que nos dio para comer muchas veces, y ella fue la que le dijo a mi madre donde tenía que mirar para encontrar la carta que mi padre mandó de la cárcel. A su marido lo fusilaron el día 27-3-1940; dejó un hijo de poco más de un año: es el que está detrás, en la foto; se llama Joseíto. Su señora, Carmen, es la que tiene a su primer hijo en brazos; después tuvieron dos hijas gemelas. En la actualidad viven en Cerdanyola del Vallés (provincia de Barcelona), donde fue tomada la foto el día 5-6-1969]

Como he dicho, en Hinojosa había el Ayuntamiento, que allí hubiera sido lo natural dentro de la injusticia que hacían de haber juzgado allí a los presos, pero había en Hinojosa (ya se murió en 1988: ya tuvo tiempo de disfrutar el daño que hizo) el primo de mi primo Justo, quien pidió que los sentenciaran en su casa, que es un bar y arriba hacían baile, en la sala que hacían el baile, aquello lo hicieron servir para audiencia. Y después que fueran los hijos de los que habían sentenciado a muerte yo nunca fui a aquel local, pero había mujeres que le decían a sus hijos no id a Cal Gato que allí sentenciaron a tu padre a muerte.

 

En el año 1985 me enteré yo quién era el que tocaba el organillo, me lo dijo la hermana de mi primo Justo, que iba su primo a buscar a su hermano para que fuera a tocar cuando hacían baile, el primo de mi primo se llamaba José, le habían matado a su padre y dos hermanos, los que estuvieron en la azotea, como ya dije el día que iban a venir los de Pueblonuevo. Tendría su remordimiento, pero como que no fue capaz de perdonar como después le perdonamos a él, vengo a sus muertos, pero además de poner su casa de audiencia quería matar a todos los que le hubieran matado algún familiar. O sea a todos los rojos como decían ellos. Yo y todo el que lo quiso ver pudo ver la zanja que hicieron en el cementerio. Los presos mandados o forzados por él y otros más, pero el fue el que sonó. Fue el verdugo numero uno pegándole a los presos. No me gusta que maten a nadie pero si ese se hubiera muerto poco hubiera perdido el pueblo. La gente de Hinojosa en aquellas fechas no dormíamos tranquilos; había familias que se iban a dormir a fuera, como en la guerra, por eso he dicho más de una vez que la guerra no se terminó en 1939, sino muchos años después de la segunda guerra mundial.

 

Nosotros en ese tiempo nos quedamos en casa, y un día que fui a Monterrubio a buscar gomas me encontré una bomba de piña, ya quedaban pocas. La guardé en mi casa en el doblado, que era donde dormíamos mi hermano y yo.

 

Le decía a mi madre "si llaman a la puerta de noche y son los fascistas que vienen a matarnos, usted no abra la puerta, yo le tiro la bomba y si podemos matarlo y luego que nos maten los otros a nosotros si quieren".

 

No hicieron aquello gracias al teniente de la Guardia Civil, que era uno de los pocos hombres buenos que había en aquellas fechas y se lo impidió. No sé cómo se llamaba aquel hombre, pero lo felicito de todo corazón. Si supiera donde estaba iría a verlo algún día pero como no lo sé lo vuelvo a felicitar, por haber podido un hombre con tanta fiera sedienta de sangre de sus paisanos. Si no, Hinojosa hubiera sido mas odiada que Alemania o los campos de exterminio.

 

Voy a retroceder a los primeros días que se terminó la guerra.

 

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