FÉLIX JURADO
Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández
SEGUNDO CAPÍTULO:LA GUERRA (PRIMERA PARTE)
En la primavera de 1936 volví a servar y cuando empezó la siega de las habas también fui. Con la siega de las habas aquel año nos cogió uno de tantos como hay sin conciencia y nos llevo a segar habas. Sólo quería muchachos, le dijimos si quería que fuesen mujeres y dijo que no. Cuando empezamos a segar como estaban sembradas en lineos nos dijo "cada uno cogéis cuatro lineos y el primero que llegue se sienta hasta que llegue el último". Nos pusimos todos a segar como desesperados y de seis que éramos cuatro llegamos casi juntos pero dos se quedaron bastante retrasados; cuando nos íbamos a sentar los cuatro primeros, nos dijo "ayudarles a esos y luego nos vamos todos a hacer el cigarro". Así lo hicimos pero cuando volvimos otra vez a segar nos dijo "esta vez el que llegue primero se sienta de verdad"; pero para ser chavales de diez y doce años (yo no los hacía hasta agosto, eso de las habas era a primeros de junio) nos pusimos todos de acuerdo sobre la marcha: nos decíamos unos a otros que llegaremos todos a la vez. Así fue y él nos decía "aligerad, que vais muy despacio". Pero llegamos casi todos iguales. De aquello cuantas veces me he acordado en los sitios en que tuve que trabajar, que nos pusiéramos de acuerdo los niños y no somos capaces de hacerlo los hombres. Y es que los años se van llevando la inocencia de los niños y va viniendo la maldad de los hombres.
Después de la siega de las habas íbamos a espigar habas. Algunos días escapábamos bien, otros si nos cogía un guarda de mala leche nos las rociaba en el campo que las habíamos espigado y nos rompía el saco. Que alegría de pueblo que habrá otros de otros pueblos que dirán lo mismo, y otros que dicen que en su pueblo no los dejaban espigar ni mucho ni poco, un día que me rociaron las habas, después de estar todas las mañanas cogiéndolas una por una en una haza que ya no había angarillas (Montones que hacían con las habas hasta que se las llevaban a la era). y como hacia tanto calor le decía a mi abuela que me diera pucheros otra vez para venderlos por el pueblo. Empecé a vender. Entonces ya se decía por el pueblo que iba a haber guerra y los señoritos estaban enseñando a disparar con pólvora muda a los pistoleros que eran unos que ellos tenían pagándole un sueldo, los iban preparando de lo que veían que iba a venir.
Como las últimas elecciones municipales las habían ganado las izquierdas, ellos no podían soportar que hubiera un alcalde de izquierdas gobernando en el ayuntamiento. Y el día de la Ascensión, aquella noche mataron a un joven en la puerta de la Virgen del Castillo (iglesia que está en la plaza mayor del pueblo); aquel joven venía de ver la novia e iba para su casa cuando le dieron el tiro. Estando agonizando se lo llevaron a Córdoba, por no decir que lo habían matado.
Aquel crimen que fue el primero de los muchos que habría después en Hinojosa. De aquel crimen se responsabilizó a la Guardia Civil, aunque la gente decía que habían sido los pistoleros. Aquella noche hubo aquel muerto y muchos tiros por las plazas y calles adyacentes. Mi padre, cuando dejaron de oírse tiros, él que estaba en nuestra casa le dijo a mi madre: "voy a ir a casa de mis padres. Como mi padre y mi hermano son socialistas no les haya pasado nada si estaban en la casa del pueblo". Mi madre le dijo "ya voy yo contigo, que los niños están durmiendo". Yo no sentí nada de los tiros ni de que ellos se fueran. Yo me enteré al otro día de lo que había pasado. Nosotros vivamos en la calle Fontanilla, mis abuelos en la calle San Gregorio. Cada calle está en un extremo del pueblo. Cuando mis padres llegaron a la calle Corredera, en aquel cruce estaba la Guardia Civil a caballo y no querían dejar pasar a mis padres. Mi padre decía que iba a casa de sus padres a ver si les había pasado algo a ellos como habían pegado tantos tiros. Pero como habían matado a aquel joven no querían ver a gente por las calles. Nada más que ellos. Mi padre insistía para que le dejaran pasar y en vez de dejarlo pasar se liaron a dar sablazos y a mi madre le pusieron un brazo amoratado.
Mi padre cuando vio a mi madre los lamentos que daba le echo mano a las bridas del caballo y se encabritó el caballo. A mi madre se la llevaron a curar y a mi padre a la cárcel. Cuando me levanté vi a mi madre con el brazo hinchado y morado, entonces me dijo lo que había pasado. A mi padre y a otros que aquella noche habían detenido se los llevaron a Córdoba. La cosa se ponía fea. La Guardia Civil estaba en complot con los señoritos y querían tener la cárcel vacía para lo que estaban planeando. A mi padre y los que estaban presos les valió el Dr. Romera que le dijo "echad a estos hombres a sus pueblos que va a haber una sublevación y los van a matar". Y no se equivocó, que uno de los que fusilaron fue a él. Mi padre antes de eso no había estado afiliado a ningún partido político pero cuando vino de Córdoba se afilió al partido comunista de España PCE; no sé si él tenía esas ideas ocultas, aunque por lo que mi madre me ha dicho, él decía que no sabía ni lo que era el comunismo. Aunque yo le oí decir más de una vez que él daría su vida porque su mujer y sus hijos pudieran comer cada día (ya diré mas adelante como estamos hoy en día). Pero él dio la vida como decía: si no sabía lo que era el comunismo, tenía corazón de ellos, de los comunistas de verdad.
Como he dicho de los señoritos y la Guardia Civil, y más que la Guardia Civil el teniente, estaban en complot para derribar el ayuntamiento de izquierdas. Se ve que unos días tuvieron junta el alcalde y el teniente de la Guardia Civil, el alcalde le pidió opinión de lo que el teniente haría, si estaría a favor del gobierno o de los sublevados. El teniente engañó al alcalde, le dijo que haría lo que le dijeran de Madrid. Y como que el alcalde estaba mosqueado, otra noche que tuvieron junta en el ayuntamiento le volvió a preguntar que pensaban ellos de cómo iba la cosa. El teniente cuando se despidieron le dijo: "iros tranquilos a vuestras casas que aquí no pasa nada". No pasó nada. Nada más que cuando estaban en sus casas los concejales de izquierdas y el alcalde, Adolfo Merino, mandó a por ellos el teniente de la Guardia Civil y los metieron en los calabozos del ayuntamiento. Pusieron ellos un gobierno nuevo en el ayuntamiento; entonces la juventud socialista de Hinojosa planearon de ir a Pueblonuevo del Terrible para que vinieran los mineros a ayudarles a liberar los presos que la guardia había metido en la cárcel. Era ya del 20 de julio para adelante. Ya había estallado la guerra civil. Por aquellos días yo iba vendiendo pucheros por las calles y sentía lo que decía la gente.
Un día que iba con mis pucheros pasé por la plaza para ir a la calle Malara; vi en la azotea de casa de uno que le dicen el Gato (es tío de un primo hermano mío, ese primo mío se llama Justo) estaban en la azotea él, su tío y dos hijos de su tío; estaban como si estuvieran en las trincheras apuntando con las escopetas hacia la plaza. Yo pasé de largo y no dije nada, era que estaban esperando por si venían los del Terrible. Desde allí ellos veían el ayuntamiento y tendrían pensado de liarse a tiros para que no se llevaran los presos. La Guardia Civil, temiendo que iban a venir los mineros e iba a haber lo que hubo (una sangría), se fueron unos a Pozoblanco que allí ya mandaban las derechas (después quedó en la zona roja hasta terminar la guerra, lo mismo que Hinojosa). Aquellos guardias eran los sublevados. Otros se fueron a El Viso, aquellos seguían leales al gobierno. Los mineros de Pueblonuevo vinieron a Hinojosa el día 27 de julio de 1936.
¡Vaya día para la Historia de Hinojosa del Duque! Y como a los fascistas del pueblo les fue tan bien aquel día, el día que escribí esto a mano que fue en 1989 para más exacto el 8 de julio, hay en Hinojosa una calle que lleva el día 27 de julio; o sea, que aunque hoy en España hay gobierno socialista, en Hinojosa hay ayuntamiento fascista de la UCD, espero que haya algún día ayuntamiento de izquierdas y cambien la calle de nombre.
El día que vinieron los mineros de Pueblonuevo, venían con ellos las Juventudes Socialistas de Hinojosa, que habían ido anteriormente a pedir ayuda. En Pueblonuevo la Guardia Civil se quedó a favor del gobierno y también venían con los mineros, mi padre aquella mañana salió a ver si de verdad venían, y cuando divisó los camiones y vio que venían civiles, escondió el carné que hacía pocos días que tenía. Cuando le pidieron qué ideas, se quedó un poco en suspenso porque no sabía de qué sitio venían, no sabía si venían de Pueblonuevo o de Pozoblanco que hubiesen dado la vuelta por Villanueva del Duque, pensó que salga lo que dios quiera. Les dijo que era comunista y le dijo uno "con qué me lo demuestras". "Con el carné que tengo ahí escondido" y mientras llegó otro camión que venía con gente del pueblo, le dijeron a los guardias ese es de los nuestros. Le dijeron que se montara con ellos en el camión. Cuando llegaron al molino de viento, que es un cerro que hay entrando en Hinojosa viniendo de Pueblonuevo, desde allí se divisa la carretera que va a Pozoblanco. Vieron un coche que iba en dirección a Pozoblanco, mi padre le dijo al teniente de la Guardia Civil: "ese coche va a avisar a la Guardia Civil para que vengan, más vale que si llevan ustedes dinamita que fuesen algunos a volar el puente del río que hay antes de llegar a Fuente la Lancha". Él le dijo a mi padre "esos son los señoritos que se van huyendo". Si hubiese hecho lo que decía mi padre seguro que no hubiese habido aquel día tantos muertos, ni tantos que murieron a consecuencia de aquel día, en la guerra y después de la guerra. Pero el teniente ya sabría de antemano que aquellos iban a venir. Él era un teniente y mi padre era un zapatero, pero ya había visto una guerra antes en Marruecos, era de la quinta de 1919 y a su quinta la licenciaron unos meses antes a los que había en Marruecos porque murieron muchos.
Cuando llegaron a Hinojosa yo hoy pienso que aquello fue la primera venta que hicieron, porque los mineros traían un camión blindado y con aquel armamento podían haber llegado hasta la plaza y haber liberado a los presos. Pero se bajaron de los camiones cuando llegaron al pueblo y uno de los guaridas civiles le disparo a un señorito y no le dio y un minero le dijo "otra vez que le tires a otro y no le des ya te daré yo a ti", mi padre le dijo al minero "¿no os fiáis de ellos?" Y le dijo que no. Mi padre le dijo "entonces para qué los habéis traído". Se esparcieron por todo el pueblo; los que pasaron por mi calle venían diciendo puertas francas, y toda la gente abría las puertas y se empezaban a sentir tiros por varias calles, pero en la plaza, que es donde estaba la cárcel, sólo fueron algunos mineros y una pareja de la guardia civil. El alcalde, que estaba en el balcón del ayuntamiento, tomó una pistola en cada mano; disparando, le tiró un guardia civil y le mató. Después, en vez de de haber echado los presos fuera y terminar de hacer lo que tuvieran que hacer, le dieron la orden de saquear la casa de los ricos y pararse a comer. Lo que estaban esperando no era tomar el pueblo sino darle tiempo a que viniera la Guardia Civil de Pozoblanco. Por lo que yo he oído, los guardias civiles que vinieron de Pozoblanco fueron doce y un teniente. Yo viví todo esto pero con mis pocos años, hay cosas que me he tenido que informar por personas mayores, entre otros Víctor Delgado y Francisco Carracedo, cuando llegaron los guardias de Pozoblanco no sé cómo lo hicieron pero de los guardias civiles no murió ninguno de ningún bando. Los mineros dieron la orden de sálvese quien pueda. Y la gente que tenían detenidos los de Pueblonuevo, algunos se los llevaron, a otros los mataron. En la Cruz de la Torrecilla fue donde más murieron. A los civiles de Pozoblanco les dieron los señoritos las llaves de la cárcel y a los presos que habían venido a liberar los mineros se los llevaron a Pozoblanco. A mí aquel día no me mataron, pero una bala que vino del convento de los frailes, si hubiese tenido unos centímetros más me botó la bala por encima de la cabeza (impactó en el asta de la puerta de mi casa). Nosotros, aquel día, como que no venía mi padre, pensamos que también habría muerto. Toda la gente se salía del pueblo, nosotros nos fuimos con unos vecinos a un campo donde ellos estaban de porqueros. Al otro día, cuando amaneció nos vinimos al pueblo a ver si estaba mi padre en casa, como que no había venido fuimos por donde decían que había muertos; mi madre y otra mujer, la Encarnación la del Ramo, se fueron para casa de mis abuelos, en Camino Sevilla.
De aquella calle habían matado a más de uno pero mi padre no era ninguno de ellos. Cuando estaba mi madre por allí le dio una mujer noticias de mi padre, le dijo que estaba en el cortijo del hermano de mi madre, yo estaba por la carretera de Bélmez, que es la misma que viene de Pueblonuevo y allí también había muertos. Yo, cuando vi un camión de los que los iban recogiendo, me subí por una rueda y conocí al hermano de un cura que se llamaba Ciriaco. Aquel hombre era muy gordo y tenía mucha papada, no sé con qué le harían el corte que tenía en ella. A mí me dijo el chofer que para qué me subía allí, y le dije a ver si está mi padre, él me preguntó ¿quien es tu padre? Le dije Agapito Perea y me dijo que no. Y cuando volví para mi casa vi en una acera que había sangre; le pregunte a un muchacho que estaba allí al lado esto de qué es, si cuando he pasado me ha parecido ver un tronco de encina, él me dijo que era un soldado que mataron ayer. Después de muchos años, me he enterado quien mató a aquel muchacho, lo mató un pistolero que no valía una mierda: le echaron el alto y cuando el soldado tenía las manos en alto fue Armando, que así se llamaba el pistolero, y le puso la pistola en la sien y lo mató.
Eso lo vieron unos hermanos desde la ventana de su casa. El que me lo dijo a mí se llama Francisco.
Mi padre vino el día después del infierno aquel, vino por la tarde y en el pueblo temblaban hasta las piedras. Nos fuimos unos días a la finca de los jarales, que tenía mis abuelos paternos, había un chozo de casar (Un chozo que está hecho de material y no de junco como los hacen los pastores); allí estuvimos unos días. Estando allí fue mi padre al pueblo y le dijeron que si quería ir a trabajar a las calles una semana. Nos vinimos todos a casa, cuando terminó mi padre de trabajar en las calles se apuntaron unos cuantos y se fueron al frente, entre ellos mi padre.
Se fueron al frente de Madrid y estuvo en el batallón de la Pasionaria. Éramos tres hermanos y mi madre embarazada, mi madre le decía a mi padre que no se fuera y el le dijo "para cuando tu vayas a dar a luz ya vendré yo". Lo hizo. Con lo que paso no estaría el hombre tranquilo, prefirió irse al frente. Esto es una hipótesis mía. La verdad la sabría él. Muchos decían que se iban por las diez pesetas que les daban de jornal. Después de irse mi padre al frente, vinieron un día (14-8-1936) un batallón de milicianos. Decía la gente que eran asturianos, entre ellos venía una miliciana que decían que a ella le habían matado a sus padres, hermanos y novio y venía envenenada. En Belalcázar hizo mas daño que en Hinojosa. Yo aquel día no me quedé en casa como el día que vinieron los del Terrible; aquel día, como que no estaba mi padre en casa, cuando decían que venían milicianos me salí a verlos. Aquel día había mucha gente en las calles para verlos, mayormente desde la plaza hasta el convento de los frailes; aquellos si que tomaron el pueblo, los frailes les hicieron resistencia: mataron a uno. A los pocos días de aquello canjearon los presos de Pozoblanco por los de Pueblonuevo.
Los trajeron en camiones que pararon en la gasolinera; estaban allí los familiares de los presos esperándolos, y muchos curiosos para verlos. Venían el alcalde y los concejales y a partir de aquel día se hicieron cargo del pueblo. A ellos los quisieron envenenar en Pozoblanco. Les habían echado veneno en la comida y un cocinero les dijo que no comieran, que la comida estaba envenenada. Ellos se escaparon de aquello pero ya estaban los hombres del pueblo endemoniados, empezaron a meter a los ricos y a algunos que no eran ricos en la cárcel. A los pocos días empezaron a darles el paseo, que decían que era matarlos. Lo que más resonancia tuvo fue los que mataron en el pozo de las arenas. Porque allí mataron a treinta y nueve y fue por allí un cortijero y les dijo que para que hiciera cuarenta que mataran a su perro. Por eso fue aquello lo más sonado, al que dio el perro para que lo mataran le decían gobierno, pues la muerte de su perro fue más tarde la suya. Después de la guerra.
En otro sitio en el arroyo de la Jesa, también mataron, pero yo me he enterado hace poco de cuantos fueron; me lo ha dicho uno que estaba con su tío de pastor allí cerca de donde los mataron: fueron 29. Él sintió los tiros cuando los mataron y vio desenterrarlos cuando terminó la guerra (Francisco Carracedo Murillo). También mataron cerca de allí dos hermanos que eran pintores. Aquello lo vi yo un día barriendo cuando estaban presos y los hacían barrer la plaza. Una mujer le dijo a uno "Ay qué dolor". Él le dijo "ha de haber para todos"; no se equivoco aquel tampoco: a esos que he dicho antes los mataron en los campos y los enterraron donde los mataron. También mataron a otros en el cementerio. Yo mientras mi padre estuvo en el frente estuve trabajando con los albañiles en una reparación que estaban haciendo en los depósitos de las aguas del Pilar. Allí con mis doce años recién cumplidos empecé a ganar el jornal de un hombre. Hubo quien veía mal que me dieran treinta pesetas a la semana, como a ellos. Cuando se enteró el encargado, que era Manuel Pescuezo, le dijo a aquellos "¿Por que le decís nada al muchacho? ¿Es que os quitan a vosotros algo para él? Si él trabaja más que alguno de vosotros."
Mi padre cuando cobraba mandaba las 300 pesetas. Mi padre vino del frente en octubre, antes de que mi madre diera a luz. A los pocos días de venir él matamos el cochino que teníamos; al día siguiente dieron la orden de evacuar el pueblo. Ya estaban los frentes cerca del pueblo. Nos tuvimos que ir con lo poco que pudimos llevarnos a cuestas, no teníamos ningún burro, y mi madre con el barrigón poco podía llevar. Mi hermano y yo cada uno llevaba un poco. La María, que era la más pequeña de los tres, bastante tenía con poder seguirnos. Mi padre era el que iba bien cargado, nos tuvimos que dejar los chorizos y las morcillas que estaban todavía sin embuchar; todo se echo a perder. La primera noche que tuvimos que hacer, nos quedamos en un campo que le decían El Majuelo de Curro Lanas. Allí estaba la casa llena de gente, y como que no se cogía, al otro día reanudamos la marcha. Había veces que íbamos por el camino y otras por la orilla de un río.
Cuando veíamos una casa íbamos. Y en todas había más gente de la que cogía. Con lo despacio que teníamos que andar mi padre le decía a mi madre: "a ver si va a pasar como con la virgen, que vas a dar a luz en un pajar". Mi madre le decía que ya había tenido al Ambrosio en la huerta: un día que fue a lavar, nació mi hermano en una huerta que le decían de Don Amador. Estuvimos todo el día andando y cuando se estaba poniendo el sol llegamos a una pequeña casa. Allí había tres matrimonios que habían llegado aquel día. Allí nos acomodamos como pudimos. Cerca de allí había otra casa que fue donde les dieron la llave a los otros que llegaron antes para que entraran en la casa. La familia que les dio la llave era de Belalcázar. Como vieron a una mujer embarazada le dijeron que había una mujer que había ayudado a los partos, que cuando le llegara la hora de dar a luz fueran a avisarla. La que vieron ellos embarazada era una mujer que hacia churros en el pueblo; se llamaba Gregoria. Así había dos embarazadas. A los muchachos nos acostaron en el pajar. Desde allí sentimos cuando parieron las dos mujeres. Fue la misma noche que llegamos. La primera fue la Gregoria, fueron los hombres a avisar a la que hizo de comadrona; y mi madre, mientras estaba atendiendo a la Gregoria, ella se puso a hacer un poco de chocolate para la parida. Cuando se iba la mujer que había hecho de partera, le dijo mi madre: "No se vaya, que me está dando un dolor y pienso que yo también voy a dar a luz". La otra mujer le dijo "ya que estamos puestos cuando quieras puedes empezar". Del mismo chocolate que hizo para la otra, le sirvió para ella también. Las dos que nacieron fueron hembras a mi hermana le pusieron Carmen.
Mi padre y otro hombre fueron a los Malverdes, que estaba lindando con la finca en que estábamos nosotros, que le decían la Juanlabrada. En los Malverdes tenían cabras y ovejas de los comités. Le dijeron que tenían que darle o venderle algún litro de leche para las mujeres que habían dado a luz. Acordaron darle dos litros para cada una cada día. Con aquella leche teníamos para todos y también iban los hombres por los cortijos de aquellos contornos para pedirles a los pastores alguna oveja aunque fuera vieja y por el pan iban algunas veces a Hinojosa y otras veces a Santa Eufemia o El Viso. Cuando digo el pan quiero decir la comida porque no sólo comíamos pan. Yo fui un día con mi padre al pueblo y ya habían abierto las puertas de nuestra casa, había dos soldados en el patio que estaban queriendo coger los conejos que teníamos. Le dijeron a mi padre que si le quería vender algunos, y él le dijo "cogerlos vosotros si podéis", como que los conejos se metían en una madriguera que habían hecho en el corral. Se fueron los soldados y aquel día no se llevaron ninguno, pero después se los llevaron todos: era la guerra.
En la Juanlabrada, como que aquella casa era pequeña y estaban allí cuatro matrimonios y todos tenían hijos, cuando encontraron otro sitio se fueron dos matrimonios y nos quedamos allí dos matrimonios, los dos que habían tenido las pequeñas.
El otro a los pocos días se tuvo que ir, ya que la pequeña se les puso enferma y se fueron al pueblo, pero con la poca asistencia médica que había, murió la niña.
Con aquella familia nos hicimos buenos amigos, cuando nos veía aquella señora siempre decía que el día que nació mi hermana Carmen, nació la niña que se les murió a ellos; ya murió aquel matrimonio hace años. Cuando vamos a Hinojosa, una hija que también siguió su oficio, cuando nos vemos siempre recordamos aquello. Cuando le compro churros siempre me dice "estos para que te los comas tú con el café". Después de haberme tomado el café con los churros, me dice "¿cuántos te pongo?" Esos ya eran para llevármelos a casa. Gracias, Olegaria, por tu generosidad.
Nosotros nos quedamos allí solos y pronto empezaron a venir los agricultores para empezar la siembra. Aquella casa era la que tenía aquella finca para cuando iban los agricultores para hacer las labores del campo. Por eso estaba allí sola cuando llegaron aquellas familias. Entre ellas nosotros. Yo ponía allí las trampas para coger pájaros, cogía muchos trigueros, que después de los que nos íbamos comiendo, llenamos una tinaja de pájaros en aceite. Así teníamos pájaros para cuando nos hacían falta.
Cuando empezó la gente a irse al pueblo nos fuimos nosotros. Nos llevó uno de los que habían terminado de sembrar. En su carro nos llevó lo poco que teníamos. Cuando llegamos al pueblo ya había mucha gente de los pueblos que se venían huyendo de los fascistas. Había gente de los pueblos que hay desde Azuaga hasta Hinojosa, mucha gente la alojaron en el convento de la Concepción. En aquel convento pusieron un comedor para darle la comida a los refugiados, pero allí comían los refugiados y mucha gente del pueblo. Los frentes de guerra quedarían definitivamente entre Pueblonuevo y Hinojosa. Las líneas de fuego (de lo que yo sé) venían cerca de Espiel por Calatraveño, con dirección a Cabeza Mesada, y Manos Hierros, que son dos montículos, y Sierra Trapera.
Y de allí pasaban para Monterrubio y Cabeza del Buey, ya metidos en Extremadura. Al poco tiempo de venirnos de la Juanlabrada estaban alistando gente para llevárselos a Madrid, y mi padre se fue con aquella expedición. Entonces lo echaron a la sexta brigada mixta, que era de choque, y estuvo en varios frentes, entre otros en Belchite. Después los trajeron para Extremadura: estuvo en Villanueva de la Serena; y de allí los llevaron a Balsequillo Después continuaré con esto, voy a decir lo que hacíamos, mientras, nosotros, la familia. Mi madre, con cuatro ya tenía bastante trabajo, mi hermano y mi hermana María le ayudaron a tenerla. A mí me colocaron a trabajar en el comedor que pusieron en las monjas de la Concepción, aquello era grandioso, era un convento de monjas de clausura, entonces sirvió para albergar a los refugiados. Después de terminar la guerra pusieron en el convento la prisión. Después hablaremos de esto último.
Yo estaba para hacer recados; entre otras cosas le ayudé a un hombre que le decían el tío Curubilla a partir carne, porque allí llevaban las reses enteras, una veces cabras y otras borregos.
También ayudaba a servir las mesas y lo que me mandaban que hiciese. Ha sido la vez que he comido más carne frita en toda mi vida. Ganaba cinco pesetas como todas/os, que allí ganaban lo mismo las mujeres que los hombres; por eso estaban luchando, por la igualdad. Y se perdió hasta la libertad. A mí me daba mi madre diez céntimos por la mañana para que comprara churros, y yo me iba guardando los diez céntimos; y cuando ponían aceite para que se hirviera, echaba un chusco y eso es lo que comía yo y todos los que querían hacerlo de los que estábamos trabajando. Por la mediodía comíamos carne frita y un poco de rancho del que hacían para todos los que iban allí a comer, algún día hacían ensalada para los que estábamos trabajando. La ensalada la hacen con la lechuga partida en trozos pequeños, le echaban agua, sal, aceite y vinagre. Me acuerdo de un día que la hicieron las mujeres: un día les salió sosa y me dijeron a mí "ve y trae un puñado de sal", yo metí la mano en un saco y no miré lo que era, cogí un puñado de arroz y lo eché en la cazuela y me dijeron "joío por culo, qué has hecho, ya nos has dejado sin ensalada". No se pudo comer. Con los diez céntimos que me iba dando mi madre, hice una bolsa de trapo y los iba guardando. Cuándo tenía cuarenta o cincuenta perras gordas, nos tocó otra vez salir del pueblo. Allí cuando veían movimiento en los frentes daban la orden de evacuar el pueblo, que unos la mayoría se iban y otros se quedaban. Mi madre, como que nosotros no teníamos ninguna bestia, para llevarnos lo mas imprescindible fue a hablar con los del comité para que nos dieran alguna bestia; nos dieron una burra con la que íbamos a buscar el pan en el comedor, la burra se acostaba cuando llevaba la carga, decían que de haber llevado el pan caliente se le había recalentado el lomo y por eso lo hacía, ese vicio se lo quito mi tío Casildo, le echó un trozo de mecha encendida en la oreja y se levanto con la carga sin tener que decirle arre.
Aquella vez nos fuimos con unos tíos de mi madre y otra familia de mis tíos, que nosotros también les decíamos tíos. Nos fuimos a las Picarazas, a una casa que tenían allí en la finca de Los Peñas, nosotros fuimos a la de Jesús Peñas, la otra era del Evaristo, mi hermana María se fue en un carro con otra familia que eran parientes de mis tíos. Ellos fueron a Valde Infiernos, otra finca que hay cerca de El Madroñil. Al otro día cuando nos levantamos me dijo mi tío José Herrador "vamos a ir a ver si encontramos el sitio donde han ido esos y nos traemos a tu hermana". Cuando llegamos a la casa de Evaristo Peñas venían Manolo Conejo y su padre con mi hermana, ellos se fueron para Valde Infiernos y nosotros para la casa en la que estábamos. Yo con mis perras gordas no sabía qué hacer, siempre las llevaba encima y un día las perdí, entonces fue cuando se enteraron que yo tenía aquel dinero, una mujer que se las encontró me las dio y entonces se las di a mi madre. En aquella casa estábamos también muy espesos y cuando se fue una familia que estaba en una choza que estaba cerca de la casa nos cambiamos nosotros allí. Pusimos allí unas gallinas y así teníamos huevos, mi padre mandaba lo que él iba cobrando. Desde allí teníamos que ir a Hinojosa a por el pan y los comestibles que nos hacían falta, iban mi madre y sus primas, o sus tíos (bien su tío José o su tía Marcelina). Yo le decía a mi madre que como no habían quitado el comedor me quería ir otra vez para ver si me admitían otra vez para trabajar. Ella me dijo que para que quería irme yo solo. Un día que fui con ella al pueblo fui a ver al que estaba de encargado, que era el mismo que cuando yo había estado con los albañiles (Manuel Pescuezo). Le dije si me podía ir a trabajar aunque mi familia estaba en el campo, me dijo que sí. Se lo dije a mi madre, que yo me quedaba en el pueblo para trabajar, ella me dijo "cómo te vas a quedar tu solo para dormir", porque la comida estaba segura. Yo le dije "vamos a ver a Jesús la Chabarcas", que era una vecina nuestra que hacía de conserja en la casa del pueblo. Y por eso tenía que estar ella en el pueblo. Aunque había mucha gente más. Serían los más valientes o los que no habían encontrado donde estar. Sobre todo los que estaban esperando que vinieran pronto los fascistas, que era lo que eran ellos. Aunque mi madre no estaba muy conforme, me quedé yo. Le dije a mi madre que "con lo que yo gane podemos comer y lo que manda papa lo podemos ahorrar y comprar alguna fanega de tierra", como decía mi padre que si tuviéramos un poco de tierra podíamos tener pan para el invierno.
Al fin me quedé allí, mi madre se fue al campo, yo por la mediodía (que era cuándo daban el pan a la gente que venia a comer) le decía al que se encargaba de dar el pan, que era un hombre de Pueblonuevo que le faltaba una pierna, le decía "dame el pan para mi familia". Yo se lo daba para que me lo guardara en su casa una vecina nuestra y cuando venia mi familia al pueblo se lo daban el que no se habían comido. Aquella familia eran nada más que diez hermanos, la madre se llamaba Currita. Yo estuve sólo hasta un día que vinieron 22 aviones y pegaron un buen bombardeo en el pueblo, hubo varios muertos. Una de las bombas que echaron iba dirigida a las monjas de la Concepción; allí había mucha gente ya que era la hora de la comida, si hubiese caído allí hubiera hecho una matanza, pero cayeron unos metros más abajo y murieron dos mujeres, por otras calles también murieron. En la Fontanilla murió un padre e hijo y otra muchacha, y turbaron dos casas un poco por bajo de la nuestra. En la plaza también cayeron bombas. Eran bombas arrasantes, que no era por gusto cuando nos decían que nos fuéramos al campo. Aquellos aviones decían que eran rusos que se habían equivocado, que en vez de bombardear en Pueblonuevo lo hicieron en Hinojosa. Pero la formación que traían era fascista. También decían que los fascistas sacaban la bandera Española por los patios de los corrales. A partir de aquel día el pueblo se quedó casi solo. Quedaron soldados y los que tenían cargos en el comité y el ayuntamiento y pocos más, hasta que se olvidó aquello. Aquel día venía mi hermano y la tía Marcelina al pueblo a por comestibles y cuando ellos vieron tantos aviones se pararon, estaban a unos dos Kilómetros del pueblo y cuando vieron que terminó el bombardeo se fueron acercando al pueblo. Venían diciendo si me habrían matado a mi, porque a ellos les parecía que habían tumbado todo el pueblo, y estaba ardiendo del humo que veían. Pasaron ellos más miedo que yo, aunque yo también pase el mío. Donde estaba metido había muchas mujeres llorando y acordándose de sus familiares. Cuando mi tía y mi hermano llegaron al pueblo dijeron si todas las casas están nuevas, ellos pensaban que las habían tumbado todas. Cuando nos vimos mi tía mi hermano y yo llorábamos de alegría; mi hermano me dijo: "tu ya no te quedas aquí, mañana te vienes con nosotros". Aquella noche nos quedamos a dormir en casa de una prima de mi madre que se llamaba Gregoria. Al día siguiente bien temprano emprendimos camino de donde estaban mi madre, hermanas y demás familia. Ya no volvía a trabajar más allí. Después, si iba al pueblo daba la vuelta lo más pronto posible.
En el campo no tenía nada que hacer, como no fuera coger pájaros con una red. Un día fui con uno que le decían Carrillo Amagre, su sobrino y yo, con la red a coger pájaros a los aguaeros, cogimos medio saco y donde fuimos había un hombre de Belalcázar que tenía tomates sembrados; nos dijo: "yo pongo los tomates y vosotros los pájaros y hacemos gazpacho". Comimos gazpacho migado con mas pájaros que pan. Un día pensamos mi madre y yo de comprar dos lechones para criarlos y hacer la matanza cuando fuera el tiempo. Allí no tenían cochinos pequeños donde estábamos nosotros y tuve que ir a las parcelas, que allí había dos tíos míos, eran la hermana de mi madre, la tía Antonia, y el tío Casildo, el que espabiló la burra para que no se echara con la carga. Allí había una familia que tenía una cochina con lechones para destetar, y nos vendieron los que yo quise. Cogí dos lechones, cada uno pesaba 23 libras y valía la libra 2,50 pesetas, así que pronto eché la cuenta: me costaron 115 pesetas. Yo le dije al hombre "son 23 duros", y una hermana de mi tío que estaba allí dijo "¡Coño, que pronto has echado la cuenta, qué listo es el sobrino de mi hermano!" Y dijo ella "yo sé otra cuenta, verás que rápido te lo digo: 25 mujeres 50 tetas y si son de cochina 250". Yo le dije "esa es más difícil que la que yo he echo" y se echaron a reír.
Yo eché con la ayuda de mi tío los dos lechones en la burra y me fui más contento que unas pascuas. Ya tenía donde entretenerme, o mejor dicho donde entretenernos, porque mi hermano también los sacaba a comer. En la choza en la que estábamos nosotros había tinaones para entrar los cochinos, también iba algunos días cuando había criadillas a buscarlas (eso se cría en la tierra, que no siembran). Cuando era el tiempo de hacer queso nos daban suero, que es el caldo que queda de hacer el queso. Estando allí fue cuando llevaron a mi padre al frente de Villanueva de la Serena y fue mi madre con nuestras hermanas y otra mujer que también tenía a su marido en la misma brigada de mi padre. Estuvieron una semana, mi hermano y yo nos hacíamos la comida, aunque yo era el cocinero y él se encargaba de sacar a los lechones para que comieran por aquellos campos. Un día nos cayo una rata en la olla de la leche y cuando fuimos a echar la leche en la sartén que teníamos las migas cayó la rata, nos dio asco y las echamos a los lechones, comimos pan y tocino. Cuando vino mi madre con mis hermanas nos quitó un peso de encima, porque además de que los días nos parecían años, también me enseñaron a ser supersticioso con las mariposas, decían que las blancas traían buena suerte y las negras mala. Cuando iba a la casa que estaba cerca de la choza siempre había una mariposa negra dando vueltas por la puerta de la casa. Yo me echaba a llorar y le decía a mi tía que a mis padres les habría pasado algo. Una muchacha que también tenía a su hermano en la guerra, o mejor en los frentes, porque en la guerra estábamos todos, ella salía a la puerta y me decía a mí, para que yo no llorara, que era a ella a quien le traían malas noticias de su hermano. Yo no sé si sería por la mariposa negra o no, pero al poco tiempo tuvieron noticias de que su hermano había muerto en el frente. De Villanueva de la Serena trasladaron a mi padre a Valsequillo; cuando nos escribió mi padre le dijo a mi madre que si estuviéramos en el pueblo él podría ir algún día a vernos. Se fueron mi madre y nuestras hermanas al pueblo y así vino mi padre al pueblo y se veían ellos. Un día que vino una mujer del pueblo nos dijo que estaban mis padres en el pueblo, ya era bastante tarde y mi hermano y yo cogimos la burra y nos fuimos al pueblo para ver a nuestro padre. Nos fuimos por la carretera que va a Belalcázar, y cuando se nos hizo de noche, a mi hermano no sé que se le influían las estrellas, de una vez que vio una correr y lo asustaron. No podía mirar a las estrellas, yo iba montado en la burra, él iba detrás, se tapó la cabeza para no verlas, y cuando llegamos al pueblo ya se había ido nuestro padre al frente. Se fue aquella tarde, nosotros nos fuimos otro día y mi madre y mis hermanas se vinieron al otro día que fue mi tía y llevó la burra para que se vinieran ellas. A mi hermana María, cuando llevaba unos días en el campo, le dieron fiebres y la tuvo que llevar mi madre al pueblo. Cuándo llegaron al pueblo al otro día la llevaron al médico y ya no tenía fiebre, estuvieron allí unos días sin darle fiebre y cuando volvía al campo le volvía a dar. Su medicina era estar en el pueblo. Yo también tuve un dolor de muelas: tuvo mi madre que llevarme al pueblo y el dentista, que era más burro que un chaparro, por poco me deja sin muelas. Me sacó tres de una vez (le decían "Calabaza" pero para mí más bien era un melón). También estando allí tuvimos que ir al pueblo para que nos pusiera la inyección del tifus; a mí la primera (las ponían en dos veces) me dio una fiebre que nos tuvimos que quedar una noche en el cercado de las puertas coloradas con una familia que estaban en una choza
Ya nos dijeron que si nos daba fiebre era de la inyección, que era muy fuerte. Por poco me hacen lo que hicieron los gitanos con el burro que cambió mi padre por el que teníamos y un jamón.
Por la mañana ya se me había quitado la fiebre y nos fuimos para las Picarazas. Suerte tenía mi madre que sus tíos, cuando estaba ella en el pueblo, alguna cosa cuidaban de nosotros. Se iba tranquila que no nos quedábamos del todo solos. Con mi hermana María tenía que ir a menudo al pueblo, por las fiebres, y allí se le quitaban sin medicina, pero al volver al campo le volvía a los pocos días. La llevó un día mi madre a Belalcázar, que había allí un hospital militar Y mi madre, para que la visitara un médico militar, como no visitaban a los paisanos, le dijo que su marido estaba en la sexta brigada, ellos eran de la misma brigada; por eso la visito un médico. Mi madre le dijo los síntomas que tenía la niña, él le dio unas pastillas y le dijo que si podía cambiar que cambiara a otro sitio aunque fuera en otro campo, cuando le escribió a nuestro padre le dijo que no sabíamos donde irnos.
Porque la María en aquel sitio no podía estar, mi padre le escribió cuatro letras a mi madre para que fuese a ver a uno que tenía una huerta en Belalcázar. Pora que él nos buscara algún campo cerca del suyo, aquel hombre nos llevo a una finca que se llama Rebascos. Y allí nos dijeron que si queríamos irnos a un chozo que había cerca de la casa. Al que nos mando nuestro padre a ver se llamaba Leoncio, allí nos fuimos lo mas pronto que pudimos, había un matrimonio que tenía una hija y un hijo, el chico era de mi edad y ella era un poco más grande que yo. Antes de irnos a Rebascos murió mi abuela Eugenia: sacando un cubo de agua se le reventó una hernia que tenía y murió sin que los médicos pudieran hacer nada por salvarla. En aquellos tiempos valía poco una vida y menos que valía el médico que había quedado. Mataron a dos médicos que eran mejores y dejaron al que menos valía. Mi madre vio muerta a la abuela: un día que fue al pueblo, una mujer la vio y le dijo "Petra, ¿estando tu suegra de cuerpo presente y no vas de luto?" Ella le dijo: "si yo vengo del campo y no sé nada". Cuando fue a casa de mis abuelos, hacía poco que la habían traído del campo. Ellos estaban en un sitio que le llamaban el cercado de Bernabé. Cuando se enteró mi padre, lo mismo que mis hermanas y yo, ya estaba enterrada.