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FÉLIX JURADO

Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández



 

SÉPTIMO CAPÍTULO:

EN EL MANICOMIO

(LA POSGUERRA - CUARTA PARTE)


A mí también me toco sufrir un poco, por si había pasado poco, por eso tampoco lo vi cuando murió. Estaba yo en Córdoba en un hospital psiquiátrico, que era donde tenían que haber estado los verdugos que había en aquellos tiempos en Hinojosa. Yo aquel año cuando empecé a trabajar en la tejera, no tardó mucho en darme fiebres, eran otra vez palúdicas, tuve que dejar de trabajar. Feliciano Parra me dijo "arrendaré una tejera en el pueblo, luego te quedarás tú allí a hacerme las tejas". Ya sabía hacerlas y tenderlas, y también cómo se ponían en el horno para cocerlas. Pero en mayo tuve que irme definitivamente a mi casa, no sólo eran las fiebres, sino que la cabeza me dolía constantemente. Los médicos le decían a mi madre que tenía reuma en el corazón y que ya no tendría nunca fuerza para trabajar, lo que le faltaba a mi madre por oír. A mi no me dijo mi madre nada de aquello. No tardaron mucho los matasanos aquellos en estar equivocados de que yo ya no iba a tener nunca más fuerza.

Cuando estuvo mi padre en la cárcel las vecinas que mejor se portaron fueron la Teodora y su sobrina Anita Ruiz. La Teodora y Vicente no tenían hijos y cogieron a su sobrina por hija, esos fueron los que nos dieron varios días para poder comer, cuando estuvo mi padre preso y también después. Pero cuando yo estuve con aquella depresión todas las vecinas que podían le llevaban a mi madre algo para mí, les doy las gracias a todas las que viven y a sus hijos. Aunque se las dio mi madre con lágrimas en los ojos, por lo bien que lo hacían sus vecinas y por la enfermedad mía. Yo lo que tenía, además de paludismo, que me daba aquellas fiebres, era tanta sangre de hombres inocentes derramada como había visto. Aquello me hacía bullir todo el cuerpo y una mañana temprano me salí a la calle. Entonces las calles estaban casi todas empedradas de piedra y de pasar los carros había muchas sueltas, tenía piedra para tirar. Me lié a tirar piedras en la calle Fontanilla abajo y echaba mas chispas que una fragua, hasta que mi madre pudo convencerme para que me fuera con ella a casa.

Aquel día asusté a más de cuatro. Se enterarían los dos médicos que se habían equivocado en su diagnostico. Más tarde le dije a mi madre que fuésemos a la iglesia. Yo quería tocar las campanas porque los que fusilaban no le tocaban las campanas, como hacían a los que morían. Yo no vi a ningún cura para decírselo y una joven que estaba en el altar y mi madre me decían que no podía hacerlo. Donde estaban las cuerdas para tocar las campanas estaba cerrado. Desistí de tocarlas, me fui al altar y estuve un rato hincado de rodillas. Aquella joven tendría unos 20 años.

No sé como se llama ni de qué familia era. Las cuerdas de las campanas no estaban cerradas, si las hubiera tocado me hubieran llevado a la cárcel, como después hicieron conmigo. Después de haberme levantado de hablar con la virgen, que era yo el que hablaba y me daba la respuesta. Me dijo mi madre "¿qué le has pedido a la virgen?" Yo le dije a mi madre y aquella joven que la virgen me había dicho que no vengásemos la muerte de papa, que Dios le daría a cada uno su merecido. Lo que decía mi padre en su carta.

También le dije que me había dicho que los rusos ganarían la guerra que tenían los alemanes liada con ellos. Eso sí que lo acerté aunque yo no sabia como iba la guerra, yo sólo sabía que Alemania estaba en guerra con Rusia y que decían la segunda guerra mundial. También acerté que no vengaríamos la muerte de mi padre. Se enteraron en el pueblo que me había hablado la virgen, pero lo que yo dije a ellos no les interesaba (que los comunistas ganaran la guerra). Lo que dije de no vengar la muerte de mi padre sí se enteraron, porque la Margarita Antolín, que era la mujer de Emilio Luque, el alcalde que había en el pueblo, le dijo a mi madre: "Si tu hijo muriera ahora moriría en calidad de santo". Como el día que tiré las piedras pensaron "este nos va a matar alguno por tanto daño como estamos haciendo en este pueblo". La Margarita fue la que se preocupó de que su marido me arreglara los papeles para que me ingresaran en un psiquiátrico en Córdoba, mientras tanto temiendo a lo que pudiera hacerle. Le dijo la Margarita a mi madre: "A ver si tú por las buenas lo puedes llevar al cuerpo de guardia, allí estará bien en una habitación hasta que lleguen los papeles para ir a Córdoba". Cuando estuvieron le dijeron: "mañana va a Bélmez un camión militar, os vais con él y después cogéis el tren hasta Córdoba". Así lo hicimos mi madre y yo. Yo, cuando vi algún loco que se lo llevaban a Córdoba en una ambulancia con dos loqueros. Pero como yo digo, estaba más cuerdo que aquellos malvados, que había. Cuando llegamos a Córdoba preguntamos por un hospital y como que no sabíamos a qué hospital sería, fuimos al hospital provincial, le dijeron a mi madre que qué quería. "Mi hijo, que está enfermo y me han dicho que lo traiga al hospital". Les dio los papeles y nos dijeron que nos esperáramos allí.

Cuando vino un hombre nos dijo "aquí no es". Le dio a mi madre la dirección del sitio donde teníamos que ir. Estuvimos mucho tiempo dando vueltas hasta que dimos con aquel sitio donde me dejo mi madre. Cuando vinieron los enfermeros, que más tarde supe que aquellos eran los celebres loqueros, yo les dije cuando me entraron a mí sólo, que venga mi madre para que el médico le diga lo que tengo. Me dijeron tiene que esperar ahí fuera. Yo creía que lo primero que harían sería verme un médico. Lo que hicieron fue que me quitaron la ropa que llevaba puesta y me dieron un uniforme con rayas como los de los presos.

La ropa que yo llevaba era el traje de novio de mi padre, porque no había otra cosa. Los pantalones que tenía eran todos remendados. Cuando me echaron de allí, aquel traje ya se lo habían dado a otro. La monja que me dio la ropa no lo pudo encontrar, me dio otro que me iba bien. Allí estuve tres meses, que eso decían que era el tiempo mínimo que tenía que estar el que entraba allí. Entré a últimos de junio, salí el 26 de septiembre. Mi madre, el día que me dejo allí se encontró por la calle a uno de Hinojosa que era militar. Se conocían de niños. El le dijo: "¿qué haces tú por aquí, Petra? Le contó por lo que había ido y mi madre, como siempre con lágrimas en los ojos, le dijo lo que pasaba. Le dijo a mi madre que le diera la dirección donde me había dejado. Se la dio, le dijo a mi madre vete tranquila a Hinojosa ya me encargaré yo de que a tu hijo lo atiendan bien. No sé si aquel hablaría o no, pero si habló, y me trataron como lo hicieron...

Si no hubiera hablado hubiera sido una víctima más de tantas como hubo en Córdoba y también en aquel hospital. De comer se comía regular, porque había gente que tenía que pagar, y gente como yo. También había presos que los habían llevado allí pero los trataban como bestias, no como a enfermos. A los que trataban mejor era a los que pagaban. Hay que mirar siempre por el mas pudiente. Allí no iba a ser distinto que en otras partes.

Allí habíamos gente cuando a ellos les salía de los cojones. Me metían en una celda, había un corredor, estaba lleno de celdas como las que yo vi después cuando tumbaron la cárcel en el ayuntamiento de Hinojosa. De largas eran lo mismo y un poco mas anchas. Había un loquero que la noche que él estaba de turno, llenaba todas las celdas de gente. Aquel sí que tenía mala leche.

Allí no había colchones ni mantas, sólo había cascaras de panochas de maíz. Yo dentro de lo malo tuve suerte que era en verano. Los pobres que estuvieran en invierno no creo que pudieran dormir en toda la noche. Cuando me entraba allí aquel que era tan malo con una cadena que tenían enganchada en la pared me ataba de un pie como si fuera un cerdo. Una noche entraron allí conmigo a otro. Yo estaba durmiendo, no me di cuenta. Una de las veces que me fui a dar la vuelta, con la mano le toque una pierna. Allí no había luz siquiera, me dio un buen susto. Le dije "¿cómo es que estas tu aquí?, si esto sólo es para uno".

Me dijo me han metido aquí porque no había mas celdas vacías. Cuando estaba de guardia el que me metió allí, ese día hacía que nos pusiéramos como nos parió nuestra madre, nos hacía meternos en un pilón que había lleno de agua, nos estaba él contemplando como estábamos tiritando, aunque era en verano en aquellas horas hacia frió metidos en el agua y a la sombra.

Aquel tío me dijo una tarde que fuera con dos hombres a hacer las camas de un pabellón. Yo hacía pocos días que había sentdo a otro de aquellos enfermeros o loqueros que le dijo a un joven un poco mayor que yo, que fuera a hacer las camas. El le dijo que estaba allí para curarse y no para hacer camas. Aquel sería de los que estaban allí pagando, el otro no le dijo nada. Yo como que había sentido aquello cuando me dijo que fuera a ayudarle a hacer las camas le dije que estaba para curarme y no para hacer camas. Mala cosa le dije, se quito un cinturón que tenía de esos anchos y me puso el cuerpo que no se me enfrío en unos pocos de días. Como que ellos tenían carta blanca en todos sitios, a quien iba yo a reclamar. Después del cuerpo caliente tuve que ir con los otros dos hombres, ellos eran mayores y me dijeron para que le dijiste nada. Haberte venido y si no querías hacer camas, te hubieras quedado aquí con nosotros. Suerte que había también buenos. Uno que iba yo con él a por hierba con un carro a las huertas de Córdoba, aquel hombre cuando pasábamos por una churrería compraba churros para los dos. A la huerta que íbamos a por hierba había árboles frutales. Yo le decía al hortelano "¿puedo coger una de las manzanas que hay en el suelo?" Él me dijo "coge las que quieras, pero del árbol, que las del suelo no son buenas". Así estaba siempre deseando que fuéramos a por hierba. En el hospital aquel había una huerta. En la noria que había allí me dijo uno que había estado escondido el Dr. Romera en la guerra. Allí fue donde lo cogieron y después lo fusilaron. Yo cuando me dijo que si había oído hablar de él, le dije que sí. Porque él fue el que intervino para que echaran los presos, entre ellos a mi padre, para que no le pillara el alzamiento en Córdoba. Le conté lo que le hicieron a mi padre después de la guerra. A aquel y a otro los habían traído allí de la cárcel y hacían de albañiles.

Me decían es mejor estar aquí trabajando y comiendo bien que morirse de hambre en la cárcel, como les pasa a muchos. Si no los fusilan los dejan morir de hambre.

A mi me pusieron unas inyecciones que me comía todo lo que pillaba. Un día le pedí a un hombre mayor que estaba en la mesa conmigo comiendo que me diera un poco de comida que le había sobrado. Uno de los que hacían de albañiles me dijo tu eres muy joven y tienes mucha vida por delante, no te comas las sobras de nadie, porque te pueden pegar alguna enfermedad, no volví a hacerlo.

Un día trajeron a uno que vimos que era brigada de la guardia civil, porque venia con el uniforme. Aunque pronto le dieron uno como el que llevábamos muchos. Uno de los que hacían de albañiles lo conoció y le dijo "Ya estás pagando lo que debes, bicho, ahora te tenían que dar a ti lo que tú hacías, que se comieran los presos los trozos de carne que le cortabas a los muertos". El brigada no le dijo nada, estaba como disipado. Yo estuve oyendo la conversación y le dije al que hacía de albañil "eso que tú le has dicho a ese será mentira". Él me dijo "si fuera mentira iba a decir una cosa de esas. Nos cogieron prisioneros a unos cuantos y cortó carne de las piernas de los muertos y le dijo a uno que se comiera un trozo. Aquel brigada duró allí pocos días, se murió. Cuando vinieron sus familiares al entierro, un hijo que era teniente de la guardia civil dijo que su padre no estaba para morir tan pronto, que le habrían puesto una inyección para matarlo. Fuera lo que fuese murió.

También había dos de Belalcázar. Uno me dijo que cuando hacía vida matrimonial se ponía como loco, lo tenían que internar, no sé si me engañó o no, lo cierto es que estaba allí. Ese mismo me dijo que si yo no había oído hablar de uno de Hinojosa, que mató a su madrastra y a su padre, después cargó los burros de trigo y se fue desde el cortijo que lo hizo a Pueblonuevo a venderlo.

Yo le dije "eso que me dice me lo contó a mí un hombre que trabajaba con él en una tejera, pero eso hace mucho tiempo y no sé si estará en la cárcel o estará muerto". Él me dijo "ves a aquel que viene por ahí, es ese". Iba con un carretillo de mano. Yo no hablé nunca con aquel hombre. El de Belalcázar me dijo que estaría allí aquel hombre hasta que muriera, porque no venía nadie a buscarlo.

Un día fui a la huerta del hospital y estaba mirando el agua de la alberca; vino una monja que me vio por allí, y me dijo "¿tú sabes nadar?"

Yo le dije que sí. Me dijo échate a la alberca que te vea yo a ver si nadas bien. Yo me di media vuelta y me fui de allí, pensé no me vaya a salir caro el baño, cualquiera sabía lo que podía pasarme si aquella dice que lo hice porque quise.

Otro día, otra monja mas vieja me dijo "tú quieres que nos moramos los dos y así iríamos al cielo". Suerte que estuve allí poco tiempo, porque aquello era una olla de grillos, estaban las monjas y los enfermeros peor que los enfermos. De los médicos no digo nada porque yo sólo vi a dos y poco tiempo hablé con ellos. Cuando llevaba allí dos días me llamaron y fui con uno que me hizo cuatro preguntas. Sólo me dijo que pronto me iría a mi pueblo. Tres días antes de que me echaran de allí me volvieron a llamar. Otro médico me estuvo mirando los ojos y dándome golpes con una varilla en las rodillas y los codos. Me señalo una bombilla y me dijo que le dijera que era aquello. Le dije "una luz" y me dijo vete donde estabas. Y a los tres días vino una vecina que ya había estado otras veces a verme. Como mi madre tenía tanto dinero, no podía costearse el viaje, aquella vecina y una sobrina suya que estaban en Córdoba y iban a Hinojosa, me fui con ellas para el pueblo. Aquella vecina se llama Mercedes y su sobrina Inés. Salí de aquel manicomio con la cabeza que parecía una bombilla. Allí no te dejaban crecer el pelo ni un centímetro.

Me fui con ellas donde ellas paraban. Como que era la feria de Córdoba le dije "voy a ver lo que hay ahí". Ellas me dijeron ven pronto no te vayas a perder. Ellas no estarían tranquilas que vino la sobrina enseguida a buscarme. Era cerca de los jardines y yo estaba mirando unos muchachos que estaban patinando. La Inés me dijo quieres un helado, le dije que sí. Compró uno para cada uno. Nos fuimos a la casa hasta que fue la hora de coger el coche de línea que iba a Hinojosa. Cuando llegamos a Villarta paró el coche, había un hombre vendiendo piñas. Le dije a la Mercedes "¿me quiere dar una peseta para comprar piñas?" Por la peseta me dieron cinco piñas. Cuando llegamos al pueblo le dije a la Inés, coge alguna piña para vosotros, me dijo llévatelas tú para tus hermanos. Poco valían las piñas aunque eran gordas, pero yo las llevaba como si fueran un tesoro. Aquella muchacha estuve muchos años sin verla, pero cuando vino la democracia he ido al pueblo mas continuo, ya la he visto tres o cuatro años seguidos.

A su tía no la había visto desde que me fui a la mili en 1945 hasta el año 1987. Nos alegramos mucho de vernos y comentamos algo de aquellos tiempos. A ella fue a la que le dieron los papeles de mi alta en el hospital, ella fue la que se los dio a mi madre. En los papeles decía que sería bueno que me tuvieran una temporada en el campo, y que mi familia sería responsable de mis actos. Mi madre buscó alguien que tuviese una casa vacía y se la quisiera dejar para que pasáramos allí mi convalecencia. Una mujer que su marido se tuvo que exiliar a Francia para no perder la vida le dijo a mi madre "por ser para ti te daré las llaves de la casa y cuando quieras os vais". Aquella era la mujer de Chironte. Ellos tenían aquella finca en el Combo, donde había estado mi hermano de pastor, los tres linderos del Combo conocían a mi hermano, de cuando había estado de pastor con la Matilde. Aquello nos valió para que aquellas familias nos ayudaran. Había una familia de Belalcázar, el hombre se llamaba Manuel Luna, aquel matrimonio tenía dos hijos un varón y una hembra. Aquella mujer le daba a mi madre lo que podía. Mi madre le ayudaba a hacer las cosas de la casa. A mi hermano, que ya tenía dieciséis años, le dijo el Manuel "gordito (que era como le decían a él cuando estuvo con la Matilde) tú te vas a venir conmigo para que me ayudes a arar". Y cuando empezaron las bellotas estuvimos cogiendo bellotas con ellos. Nos pagaban el jornal. Cuando echó mi madre cuentas con ellos de lo que nos tenían que dar, como ellos tenían lechones para vender, les compramos dos lechones, al destete. Luego nos dejaban coger bellotas para nosotros en lo que ya las habían cogido para ellos, como que siempre quedan algunas. Aquella familia nos daba también la leche que nos hacía falta. Yo también ponía allí las trampas para coger los pájaros, entonces había muchas clases de pájaros y cogía bastantes. Cuando iban mi madre y mi hermana María al pueblo, llevaban algunas docenas para vender. Ellas iban todas las semanas al pueblo, porque a la Hermandad de Labradores, o cosa por el estilo, se le movió la conciencia y le daban a mi madre para mí, que como estaba tan delgado y no teníamos nada para sobrevivir, le daban el pan, carne, aceite y garbanzos. Con unas cosa y otras íbamos tirando como podíamos. Después de muchos años, he leído yo que lo que daban a los que estaban como nosotros, decían que eran de la Hermandad de Labradores, pero según leí yo eran de unos que cuando murieron, dejaron sus bienes para gente necesitada; como sea, gracias por ello. No me quiero dejar los herederos de la Matilde que también nos ayudaron lo que pudieron. También tuvo mala suerte el hijo de la Matilde, que con la escopeta que le dejó su padre, un día cazando vio moverse una cosa entre unas retamas, disparó creyendo que era una perdiz y le salto los sesos a su hijo que tenía nueve o diez años.

Aquel, de ver los sesos de su hijo, como yo la sangre de tantos inocentes, entre ellos la de mi padre, él también se puso como loco, se quería matar. Le tuvieron que quitar la escopeta y vigilarlo. No lo metieron preso porque el que iba cazando con él era el pistolero que mató al soldado el día que vinieron los del Terrible, el atontado de Armando, que cuando yo tenía diez años, él era ya un mozuelo. En el convento de los frailes se ponía en la puerta y con una caña y papeles que les hacía un agujero, los tiraba para arriba, con aquello quería coger vencejos. Los muchachos nos reíamos de él por las tonterías que hacía. Como que no servía para otra cosa se hizo pistolero, después falangista. Ya está donde nos espera, hace tiempo.

Nosotros nos fuimos al pueblo para Navidad, nos llevo Manuel Luna con su carro lo poco que teníamos allí.

Allí algunas veces habían venido algunos vecinos a vernos, estábamos del pueblo a 4 ó 5 Km. El día que nos veníamos había venido un vecino a vernos, se llamaba Manolo, y como que en el carro no podíamos llevar los lechones, le dije a mi madre: usted se va con la María, la Carmela y el Fulgencio en el carro, y Manolo y yo nos vamos andando con los cochinos. Así lo hicimos. Había dos caminos, uno que iba por medio del campo de aviación y otro hacia la derecha según íbamos nosotros. El que atravesaba el campo de aviación era el que salía más cerca de la calle Fontanilla, que era la calle donde vivíamos. En el campo de aviación había un guarda más malo que la paja de haba, que no la comen ni los conejos, ese también hace tiempo que se murió. Le decían el Colorado. Cuando estábamos casi fuera del campo de aviación vino y nos hizo volver para atrás y tuvimos que irnos por el otro camino. Por más que le dijimos que nos dejara salir por allí no fue posible, nos decía que si no le hacíamos caso nos pegaría un garrotazo y nos dejaría allí tendidos.

Aquel campo de aviación lo hicieron los rojos en la guerra. Le vino bien a aquel sinvergüenza para ganarse un buen jornal. Un día de bueno que era quisieron matarlo los de la sierra, se salvó porque un pastor los engaño, cuando le preguntaron que si estaba allí el Colorado, él sabía que estaba y dijo que no. Después les dijo a los de la sierra que le dejaran ir a buscar a las ovejas que se habían metido en el trigo.

Se fue por detrás de la casa y le aviso de que estaban allí en el refugio del campo los rojos, le habían preguntado si estaba en la casa. Se fue el Colorado por detrás de la casa al pueblo. Avisó a la guardia civil y tuvieron un tiroteo. Mataron a uno de la sierra que era de Hinojosa, le decían el Tigre. Eso se lo decían antes de irse a la sierra, pero en la sierra justificó su mote. El otro que iba con el le decían Saltacharquitos. Aquel día se escapó quitándole a uno una mula y metiéndose en una alameda.

Moriría donde fuese. Porque en el pueblo no han dicho nada de donde murió. Lo que sí sé es donde murió un hermano suyo recién licenciado. Fueron un día una pareja de guardias civiles donde estaban trabajando su padre y él y le dijeron al padre que se fuera con ellos que le iban a hacer unas preguntas. Él le dijo que si podía ir él en vez de su padre. Lo montaron en un sidecar.

Cuando les pareció a los guardias civiles le dijeron "ya puedes irte con tu padre". Ya habían andado unos Kms del pueblo. Cuando anduvo unos pasos le hicieron una descarga por la espalda y lo mataron. Con eso justificaron la ley de fuga, que decían ellos.

Cuando murió el Tigre fue en 1948, en el mes de mayo. El día después de su muerte venía yo a Hinojosa, había estado trabajando en el pantano de Barasona (Huesca).

Al hermano del Saltacharquitos lo mataron después, por eso digo yo que la guerra no terminó el día 1 de abril de 1939, sino muchos años después.

Nosotros cuando nos vinimos del Combo al pueblo, mi hermano era el que salía con los cochinos por aquellas eras y por la Colada, con otros muchachos que también tenían cochinos. Así tenían los cochinos comiendo hierba todo el día. Aquellos muchachos les decían los porquerillos caseros, que se comían la merienda detrás del almuerzo. Como que se quedaban con hambre después del almuerzo, cuando salían del pueblo ya empezaban a comerse la poca comida que llevaban para la merienda. Después se venían a media tarde con más hambre que sueño. Yo como que no había trabajo, iba a por leña. Unas veces iba con un burro que me dejaba un vecino y la leña que traía la partía para los dos. Otras veces hacía yo de burro y la traía a cuestas. No me quedé para no poder trabajar como me pronosticaron aquel par de melones que hacían de médicos. Entramos en el año 1944, cuando empezó mejor tiempo empezaron a arreglar las calles y me dieron trabajo en ellas. Trabajé dos semanas, que era lo máximo que podías trabajar, porque había muchos parados y poco trabajo, después tenía que salir por aquellos campos a buscar gomas.

Un día vino uno cuando empezó la primavera, él tenía una alfarería que hacían cántaros, me dijo que le habían dicho que yo sabía hacer tejas. Le dije que sí. Me dijo que si quería hacerle tres o cuatro mil que le hacían falta. Se las hice. Yo tenía que hacerlo todo. Hacer el barro, cortarlas y tenderlas y recogerlas. A aquel le decían Pampanito.

Cuando terminé de hacer las tejas, empezó a hacer buen tiempo. Me dedicaba a ir a los arroyos a coger peces, algunos días venía mi madre conmigo para cuando los sacaba del charco, se los echaba fuera para que los cogiera. Yo tenía buena maña para coger los peces en las cuevas y debajo de las piedras, también cogía lampreas y ranas. Con lo buenos que estaban aquellos pececillos y las ancas de las ranas, y teníamos que vender la mayor parte para poder comprar el pan y otras cosas. Los vendíamos en los bares para que se los comieran los sinvergüenzas de los señoritos de tapas. Porque los jornaleros no podíamos casi comer, como íbamos a poder comer tapas.

Tuvimos que esperar mucho tiempo para poder pedir una ración de tapas, pero hoy hace ya años los obreros somos los primeros en comernos las mejores tapas, aunque nos ha costado la sangre de muchos de los nuestros. El sudor y las lágrimas nuestras, pero a nuestros antepasados también les costó y no pudieron hacerlo de tutearse con la burguesía, pero sí fueron capaces de dejar la tierra abonada, aunque muchos fue con su sangre, para que nosotros hayamos podido recoger el fruto. Gracias una y mil veces a los que nos quitaron los abrojos del camino para que nosotros podamos andar mejor…

 

 

En el año 1944, cuando terminé de ir a por peces, fui a la siega. Es uno de los trabajos más fuertes que tenían los hombres del campo; entonces se hacía con la hoz, pero por lo menos sabías que cuando llegara la noche además de tener muchos dolores en el cuerpo también tenías un jornal.

Como yo los peces los cogía con la mano tenía que estar cuatro o cinco horas metido en el agua y después tener que ir a venderlos.

Aquel verano también estuve segando 25 ó 26 días, entre unos y otros. Primero fui con uno cerca de la estación de Zújar, allí estuvimos 8 días, nos quedábamos a dormir, porque eso está del pueblo a unos 12 Km. Nos daban un Kg de pan para cada día y lo demás lo teníamos que llevar nosotros, morcillas, tocino, bacalao (allí le decían curbina) y los garbanzos que nos cocía una mujer que su marido era pastor. El tocino y la morcilla se derretían en la fiambrera, suerte que en aquellos tiempos no había pan duro que se quedara sin ser comido. De eso de comer la morcilla y el tocino derretido en la fiambrera saben bastante los hombres que como yo íbamos a la siega en aquellos tiempos en que muchos dicen que las maquinarias han quitado muchos lugares de trabajo, pero más han quitado de malos trabajos que se pasaban.

El día que nos íbamos a venir terminamos la siega al mediodía y dijo el manijero: "Cuando terminemos de comer nos vamos al pueblo". Pero después de la comida vimos que hacía mucho humo en dirección a Zujar y tuvimos que ir a apagar un fuego que por lo que decían lo había provocado la máquina del tren, que entonces funcionaban con carbón.

Era la primera vez que había visto lo que era capaz de hacer un fuego así, porque además quemó hasta una finca de garbanzos todavía medio verdes. Ese fuego, por mucha gente que vino, era imposible apagarlo. Sólo se consiguió cuando llegó hasta la carretera que va para Belálcazar y por el otro lado hasta un arroyo.

A mí se me descosieron la costura de la caña de los pantalones y como no tenía otros tuve que llevarlos así hasta llegar a mi casa.

Aquel verano fue de tormentas y un día suerte tuvimos cuando empezó a llover y el manijero nos dijo: "Vamos al chozo de los pastores que esta tormenta no me gusta nada", y así lo hicimos.

Cuando pasó la tormenta y fuimos a la encina donde teníamos el hato, vimos que los cántaros del agua estaban caídos. A la encina le había caído un rayo y sacado rachas; también partió una hoz. Aquel día pudimos haber muerto alguno de nosotros pero no estarían nuestros días cumplidos.

Después fui a segar con Manuel Tropa. Eso era en la Trampa, y de allí sí veníamos al pueblo a dormir. Allá estábamos un primo mío, Manolo Calzadilla, dos mujeres, el dueño y su hijo Elías. Una de aquellas mujeres tenía un hermano que fue de los que tuvieron que exiliarse y decía que quizás había muerto porque no le escribía. Yo había oído que alguno de los que habían ido a Francia de allí habían marchado a México y le comenté: "Quizás su hermano había ido también a América". Más tarde la vi un día y me dijo que le había escrito finalmente su hermano desde México.

Fui aquel año a segar otros días con mi vecino Vicente, el tío de la Anita Ruiz, la que tantos días nos dio pan para poder conciliar el sueño, "que como te acuestes desmayado, no puedes conciliar el sueño y sueñas despierto con todos los panaderos".

También fui otros días con otro vecino, Farruco, al cual le habían derribado su casa las bombas, en la Gesa, que había arrendado él un trozo de tierra. Aquello está cerca como lo de Vicente y veníamos a dormir a casa; también nos cogió una tormenta.

Una tarde Farruco había venido a traer un carro de mieses a la era y sus hijas y yo nos vinimos al pueblo. Cuando llegamos a la carretera que va para Pozoblanco pegó un trueno que hicimos como cuando venían los aviones a bombardear, tirarnos al suelo. Después nos metimos en la huerta de Dientes, hasta que pasó la tormenta.

Cuando terminamos de segar ayudaba a Vicente a carretear (eso es llevar las mieses a la era), y después de lo pesado que era, teníamos que ir a espigar, y eso era más complicado.

Voy a explicar lo que nos pasó en tres días y lugares distintos. Un día fuimos mi hermana Mari y yo a espigar a los lotes. Nosotros espigamos en el de Noguero y cuando pasamos el arroyo del Tocón vimos venir los falangistas, que como dije anteriormente hacían de guarda. Cuando los vimos yo le dije a mi hermana: "Corre que nos escondamos para que no nos vean". Nos vieron y nos llevaron al lote de Rafaelito de la Jacova.

Cuando llegamos a la era estaba allí una de las hijas de Rafaelito. Nos conocía del tiempo de la guerra, cuando íbamos a por leche a su casa. Nosotros estuvimos en el lote de Ropero. Los falangistas le dijeron: "Estos han cogido estas espigas en vuestro lote, que las vacíen allí en vuestra era". La muchacha, aunque yo digo muchacha ya tenía cerca de 30 años, les dijo: "Si las han espigado en nuestro lote, que se las lleven, que bastante trabajo han tenido para cogerla una a una". Le dimos las gracias a la joven muchacha y nos fuimos. Aquel día llevamos a casa el fruto de nuestro trabajo.

Otro día fuimos mi hermano y yo, la Mari no volvió ningún día más a espigar conmigo. También mi hermano lo hizo pocas veces, él iba con otros muchachos y muchachas más pequeños, no por eso menos atrevidos. El día que vino mi hermano conmigo fuimos a otro lote, llamado de la niña de Don Tomás. Cuando llegamos había varios montones de haces en la finca, las angarillas que se dice en Hinojosa, pero nuestro saco lo habíamos llenado con las espigas que espigamos de las que caen al suelo cuando se siega.

Cuando nos disponíamos a irnos llegó un hombre, no sé que misión era la suya en el lote, lo que sé es que cogió el saco, roció las espigas y quiso romperlo. Mi hermano, como he dicho anteriormente, que no por más pequeño, no menos atrevido que yo, cuando vio que aquel hombre nos quiso rajar el saco, le dijo: "Antes de que usted raje el saco me tiene que rajar a mí". Se puso con el hombre hecho una fierecilla y éste nos dejó el saco y nos dijo: "Como os pille otro día aquí ya veréis lo que os haré".

Eso era ya cerca de mediodía. Con el saco vacío nos íbamos para casa y mi hermano decía: "No nos vayamos sin espigas". Yo le dije: "¿Y a estas horas qué quieres que hagamos?" Vimos una haza que todavía no se había llevado los haces y cogimos medio saco de espigas. Así había mucha gente que cogían las espigas de donde podían, es porque si los pillaban igualmente se las quitaban.

Lo que también hacíamos muchas veces era ir con gente que estaba segando y les decíamos que si querían dejarnos espigar. Habían de todos, unos decían que si y otros que no. Pero después de que sacaban las angarillas quedaban espigas donde habían estado los haces y volvíamos a ir a espigar.

Un día, cuando ya no había haces y estaban los cochinos en la rastrojera, fuimos cuatro varones y dos hembras a espigar, bastante lejos del pueblo, a Cogollarta. Como sabíamos que aunque no fuésemos donde no había angarillas nos quitaban las espigas, por eso llevábamos un saco y una talega un poco grande. Cuando teníamos unas pocas en el saco, las escondíamos, y con la talega íbamos cogiendo; cuando la teníamos llena la volvíamos a llevar al saco y así íbamos haciendo.

Cuando estábamos entusiasmados con nuestra tarea levantó uno la cabeza y nos dijo: "De la casa de Cogollarta viene un guardia civil para acá". Ya no pudimos salir corriendo, aunque de los falangistas había quien había huido corriendo (a algunos los habían tiroteado), de los guardias poco nos hubiera valido hacerlo. Cuando llegó el guardia civil nos dijo que si teníamos permiso para espigar allí. Le dijimos que no y nos dijo: "Venid conmigo". Nos llevó a la casa. Aquel guardia civil tenía más barba que Fidel Castro, aunque en aquellos tiempos pelaban al cero a todos los militares. Aquellos estaban allí para perseguir a los de la Sierra y como no cogían a éstos se divirtieron con seis pobres personas que íbamos a buscar un trozo de pan para los nuestros y nosotros mismos. Cuando llegamos a la casa ya estaban un sargento y dos guardias civiles más en la puerta. Nos dijeron que pusiéramos en el patio de la casa las espigas que llevábamos. Se quedaron todas las espigas y los sacos.

No fue aquello lo más malo. Después de que nos tuvieron allí un buen rato haciéndonos preguntas les dijo a los dos más grandes que se dieran tortazos uno al otro. De aquellos dos uno hacía poco tiempo que se había licenciado, y le decía al sargento: "¿Mi sargento dejo de darle ya guantadas a éste?" y el sargento aquel le decía: "Dale hasta que me duela a mí". Cuando terminaron los dos primeros nos tocó a mí y a otro. Empezó el otro a darme guantazos a mí y cuando le pareció al sargento aquel me dijo: "Ahora dale a ese más fuerte por las que te ha dado él a ti". Yo le dije: "Estoy mareado y no puedo pegarle a ese", y no me dijo nada más, sólo que nos fuéramos a unos portales que había. Allí nos tuvieron hasta que quedaba poco sol, sin comer ni beber todo el día.

A mí no me obligó aquel a que le pegara al otro porque mientras me estaba pegando a mí Alvarillo le dijeron las mujeres que yo hacía poco que había venido del manicomio. Por eso dijeron que dejáramos de pegarnos, sino no sé lo que nos hubieran llegado a hacer aquellos tíos, que eran la fuerza pública que había en aquellos tiempos.

Voy a poner los nombres que recuerdo de los que estábamos cuando nos hicieron eso. Uno ya he dicho que es Alvarillo, otro su hermano Antonio; de las mujeres, una era Antonia Jurado, que aunque llevara el mismo apellido que yo, si es parienta mía será muy lejana, la otra se llama Dolores; otro es el cuñado de ésta y no me acuerdo de su nombre, porque no llegué a aprendérmelo, ya que sólo llegó a venir aquel día con nosotros y además en el pueblo, al ser mayor, tampoco nos juntábamos.

Cuando nos dieron la orden para que nos fuéramos para Hinojosa, nos dijeron lo de siempre cuando los civiles nos cogían en algún sitio: "Como os apartéis del camino os pegamos un tiro en la sien o en la nuca". Pero nosotros, como pudimos, nos guiamos a una cañada donde teníamos escondidas las espigas. En el camino a nuestra casa pudimos beber agua en un pozo, con eso matamos la sed y el hambre.

Que remanso de paz en Hinojosa del Duque, en aquellos tiempos.

Aquel año mi madre le dio a su hermano Alfonso la tierra para que la sembrara a medias. A nosotros nos toco 10 fanegas de trigo, y como que mi madre fue a la era el día que la limpiaron, mi tío no pudo manipular aquello y le dijo a mi madre que él ya no podía sembrarla más. Ese hermano de mi madre dice ella que mientras mi padre estuvo en la cárcel no fue capaz de darle un puñado de garbanzos para ponerle a su marido un puchero.

Arreglada estuvo ella con la familia de una parte y otra. Los que tenían para haberle dado algo no tenían voluntad y los que tenían voluntad no tenían nada para darle.

Después del espigo tuve que volver a ir a por peces y ranas. Había días que íbamos otro y yo y con un cubo vaciábamos pozalcones que hacían cerca de las cañadas para regar los tomates, que cuando nosotros hacíamos eso era en el tiempo de los melonares ya que cuando quitaban las tomateras no había que regar. En algunos pozalcones cogíamos bastantes ranas, en otros menos. Habían algunos que después de sacar durante un par de horas agua, cogíamos medio quilo de ranas, y otros días 3 ó 4 kilos. Hay quien dice que los andaluces somos perros y mira lo que teníamos que hacer para poder ganar dos pesetas.

Los perros señoritos no fueron capaces ni de mirar por los hombres y mujeres jóvenes que íbamos creciendo después de la guerra y por no querer o no saber explotar a las tierras y a nosotros tuvimos que buscar otras. Allí teníamos que seguir luchando como fuese para poder sobrevivir.

Cuando empieza noviembre empiezan las bellotas a ponerse medio maduras, y ya tenemos otra vez la danza bellotera, unos a coger bellotas y otras a quitárnoslas.

Ya empezaba de nuevo el remanso de paz en un pueblo de la sierra cordobesa. Yo digo lo que viví... pasaría igual en muchos pueblos, pero donde lo viví fue en Hinojosa del Duque, pueblo campero del Valle de los Pedroches. Sería un granero, pero a tortazos querían que nos quitáramos el hambre los jornaleros.

Voy a contar una anécdota de las bellotas, aunque no será la última. Muchos días se ponían los falangistas en la entrada del pueblo y allí iban esperando a los belloteros, y cuando tenían unos cuantos se iban con ellos al cuartel de los guardias. Mientras, otros se quedaban esperando para seguir cogiendo los que iban llegando. Mi madre se enteró de lo que estaban haciendo y tuvo una genial idea, y una mujer a la que decían la Ríos la terminó de realizar.

Mi madre se puso la artesilla en la cabeza y se iba para el pilar para cuando viniera yo con las bellotas echarlas en la artesilla; así parecía que viniera de lavar. La Ríos, cuando la vio con la artesilla sin ropa ya sabía dónde iba y le dijo: "Petra, espera que te falta una cosa para tapar las bellotas" y le dio una sábana y así pudimos aquel día salvar las bellotas. Fuimos unos de los pocos que aquel día escapamos de que nos quitaran las bellotas.

alzina

[Esta foto fue hecha el dia 6-8-1999 en Los Lotes, término de Hinojosa del Duque. Cuando vinieron los tractores, arrancaron a cientos encinas como esta que hay a mi espalda.]

Aquel año, después de las bellotas, hicimos nuestra matanza; con eso y con el trigo que nos tocó de la recogida de la tierra que mi tío había sembrado a medias con mi madre teníamos para pasar el invierno. Los que comimos más de la matanza y del trigo fuimos mi hermano y yo porque nos fuimos con el marido y un hijo de una prima de mi madre a hacer carbón a los Tagarrosos. El marido de la prima de mi madre era el que hacía las carboneras y las quemaba, también era él el que iba al pueblo a llevar el carbón y el picón y alguna poca de leña, y también nos traía la comida. El hijo de la prima de mi madre, Juanito, que ese es su nombre, mi hermano y yo éramos los que, además de recoger las ramas de las encinas para hacer el picón, también hacíamos el trabajo más importante: arrancar las peanas de los chaparros que habían arrancado en la guerra. De aquellas toconeras hacíamos el carbón.

Allí trabajábamos desde que salía el sol hasta que se hacía de noche. El día que había que hacer el picón, Juanito y yo teníamos que levantarnos más pronto, porque decía Andrés que cuando no hace viento es antes de que salga el sol y para entonces teníamos que tener hecho el picón. Si hacía viento se desperdiciaba más leña. Allí Juanito, mi hermano y yo, en los ratos libres que teníamos después de la comida del mediodía, sacábamos espoletas de los proyectiles; cuando Andrés iba al pueblo se las llevaba y las vendía, y con el dinero que le daban nos compraba tabaco. Para buscar las espoletas seguíamos el surco que hacen los proyectiles cuando caen al suelo; al final del surco, donde explotaban, estaba la espoleta. A poco que escarbábamos las encontrábamos. Durante el tiempo que estuvimos allí, sólo fuimos los cuatro al pueblo dos veces: para Nochebuena y el día de San Sebastián. Yo, además, fui el día que me tenía que marchar a la mili.

En aquel cortijo estaba el Tófilo, con el que descargamos el carbón para la Josefina Bigara y que tan bien nos lo pagó. Allí estaban sus padres y hermanos; el primero y él hacían de pastores y de guardas en la finca. Ellos algunos días nos daban leche para las migas y comíamos migas canas como le dicen en Hinojosa a las migas con leche.

Mi hermano y yo pensábamos que estaríamos trabajando a la parte con el primo Andrés y su hijo, aunque ellos se hubiesen llevado tres partes por la mula y el carro pero no fue así. A mi madre le iba dando algún dinero y alguna poca de leña cuando iba el Andrés al pueblo, echaba unos haces de leña y unos días las dejaba en su casa y otros días las llevaba a la nuestra y un día que le dio a mi madre un poco de dinero, le dijo: "No sé cuánto te deberé, a los muchachos les daré 10,50 a cada uno, con los dos estoy muy contento de lo que trabajan". Mi madre le dijo: "Pues con lo que trabajan, si no hubiese sido por la matanza que hicimos y el trigo que cogimos, con ese dinero, ¿cómo íbamos a poder comer nosotras [o sea mi madre y mis hermanas] y mandarles la comida a ellos?" El le dijo: "Otros ganan menos".

Y yo digo: otros que no trabajaban no ganaban nada.

Estando allí hubo días que por la Sierra de Villanueva del Duque tenían tiroteos la Guardia Civil y los de la Sierra. Parecía como en plena guerra; pasaban ambulancias después de aquellos tiroteos. Eso era ya a principios de 1945; por eso digo yo que la guerra continuaba y ya dije que no sé qué fecha que había que poner como final, si ha llegado o no. Para muchos de los que la vivimos vendrá con nosotros a la tumba, nos afectó tanto que no hay forma de quitárnosla de encima.

De aquella finca nos mudamos a otra porque ya no había allí toconeras y fuimos a otra. Los arrendatarios eran de Villanueva del Duque, y aquel matrimonio, cuando venía la Guardia Civil, les tenían que dejar a ellos su cama y ellos tenían que acostarse en una jarda. También tenían que darles la comida. Y no decir nada, porque en aquellos tiempos un guardia civil era un Dios. Así va el mundo, unos tan bien y otros tan mal.

De los civiles que venían por allí, uno era un cabo que estaba destinado en Villanueva del Duque. De este decían los de allí que cuando había baile entraba el hijo de ....… y cuando quería bailar con una mujer, fuese casada o soltera, decía al hombre con el que estaba bailando, "deja a ésta que voy a bailar yo con ella". Si en aquellos tiempos hubiese habido tantos coches como hay ahora, no hubiesen sido tan sinvergüenzas como eran. Hoy se me ponen los pelos de punta cuando matan alguno, sea guardia civil u otros, pero aquellos se tenían que haber muerto de repente.

El día que yo me vine de los Tagarrosos para el pueblo, aquella mañana habían tenido un encuentro la Guardia Civil con los de la Sierra. Aquellos civiles estaban de puesto en Hinojosa y como los de la Sierra no querían matar guardias civiles, como no fuera en defensa propia, que bien tontos eran, ya que los guardias los fueron matando a ellos sin compasión. Los guardias pasaron cerca de donde estaban los de la Sierra, en un cercado. Los dejaron pasar, aunque si hubiesen querido los hubiesen matado, y los civiles ni se hubiesen enterado. Pero al poco rato volvieron atrás; por lo que se dijo en Hinojosa, porque en la casa donde había dicho que les pusieran el cocido se habían olvidado de dejar el "abio" (morcilla, tocino y carne), y volvieron para dárselo. El cabecilla de los guerrilleros era uno que le decían Cuatete, el cual pensó que volvían los guardias civiles porque los habían visto. En vez de entre todos haberle plantado cara a los civiles, les dijo el Cuatete a los otros que se fueran; cometió una imprudencia y le costó la vida a él sólo.

Uno de los disparos que hizo él con una pistola le cortó el lóbulo de una oreja a uno de los guardia, por poco no le voló la cabeza. Después me enteré que aquel, a las jóvenes que iban con un poco de estraperlo a Pueblonuevo, si no querían que se lo quitara, se le tenían que entregar para abusar de ellas. Pues aquel fue el que mató a Cuatete, quien estando herido de muerte por otro civil, se tiró a él con un puñal que tenía, y el guardia lo terminó de matar.

Aquel fue el único día que yo vi el cadáver de uno de los que mataron en la Sierra. cuando yo llegué a Hinojosa lo tenían en un camión delante de la puerta de Pedrajas, para que lo viesen los que quisieran. Yo iba a la plaza y tenía que pasar por allí y por eso lo vi. Lo estaba lavando una mujer porque la cara la tenía llena de sangre y polvo. Para que le viesen la cara lo mandaron lavar; la mujer que lo hizo era una que siempre pedía por el pueblo, a ella le dijeron que si no le daban miedo los muertos, y ella dijo que los que le daban miedo eran los vivos.

Por si en Hinojosa no habíamos visto bastante sangre y muertos nos pusieron aquel para que no se nos olvidara lo que nos podían hacer. ¡Qué escuela más bonita nos estaban dando!, como para que se nos quite, como yo digo, del cerebro. Ya dije cuándo se nos irá a nosotros esto, cuando se nos termine la vida.

 

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