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FÉLIX JURADO

Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández


SEXTO CAPÍTULO:

MISERIA

(LA POSGUERRA - TERCERA PARTE)


El verano de 1940 fui a trabajar con unos vecinos nuestros a una tejera, ellos eran padre e hijo, el padre se llamaba Ángel y el hijo Alberto, eran esposo e hijo de la Encarnación la del Ramo. Cuando llevaba unos cuarenta días trabajando con ellos, me dieron otra vez las fiebres palúdicas, tuve que dejar la tejera, entonces no había ninguna clase de seguros, lo que saqué de allí además del jornal que me daban fue aprender a tender tejas, aquello me sirvió para el otro año que se fue el Alberto a la mili y yo me fui con el Ángel a una tejera que le decían de Diego el Perdido, y la cogió un tal Feliciano Parra para hacer allí las tejas y ladrillos para las casas que hicieron en Hinojosa, regiones devastadas.

Y como que el Feliciano Parra aunque el no era tejero sí fue teniente de la mejala, cogió aquella tejera y se hicieron allí ladrillos y tejas para las casas. En el tiempo de las bellotas íbamos a por bellotas, la mitad de las veces (si nos cogían) nos las quitaban los falangistas, que hacían de guardas rurales, y sino la Guardia Civil. Uno de los muchos días que nos llevaron al sindicato, que allí tenían los guardas su cuartel general, el jefe, que le decían Remendao, me dijo que por qué iba a por bellotas. Le dije "si nos dieran trabajo no iríamos a por bellotas". Se levantó de donde estaba sentado y me dio dos guantazos. Mira que daño más grande le hice para que me pegara. También había veces que nos hacían ir a pasar una noche al cuerpo de guardia, o sea… a la cárcel. El Remendao cuando murió le falto poco para tener que ir a la tumba solo, no fue casi nadie a su entierro. Como a él le ha pasado a muchos bichos de aquellos tiempos, que tanto daño le hicieron a la juventud de Hinojosa.

Manuel Valdés no se enteró de nada de esto para escribir su libro. Un día que yo no tenía ni un saco para ir a por bellotas, porque todos los que podíamos negociar me los habían quitado, llevé un macuto que teníamos de recuerdo de cuando mi padre vino del frente, también me lo quitaron. Les tuve que llorar para que me lo dieran, a los que me lo quitaron. Pensaban que con ser falangistas eran los amos de todo aquello, pero unos años después que yo y los míos saliéramos de aquel infierno que ellos ayudaron a crear, ellos también tuvieron que irse de allí, de aquel remanso de paz. Los dos que me quitaron el macuto ya están en el remanso de paz, se fueron a Madrid y el hermano de uno de ellos, que se llama Pablillo y está un poco distraído me dijo que su hermano, el que hacía de guarda, y el otro que iba con él ya hace tiempo que murieron los dos. Ya sé que yo también me iré, pero que se vayan ellos delante.

Otra de las muchas cosas que tuve que hacer mientras llegaba el verano para ir a la tejera, iba por los campos a buscar gomas. Como que había estallado la segunda guerra mundial, al poco de terminar la española, no había caucho para las ruedas de los coches, ni para nada. Compraba las gomas viejas y nosotros íbamos por los campos, que es por donde las encontrábamos de cuando las tiraban los zapateros en las estercoleras de los recortes que le sobraban de los zapatos.

Cuantas veces me tengo andado los términos de Hinojosa del Duque y Belalcázar buscando gomas. También fuimos varias veces a Monterrubio de la Serena. Allí nos vio un día un guardia civil y nos dijo "¿Qué hacéis vosotros aquí?". Le dijimos que íbamos a buscar gomas, nos dijo: "lo que vais a encontrar es una onza de plomo que os voy a meter en la cabeza".

Aquel nos dejó irnos. Pero otro día nos cogió una pareja de la Guardia Civil, nos llevaron al cuartel y allí nos tuvieron hasta media tarde. Pedirían información al pueblo, cuando nos dijeron: "ya podéis iros; como os apartéis del camino os pegaremos un tiro". Aquella era la palabra más bonita que tenían entonces. Pero a nosotros tanto nos daba morir de una cosa como de otra, nos apartamos nada más salir del pueblo y ver una haza que la habían arado, sabíamos que allí había gomas. Después de aquello volvimos otro día. Fuimos cuatro muchachos, uno tenía un burro y lo llevó también. Vino mi hermano con nosotros aquel día. Con lo bien que estaba de pastorcillo, vendieron los borregos y se arreglaban ellos solos. Los cuatro que fuimos a buscar gomas a Monterrubio encontramos hazas que las habían arado, cogimos bastantes gomas. Mi hermano se encontró una que habían muchas gomas, empezó a decir "aquí hay muchas gomas". Allí cogimos casi todas las gomas aquel día.

Del agua también escapamos bien. Cuando íbamos para Monterrubio tuvimos que pasar el río Zujar. Por donde nosotros pasamos hace como una ese. Lo tuvimos que pasar por tres puntos distintos. Cuando pasamos el primero nos llego el agua al pecho, después de pasar buscamos leña, hicimos fuego y nos secamos la ropa puesta en el cuerpo. Pensando que ya estábamos fuera de pasar el río, pero luego tuvimos que volver a pasar. Otras veces que lo habíamos pasado, como que llevaba poca agua, nosotros nos creíamos que era un arroyo, no un río. Cuando tuvimos que pasar la segunda vez por otro punto nos llegaba el agua al cuello, la burra paso nadando, se nos puso el pan y todo lo que llevábamos chorreando. Tuvimos que volver a hacer fuego y volvernos a secar la ropa puesta, por eso digo que los cuerpos aguantan mas de lo que parece. Ninguno se resfrió.

Dormimos aquella noche en una posada. Como que teníamos tanto dinero la mujer nos cobró cincuenta céntimos a cada uno, nos dijo que nos acostáramos en el pajar, al otro día es cuando cogimos las gomas. Cuando terminamos nos fuimos para Hinojosa. Cuando llegamos por donde teníamos que volver a pasar el río nos fuimos por medio de los campos para salir al puente de la vía, y pasar por allí el río. El puente era de hierro, la burra cuando pisaba y oía el ruido de las chapas no quería pasar, pero la hicimos pasar como pudimos. Si llega a pasar el tren la que se hubiera liado. Si no nos hubiera matado el tren, nos hubieran fusilado a nosotros. Pero tuvimos suerte y cuando lo habíamos pasado es cuando nos dimos cuenta de la imprudencia que habíamos echo. Las gomas que cogimos aquel día eran de las más caras. Esos recortes eran de ruedas de coches. Nos las pagaban entre sesenta y setenta céntimos el kilogramo, según la tela que tenían. Los que hacían dinero eran los que nos las compraban a nosotros. Como siempre, se lleva más el que menos hace. Nosotros se las vendíamos a uno que le decían Calzadilla, el sí que hizo dinero, pero nosotros sacábamos para ir mal comiendo.

Yo al año después de estar con mi vecino en la tejera, de ellos se fue Alberto a la mili y yo me fui con su padre y un tío suyo a la tejera de Feliciano Parra. Con él se tuvieron que ir todos los tejeros del pueblo, porque él fue el que, como he dicho, hizo las tejas y ladrillos de las casas de regiones devastadas. Allí al menos tenía trabajo cuando hacia buen tiempo. Allí los que hacían las tejas y ladrillos era por cuenta. Trabajando muchas horas, si teníamos suerte de que no lloviera, sacábamos un buen jornal. Por las tejas, que era lo que hacíamos el Ángel, su hermano y yo, nos pagaba el Feliciano sesenta pesetas el millar. Pero si llovía y se rompían iban a cuenta nuestra. Aquel día habíamos trabajado para la naturaleza.

De las sesenta pesetas del millar, que eso era lo que hacíamos cada día, el Ángel era el maestro que era el que las cortaba, que eso es extender el barro en un molde que le decían graílla. Yo era el que las tendía, las llevaba en un molde que le decían galápago: las tenía que coger de la mesa en que las cortaba el Ángel y ponerlas en el galápago, y coger el galápago con la mano izquierda y con la derecha tenía que coger agua y irle dando agua a toda la teja, y hacía una rebaba y con eso no las abría el sol. Las tenía que asentar bien en el suelo, para que cuando sacase el galápago no se cayeran. Aquello era, como decía el Alberto, trabajo de artesanía, porque tenías que ponerlas bien asentadas para que no se cayeran, pero también tenías que tener cuidado de no rascar los dedos en el suelo sino pronto tenías las yemas de los dedos sangrando. Las sesenta pesetas las partíamos de la siguiente forma: 22 para el maestro, 20 para su hermano que ese era el que hacía el barro, y 18 para mí. Del pueblo estábamos a unos dos km, pero nos quedábamos en la tejera.

Lo primero por si llovía y teníamos que levantarnos a la hora que fuera, para coger las tejas si estaban en condiciones de cogerlas y las metíamos en los portales. Las hacíamos en un rellano pero a cielo raso, lo segundo por lo que teníamos que quedarnos allí era por el horario que hacíamos. Por la mañana antes de venir el lucero del día sale otro más pequeño a simple vista. Cuando salía ese más pequeño era cuando el Ángel me llamaba. Nos levantábamos y teníamos que recoger las tejas que habíamos hecho la tarde anterior. Cuando habíamos recogido la mitad de las tejas se iba el que hacía el barro para preparar un poco, y cuando terminábamos de recoger las tejas el Ángel y yo, él ya tenía hecho barro para empezar a hacer tejas hasta que era la hora del almuerzo. La merienda la hacíamos el Ángel y yo juntos, siempre era cocido de garbanzos que nos los cocía la guardesa que estaba allí. Yo entonces tomaba el caldo de una hierba que le dicen malrubio, amarga mucho como la quina. Lo tomaba para que no me dieran las fiebres palúdicas.

Cuando nos poníamos a merendar nos juntábamos toda la cuadrilla que estábamos allí, excepto unos que vinieron de Villararto, aquellos tenían allí la familia y comían en una choza que se hicieron. De los que estábamos del pueblo había una pareja que ellos hacían ladrillos, uno era Pepe Berri, al otro le decían Copado. El Pepe había estado en la cárcel y contaba allí sus penas de la cárcel. Yo, aunque no era caso de risa, me hacia reír, y mientras el Ángel se comía el doble de cocido que yo, el Pepe me decía "¡Dale y túmbale la cuchara, que te deja sin comer!". Eso es lo que antes se hacia en Andalucía, comer todos en una cazuela y cada uno comía a su paso, el que comía despacio se quedaba a medio comer. Suerte tuve que un día cocí el malrubio en la olla que nos cocían los garbanzos, aunque la frege los garbanzos amargaban y el Ángel dijo "ya no pongo mas los garbanzos contigo". El Pepe me dijo "suerte has tenido, sino este verano espichas aquí".

El Pepe contaba que a él le echaron un cántaro de agua en la barriga los legionarios. Le pusieron un embudo en la boca y se la echaron. Él era un hombre corpulento y decía "lo mismo que me la echaron me la sacaron". Me pusieron un pie en la barriga y así salió. También decía que los legionarios le decían: "apúntate a la legión y vete de aquí. Nosotros hemos hecho esto porque nos lo han mandado". Por lo que nos quedábamos en la tejera a dormir, cuando empezaba a hacerse oscuro recogíamos las tejas que estaban secas y cuando terminábamos cenábamos y a la cama, había que levantarse pronto. No íbamos al pueblo ni los domingos ni fiestas, sólo para la feria fuimos dos días, con regruñidos por parte de Feliciano. El pueblo era sólo para él, nosotros al campo como los lobos. Allí venían las mujeres y nos traían la comida. Ellas iban cada semana para cuando les pagaba Feliciano a los que estaban a jornal les dieran a ellas algún dinero a cuenta de lo que hacíamos.

Allí todos eran mayores que yo. Cuando ellos se iban a hacer el cigarro le decía a Pepe Berri, que él era de los que hacían los ladrillos, que me dejara un poco de barro para hacer yo ladrillos.

El decía "tú vas a ser tejero, quiera o no quiera Dios, pero en este oficio solo se saca dolores de rabadilla". Era verdad. Él cuando paraba de hacer los ladrillos no se podía poner derecho en un buen rato, tenía que ir en cuclillas hasta donde tenía que sentarse. De los de Villararto, vino un matrimonio que ya eran mayores, el hombre se llamaba Francisco, tenía un hijo que hacía poco que había hecho la mili. Aquel era muy gracioso, mientras había sandías, uvas y melones no le faltaban en el chozo.

Ellos iban por las noches y se traían de todo. Yo cuando iba a su chozo le decía "¡Francisco, como le pillen los guardas los van a llevar a chirona!" El hijo se llamaba como el padre. Me decía: esto yo lo tengo a medias y ya le he dicho al aparcero que no se lleve él más, que nos las deje para nosotros. Siempre estaba canturreando cuando hacía las tejas. Una de las coplas que cantaba decía así:


Arroyo no corras tanto,

mira que no eres eterno

que luego viene el verano

y te quita lo que te ha dado el invierno.



Con él estaba el tajo bien divertido. Otra de las coplas de su repertorio decía


Me quisiste, me olvidaste,

ahora me vuelves a querer...

zapato que yo he deshecho

no me lo vuelvo a poner.


Tenía varias coplillas.

Después vinieron un padre y un hijo de la granja de Torre Hermosa. Aquellos vinieron para cocer los ladrillos y tejas con paja, que ellos lo hacían en su pueblo. Pero en Hinojosa se hacía con leña, con la paja salía mas económico.

Para cocer con la paja tenían que poner en la caldera del horno unos ladrillos en forma de albañales. Hacían unas troneras para que tirara el fuego, eso había que saber hacerlo y cuando lo hacían ellos no querían que los ayudara nadie, aunque con el tiempo aprendieron todos los tejeros que estaban allí. El hijo de aquel hombre era de mi edad y las noches que estaban cociendo el material me quedaba un rato con él. Hasta que el maestro me decía acuéstate ya, que ya sabes que tenemos que madrugar y luego tendrás pereza para levantarte.

Cuando venían mi madre y la Encarnación a traernos la comida les decía a ellas: "¿Habéis echado cuentas con Feliciano?". Ellas me decían "cuando vamos nos da 400 o 500 pesetas, nunca tiene tiempo para hacer las cuentas". Yo cada día, cuando el que hacía de encargado, que se llamaba Agustín Conejo, nos contaba las tejas, decía tantas tenéis, yo las iba apuntando también y a las mujeres les decía que fueran apuntado lo que iban cobrando, así sabía yo más o menos por donde iba la cosa. A mi de siempre me han gustado las cuentas claras. Un día le dije al Ángel: vaya usted al pueblo y eche cuentas con Feliciano, él me dijo: "Yo no voy, ves tú si quieres".

"Si va usted se lo va a comer", y no quiso ir, pero a los pocos días se lo volví a decir, "va usted al pueblo a arreglar las cuentas o voy yo". Tuve yo que ir.

Cuando llegué a la casa de Feliciano le pregunté a la criada si estaba allí Don Feliciano como él quería que le dijéramos. Pero en la tejera no se lo decía casi nadie. Me dijo la criada que sí que estaba. Le dije: "Dile que lo quiere ver Fililberto". Le dijo que pasara. Cuando me vio se quedo extrañado que yo fuera allí, me dijo "¿Qué pasa? ¿Por qué has venido?" Le dije que venía para echar cuentas, para ver si le debíamos a él o él a nosotros.

Me dijo como le decía a mi madre y a la Encarnación, que si quería me daba 500 o 1000 pesetas. Nos juntamos dos cabezones, un empresario y un jornalero, como le decían allí a los que dependen de cuando le quieren dar un jornal.

El que no, yo que sí. Cuando él vio que no haría lo que él quería se cabreó y me dijo vamos a echar cuentas.

Cuando me dio lo que nos debía, me dijo toma y ya no vuelvas más a la tejera.

Me fui a mi casa. Se lo dije a mi madre.

Mi madre me dijo no tenías que haber venido tu, que lo hubieran arreglado el Ángel y él. Fuimos a casa de la Encarnación y partimos el dinero. Ella se quedo con el suyo y el de su cuñado. Yo me fui a casa y de momento me quedé sin trabajo por querer llevar las cuentas claras. Por la noche vino a mi casa el que hacía de encargado. Me dijo: me ha dicho Feliciano que mañana temprano te vayas para la cochera, que irás con ellos a los Tagarrosos a por un camión de carbón.

Yo tuve que aceptar aquello porque no había otra cosa, sino se hubiese quedado con su camión y su tejera. Por la mañana cuando me levante, cogí la talega con la comida que me había preparado mi madre y me fui a la cochera. Allí solo había uno que estaba de pastor en las fincas que teníamos que ir, después llego el chófer, tuvimos que esperar un poco para que llegaran ellos.

Vino Feliciano y su hermano Manolo. Ellos vinieron para ver el carbón que había en la finca. Se montaron en la cabina con el chófer, el otro y yo en la caja del camión. Para ir allí nos fuimos por Villanueva del Duque. Para ir a la finca teníamos que dejar la carretera y coger un camino; como que la finca era grande había dos caminos. Ellos se pasaron el primero, y el otro que venía conmigo le pego un puñetazo a la cabina. Feliciano saco la cabeza y dijo "¿Qué ha sido eso?" El Tófilo, que así es como se llamaba el otro, le dijo "he dado un golpe en la cabina porque se han pasado el camino". El Feliciano le dijo: "me cago en Dios, ya sé que hay otro camino, nos has dado un susto que nos pensábamos que los de la sierra nos habían pegado un bombazo. No vuelvas a hacer otra vez eso". Cuando llegamos donde estaban las carboneras bajamos las sarrias que llevábamos vacías y después a cargar el camión de las qué estaban llenas. El Manuel y el Feliciano se fueron a la casa. El chófer se puso a arreglar una rueda que tenía pinchada. El Tófilo y yo nos pusimos a cargar el camión, y cuando teníamos la caja llena nos paramos a comer. Después nos ayudó el chofer a terminarlo de cargar. Después de tenerlo cargado vinieron ellos y nos dijeron: "Como que es temprano, llenad unas sarrias de carbón". Ellos se fueron a dar un paseo por la finca y a media tarde vinieron y nos dijeron "ya nos vamos".

El Tófilo y yo para allí fuimos en la caja del camión, pero para cuando volvimos tuvimos que ir encima de las sarrias del carbón. Con el volumen que llevaba, en las curvas nos llevamos más de un susto. Cuando llegamos al pueblo se bajaron el Feliciano y su hermano y le dijeron al chófer: "cuando descargues te vienes a mi casa, ya te diré lo que tienes que hacer mañana". A mí me dijo "tú, Fililberto, cuando llegues a donde tienes que descargar el camión te vas a tu casa y mañana te vas a la tejera". El Tófilo tenía que ayudarle a descargar el camión, y la gente que tenía que haber buscado la Bigara, que era la mujer que se le tenía que llevar el carbón. El Tófilo y su padre estaban de pastores con ella. Cuando llegamos a la casa de la Bigara allí no había nadie. El camión lo puso por la puerta falsa y fue el chófer por la puerta principal y cuando vio a la señora le dijo "ya esta ahí el camión con el carbón, ¿donde están los que tienen que descargar?" Ella me vio a mí y me dijo "ayúdale tu a Tófilo a descargar". Le dije "yo ya he terminado mi jornal". Ella le dijo al chófer que le dijéramos lo que nos tenía que dar por descargarlo, le dijimos que nos diera cinco duros porque lo teníamos que subir a un doblado y había que subir 35 o 40 escalones. Las sarrias eran grandes, no sé los quilos que pesarían, pero pesaban bastante. Cuando terminamos a mí me hacía daño la espalda; se lo dije al Tófilo y el me dijo "a mí también me duele", nos miramos uno al otro y los dos las teníamos coloradas como un tomate. Había sitios que nos sangraba. Cuando terminamos nos dijo el chófer "vamos a tomarnos un vermut y cambiamos los cinco duros". Yo le dije "dame a mi los míos que yo me voy a casa". Me dijo "los tenemos que cambiar", y nos fuimos a casa del Gurrino, que era un bar. Allí tomamos el vermut, que ese fue el primero que yo me tomé en mi vida. Cuando le dio los cinco duros le cobró los vermuts y nos dio a nosotros 7,35.

Cuando nos dio las 7,35 le dijimos "¿Cuánto vale un vermut de esos?" Él nos dijo "una peseta". Le dijimos "entonces, ¿dónde están los otros dineros?", él dijo "¿no son cinco duros?", nosotros le dijimos "pero si eran cinco duros para cada uno". Nos dijo "ella se pensó que eran cinco duros para todos".

Le dijimos "ahora vamos nosotros a ver la señora, y le decimos que no se enteró bien que eran cinco duros para cada uno". Fuimos el Tófilo y yo, y cuando llamé salió la criada, nos dijo que se había ido al sermón. Nos fuimos con las 7,35 y la espalda pelada a nuestra casa. Nos costó unos días acordarnos del carbón. Al otro día me fui a la tejera y cuando llegué me dijo el Ángel "¿no ves como hay que hacer lo que digan ellos?. Para eso hicieron la guerra y la ganaron, para hacer lo que quieran." Yo entonces lloraba enseguida, se me saltaron las lágrimas y Pepe Berri me decía "lloras porque no puedes pegarle un bocado y comértelo". No le faltaba razón. Allí estuvimos hasta que vino el frío, que es cuando se deja de hacer las tejas y los ladrillos. Sólo se quedaban los que tenían que enhornar y desenhornar el material que faltaba por cocer. Yo tenía que buscarme la vida después, cuando terminaba en la tejera, como podía. Había temporadas que iba a poner trampas para coger pájaros. Entonces había muchas clases de pájaros y los cogíamos por necesidad, no es como hoy en día, que matan los pocos que quedan y después ni se los comen, sólo lo hacen por pegar tiros. Otras veces iba a buscar gomas, ya sabía desde lejos las hazas que estaban aradas y tenían gomas. Nos íbamos subiendo de cerro en cerro. Desde el cerro del Santo Cristo se veían todos los campos de los alrededores. Después íbamos al cerro de la Talaya, ese está en el término de Belalcázar. Cuando empezaban las bellotas ya empezaba la danza de guardias civiles y falangistas que también hacían de guarda, y los belloteros. Aquello era la danza macabra, unos con más ojos que un revendedor de yesca, y otros con más mala leche que un cura en los infiernos. La montanera de 1942 fue buena. Como que no tenía ni burro ni burra me aparceé con otro que tenía una burra y así podíamos ir mas lejos. Con el que iba aquel año se llama Matías (el cantaor); fuimos varios días y nos íbamos escapando de tantos guardas. Pero un día., no sé si a él se le habrá olvidado, pero yo me acuerdo como si fuera hoy. Cuando voy por Andalucía y veo que están arrancando las encinas, a ellos les tenían que arrancar los huevos, por quitar unas encinas que cuando ellos nacieron estaban tan gordas como ahora y muy espesas. Si no les paran los pies no hubiesen dejado ninguna. Aquel día tuvimos tan mala suerte. Empezamos cogiendo bellotas en el Lote de Noguero, cuando teníamos medio saco vino el porquero y nos las quería quitar, pero por fin pudimos hacer que nos las dejara llevar. Nos dijo "llevaoslas pero no volváis más por aquí, que me ponéis en un compromiso". Aquellas las escondimos en un hueco de una encina y fuimos para otro sitio, pasamos la raya, que es donde parte la finca aquella con otras. Cuando pasamos la raya había una encina que tenía muchas bellotas, me subí yo y vareé una rama. Cuando teníamos cogidas la mitad de las bellotas que había vareado vino un tío con un caballo, nos hizo ir con él a la casa de aquella finca y le tuvimos que dejar las bellotas. Nos quitó el saco; por mucho que le dijimos que nos lo dejara, no fue posible. Nos quiso pegar porque le decíamos "las bellotas serán suyas, pero el saco es nuestro". Al porquero lo conocíamos pero aquel no lo habíamos visto nunca, no sabíamos de qué pueblo sería. Como que no teníamos mas sacos que el que teníamos en el tronco de la encina con las bellotas que nos dejó el porquero, nos fuimos a buscarlas. Cuando las encontramos dijo el Matías "estas las vamos a echar en el aparejo y así no verá que llevamos bellotas". La hora que era nos fuimos para el pueblo, con tan buena suerte que cuando llegamos al arroyo de la Hesa estaban allí los falangistas, a todos los que venían de por bellotas, los iban deteniendo. Cuando los vimos, Matías pego un salto y se subió en la burra. A Uno de los guardas le decían Tarambana y era perro viejo en las bellotas, porque él había cogido más bellotas que nosotros cuarenta veces, le dijo a Matías "¿por qué te has subido a la burra? ¿Te crees que no sé que lleváis las bellotas en el aparejo?" Nos dijeron que nos estuviéramos allí con los otros que tenían y cuando les pareció nos dijeron "vámonos al pueblo". Nos llevaron detenidos a su cuartel general. Allí nos hicieron descargar las bellotas. Los que las llevaban en sacos se quedaron allí los sacos, y las que llevábamos nosotros se quedaron con el aparejo. Después tuvo que ir el Matías unos cuantos días allí hasta que se lo dieron. Le dijeron si otro día vuelves a ir a por bellotas y te cogemos no solo te vamos a coger el aparejo sino la burra.

Valdés: de este remanso de paz no te dijeron nada para que hubieras puesto unas páginas de la verdadera historia de Hinojosa del Duque. Yo, como lo viví no puedo dejar de decirlo, sino pasaría la historia como tu. Ya sé que esta historia no la puede contar el señorito. Esta historia la tienen que contar los que fueron jornaleros, como yo. Ahora ya soy jubilado y me ha quedado tiempo para escribir esto. Hoy, en 1984, sigue habiendo en Hinojosa un alcalde de derechas. Y cuando va uno para que le firme ciertos papeles le dice te lo va a firmar el que has votado.

Todavía si pudieran volverían a hacer con la gente que no fuesen de sus ideas lo que hicieron anteriormente. Suerte que ya han muerto casi todos los perros viejos rabiosos que había en aquellos tiempos. Nos habían hecho ir a misa a los jóvenes, que éramos los niños de la guerra, y cuando salíamos de misa nos daban en la casa que esta detrás de la iglesia una taza de café con leche y un bollo. En la casa que nos daban aquello a nosotros por ir a misa (hoy 1984) tienen allí un bar para la gente mayor. Por lo menos un día que entré yo allí.

Por los años 40, cuando no teníamos qué hacer en el invierno, nos íbamos a las afueras del pueblo y detrás de unas recachas nos poníamos a tomar el sol por tomar algo caliente, algunos que tenían dos reales se entretenían jugando a las cartas. Estábamos más mirando que jugando.

Un día vinieron los municipales y nos llevaron al cuerpo de guardia de la cárcel. El jefe de los municipales, un tal Marquino, nos dijo "seguro que no sabéis leer y sabéis jugar a las cartas". En eso tenía razón, pero ¿por qué no nos daban trabajo y no nos enseñaban a leer? Yo me digo hoy que ellos lo que querían era que fuésemos borregos, y así ellos nos podían dar los palos mejor. A Marquino le ha salido un hijo rana. Marquino dice que fue capaz de dominar un pueblo y no es capaz de dominar a su hijo.

El hijo está medio disipado, dicen que de los palos que le ha pegado el padre. Lo que sea no lo sé, que se dé cuenta de lo nobles que fuimos los jóvenes, de aquellos a quienes fusilaron sus padres y hermanos, y algunos a su madre.

En Hinojosa murieron dos mujeres fusiladas. La mujer del Perdigón y la Capilla. De Belalcázar también dicen que mataron a dos mujeres jóvenes en las tapias del cementerio de Hinojosa. Y a hombres de Belalcázar y El Viso, no sé si también de otros pueblos que pertenecían a Hinojosa, que fue cabeza de partido.

Si habían matado a pocos del pueblo, traen a otros de otros pueblos. No sé cómo los obreros que estáis en Hinojosa del Duque, le votáis a las derechas, es que no tenéis memoria de lo que nos hicieron, ya es hora que copiéis de los de Belalcázar, o Cabeza del Buey, que no se los comen porque voten a las izquierdas, y los atienden mejor cuando van a su ayuntamiento a preguntar algo que les interesa y lo ignoran. Las canalladas que nos hicieron en el pueblo, que dicen que es muy hospitalario, no lo dudo pero entonces estaba esa hospitalidad en las cárceles y cementerios. A los que no fuesen así palo y estaros quietos, sino ya sabéis donde han ido vuestros mayores. Las injusticias que nos hicieron no tienen fin. Un día me salió para ir a trabajar con los albañiles, en el convento de los frailes, donde estuve los cuatro días de colegio. El maestro albañil me puso a que raspase unas bóvedas que estaba la pintura deteriorada, había que rasparlas para que las pintaran. Sólo estuve una semana. Cuando pasó aquello fue un viernes, yo estaba haciendo aquel trabajo solo, vi que venían dos frailes con un estandarte y una cruz, yo no sabía lo que significaba aquello, seguí con mi trabajo, aquellos iban a darle la extremaunción a un fraile que estaba muy enfermo. Cuando iban a darle aquello a algún vecino del pueblo lo hacían tocando una campanilla un monaguillo y el cura con un estandarte. Otro monaguillo con incienso. Cuando aquella campanilla se sentía salía toda la gente a las puertas y se ponían de rodillas, si era de noche sacaban velas encendidas, o algo que hiciera luz. Lo cierto es que cuando yo fui el sábado a casa del que me había contratado a que me pagara, cuando me pagó me dijo "el lunes no puedes venir a trabajar". Le dije "¿no está contento con mi trabajo?" Él me dijo "no es con tu trabajo". Le dije "entonces por qué es, si hay mucho trabajo por hacer todavía". Me dijo por lo que era. Le dijeron los frailes que por no haberme arrodillado cuando ellos pasaron a darle la extremaunción al padre.… me dijo el nombre pero no me acuerdo. A los curas y frailes les dicen padre, pero hoy ya hay curas casados y tienen hijos reconocidos. Entonces eran padres sin hijos reconocidos. Como yo digo, quien no los conozca que los compre. Aquel convento ya no existe, no sé por qué el pueblo lo habrá consentido que lo hicieran. Aquello era mas del pueblo que de ellos. Los pobres daban lo poco que podían de limosna, los ricos daban más para que siguieran calentándonos el coco a los pobres. Cuando alguno se iba a morir ya se encargaban ellos de confesarlo bien para sacarle todo lo que pudieran.

La niña de Don Tomás, que no era tan niña, cuando yo era un niño la vez primera que la vi, cuando iba con mi abuela ya era una mujer echa y derecha. Esa niña le dejó al convento de los frailes la mitad de la fortuna que a ella le habían dejado sus padres. En el cementerio tenían sus padres el panteón familiar y entre medias de donde estaban sus padres enterrados, tenía que haber sido ella enterrada, pero los frailes le lavaron la cabeza para que les dejara lo que les dejó, diciéndole que cuando muriera la enterrarían en la iglesia del convento, delante del altar. Allí la enterraron, no respetaron la ultima voluntad de sus padres. La niña de Don Tomás les dejo la mitad a dos criados suyos.

Ella les dijo al criado y a la criada que se casaran y les dejaba parte de sus bienes. Esto es otra historia que también tiene mucho que escribir, pero yo voy a lo mío y dejo lo de esa herencia.

Donde estaba el convento hoy hay casas. Decían que en la guerra los rojos habían quemado conventos. En Hinojosa no. Pero los frailes no lo han quemado, lo han hecho desaparecer del mapa.

Sigamos con nuestras fatigas. En mi casa teníamos 5 o 6 gallinas y con los huevos que ponían, teníamos para poder comprar el pan que nos daban con las cartillas de racionamiento.

Por la noche le metíamos el dedo en el culo a las gallinas y así ya sabíamos cuantas pondrían al día siguiente. Como nosotros lo hacían muchos. Qué alegría era aquello. Algunos que también son de aquellos tiempos dicen que de aquello no hay que pensar, pero cómo no hay que pensar si fueron tantos los sufrimientos que no se pueden olvidar ni un solo día. Cuánto me gustaría que aquello y otras cosas peores que pasan en el mundo, para que unos vivan en la abundancia y tiren hasta la comida y otros se mueran de hambre. Yo alguna vez le digo a mi mujer que daría mi vida, que no es nada, porque pudieran vivir los seres de esta tierra como vivimos hoy nosotros. Ella que ve las cosas de otra manera me dice, cuando nosotros pasábamos hambre nadie nos daba nada, cada uno que se espabile y trabaje, como hemos trabajado nosotros, y como están trabajando nuestros hijos. Ya tiene ella razón, lo que hace falta es lo que ella dice, que todos trabajen, pero para eso habría que haber trabajo para todos, y que tuviesen que hacerlo todos.

Veo que meto otras cosas y voy desviándome a menudo de lo que he pasado, que es lo que me indujo a escribir esto que yo quería. En febrero de 1943 me dijo un día mi maestro Ángel que si quería que fuéramos a hacer unas pocas de tejas, se lo había dicho Feliciano, que podíamos hacerlas dentro de los portales, que entonces estaban vacíos. Yo le dije "las pilas donde tenemos que hacer el barro están fuera a la intemperie y con las heladas que están cayendo nos quedaremos helados haciendo el barro", pero probamos. El barro había que hacerlo dentro de la pila, con una azada irlo cortando y con un bastón de hierro irlo apaleando hasta que estaba batido para hacer las tejas. Sólo estuvimos un día, por mucho que nos movíamos haciendo el barro nos quedábamos helados. Le dije al Ángel, mucha falta nos hacen el dinero que ganemos, pero así no se puede trabajar.

Él me dijo "pararemos hasta que venga mejor tiempo".

En aquellas fechas acordó mi abuelo paterno repartir lo que tenía, y como que nosotros no teníamos ni para comer, mi abuelo pensó que entre mi tía Evangelista y mi tío Fulgencio, le dieran de comer y le cuidaran, y a ellos les dejaba la media casa. Como que la casa era del matrimonio, podía disponer de la mitad, también le dio a los dos que se hacían cargo de él una viña. Y la media casa que era de mi abuela, la parte de ella, fue la que había que repartir para los cuatro hermanos, y una tierra de cinco fanegas también era para los cuatro hermanos. La casa la valoraron en 5.000 pesetas. (20.000 reales), contaban por reales en aquella época, de los cuales 10.000 reales eran para mi tía Evangelista y mi tío Fulgencio y los otro 10.000 para los cuatro. O sea que nos tocaron a cada uno 2.500 reales. Mi tía y mi tío hicieron el arreglo a su manera, mi tía se quedó con la casa de mis abuelos que era casa entera y muy grande. Después del patio tenía los portales que era donde trabajaba mi tío Miguel haciendo los pucheros. Como que él estaba en el campo de concentración tampoco pudo intervenir en lo que hicieron los otros. Mi tía, el trato que hizo con su hermano, fue quedarse con la casa de sus padres y darle a su hermano la suya, ella tenía que darnos a nosotros y a mi tío Miguel la parte que nos tocaba. Mi tío Miguel murió y no le dio la parte que le tocaba. Ya hace tiempo que los cuatro hermanos están muertos.

Mi abuelo le dijo a mi tía que le diera a mi madre 25,30 duros juntos, para que pudiéramos comprar un burro, para que mi hermano o yo pudiéramos hacer algún viaje o algo donde ganar algún dinero. Lo más que nos dio junto fueron 5 duros, lo demás nos lo dio en trozos de pan, cuando cocía nos daba algún pan y algunas veces hasta medio pan. Después le he dicho a mi madre muchas veces, no tenía que haber consentido eso, que sin aquello también hubiéramos salido, pero ellos se aprovecharon del árbol caído. Mi tía tenía unas tierras y un carro, ella tenía un hijo varón y cuatro hijas, el hijo es el que se cuidó de sacar la casa adelante, el se llama Timoteo. El día que fuimos a partir la tierra, fuimos los cuatro, mi abuelo, mi tío Fulgencio, Timoteo y yo. A mí me llevaron por llevarme, porque yo no tuve ni voz ni voto en lo que hicieron.

Para partir aquello hicieron unas papeletas, las pusieron en una gorra y cuando yo saqué una, me dijeron la vuestra es la primera, cuando se entra en la haza yendo del pueblo, mi abuelo sacó otra y dijeron la del tito Miguel es la que sigue a la vuestra. Cuando llegamos a la tierra ya decían ellos la que querían que le tocara: mi primo decía "si me tocase la que está el chozo", que era el único chozo que había de casar en los jarales; mi tío decía "yo quisiera que me tocara esta que da a la viña". Así fue como lo hicieron, yo con tener lo que decía mi padre siempre, una fanega de tierra, allí teníamos cinco cuartillas, la fanega son cuatro cuartillas, a mí tanto me daba una como otra. Después, cuando las dimos para que las sembraran a medias, nos decían que aquello lo tenían que haber partido a lo largo y no a lo ancho, así hubieran cogido lo bueno y lo malo los cuatro trozos: así lo hicieron los hermanos de mi padre, mi abuelo entre los dos que le habían fusilado, mi padre y su yerno, y otro hijo en un campo de concentración, lo malamente que le supo como nos pagó su hija a nosotros lo de la casa, al poco tiempo murió. Yo lo mismo que a mi abuela tampoco lo vi cuando murió.

hermanos y madre

[Los cuatro hermanos con nuestra madre (foto tomada en enero de 1945 en Hinojosa del Duque)]

 

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