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FÉLIX JURADO

Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández



 

  TERCER CAPÍTULO: LA GUERRA (SEGUNDA PARTE)


Pocos días después de la muerte de mi abuela, trasladaron a mi padre y a toda la sexta brigada del frente de Andalucía a los frentes de Madrid. Mi padre y otro de Hinojosa, cuando llegaron a la estación de Madroñil, como sabía que nosotros estábamos cerca de allí, intentaron de quedarse en la estación y cuándo se fuese el tren venirse con nosotros, pero fueron poco precavidos: en la cantina que había se metieron en el patio y los fusiles los dejaron en un rincón, y cuando el cantinero vio que se iba el tren salió con los fusiles diciéndole a los soldados que se los dejaban allí olvidados. Cuando el tren llegó a la primera estación ya los habían detenido a ellos la vigilancia que había en la estación y los llevaron presos a la cárcel de Ciudad Real. Aquello fue casi seguro su salvación y la del otro, que se llamaba Camilo, porque mientras estuvieron en Ciudad Real entró su batallón en combate y murieron muchos. Nosotros nos cambiamos a Rebascos y allí, con aquella familia empezamos nuevas amistades, el hombre se llamaba Manuel, nosotros le ayudábamos a hacer lo que hacía en la huerta, y de lo que se criaba en la huerta nos daba.

Mi hermana María en aquel campo ya no volvió a tener fiebre, seria algún polen que había en el otro campo.

Como he dicho antes, yo le ayudaba a aquel hombre en las faenas del campo y mi hermano se cuidaba de andar con las lechonas, que eran ya bien grandes. Él las llevaba a un arroyo que había cerca, y yo ponía trampas para coger pájaros para ir comiendo. Algunos días, cuando íbamos a Hinojosa, si podíamos llevábamos algunas docenas de pájaros para venderlas; también cogíamos peces en un arroyo, yo metía las manos en las cuevas debajo de las piedras y cogía de esta forma los peces. Un día vino a vernos nuestro tío Casildo y le dije "tito, ahí en el arroyo hay peces, ¿quiere que vayamos y cojamos unos pocos, y se los lleva usted para que los pruebe la tita, que a ella le gustan estos peces pequeños fritos?"

Fuimos, y cuando una de las veces que metí las manos en las cuevas me pegó una comadreja un bocado en un dedo y me lo atravesó de parte a parte. Me salía mucha sangre, mi tío cuando vio lo que me pasó dijo "vámonos y que se jodan los peces". Yo le dije "espere que coja otros pocos". Cuando cogimos como un kilo nos fuimos. El dedo me dolía pero ya no sangraba, como que lo tuve metido en el agua se corto pronto la hemorragia. Mi tío se llevó los peces para las parcelas, que es donde ellos estaban.

Al poco tiempo de estar nosotros allí, estando un día mi hermano con las cochinas en el arroyo, vio venir a un hombre que venía por la orilla del arroyo, vino corriendo al chozo y nos dijo "por allí lejos he visto un soldado que viene para aquí".

Cuando mi madre lo vio nos dijo "¿no lo conocéis? Es papa". Salimos corriendo y llorando de alegría a su encuentro. No podíamos contener las lágrimas. El vino como la vez primera, se iba voluntario y voluntario se venia. Yo pienso muchas veces, no sé si me equivoco, que mi padre, desde el día que le dieron a mi madre los guardias civiles con el sable en el brazo, hasta ocho meses después de terminada la guerra, para los que se terminó, no estaba tranquilo. Ya hablaré de la tranquilidad que tuvo. Cuando llegó mi padre a la casa que estaba al lado de donde teníamos el chozo, donde vivíamos nosotros, saludó mi padre al matrimonio y mi madre le dijo este es mi marido. Ellos se quedaron en la casa y nosotros nos fuimos al chozo. Mi padre se quitó la ropa que traía puesta, y la que traía interior la tuvimos que quemar de los piojos que traía. Entonces había piojos para los militares y los paisanos, y si no había bastante con los piojos también vino sarna. A mi padre le gustaron mucho las cochinas y pensó que las podíamos dejar para criar y comprar un cochino para hacer la matanza, y así lo hicimos. Mi padre allí empezó a arreglar zapatos. Fuimos mi madre y yo un día al pueblo y nos trajimos las hormas y las herramientas que tenía en casa. Mi padre fue a ver al Leoncio, que estaba cerca de allí, y le dijo que si tenía zapatos para arreglarlos, o si sabía alguien que quisiera que le arreglara los zapatos. Así empezó a arreglar los que la gente le iba trayendo, la gente que estaba por aquellos campos. También hizo algunos nuevos para los agricultores. Les decía que le dieran garbanzos, harina o aceite y con eso no pasábamos hambre en la guerra. Lo malo fue la postguerra. Mi padre, cuando vino la vez primera del frente, le dijo a mi madre que la guerra la perdían los rojos, cuando vino la segunda vez lo veía mas claro todavía. Decía que había muchas ventas y poca disciplina. La prueba era lo que él hacía, porque hubo a quien por hacer lo mismo lo fusilaron. Pero a él se lo tenían guardado para ocho meses después de terminarse la guerra. Que fue como dije anteriormente como quedó tranquilo. Quería decirlo mas específicamente cuando llegue el final de la guerra. Pero esto no podía contenerlo. Cuando mi padre estaba allí con nosotros se fueron unos porqueros a otro sitio, y la choza que allí dejaban, que era cerca de donde estábamos nosotros, era más grande que en la que estábamos. Le dijo mi padre a Manuel que si no le sabía mal que nos fuéramos a la otra choza, el otro le dijo "por mí haced lo que queráis, ya sabes que aquí tendréis de lo que se cría en la huerta"; cuando mi padre le arreglaba los zapatos a ellos no les cobraba nada. Un día de los que fuimos mi madre y yo al pueblo, porque mi padre no iba al pueblo, no quería que lo vieran, vimos al padre de mi padre aquel día, le dijimos que mi padre estaba en el campo con nosotros. Mi abuelo le dijo a mi tía Evengelista, que era con quien estaba mi abuelo, que se quería venir un poco de tiempo con nosotros para ver a mi padre. Se vino y cuando se vieron fue un valle de lágrimas. Como que cuando se murió mi abuela, no se enteró hasta después de su muerte, mi padre tenía el remordimiento de no haber visto a su madre muerta.

Fue un drama cuando se abrazaron. El tiempo que estuvo allí mi abuelo hizo mucho frío, un día cogió un erizo y lo mató, lo echó al fuego y cuando le quitó los pinchos que tienen parecía un lechoncillo y lo frió. Que bueno estaba, decía él, se lo comieron él y mis padres.

Allí había una cañada; mi abuelo nos decía a mi hermano y a mí "vamos a beber agua, que esta muy clara". Nos tendíamos en la orilla y bebíamos agua a buza. Eran los tiempos que no estaban las aguas de los arroyos, cañadas y ríos contaminadas. Pero había guerra, aquel invierno era en 1938. De tanto frió que hacía se quedaban helados los pájaros, nosotros veíamos donde se acostaban los trigueros y después al otro día íbamos y cogíamos los que se habían helado. Entonces había muchas clases de pájaros, perdices y conejos. Mi abuelo, como que hacía tanto frió, nos dijo: "el día que regreséis al pueblo me voy con vosotros, que allí en el Majuelo no hace tanto frió", y se fue otra vez con su hija.

Unos días después de irse mi abuelo, tenía las trampas puestas para coger pájaros, cuando fui a verlas había cogido con una un perdigón. Se la había llevado bastante lejos pero no se escapo. Un día iban mi padre y mi hermano hablando de las liebres, mi padre le decía a mi hermano Flugencio: "¿si tu vieras una liebre que harías?" No se lo había terminado de decir cuando le dijo esto (se había tirado al suelo que había una acostada): "Papa, papa, cógela que no se vaya". Cuando íbamos mi madre y yo al pueblo, mi padre nos preguntaba que ambiente había por el pueblo.

Nosotros le decíamos que ya había mucha gente por sus casas, y milicianos que habían traído a su familia. En casa de la Encarnación la del Ramo había una familia de Adamuz, tenían un hijo, Rafael que cantaba muy bien. En la casa de la Antonia la Valenciana estaba la mujer de un comandante. Rafael era un año mayor que yo y cuando fui a la mili lo vi en Sevilla; estaba en La Maestranza y parque de artillería, que fue donde yo hice la mili. Después no he vuelto a saber nada de él ni de su familia.

Su canción favorita decía así:

De Pozoblanco venimos,
batallón de Villafranca,
de pegarle a los fascistas
una carrera muy larga.
Los canallas se pensaban
que estaban en Puertollano
y las minas de Almadén
las tenía en sus manos.
Al otro día siguiente
anunciamos un ataque,
les cogimos prisioneros,
les matamos un comandante,
les cogimos fusiles, tanques
y ametralladoras,
ya además las municiones,
la mantas y las cantimploras.
Corrían como puencos
y los plantamos en la chimorra.
Calla Queipo, so borracho,
qué has puesto tú en la frontera,
que con la unión proletaria
con España no hay quien pueda.

Una buena copla para que se hubiese cumplido, pero fue todo lo contrario. Mis padres fueron un día al pueblo, y como que mi padre no tuvo ningún obstáculo cuando vinieron nos dijeron nos vamos al pueblo. Así lo hicimos. Nos despedimos de Manuel y su familia y yo no volví a ir más por allí ni a saber nada más de ellos.

De Leoncio hace años que me dijo uno de Belalcázar que había muerto. Cuando estuvimos en casa mi padre puso allí su zapatería, y entre los militares y paisanos tenía trabajo. Mi hermano sacaba los cochinos y yo iba con la burra a por leña y hierba, algunos días a poner las trampas. Un día vino Rafael, el que cantaba lo de Pozoblanco. Vinimos y cogimos una docena y media pájaros. Cuando nos veníamos para el pueblo, iba un miliciano para donde estaban los frentes, nos vio los pájaros y quería que le vendiéramos media docena, nosotros le dijimos que no. Nos ofreció siete pesetas de plata, que estas servirían cuando termine la guerra, pero le dijimos que eran para una mujer que estaba enferma. Cuando se fue el miliciano me dijo Rafael, por cada peseta de esas nos hubiese dado el comandante que viven en ca la Antonia la Valenciana cinco pesetas por cada una, aquel comandante era un pájaro. Decía que él tenía de comprar una pistola que tenía que pagarla con plata. Sabía que los billetes no iban a servir cuando terminara la guerra y quería recoger toda la plata que tenían los vecinos, que no eran tan incautos como él creía.

Un día fui a Monterrubio con una carga de cántaros y me quedé una noche en un campo donde se había ido mi tío Casildo de porquero, y allí comí lo que no había comido nunca, y no lo he vuelto a comer: lechón cocido con leche. Por allí cerca pasaba una máquina de tren blindada. Que le decían el Cuervo por lo negra que era.

Esa máquina siempre hacia el recorrido por aquella vía.

Los cántaros los vendí como me costaron.

Las mujeres me tenían que dar pan a cuenta de lo que valían los cántaros. Porque a la gente de fuera sólo nos vendían un pan. Fui en la guerra y varias veces después de la guerra también.

Una temporada estuvimos yendo los muchachos al Cerrocuete a por leña y allí había soldados de fortificaciones, nos dijeron si queríamos traerles de Hinojosa algunos encargos, les dijimos que sí. Nos dieron algunos las cantimploras y le comprábamos lo que nos decían que había que comprar sin cartillas de racionamiento.

Huevos, gallinas, vino o aguardiente. Nos daban algún duro para nosotros, también comíamos rancho del que hacían para ellos. Allí conocí uno entre ellos que se llamaba Sebastián.

Vino a vernos a mi casa y después que volvimos a salir a otro campo, esta vez porque quisimos. No fue porque dieron la orden de evacuar el pueblo. Allí fue la ultima vez que vi a Sebastián y a otro que iban de traslado.

También había visto en el Cerrocuete a los dos catalanes que había visto hasta entonces. Porque después hace cuarenta años que estoy viviendo en Catalunya. Uno se llamaba Rafael y el otro Cisquella; el Rafael, por lo que me enteré, murió puesto de pie en una trinchera diciendo "¡Fascistas, no tiréis que soy Rafael!" Hicieron una descarga y lo mataron.

Fueron tantos miles sin saber sus familiares donde quedaron muertos. En los frentes las liebres y los perros se comían a gente que quedaba muerta por los campos de batalla. Los enterraban muy someros. Algunos ni eso.

Se pudrían donde los mataban. Ya diré donde los vi yo. Cuando nos fuimos la ultima vez al campo, yo dije que no fue porque dijeron que se fuese la gente; pero lo que hicieron para que la gente se estuviera en los campos fue poner en el campo dos o tres sitios para dar el pan. Uno de los sitios era en el lote de ropero. Allí cerca había una familia conocida nuestra. Nos dijeron "si os queréis venir donde estamos nosotros hay un chozo que está vacío". Nos fuimos, así estábamos cerca de donde repartían el pan. Allí podían estar los cochinos comiendo por aquellos campos, ya estaban las cochinas preñadas y también teníamos gallinas. Cuando parieron las cochinas juntamos una piara. La primera que parió, parió diez, la otra parió después, solo parió dos. A la primera le dejamos ocho para criarlos, decían que diez eran muchos. La que parió dos, cuando estaban para destetarlos pesaban dos arrobas, cuando los cochinos los otros después de destetarlos pesaban de veinte a treinta libras (la arroba son 25 libras). La última que parió, sólo hizo aquella cría; como que allí comía todo lo que quería, allí se amachorró.

No quedaba preñada. Un día que vino mi abuelo, que también se había mudado; ellos a otro lote, ellos estaban en el lote de la niña de don Tomas. Mi abuelo le dijo a mi padre que aquella cochina estaba perdiendo el tiempo, como que si la matábamos en el chozo se echaría a perder toda la carne, lo mejor que podíamos hacer era venderla. Yo le decía si la venden, cuando se termina la guerra no servirá el dinero, pero ellos decían que aquello eran habladurías de la gente y la vendieron. Les dieron 500 pesetas, una fanega de trigo y un ovillo de cáñamo que pesaría un kilo, no sé donde habría ido aquel hombre a por aquel ovillo tan gordo.

Yo nunca había visto un ovillo de cáñamo tan gordo. A mi hermano y a mí nos dio un gran disgusto al vender la cochina. Nos quedamos con la otra cochina y los lechones, que los fuimos matando conforme nos hacía falta. Los zapatos que hacía mi padre eran ya todo a cambio de garbanzos, harina, aceite o vino, por eso en la guerra no pasamos hambre. En ese campo fue donde mejor estuvimos, lo malo es que a mí me dieron fiebres palúdicas, que no me quedaron fuerzas ni para estirar las gomas del tirachinas. Y no había Tepel, que eran las pastillas que mandaban para esa fiebre, tuvo mi padre que ir un día a Belalcázar, y unos soldados le dieron unas cuantas, eso me salvó de las fiebres aquel año. Que después cada año me dieron hasta que fui a la mili, que fue cuando las pude desterrar. Allí, cuando había bellotas, podíamos coger las que queríamos, no había guardas ni Guardia Civil que nos las quitara. Cuando no había allí íbamos unos cuantos muchachos cerca de las primeras lineas de fuego. Tan cerca que veíamos a los fascistas paseándose en las trincheras en las que ellos estaban. A nosotros nos dijeron unos milicianos: "si nos traéis algún pollo o chorizo, os ayudamos nosotros a coger bellotas". Así, cuando íbamos y les llevábamos un pollo o un chorizo, y veníamos con los burros cargados de bellotas.

Hasta que un día nos dijo un oficial que cómo teníamos valor de ir hasta allí, si un día había un combate nos podían matar, que no fuésemos allí, tan cerca de las trincheras. Ya cuando íbamos nos quedábamos más atrás, aunque cogiéramos menos. Veníamos un día de recoger bellotas, cuando sentimos mucho ruido y eran unos aviones que se venían peleando. Era que traían a uno de los fascistas, y cuando hacía por volverse le tiraban los otros con las ametralladoras. Nosotros dejamos los burros y corrimos a un pozo. Nos metimos en un pozo, en una piedra que tienen los pozos por allí que le dicen un marrano. No sé porqué le darán ese nombre. Estuvimos allí hasta que vimos que estaban lejos de nosotros. Ya hablaremos más de las bellotas, que de eso hay para escribir un libro, del valle de las bellotas. La quinta de mi padre la movilizaron unos meses antes de terminar la guerra, él era de la quinta del 19. Dieron la orden que los oficiales no fueran de momento. Los oficiales eran los que tenían algún oficio, que no fuera el campo. Él era zapatero. En el pueblo hicieron una cooperativa de su oficio y tenían que ir todos los días al pueblo a trabajar. Pero al poco tiempo de irse los otros de su quinta recogieron a los oficiales, a él se lo llevaron al Guijo, desde allí venía los fines de semana y traía algunos zapatos de los oficiales que tenía allí y se los arreglaba en el chozo, con eso venía todas las semanas. Un hermano de mi padre que se llamaba Flugencio, venía al chozo y si mi padre tenía vino le daba alguna vaso y se comían una tapa de chorizo o lo que tuviésemos. El hijo de mi tío se había ido con los fascistas.

Era el que yo vi cuando iba vendiendo los pucheros, unos días antes de venir los mineros de Pueblonuevo. Estaban él y sus primos y tío con las escopetas en la azotea. Es mi primo Justo.

Yo, aunque mi padre y mi tío hablaban de él, de aquello nunca le dije nada a nadie.

Mi tío le decía a mi padre que como que su hijo no escribía lo habrían matado, porque había quien escribía por la Cruz Roja. Mi padre le decía "tu hijo no ha muerto. Ya vendrá cuando termine la guerra". Y así fue. A los dos primos de mi primo y a su tío los mataron los rojos. Y mi primo y un primo suyo se fueron con los fascistas. Si no se hubiesen ido seguro que los hubieran matado, porque lo que yo vi no le di ninguna importancia como un niño que era, los verían los del pueblo que estaban por la plaza. Después diré algo del primo de mi primo que le decían el Gato.

Cuando escribo esto ya había muerto, murió en 1988. Vaya pieza que fue. Mi padre, cuando estaba en El Guijo, empezaron a preparar la ofensiva que iban a dar los rojos, que se llamaría la ofensiva de Extremadura. Aquellos hombres estuvieron por todos los campos más de un mes, hasta que empezó la ofensiva el día 5 de enero de 1939. Yo, como había tantos hombres y tanques sentía algunos que decían "si tenemos que dar la ofensiva no sé que están esperando, que aquí nos vamos a morir de frío". Había un muchacho con quien íbamos a por las bellotas, que se llama Manolo y de mote le decían "Pinchauvas". Cantaba muy bien. Un día le cantó coplas a unos tanquistas, y el cocinero le dio una barra de chocolate. Él la partió y me dio a mí la mitad; el cocinero dijo: "eso lo hacen los buenos compañeros"; le dijo "dásela toda a ese" y le dio otra para él.

No sé si vivirán, hace mucho tiempo que no sé nada de él ni de su hermano. Después volveré a hablar de los belloteros. Otro día que fuimos a por bellotas.

Allí había hombres para aquella ofensiva, de Hinojosa a El Viso y de Belalcázar a Villanueva del Duque, esos fueron los que yo vi.

Algunos decían que la plana mayor del mando estaban en Almadén del Azogue. Yo no he visto nunca tanto ejército como el que había allí. Un día cogieron una liebre que corría entre tantos hombres, yendo de un lado a otro hasta que la cogieron. Si aquella ofensiva no hubiese sido cómo muchas de las que hubo en aquella guerra, una venta. Hubiese llegado hasta el estrecho de Gibraltar y Portugal.

Lo que es lo mismo, la batalla del fin del fascismo en España.

Pero con mandos fascistas en un ejército rojo no se puede ganar una guerra. Fue una ofensiva preparada para matar a muchos hombres, y así tener menos que fusilar cuándo se terminó la guerra. Ya estaban preparando una paz horrorosa que tardó pocos meses en llegar. Nosotros nos enteramos la noche de antes de que iba a haber la ofensiva al otro día, por un miliciano que vino al chozo donde estábamos nosotros. Aquel hombre estuvo llorando y diciendo que tenía dos hijos de la edad nuestra y ya no vería mas a su familia. Le habían tocado las tijeras para ir a cortar las alambradas de las primeras líneas fascistas. No sé qué sería de aquel hombre. Cuando empezó a amanecer al día siguiente, empezó la ofensiva. Nosotros, cuando nos despertamos, ya oíamos el cañoneo, más tarde empezaron a pasar aviones de los rojos para el frente, iban las pavas y los cazas que les decían moscas. Cuando fui a por el pan a la casa que lo daban, había allí milicianos que decían que los nuestros ya han roto las líneas de fuego de los fascistas y van avanzando. Pero como eso era una venta, como he dicho y lo diré mil veces. Habían roto el frente entre Sierra Trapera y Cabeza Mesada, en vez de haberse llevado el frente por delante con las fuerzas que tenían. Lo hicieron a trozos y se metieron o los metieron en un callejón sin salida. Se dejaron Pueblonuevo en poder de los fascistas, como la mitad de los frentes, y hubo parte del ejército que tomó parte de la ofensiva que llego hasta Azuaga; digo el ejército que tomó parte, porqué más de la mitad se quedó por todos aquellos campos sin tomar parte en la ofensiva. Se los llevaron entre los campos que hay entre El Viso e Hinojosa, y después los dejaron de Hinojosa hasta donde estaba la segunda línea de los rojos para darse una idea de como fue aquello. Para tomar el peñón de Peñaroya tuvieron que matar los milicianos al capitán que iba al mando de ellos, porque cuando estaban cerca del peñón con los hombres que habían muerto el capitán los hacía retroceder y así entre para adelante y para atrás se hubiese cargado a todos los hombres que llevaba, lo tuvieron que matar a él porqué vieron lo que el tío quería hacer. Después de la guerra me dijo a mi mí tío Alfonso, que se quedo con los fascistas, que en el peñón sólo había un teniente y un asistente y dos ametralladoras. En Pueblonuevo, para que pensaran que había muchos soldados se pusieron los balillas (que son los muchachos falangistas) a tocar los tambores y trompetas y por eso pasaron fuera de Pueblonuevo.

Aquello fue porque los mandos que tenían los rojos muchos eran fascistas. Por eso se dejaron muchos sitios cortados, en vez de avanzar se entretenían en los campos pasando frió y mojándose, porque llovía por aquellas fechas. A algunos les hacían que se trajeran las piaras de ovejas de los pueblos que habían tomado, como sabían los mandos que aquello lo iban a dejar pronto dirían "nos llevamos las ovejas y así podremos comer carne hasta que termine la guerra". Que fue una venta lo dicen hasta los que estaban con ellos.

A mí me dijo un hombre de los que estuvo con ellos en aquella ofensiva por la parte de Extremadura, que allí tuvieron muchas bajas, y un teniente que estaba con él le decía "a mí me quedan dos balas, y antes de que nos cojan una para ti y otra para mí". Aquel hombre me dijo que no tenían ni municiones ni comida. A los rojos los hicieron parar en un sitio y de allí no avanzaban. Allí estuvieron unos días hasta que vino refuerzo de los fascistas. Entre ellos muchos moros, que fue a los que hicieron atacar en primera fila. Hubo una carnicería, los moros que iban delante cayeron a miles. Los rojos tuvieron también muchas muertes, hasta que llegaron a las trincheras que tenían antes. Los fascistas y los rojos se quedaron cada uno en sus trincheras hasta el fin de la guerra. Aquel hombre también me dijo, aunque yo ya lo había oído muchas veces, que ellos tenían mucha disciplina y mucho miedo de pasarse con los rojos porque alguno que lo había echo le fusilaron a los seres más queridos. Y cuando rompieron los frentes tuvimos el valor cuatro muchachos de ir a por bellotas donde las había que eran entre las dos líneas: la de los rojos y la de los nacionales, como decían ellos, pero nacionales éramos todos. No creo que la nación fuese de unos pocos. Fuimos por la parte por donde esta la Molina de Casto Aparicio y la virgen de la Antigua. Allí vi los hombres muertos que había dicho que sus familiares no sabían donde estaban. Si no, ya que los hombres no los enterraban, hubieran ido sus familiares a hacerlo.

Aquellos dos muertos que vimos nosotros cada uno estaba detrás del tronco de un chaparro. No eran de aquella ofensiva, estaban consumidos, estaban entre las dos líneas; a lo mejor se quisieron pasar de un bando al otro y los mataron y por eso no los habrían enterrado. Aquel día me acordé del hombre que estuvo llorando en nuestro chozo, el que tenía que ir a cortar las alambradas; pensé que si le tocó de ir por allí, él no tuvo que cortarlas, porque por allí fueron los tanques los que se cuidaron de hacer aquel trabajo. Estaban las piquetas y los alambres todo echo trizas. Allí había muchas bellotas en el tiempo que era, ya hacía tiempo que estaban en el suelo; así nos ahorrábamos el trabajo de varearlas, pero cuando nosotros llegamos era media tarde, cuando tuvimos hechas las cargas ya era casi oscurecido, nos tuvimos que quedar allí una noche.

Había muchos milicianos y nos dijeron de donde habíamos venido nosotros. Le dijimos que de un campo que esta mas allí de Hinojosa y se fueron. Al poco vinieron ellos y otro que era un comisario de brigada. Nos dijo "¿vosotros qué buscáis aquí?" Le dijimos todos a coro "bellotas". Vosotros estáis aquí para iros con los fascistas, nosotros le dijimos que éramos rojos. Nos dijo ya podéis iros para donde esté vuestra familia. Nosotros ya habíamos estado hablando con unos milicianos que están en la Casa de la Molina, eran de Hinojosa, los conocíamos. Le dijimos al comisario que aquella noche nos íbamos a quedar en aquella casa, que había unos hombres que conocíamos, él nos dijo "venid conmigo", y fuimos a la casa y le pregunto a los que le dijimos que nos conocían. Así nos pudimos quedar aquella noche, que por cierto dormimos pocos. Nosotros teníamos poca comida, porque en casa no pensaban que nos quedaríamos una noche por ahí.

Cuando fuimos a la casa después de terminar de coger todas las bellotas, nos dijeron los milicianos "si queréis comer rancho tomad este plato y vais ahí que está la cocina y que os den". Fuimos y el rancho era fideos de los gordos. Cuando nos pusimos a comer había uno que tenía un estómago de bestia. Cuando empezamos a comer nos decía el muladal (Son las tripas de los muertos que están debajo de los chaparros.). Otro y yo dejamos de comer.

Cuando nos acostamos, uno de los que estaban allí de Hinojosa y vio que nosotros no comimos, vino y nos dio un trozo de pan y jamón. Antes de que nos quedáramos dormidos, se liaron a cañonazos por la parte de Monterrubio, eran baterías rápidas, duró mucho rato el cañoneo y ya poco sueño teníamos, ninguno, todos los milicianos estuvieron hablando de por qué se habían liado a cañonazos a aquellas horas. Nosotros callados como ratas y más miedo que vergüenza por haber ido allí, lo mismo estarían nuestras familias, por habernos dejado ir allí.

Al otro día, cuando hicieron el desayunó, que fue leche condensada, nos dieron para beber, después nosotros emprendimos el camino para nuestra choza. En aquellos olivares había muchas aceitunas caídas en el suelo; algunas estaban allí del año de antes, pero como que los burros que llevábamos iban cargados, no cogimos ninguna. Cuando llegamos a otra casa que estaba cerca del camino, allí había muchos soldados, nosotros les dijimos "salud, camaradas", alguno nos devolvió el saludo y continuamos nuestro camino. Cuando llegamos al Cerrocuete allí los milicianos que había nos dijeron unos que qué llevábamos, nosotros les dijimos que bellotas, ellos nos dijeron que por allí no había ni una bellota, les dimos un puñado para que vieran que eran bellotas. Nos preguntaron dónde las habíamos cogido, les dijimos que entre las dos líneas. Nos dijeron si les dábamos unas pocas y ellos nos daban una cajetilla de tabaco, nosotros que fumábamos los cuatro por aquello que decían que para ser hombre había que fumar. Les dimos las bellotas que ellos quisieron coger y nosotros fumamos como murciélagos.

Nosotros seguimos nuestra marcha. Le echamos el rodeo al pueblo y cogimos la carretera de El Viso. Fuimos al lote que estaba Manolito; en su chozo partimos las bellotas, de allí cada uno nos fuimos a nuestro chozo. Los burros que habíamos llevado, uno era de Manolito y la otra era la burra que teníamos nosotros, la que nos dejaron los del comité cuando nos fuimos a las Picarazas. Ya hablaré de la burra mas adelante.

Cuando llegué al chozo en que estábamos me dijo mi madre que cómo habíamos tardado tanto, que ella pensaba que vendríamos el mismo día. Yo le dije "no sabe usted lo lejos que está eso, cuando llegamos allí sólo tuvimos tiempo de coger las bellotas, esta mañana temprano hemos salido de allí, mire que hora es". Yo traje más de una fanega de bellotas, que de buenas que eran nos comimos nosotros más que los cochinos, estaban un poco duras, pero cocidas estaban muy buenas. Entonces nosotros teníamos la cochina que nos quedó y hacía pocos días que había parido, tenía seis lechones, que eso nos valió un pan de avena como dicen por allí cuando te saca una cosa de un apuro. Esa nos valió a nosotros cuando termino la guerra. Ya lo veremos después.

Mi padre seguía en el Guijo, cuando aquella ofensiva, estuvo unos días que no los dejaron salir de donde los tenían; después cuando dieron los fascistas la contraofensiva, como me dijo aquel extremeño y yo lo sabía, cada uno volvieron a las trincheras que tenían y mi padre volvió a venir los fines de semana. El primer día que vino le dijo a mi madre, pero ya delante de nosotros, "esto a sido una venta más y un matadero de hombres", también le dijo a mi madre "si vienen los fascistas vosotros no corráis, quedaros aquí que si a mí me llevan al frente y puedo me paso con ellos". Pero él no sabía lo que le esperaba… Si no, en vez de irse donde estábamos nosotros y después al pueblo, si no hubiese ido a Francia porqué estaba muy lejos, sí a la sierra.

Si hubiese muerto no hubiese sido, como pronosticó la Pasionaria, atado como un borrego. Esto lo puedo escribir hoy por los años que tengo, estoy curado de espantos, si no me pasaría lo que me paso en el año 1943, qué me tuvieron que internar en Córdoba en un psiquiátrico, ya volveré a escribir de ello. Cuando mi padre se iba para el Guijo, yo iba con él y llevaba la burra y lo acompañaba hasta Villararto, desde allí me decía "¡vuélvete, hijo mío", y él se iba andando hasta su destino. Por eso mi sombra pienso que es la de mi padre, aunque no existe: es él que me viene acompañando; cuando yo muera dejaremos los dos de existir. Un día de venir de llevarlo o mejor dicho de acompañarlo hasta Villararto, en un chozo que había cerca del camino, me empezaron a llamar una familia que había allí, y cuando fui me dijeron "niño, ¿tú sabes leer?", yo les dije "muy mal".

Me dijeron que si quería leerles una carta que era de su hijo que estaba en el frente y ellos no sabían leer. Allí había un matrimonio mayor y otra mujer más joven que era la madre de dos niños que había allí, uno de diez años y otro de mi edad. Después he pensado que a ellos les harían lo que me hicieron a mi, enseñarlos a rezar y no a leer. Les leí la carta como pude, me dieron las gracias. Esos que ayer nos enseñaron a rezar y no a leer fueron los antepasados de los que quieren libertad de enseñanza, quien no los conozca que los compre. Un día vino la hermana de mi madre, que también se había mudado de sitio y estaban en el lote de Romero, nosotros como había dicho en el de Ropero. Mi tía Antonia le dijo a mi madre: "¡Hermana!, tú no te has enterado de lo que dicen" y ella le dijo "¿qué es lo que dicen?" Mi tía le dijo que los socialistas quieren que se termine la guerra, pero los comunistas no quieren. Mi madre le dijo a un hombre que estaba cerca de donde estábamos (aquel hombre pasaba por allí, era uno de los tanquistas que cuando dieron la retirada volvieron a un cercado que había allí), mi madre le dijo aquel hombre: "mire usted lo que viene diciendo mi hermana, que los socialistas quieren que se termine la guerra, pero los comunistas no quieren".

El le dijo: "Señora… los comunistas no tenemos ganas de que termine la guerra, tenemos hambre, pero con el triunfo nuestro y que estos niños no sean unos esclavos de ellos. Yo para mí, si no muero, y mi esposa, no tendremos muchos problemas. Ella es costurera, yo soy mecánico y no tenemos familia". Aquel hombre era madrileño. Cuánto me hubiese gustado hablar con él si no lo mataron como él decía, con el triunfo nuestro. Pero después de lo que vio en la ofensiva del día 5 de enero de 1939 poca esperanza tendría. Lo que dijo que los críos seríamos unos esclavos no se equivocó, a muchos nos fusilaron los padres y nos hicieron irnos de la tierra que nos vio nacer. La guerra, como decía mi tía, se iba a terminar en las trincheras. La guerra de matar muchas personas duró muchos años. Diré, antes de seguir más, que en la ofensiva del 5 de enero cuando hicieron la retirada, de los rojos murieron muchos hombres, pero si no es por los tanques que hicieron dos filas... los milicianos se tuvieron que venir protegidos por los tanques.

Vaya encerrona que les metieron. De la Guerra Civil española 1936-39 se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo, de distintas formas y opiniones. No sé si buscando lo que haya de verdad en cada una se podría hacer un rompecabezas de la verdad. Lo que yo quisiera es que ninguna generación ni presente ni futura volvieran a ver una guerra civil, como la que vimos los de aquellas generaciones, ni civil ni de ninguna clase de guerra, que sólo las vean en películas o las lean en libros, yo ya no quiero verlas ni en película.

Ya pienso que he leído bastantes libros de guerras, y no pienso leer muchos mas, si cuando termino de escribir esto, si puedo olvidar, que no creo, lo haría de no volver a leer estas atrocidades que hacen los hombres que quieren gobernar a los hombres, que son otros hombres menos inteligentes. El día que les dijeron a los milicianos que había en los frentes que habían entre Hinojosa y Pueblonuevo, los frentes que iban de Extremadura y Andalucía, que la guerra había terminado, que podían irse a sus casas, que pocos pensaron que sus casas iban a ser los campos de concentración, cárceles y muchísimos los cementerios. Yo aquel día me levanté, desayuné, saqué la cochina y los lechones y me los llevé al arroyo para que comieran hierba.

Después de irme, vinieron dos muchachos, Sebastián y Manolito, que eran con los que íbamos a por bellotas muchas veces. El día que se acabó la guerra (en Hinojosa fue el día 27 de marzo de 1939) venían para que fuese yo con ellos a por bellotas, y como que no estaba en el chozo fue mi hermano con ellos. Ese día fueron para los Tagarrosos, a media mañana se empezaron a sentir tiros por la parte de los frentes, yo me vine al chozo con los cochinos y le dije a mi madre, no siente los tiros que están sonando. Me dijo que sí, y como solo la vi a ella y a mis hermanas, le pregunté dónde está Fulgencio, me dijo que se había ido a por bellotas. Le dije mira que si pasa algo, porque ellos tenían que ir a por las bellotas cerca de los frentes. Mi madre me dijo no les pasará nada. Me volví otra vez con los cochinos al arroyo, serían las doce de la mañana poco mas menos, ya vi venir milicianos, unos campo a través. Llevaban fusiles y cartuchera, algunos, y otros nada. Los primeros que pasaron cerca de mí les pregunte qué pasaba. Que ya habían pasado muchos milicianos. Los primeros me dijeron que iban con permiso, yo no me creí que pudieran ir tantos de permiso y por medio de los campos. Cuando vi venir otros cuantos, me fui hacia ellos y les volví a preguntar que por qué pasaban tantos milicianos, y uno me dijo "se ha terminado la guerra". Entonces me fui al chozo a decirle a mi madre que me habían dicho los milicianos que se había terminado la guerra. Mi hermano sin venir. Cuando vino nos decía: "hemos visto a los fascistas y nos han dicho que nos viniéramos para nuestra casa. Nos tuvieron parados en una casa donde estaban ellos, y nos preguntaron si habíamos visto pasar a los rojos, nosotros les dijimos que iban corriendo para aquel cerro. También nos dijeron que cuando viéramos venir unos con boinas coloradas y otros con los pantalones muy anchos del culo eran los fascistas." A los de los pantalones muy anchos del culo decía mi hermano que eran los moros con la chilaba. Encerré a los cochinos y les echamos de comer y no los sacamos más aquel día, y menos cuando a media tarde vimos venir a los fascistas, los de las boinas coloradas y los pantalones anchos del culo como decía mi hermano. Los moros llevaban unos cuantos borregos, parecían pastores, y nosotros pensamos cualquiera deja los cochinos sueltos para que vengan otros y se los lleven. Aunque a los moros les prohiben comer carne de cerdo, a los españoles no. Empezamos a desconfiar de los fascistas, nuestra razón tuvimos por lo que nos vino después. Mi madre, cuando vio unos pocos soldados que pasaron cerca del chozo, se echo a llorar. Aquellos eran todos españoles. El sargento que iba le dijo a mi madre: "¿Por qué llora usted señora, si ya se ha terminado la guerra?"

Mi madre le dijo "es que está por ahí mi marido y no se si le habrá pasado nada". Él le dijo "no le ha pasado nada, ya vendrá". Aquel hombre no se equivoco, mi padre vino al otro día, cuando le dijeron que la guerra había terminado y cada uno se puede ir a casa. El vino campo a través para llegar a donde estábamos nosotros. Todo aquello lo pudo hacer sin que lo cogieran, como cogieron a tantos miles de los que tiraron el fusil y salieron corriendo. A mi padre lo cogieron unos días después, cuando ya estábamos en el pueblo, estando sentado y haciéndole a mi hermana María unas sandalias. Se quedaron sin terminar. Ya diré las próximas páginas quien fue a detenerlo. Yo, la tarde que vinieron los fascistas me fui al chozo de otros muchachos que estaban cerca del nuestro. Uno de aquellos muchachos se llamaba Leopoldo Acedo Barbarroja. Aquel murió con 23 años. Aquel, otro hermano suyo y yo nos fuimos a ver unos milicianos que venían. En dirección contraria a la que habían llevado por la mañana.

Entonces ya los traían prisioneros, los traía una pareja de guardias civiles y ellos serían unos 40 hombres. Algunos decían si fuésemos de por aquí cerca nos podríamos quedar por aquí y irnos a nuestras casas. Aquéllos como mi padre y otros muchos no se esperaban lo que les iba a pasar. Aquellos los llevaron a los campos de concentración que hicieron en Valsequillo, la Granjuela y los Blázquez.

 

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