FÉLIX JURADO
Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández
DECIMOTERCER CAPÍTULO:
EN EL PANTANO DE SAU (II)
(EMIGRACIÓN - TERCERA PARTE)
Después de los hombres que vinieron de Hinojosa y después de estar aquí mi familia, empezaron a venir mujeres jóvenes de Hinojosa. El día 12 de marzo de 1950 vinieron tres. Dos eran hermanas; se llaman Emiliana y Lucía Escobar Fernández, y la otra Antonia Jurado, que aunque llevaba mi apellido, si somos parientes los seremos muy lejanos. De las dos hermanas, hoy una es mi cuñada, y la otra la madre de mis hijos.
Mi mujer se puso a servir en casa de don Manuel Sánchez, que era el pagador que teníamos en el pantano. Su mujer, doña Pepita, que paría más que una coneja, tenía dos muchachas de criadas. Una era la que hace muchos años es mi mujer, y hacía las labores de la casa. La otra era la que se cuidaba de los críos. Esa era la Antonia Jurado. Eran las criadas de entonces, y hoy son las señoras de sus casas. Ellas ganaban 125 pesetas al mes, y malcomidas, y tenían que estar al pie del cañón desde las siete y media de la mañana hasta las once y media o doce de la noche.
Mi mujer estuvo allí unos 14 meses, y después se fue con una señora mayor que tenía un hijo que hacía de secretario judicial en el juzgado de Vic, y allí ganaba mi mujer 200 pesetas a lo primero, y tenía menos trabajo y mejor comida. Después, cuando se casó el hijo de aquella señora y tuvo su mujer su primera hija, le subieron a mi novia de entonces y mujer de ahora a 275 pesetas al mes. Cuando nos hicimos novios y empezamos a tocarnos las partes húmedas, ya dijimos: "Que le den por saco al pecado por la jodienda y vamos a aprovechar lo que podamos".
Cada semana venía yo del pantano a verla, a ella y también a mi familia. Las noches que me quedaba en Vic dormía donde estaba mi madre y mi hermana, pero si los señores de donde estaba mi novia sirviendo se habían ido a Barcelona, que de allí eran, aquella noche nos llenábamos de hacer el amor a nuestras anchas, pensando en poder estar juntos para siempre. Para nosotros ya se había terminado aquello de que eran pecado el comer y el follar. Sobre todo el follar, que eso era cosa nuestra.
De aquello nadie se podía llevar la ganancia, nada más que nosotros, que éramos los que hacíamos el trabajo. Si no hubiese tenido trabajo, yo no hubiese tenido hijos, pero ya se iban poniendo las cosas mejor.
El primero en casarse de nosotros fue mi hermana María. El novio que tenía en Hinojosa era hermano de mi mujer, por eso se vinieron ellas a Vic, porque mi hermana le dijo que si querían venir le buscaría casa para servir. El hermano de mi mujer se fue de Guardia Civil, y entre que decían que los civiles no se podían casar con aquellos a quienes hubiesen fusilado los padres, y que la que sería mi cuñada Emiliana le escribió a Carlos (que así se llama el hermano) diciéndole que la María salía de paseo y se le acercaban muchachos, cambiamos de pareja. yo me casé con su hermana, mi hermana se casó con uno de Vilanova de Sau. Cuando se casaron se fue mi hermana allí, con la madre de él y otros hermanos que estaban solteros.
El novio de mi hermana María se llama Pedro Creus Codina; ya volveré a hablar de ellos. Diré con quién se quedó mi hermana Carmela en Hinojosa cuando se vino nuestra madre: se quedó con la madrastra de mi madre, que vivía por debajo de donde vivíamos nosotros. Se llamaba María, y era de Dos Torres. Ya, cuando se casó con mi abuelo José después de morir mi abuela María, no quisieron que mi madre y mi tía Antonia se quedaran con ellos. El que se quedó fue mi tío Alfonso, porque le hacía de pastorcillo.
Mi hermana Carmen se quedó hasta que le buscó (como ya dije anteriormente) mi madre un lugar donde colocarla. Cuando estuvimos aquí todos ya cada uno se quedaba con lo que ganaba. Yo ya tenía algo ahorrado. Cuando vinieron ellos yo le dije a mi madre: "Ahora yo le daré lo poco que pueda ir ahorrando para que usted me lo vaya entrado en la cartilla, y así podré casarme algún día". Entonces era yo el que más ahorraba de los hermanos.
Como en el pantano ya había comedor, que nos costaba la comida 7 pesetas y se comía regular. Lo que se gastaba más en comer era algo para el desayuno, y medio litro de leche que compraba algunas noches, y algún tabaco que fumaba, pero poco. También cuando venía a Vic, si iba al cine; y le daba algo a mi madre para que comprase comida para el día que estaba yo con ella. Eso fue cuando estaba ella atendiendo a la Clara y Siset. Yo creo que con 26 años que tenía entonces había cumplido con mis hermanos y mi madre lo que decía mi padre en su testamento, o sea, en la carta que nos mandó desde la cárcel.
Vuelvo a como iba pasando mis días en el pantano antes de casarme. Cuando estaba en el compresor se fue el encargado de los mecánicos, el Obispo. Llevaron a un mecánico de Vic para que se cuidara de la maquinaria; se llama José Molist. Entonces no nos conocíamos, y ese está casado con una hermana del que sería y es el marido de mi hermana Carmen, que estaba con él de aprendiz en un pequeño taller que tenía Molist en Vic.
Le dijeron que si quería ir al pantano a hacerse cargo de la maquinaria, y le daría muy buen jornal. Cuando vino, fue un día al compresor donde yo estaba: me encontró leyendo una novela y me dijo: "En el trabajo no se lee; suelta esa novela". La solté mientras estuvo él allí. Cuando se fue pensé: "Termina lo que te queda de leer y no leas más, que este tío viene con cara de pocos amigos". Al poco rato, cuando me di cuenta, lo tenía en la puerta del compresor y me dijo: "¿No te dije que en el trabajo no se lee?" Le dije: "Si pasa algo, ya lo noto por el ruido; estaba terminando de leer esto". Me dijo: "Ahora vendrá uno y tú te vienes conmigo; verás como no lees". Al que mandó allí era un hombre de unos 50 años que se llamaba Zafra: ese fuel el primero que dejó allí su vida, pero no el último. Después lo pusieron en un cabrestante para subir los vagones por un plano inclinado, y aquellos vagones los vaciaban en el cauce del río; él hizo el peralte al lado contrario del cauce del río para que los vagones no se fuesen a caer al río. Cuando estaban balanceando la vagoneta para que se vaciara, se volcó para el lado en qué estaba él, y lo aplastó. Murió en el acto.
Ese día yo estaba en el taller, y cuando dijeron que a Zafra lo había cogido una vagoneta debajo, cogí una camilla del botiquín, que estaba al lado del taller, y salí corriendo para el río. Cuando estaba cerca de donde estaba el Zafra, que ya lo habían sacado de debajo de la vagona, me dijo uno: "No corras, está muerto". Le dije: "Toma la camilla, que yo no quiero verlo muerto". Todavía tenía, y pienso que la tendré siempre, la sangre bailándome en el cerebro.
Ya que estoy hablando de muertos: mientras estuve yo allí murieron tres: Zafra, que era andaluz, y dos gallegos; uno se llamaba Pardillo y el otro Julio. Todos esos murieron después de venirse Molist de allí, y después de venirme yo murieron 9 o 10 más.
El primer día que Molist me llevó con él estuve montando una pequeña machacadora que trajeron. Uno tenía que hacerlo todo a fuerza bruta, allí. El me decía: "Coge esa pieza, tú que eres valiente". Cuando tomamos confianza el uno con el otro le dije: "José, ¿para qué me quitó del compresor? ¿Para que haga musculatura?". Me dijo: "Conmigo aprendes más que en el compresor". Pero no estuvo mucho tiempo para enseñarme cosas. Lo primero, que no le pagaron lo que le dijeron; lo segundo, que cuando iba los sábados a Vic a su casa tenía que ir con el Portet en el camión, y si iba don Manuel, él (como yo, si también iba) tenía que ir en la caja. Me dijo: "Poco frío voy a pasar yo en este camión". Además, unos día después de haberme dicho aquello, nos pusimos a cambiar una tubería de las que llevaban el viento a los martillos de barrenar y se le escapó una llave de cadena. Me dijo: "Félix, aquí no me quiero yo matar". Aquella misma semana se fue, y ya no volvió más por allí. Después, cuando hable de mi cuñado Jordi, lo volveré a mentar.
El siguiente encargado que trajeron allí se llamaba (cuando digo se llamaba es porque no sé si vive o no) César Yáñez. Allí le pusieron "el Cayote". No era ni bueno ni malo; para mí, más bien lo último. Estaba casado y no tenía hijos. Cuando vino él fue cuando se empezó a montar la maquinaria más fuerte. Me tenía para ir con él a montar la maquinaria; yo, de mecánica, entendía poco, pero de fuerza tenía mucha. Digamos que yo era el burro de carga.
Empezamos montando toda la maquinaria de la zona de machaqueo. Después, un compresor Holma que podía llevar tres o cuatro martillos de barrenar. Luego, dos hormigoneras, cada una de las cuales hacía de cada vez un metro cúbico de hormigón. Después pusimos un cabrestante en un plano inclinado, que, con la vagona que bajaba llena, subía la vacía. Aquello nos dio bastante ruido hasta que se quedaron como tenía que estar, aunque mientras funcionaban siempre se descarrilaba alguna, y teníamos que tirar la pasta al suelo para encarrilarla.
Casi todos los encargados de allí habían sido militares, y habían tenido algún que otro cargo en la guerra: unos con los rojos, otros con los fascistas. El César estuvo, según decía, arreglando aviones en la zona roja; otro (Ramón Díaz) de comisario, también en la zona roja. Los fascistas no tenían de esa clase de mando: don Manuel Sánchez era capitán de regulares, y pidió una permuta para venir a llevar la administración del pantano, porque su hermano era uno de los socios (no sé si sería también militar). El hermano de don Manuel se llamaba Eliodoro (Sánchez), y el otro socio Manuel Mendoza: de las iniciales de esos dos viene HELMA, el nombre de la empresa.
El que vino después de llevar yo allí bastante tiempo se llamaba Manuel Caramer; aquel sí fue militar. Sería como yo cuando hice la mili. A aquel también lo bautizaron: como estaba siempre mamado le decían "el Capitán Bodegas". Ese tenía allí dos hijos y la mujer. Con el César trabajé mucho tiempo. Con él podía hacer todas las horas que quisiera, pero ese no ponía ninguna gratificación. Se podían hacer muchas horas, pero sin él, porqué si no era una cosa que no la pudiésemos hacer los que trabajábamos a sus órdenes, el César, cuando era la hora, se iba a su casa, cuando tuvo allí a su mujer, y cuando no se iba a donde paraba él, que ellos dormían y comían a parte de nosotros, para eso eran nuestros mandos.
Un día que vino una riada, de las muchas que venían entonces, se llenó de fango el pozo en que estaba la alcachofa de la bomba de suministro. Eso sucedió en vísperas de unas Navidades. Me mandó a mí a que sacara el tubo de la bomba. Era un tubo en que cogían 40 o 50 litros de agua, y en la alcachofa también cogían 10 o 15 litros. Aquello era bastante pesado. Tuve que llamar a uno de los que estaban trabajando allí cerca. Cuando la sacamos, quité la alcachofa, cogí el tubo después de medir el trozo que había que cortarle y lo llevé al taller para que me lo hicieran. Cuando estuvo aquello terminado era ya media tarde, y como yo le había dicho que quería irme a Vic a pasar el día de Navidad y san Esteban, que aquí en Cataluña se celebra esa fiesta, me dijo el buen César: "Félix, como estarás dos días en Vic, ¿por qué no te quedas subiendo agua esta noche, que hay poca en el depósito?" Así lo hice. Aquella noche subí dos veces a ver el depósito, si caía bien el agua.
Aquella bomba era hidráulica, y si fallaba una válvula caía el agua a golpes, pero fue bien toda la noche. Cuando la paré por la mañana me fui a Vilanova de Sau, y en una camioneta que llevaba la leche de los payeses, o, mejor dicho, de las vacas de los payeses, me fui con ellos a Vic. Allí pasé el día de Navidad y san Esteban, y al otro día, cuando llegué a la obra, un tal Márquez, que estaba en el taller, me dijo: "Por burro tienes otros dos días de fiesta". Aquel era uno que decía que hizo la mili en la marina, y allí aprendió a mecánico. Tenía el habla gangosa, y más que pelota era globo. Ese fue el que le calentó la cabeza al César diciéndole que yo era un burro, y cuando monté la alcachofa de la bomba la había roto apretándola. Yo le decía al César: "¿Usted cree que si la alcachofa se hubiese roto la hubiese yo podido cebar, con el agua que coge al tubo? Eso es que le cortamos un trozo al tubo cuando se fue moviendo fue dando la alcachofa en la pared del pozo y se rompió". Pero como lo que yo decía, siendo la verdad, no valía, me dijo: "Tienes dos días de arresto sin trabajar". Yo le dije: "¿Es que arresta a la gente como si esto fuese la mili?" Pero el hijo de su madre, después que me hizo trabajar la Nochebuena, me pagaba así. Yo le dije: "Ahora me voy a los barracones a por la maleta, y cuando venga don Manuel que me dé la cuenta y me voy de aquí". Pero cuando me iba del taller a buscar la maleta, el encargado, que estaba en la excavación (se llamaba Manuel Ribas, era de la provincia de Almería, de Alcolea), me dijo: "¿Dónde vas, qué te ha pasado con el César? El ya lo sabía de sobra, y le dije lo que me había dicho el César, y que iba a por la maleta para irme. Me dijo: "No te vayas, que ya te apuntaré yo esos dos días, y luego, si no quieres estar con él te vienes conmigo". Me convenció porque pensaba lo que tuve que andar para encontrar aquel trabajo, que aunque no era ninguna bicoca, era mejor que nada. Yo lo pensaba así, pero mi compañero de fatigas Francisco González Guevara, cuando vino de Hinojosa, cuando fue él solo a ver la familia, al poco tiempo se fue a otro pantano, que le dicen Susqueda, que está cerca del pantano de Sau y en el mismo río, y de allí volvió al poco tiempo a Hinojosa, y allí sigue, ya jubilado.
Yo, después de cumplir el arresto, el día que fui a trabajar fui al taller y le dije al César: "Maestro, ya estará usted conforme, que he cumplido el arresto. Me voy a la brigada en que está Manolo Ribas, a trabajar allí". Me dijo: "Tú has cumplido el arresto y te quedas aquí conmigo". Tuve que ceder una vez más, por él y por la cuenta que a mí me tenía, que mejor era estar en el taller y reparando averías que estar cargando vagones de piedras a mano. El Ribas no cumplió lo que me dijo de aquellos dos días que no trabajé: no los cobré. Con el César era yo como el coño de la Bernarda. Como decía un maño que estaba en el almacén, que me decía: "Tú eres como los polvos de talco, que para nada sirven y para todo aprovechan, y lo mismo fríes una camisa que planchas un huevo".
Se lió un temporal de lluvia de los muchos que se liaban en aquellos tiempos, no como ahora, que tan poco llueve. Tenían que estar las bombas de agotamiento trabajando noche y día. Me dijo el César: "Félix, quédate esta noche en el cuenco, que no se pueden parar las bombas, para ir agotando aquello". Me quedé, y a media noche veía que el agua estaba a punto de saltar la presa que hicieron para desviar el río, y como yo solo no podía sacar uno de los motores, que tenían agotando el agua, quité el pequeño, que era de diez caballos, pero el de 15 caballos de donde estaba metido no podía sacarlo, y fui a donde dormían los cocineros y les dije que si querían venir para sacar un motor al que iba a cubrir el agua. Me dijeron: "Ahora no vamos nosotros a ponernos chorreando, que le den por culo al motor". Me fui al cuenco y al poco rato vi como el agua cubría el motor. Me metí donde estaba la bomba de suministro, y cuando se empezó a hacer de día ya había dejado de llover. Cogí leña, hice fuego y me sequé la ropa. Cuando fue la hora del desayuno fui a la cocina a desayunar y me dejo uno de los cocineros (Adolfo Tello, el ranchero mayor): "¿Sacaste el motor? ¡Vaya horas de venir a despertarnos". Le dije: "Yo todavía no me he acostado. No sé ni cuando me podré acostar. Yo, de juerga, sólo he perdido una noche entera en el tiempo que tengo, pero noches de trabajo con su día correspondiente, en Sau he perdido más de cuatro".
Cuando vino el César, le dije lo que había pasado. Me dijo: "Pues allí hay que llevar otro motor, que aquello hay que agotarlo. Tenía otro motor en el taller. Me dijo: "Dile a Ribas que te dé dos hombres y bajáis este motor. Montaremos la bomba allí fuera, donde se pueda". Fui a por dos. Aquel motor teníamos que bajarlo por un terraplén, porque si lo hubiésemos hecho por la vereda que había para bajar al río hubiésemos echado medio día. Los dos que me tenían que ayudar, con el miedo que les daba ir por allí, no hacían fuerza. Les dije: "¿Queréis ver que lo bajo yo solo?" Eso era lo que ellos querían oír. Fui al taller a por un tubo de unos dos metros y un trozo de alambre, y amarré el tubo al asa del motor, y a rastras y a saltos bajé el motor.
Luego, para subir el que se había mojado, entre cuatro por la vereda, echaron toda la mañana. Aquel lo tuvieron que llevar a Vic para que le secara el embobinado, y luego siempre se calentaba. Uno tenía que estar siempre al cuidado, y cuando se calentaba mucho, se tenía que parar hasta que se enfriaba. Como dije anteriormente, el César, cuando tenía prisa de hacer una cosa, podíamos trabajar todo lo que el cuerpo aguantara, pero gratificación no ponía ninguna, por lo menos a mí.
En la zona de machaqueo decían que iban a poner dos relevos, y allí les daban poca cosa, 25 céntimos por vagona que echaban a los que llenaban los vagones y a los que estaban en las máquinas (los 25 céntimos eran para repartir entre todos). Le dije al César: "Maestro, cuando pongan en la cantera el otro relevo que dicen, ¿por qué no me pone usted a mí en la zona de machaqueo? Allí se gana algo más, y yo me quiero casar pronto y tengo poco dinero". Me dijo: "Pues no te cases". Le dije: "Si no lo sabía, me tengo que casar porque tengo la novia gorda".
Cuando pusieron el otro relevo me mandó allí. El que estaba al cargo era un paisano de Ribas; ese se llama José Sanz Oña; también es un poco tarta. Los dos tartas que conocí allí eran lo mismo de pelotas. El, mientras hacía buen tiempo, hacía el relevo de la noche sin decir nada de cambiar, para ir una quincena de día y otra de noche, pero cuando empezó el frío le dijo al César que quería que fuésemos cada uno una quincena de día y otra de noche. Cuando me lo dijo a mí el maestro, como le decíamos, le dije: "Eso, ¿de quién sale, de usted o de José?" El me dijo: "De José, que dice que de noche hace mucho frío". Yo le dije que lo hubiese dicho cuando hacía buen tiempo, que entonces estaba mejor de noche que de día. Así, cuando haga buen tiempo, cambiaremos". Yo no sé lo que hablarían ellos, pero hasta que no empezó el buen tiempo no empezamos a cambiar.
Voy a contar otra anécdota que me pasó otra Navidad. Todas estas cosas que me pasaron en vísperas de Navidad era antes de casarme. En esta que voy a contar ahora hacía que no nos pagaban tres quincenas, y el día de Noche Buena, aquella noche nos pagaron, pero se ve que no tenían las cuentas arregladas, y como el primero que tenía que cobrar era el cantinero, el Angel Font, ese se sentó en la oficina con don Manuel y los oficinistas, eso era antes de poner el comedor, fue la segunda Noche Buena que yo pasaba allí; la primera fue la del cura, en diciembre, con el frío que hacía, sin comer nada más que lo poco que comíamos al mediodía, y eran las 9 de la noche allí en cola más de 200 tíos que estábamos allí entonces porque allí hubo temporadas que estuvimos hasta 500 hombres. Yo estaba hacia el medio de la cola, y le dije a los que estaban delante: "Entrad uno y decidle si nos van a pagar o nos vamos, que aquí nos vamos a quedar helados y desmayados que estamos". Uno de los primeros me dijo: entra tú, valiente". Le dije: "Quita de ahí y deja que entre yo". Le di un empujón a la puerta y entré sin pedir permiso ni nada, y le dije a don Manuel: "Nos van a pagar o nos vamos, que estamos helados y desmayados, aquí". El me dijo: "Salte fuera". El salió detrás de mí y nos dijo que le teníamos que dar las gracias que nos iban a pagar aquella noche sin ser final de quincena. Ya dije que anteriormente nos debían tres quincenas, con aquella. De tantos hombres que estábamos allí, sólo uno, cuando dijo don Manuel que no tenían terminado de arreglar las cuentas, le dijo: "Le voy yo a comprar una calculadora, y así otro día tendrán a su hora arregladas las cuentas".
A los dos que hablamos dijo don Manuel que nos iban a dar la cuenta, aunque a nosotros no nos dijo nada, yo me enteré aquella misma noche por el que fue a darle las buenas noches al cura en el confesionario el año que fuimos a la Misa del Gallo (se llamaba Hipólito y estaba en la oficina) que entró en la oficina porqué yo se lo dije al primero que estuvo de oficinista que también era andaluz y cuando se lo llevaron a Madrid antes me dijo: "Paisano, si sabes escribir bien y de cuentas te propongo para que te quedes en la oficina". Le dije: "Qué más quisiera yo, pero díselo al paisano Hipólito, que ese sí que sabe". Así fue como entró el Hipólito en la oficina.
Aquella noche me dijo: "Tú que tan poco hablas, ¿cómo se te ha ocurrido eso?" Le dije: "Ya estaba harto de estar allí esperando". Me dijo que le había dicho que nos preparasen la cuenta, también me dijo: "Ahora que van a poner el comedor, y yo estaba mirando si tú querías ponerte de cocinero". Como a nosotros no nos había dicho nada, cuando pasaron las fiestas fuimos a trabajar y me dijo el Ribas: "Si fuese por cosas del trabajo, le diría yo a don Manuel que no te echase, pero en eso no puedo decir nada".
Pero después se lo pensaría don Manuel que teníamos razón, y le dijo a los de la oficina que no nos arreglaran la cuenta. Y allí seguí hasta que pasó un poco de tiempo y nos echaron casi a todos cuando pararon el pantano.
Yo, antes de casarme, le dije a mi madre y a mi novia: "Si vosotras, que estáis aquí en Vic, podéis encontrar algún piso que podamos pagarlo cuando nos casemos, buscaré yo por Vic algún trabajo, y nos quedamos en Vic". Pero no pudimos encontrar ni una habitación. Yo, viendo que nos teníamos que casar y detrás vendría nuestro primer hijo, un día vi al ingeniero y le dije que si de las casas que estaban haciendo para los casados me podía dar una, que me iba a casar. Y me dijo: "Dile a Caramer que de las seis que están haciendo ahora te dé una cuando las terminen. Se lo dije a Caramer, y me dijo: "Dime la que quieres de las seis". Elegí una de las de en medio de las tres que miran hacia la torre de la Confederación. Cuando nos casamos ya faltaba poco para terminarlas, y a donde estaba mi madre se habían llevado a la Clara y a Siset al asilo, y nos quedamos en la habitación en que habían estado ellos. Yo fui a ver a la dueña de aquella casa para que nos arrendara el piso, y no quiso, no sé qué creían que éramos los castellanos, como nos decían seamos de la región que seamos, y me dijo que lo que no tenía yo que tener allí a mi mujer porque nos iba a denunciar y nos iba a echar a la calle lo que tuviésemos allí.
Fuimos a ver al secretario judicial con el que mi mujer estuvo sirviendo en su casa, y nos dijo que hasta que mi mujer no diera a luz no podían echarnos de la casa. Cuando le faltaban unos día para dar a luz, caí yo con gripe. Me dieron la baja y me vine a Vic, y cuando estuve mejor cambiamos los muebles que teníamos nosotros a la casa en que estaba la hermana de mi mujer sirviendo, que había hablado ella con la familia que estaba allí, para que nos dejara una habitación, no fuese que mientras estuviese mi mujer en el hospital nos echaran los cuatro muebles que teníamos a la calle. El mismo día que nos cambiamos a la calle de Araima en una casa que tenían un taller de costura y corte y confección, la maestra era Concepción, que era una de las dueñas de donde estaba mi cuñada Emiliana.
Aquella madrugada estaba yo soñando que se caía mi mujer de la cama. Cuando me desperté le dije: "Luci, estaba soñando que te caías de la cama". Me dijo: "Lo que me parece es que estoy de parto, que me están dando dolores". Como le iban en aumento, me dijo: "Llama a mi hermana y a la Concepción". Ellas ya nos tenían dicho que si pasaba algo fuésemos a llamarlas. Mientras yo fui a llamarlas, se levantó y se vistió mi mujer porqué cada vez le daban los dolores más seguidos.
Cuando vinieron la Concepción y mi cuñada, dijo la primera: "Coge la maleta con la ropa que tienes preparada, e iros enseguida al hospital". Nos fuimos mi mujer, su hermana y yo. A ella la estuvieron reconociendo. A mi cuñada y a mí nos dijeron: "Vosotros iros a la sala de espera, que no podéis estar en la sala de partos, que hay otra señora que también tiene que dar a luz". A las 7 menos cuarto de la mañana del día 24-2-1954 vio la luz de este mundo nuestro primer hijo. Nos habíamos casado el día 1-10-1953. Nos casamos en aquella fecha porque el mes anterior no nos tenían arreglados los papeles para que nos dieran 1.500 pts que daba a los que se casaban y tenían cotizado no sé cuanto tiempo a la seguridad social. En aquellos tiempos 1.500 pts costaba mucho de ahorrarlas. Con ese dinero y otro poco que pusimos, compramos la máquina de coser que todavía tenemos en casa. Le tiene mi mujer tanto cariño como el que nos tenemos nosotros, hoy como el primer día que nos amamos. La máquina es cariño de una buena herramienta, y nosotros es cariño de una pareja que nos hemos entendido bien, aunque alguna vez nos hayamos discutido por algo. Pero el amor nunca lo hemos puesto en duda.
Esto que estoy escribiendo, si no fuese por ella, no lo hubiese escrito. Yo le digo que esto que escribo está muy mal escrito, y ella me dice que yo hago lo que sé, que peor es el que sabe y no lo hace. Con esto no quiero criticar a nadie, ni ella ni yo.
Me tuve que ir al pantano, porque me dieron el alta. Mi mujer se quedó en el hospital porque nuestro hijo no quería cogerle el pecho y tenía mucha leche y le daba fiebre. Cuando tenía que ir a verla, si no era hora de visita, tenía que ir a ver al cura que estaba en el hospital a cargo de aquello. La tarde que me tenía que ir al pantano para empezar al otro día a trabajar, había estado a ver a mi mujer a la hora de la visita. Pero después, como tenía que esperar hasta que se fuera el coche de línea, volvía al hospital para volver a ver a mi hijo y despedirme de mi mujer.
Fui al despacho del cura y no estaba. Me fui a la sala donde estaban mi mujer e hijo, y cuando llegué estaba una monja rezando el rosario, y yo me quedé en la puerta de la sala siguiendo el rosario. Al terminar el rezo vino el cura, que tenía más mala leche que un cura en los infiernos, y no pude entrar a despedirme de los míos. Desde la puerta le dije adiós a mi mujer con la mano. Cuando llegué a los barracones, no sé quién le diría al César que estaba allí, el caso es que mandó a uno para que fuera a verlo. Cuando fui me dijo: "Esta noche tienes que trabajar, que ya lleva el José muchas horas trabajando". Yo le dije: "Hasta mañana no tengo yo el alta para trabajar". Me dijo: "Es lo mismo", y tuve que trabajar aquella noche.
Cuando me vio Caramer me dijo: "Ya están las casas terminadas. Toma la llave". Pronto estuvimos allí los tres. Un domingo fui con un camión que me dejó la empresa, y nos trajimos los muebles a la casita que nos dieron. Cuando nos casamos hacía 5 años y pico que estaba yo allí, y en ese tiempo, quitándomelo de mi cuerpo, tenía ahorradas 15,000 pts. Compramos el dormitorio, un armario y cuatro sillas, y nos costaron aquellos muebles 3.000 pts en can Francitorra. La paseada que hcicimos fue ir un día a Barcelona, y dormimos allí una noche. Al otro día, desde Barcelona fuimos con un autocar a Montserrat. Cuando regresamos aquella tarde a Barcelona cogimos un tren y nos fuimos a Vic. Allí pasamos los días que te daban cuando te casabas. Estuvimos después una temporada uno en Vic otro en el pantano.
Cuando ya estuvimos en nuestra casita, hice enfrente un cubierto con palos y matas, y allí pusimos animales: gallinas y conejos, que pronto criaron. Empezaron a tener envidia las otras mujeres que estaban allí. Cuando soltamos los pollos para que anduvieran por allí, les tiraban piedras: nos mataron algunos, y otros los encojaban.
Tuvimos que discutir con más de uno, hasta que ya se liaron todos a poner animales y podían andar todos sueltos. Las gallinas que juntamos eran rubias, muy bonitas. Teníamos huevos para vender y comer, y con los conejos y los pollos teníamos una buena ayuda. Comíamos los que nos hacían falta, y los que no los vendíamos.
Algunos conejos se los dábamos a un hombre que nos tría el rancho que sobraba en la cocina. A ese hombre le decíamos el Tío Bueno. Después hubo otro que también nos traía rancho; ese es un cordobés de la capital, se llama Ramón Ruiz de Valenzuela. De este ya hablaré más adelante.
A los que teníamos allí a nuestras familias, nos dejaron a cada uno un trozo de tierra, e hicimos cada uno nuestro huerto. Allí no había contaminación; lo que se criaba era todo bueno, y los críos se criaban allí como robles. El nuestro, cuando ya andaba, corría por allí como un perdigón, y a medida que se iba haciendo mayor se juntaba con otros más grandes que había, y se iban a buscar bolets. Ya los conocía cuando tenía unos tres años: ya le traía a la madre pinencas y rovellones. Le decía: "Mama, estos son buenos", y eran buenos, pero la madre entonces no quería que comiéramos bolets, porque se murió un hombre que se llamaba Marín (trabajaba en el pantano). No sé como no llevaron a aquel hombre al hospital de Vic para que lo hubiesen desintoxicado de los bolets que había comido. El paraba en una casa de payés, en el Arbor, y allí murió. Por eso mi mujer estuvo mucho tiempo sin dejarnos comer bolets.
Después de darme a mí aquella casa hicieron otros grupos. En total había 24 casas, y tenían dos habitaciones no muy grandes, y una cocina-comedor. Para hacer nuestras necesidades, había unos váteres para todos los que estábamos en aquellas casas. Si cuando tenías que defecar, si tenías mucha gana, y estaba el váter ocupado, lo tenías claro como estaba el bosque cerca. Lo hacías en el bosque.
También había una fuente para el servicio de todos, y las mujeres, para lavar, tenían un barreño, y cogían el agua de la fuente: allí lavaban como podían.
Yo, desde que llevé allí a mi mujer y a mi hijo, trabajaba los 365 días del año. Cuando la llevé allí, trabajaba en la zona de machaqueo, y allí nos íbamos relevando por quincenas el José Sanz Oña y yo. A los que trabajábamos de noche nos daban un bocadillo que era un trozo de tocino graso y medio chusco. La semana que iba yo de noche, el que estaba en la cantera de capataz se llamaba Alfonso Bruguera. Este ya hace años que murió. Estaba en Vic cuando murió. Sus padres, sus hermanos y él habían estado de payeses en una casa que le dicen las Sanglas. Está más allá de donde desembocaba la Riera Mayor en el Ter. Aquel hombre era de poca vida, o sea que con poca comida se mantenía. Cuando yo había estado en las bombas de suministro y agotamiento, estaba él con la brigada que estaba en el cuenco y me decía todos los días: "Quieres la mitad de esta comida, porqué yo no me la voy a comer toda". Lo que más comía eran las patatas chafadas y fritas con tocino, y habichuelas como decimos los de Despeñaperros para bajo, y mongetes en catalán.
El fue quien me dijo como había que hacer para lavar los caracoles. Allí, cuando estaba mi mujer, comimos muchos. Yo le decía: "A los caracoles no hay forma de quitarles la espuma, por mucho que se laven". Y me dio la fórmula de como se hacen. También él fue el que nos pagó la primera botella que yo había bebido de Licor 43. Nos la pagó un día en Vilanova de Sau. Fuimos tres o cuatro a la Fiesta Mayor y pedimos una botella de 43 y quisimos pagarla entre todos, y no quiso que pagáramos y la pagó él. Era soltero. Uno de los pocos catalanes que pagan la consumición de los otros, que a mi forma de pensar tampoco está mal que lo hagan: cada uno que se atenga a su estómago y su bolsillo. Si hubiese gloria, estarías en ella, Alfonso.
Por aquellas fechas también estaba Manolo Ribas, el encargado en la cantera. De su pueblo que es Alcolea, estaba allí la mitad. Les decíamos los corianos. Por entonces vino un primo mío al pantano. El parentesco que nos tocamos: su madre y mi padre eran primos hermanos.
Él se llama Luis Cazadilla, y me escribió desde la mili para si le buscaba trabajo, y cuando se licenciara venirse allí a trabajar y se lo dije a Caramer y me dijo que cuando viniera tendría trabajo y cuando vino lo echaron al cuenco y un día que se iba uno de los que estaba conmigo le dije a Caramer, que ese era el encargado general, que me echara a mi primo conmigo en el puesto del que se iba, y me dijo: "Díselo tú mismo, que se vaya contigo". Se vino, y cuando lo vio Ribas me dijo: "¿Quién le ha dicho a ese que venga ahí?" Yo le dije que yo se lo había dicho a Caramer, y él me dijo que allí quien mandaba era él, que se fuera mi primo donde estaba. Yo, que era tan cabezón como él, le dije: "Si este se va de aquí, ya puedes buscar a otro que se ponga en mi puesto, que yo también me voy con él". Tuvieron que intervenir el Caramer y César. Nos quedamos mi primo y yo. Cuando pasó una temporada de aquello, el Manolo Ribas, que estaba separado de la mujer y se juntó con una de Vilanova de Sau, puso una Cantina cerca del poblado obrero y le dijo don Edmundo, que era el ingeniero de la obra, que podía escoger entre la obra y la cantina, y escogió la cantina.
Los día de fiesta y los domingos, yo tenía que ir por las mañanas a hacer alguna reparación; si no era en alguna de las máquinas que tenían en la zona de machaqueo, que casi siempre teníamos que arreglar alguna, y si no ya se encargaba el César de buscarme otra cosa. Cuando teníamos que cambiar tubos que iba el aire del compresor a los martillos de barrenar porque la cantera iba avanzando, de mí era el primero que se acordaba. Había veces que no había codos; entonces, teníamos que hacer candela con leña, y cuando los teníamos bien calientes les hacíamos la curva entre dos piedras. Allí se trabajaba a fuerza bruta. Alguna vez me había dicho el César: "A talento te ganarán, pero a bruto habría que verlo". Yo le decía: "Pues usted es mi maestro". Cuando le decía: "Maestro, esto no se puede hacer", él me decía: "Tú te sientas allí y te hechas a llorar hasta que se arregle". Me lo dijo más de una vez; una de ellas fue cuando tenía que sacar la polea de un motor para hacerle otra más grande, que así decía él que tenía más revoluciones. Vaya si saqué la polea! Pero fue con un mayo, y un puntero. Le rompí un trozo, pero salió.
Como ya he dicho, escribo las cosas que me pasaron en el pantano conforme me vienen en el pensamiento, porqué si tuviera que hacerlo como fue pasando cada día, no podría hacerlo, ni lo del pantano ni nada. Otro día que estaba bajando unos paños para el Trome, que había que cambiarlos porque de pasar tanta grava por ellos se desgastaban, y unas ruedas para unos vagones, que le cogía dos metros cúbicos de piedras. Eran las piedras que sacaban de la cantera, para hacer la grava y la arena.
Pues bajando aquello se desgastó el cerodo del freno del cabrestante que estaba en un plano inclinado. Me quedé sin frenos y no pude hacer nada más que gritar diciendo: "Cuidado" una y mil veces, y el paño del trome se quedó cerca entre las piedras que había. Pero las ruedas fueron a parar al cuenco. El que no sepa lo que es el cuenco: es en el río donde termina el arranque de las presas. Cuando fui a ver al César y le dije lo que me había pasado, me dijo lo que nos decía a todos los que nos pasaba alguna avería: "¿Qué has hecho, burro?" añadió: "Ahora subes las ruedas a cuestas" Me fui al río y me echaron un par de ruedas a cuestas, y las subí a donde estaba el Luis, que era el que arreglaba los vagones. No sé cuanto sería lo que pesaba el juego de ruedas con su correspondiente eje, pero de 100 kilogramos pasaban.
El cabrestante estaba cerca de donde estaba el mirador, y desde allí al río hay un buen paseo, y cuesta arriba. Cuando subí aquel juego de ruedas, me temblaban las piernas, y sudaba más que cuando iba a segar en Andalucía.
Cuando descansé un poco, fui a ver al César, y le dije: "Maestro, ya he subido un juego de ruedas". Antes que le dijera que yo no subía el otro juego de ruedas (eran dos juegos los que se cayeron) me volvió a decir: "Pero has sido tan burro que has subido allí esas ruedas? Haberlas dejado aquí, en el taller, y las hubieran subido con un camión". Las otras las subieron otros al taller, y luego las subieron con un camión, como hacían siempre que tenían que subir algo para bajarlo en el cabrestante..
Voy a dejar de momento el pantano y hablaré algo de mi madre y hermanos. Mi hermana María, como dije, cuando se casó se fue con su suegra, que era muy buena mujer. Se llamaba Ramona, murió muy mayor, y el día que la enterraron estaba lloviendo; sino, su hijo Pedro y mi hermana María cuando llegaron a Violanova ya hubiese estado enterrada. No era esto lo que yo quiero decir. A mi hermana María y su marido, para que se vinieran de Vilanova a Vic, mi madre fue a Hinojosa del Duque y vendió la casa que teníamos allí. La vendió por 25.000 pesetas, y le dejó a ellos no sé cuanto dinero de ese para que ellos hicieran obras en un piso que le arrendaron en Vic porqué mi cuñado es catalán sino, como ya dije, a nosotros no nos arrendaban ni una habitación. Cuando echaron a mi madre de la casa en que estaban se fueron ella y mi hermana Carmen con ella, y mi hermano se tuvo que ir de patrona. Un poco de tiempo después le dio o le dejó mi madre el dinero que le quedó de la casa que vendió y se compraron mi hermana María y su marido un solar que entonces valía 12 o 14.000 pesetas, y levantaron una casa de planta baja. Cuando la tuvieron terminada se fueron a su casa y dejaron el piso. Bueno, de momento ya sabemos dónde están mi madre y hermanos; volvamos al pantano.
Cuando yo estuve en las bombas de agotamiento por las noches, había noches que tenía compañía. Eran gente de Vic que venían a pescar. Uno era un panadero que tenía la panadería cerca de la fonda de Ventura. No sé como se llama. Otro que iba con un mosquito (era una bici con un pequeño motor) se llamaba Casas, y por lo que me decía, sus padres habían sido muy ricos: los campos que hay donde hicieron el Seminario eran de ellos, y no sé cuántos más, y él porqué la casa donde vivía no la podía vender, si no se hubiese tenido que estar bajo un puente, de buen administrador que era. Para comer llevaba bien poca cosa. Yo le decía: "Un hombre tan grande (no por la edad, que sí era mayor, sino por la estatura que tenía), ¿con esa comida tiene usted bastante?" Me decía: "Si no tengo otra cosa". Yo le decía: "A usted no le gusta el rancho?" Me decía que sí, y cuando yo iba a cenar le traía un plato de rancho, y, para que pescara, le ponía una luz. Cogía barbos y anguilas.
El primer año que tuve allí a mi mujer e hijo fue el año que no trabajé los 365 días. Como dije antes, aquel año trabajé 15 días menos porque mi cuñada Emiliana se fue al pueblo y nos dijo que porqué no iba mi mujer con el niño para que lo conociera su abuela, y se fueron ellas en julio y quedamos que en agosto pediría yo unos días de vacaciones para la feria, y así nos vendríamos mi mujer e hijo y yo. Mi cuñada se quedaba en Hinojosa.
Para que me dieran 15 días no tuve que porfiar poco, sino mucho: entonces eran diez días los que daban de vacaciones oficiales. Se lo dije a César que tenía que ir a por mi mujer e hijo y quería que me dieran 15 días de permiso, y él me decía que con los 10 días que me tocaban tenía bastante. Yo le decía: "Esos días se me van en el camino. Si no me dan 15 no voy". El me dijo: "Pues mejor que no vayas".
Le dije: "Ya veré a don Manuel, y si no me los da me estaré aquí pero acostado bajo un pino". Y cuando vieron que lo haría me dijo don Manuel: "Yo creía que eran 15 días además de los 10 que te tocan".
Los días que estuve solo me se hacía cada uno un año de los nervios que tenía. Cogí un dolor de muelas que no podía ni dormir hasta que llegó el día que me fui a Hinojosa. No había ido desde que salí el 5-9-1948. Cuando iba en el tren, iba un maño que iba a ver a la novia, y cuando llegamos a Madrid los dos queríamos comprar preservativos, y como entonces pedir aquello era un pecado de los gordos, nos daba vergüenza de pedirlos, y más si quien los vendía era una mujer. Tuvimos la mala suerte que en todas las farmacias que entramos salían mujeres, y cuando nos decía qué queríamos, como no éramos capaces de pedir lo que queríamos, le pedíamos aspirinas. Nos pasó como a aquel que fue al médico con almorranas y el médico le miró la boca y después se bajó los pantalones el enfermo y se quedó mirándose los huevos y le dijo el médico: "Qué hace?". Respondió el otro: "Mirándome a ver si tengo alguna muela picada".
Dejemos los chistes y vamos a lo que íbamos. Cuando llegué a Hinojosa yo no le había dicho a mi mujer el día que iba, por eso no estaba en la plaza, que era donde hacía la parada el coche de línea. La que sí estaba, en un puesto que tenía en la plaza con tabaco y caramelos, era mi suegra. Ella fue la primera que me vio, y cuando me vio dijo: "¿Eres tú el que yo espero?" Yo a ella sí la conocía de cuando estaba en el pueblo. Las personas mayores cambian poco, pero ella más bien me conoció por las fotos que le mandábamos. Nos estuvimos saludando y me dijo: "Deja aquí la maleta, que luego vendrán las muchachas y se la llevaran". Le dije "Ya me la llevo yo". Y cuando llegué, hasta que no piqué en la puerta no supieron que estaba. Allí estaban mi cuñada Emiliana, mi mujer e hijo, y mi cuñada Sabina estaba a por agua, y cuando llegó con el cántaro en la cabeza yo le quise dar la mano, y me dijo espera que me quite el cántaro y cuando lo puso en la canterera nos dimos un abrazo y nos besamos. Era la vez primera que nos habíamos visto, siendo cuñados.
El único hermano que tiene mi mujer estaba de Guardia Civil a ese no lo vimos aquella vez. Al que vi también era al que se casó con mi cuñada Sabina. Mi cuñado Manuel Bravo Murillo, que hace 5 años que enviudó. Tenían que operar a su mujer del corazón y unos días antes que le avisaran para operarla murió de repente.
Aquel año se casaron un primo hermano y un primo segundo, los dos querían que fuésemos a la boda a la comida. A la de mi primo Jesús (el hijo de el hermano de mi madre) fuimos al convite que hacen cuando vienen los novios de la iglesia pero a la comida no fuimos porque a mi madre política vinieron los de la fiscalía y le arreglaron la feria. Le quitaron lo que tenía en la plaza y lo que tenía en la casa. Buscó mi cuñada Sabina a un vecino con un carro y sacamos lo que tenía en la casa y lo llevó a otro sitio y con aquello se nos quitó la gana de boda. Después vino la madre de Pedro José, que era la prima de mi madre (no ella, su marido), y como vivían allí cerca nos dijo venid a comer con nosotros, que lo pasado pasado está. Pedro José también murió joven, y su madre la Santos vino a morir a Palamós.
Mi hermano está casado con una hija de esta señona, la Marcela. Después hablaré algo de ellos. Aquella feria me preguntaron mucha gente si había en Barcelona trabajo para ellos; yo les decía: "En el pantano que yo estoy puede que sí, pero en Barcelona no sé". Con nosotros se vinieron dos mujeres y tres o cuatro hombres y con otro que también estaba trabajando en el pantano se vino su hermana.
El año 1954 era uno de los que cuando llegaban a Barcelona los que venían nuevos los cogían: cuando se bajaban del tren los metían en una sala allí en la estación de Francia y supongo que en las otras lo harían lo mismo y allí te pedían la documentación y si no tenías con qué justificar que estabas trabajando te metían en la cárcel y cuando tenían una expedición los llevaban de vuelta al lugar de donde venían. Muchos había que cuando podían se bajaban del tren y volvían a probar suerte. Yo, cuando nos metieron en la sala aquella le decía a un policía: "Déjenos que nos vayamos, que tenemos que ir al pantano de Sau y vamos a perder el tren que va a Vic, y tuvimos que esperar hasta que ellos quisieron, y cuando me pidieron la documentación le enseñé el papel que pedí en la oficina cuando me fui de permiso, porque ya sabía lo que pasaba. Cuando lo vieron me dijeron: "¿Quién va contigo?" Yo le dije: "Mi mujer y mi prima, y esta que también va a Vic, y ya tienen casa donde servir". Mi prima es la Josefina, una hija de la hermana de mi padre, y la otra la Manuela Ruiz y de los hombres que venían uno era Sebastián Morales y otros dos que no sé cómo se llaman se los llevaron a Monjuïc. El Sebastián fue su hermano Teodoro, que ya trabajaba en el pantano, a por él con un papel que le hicieron en la oficina.
El Teodoro se casó y se trajo a Vic a la madre, que estaba viuda; ya están los tres muertos hace años: a ellos el vino les adelantó el viaje final. El Sebastián era de mi quinta.
Cuando estuvimos otra vez en el pantano (se me olvida el que se quedó a dormir en nuestra casita. Fue un hermano de Luis; mi primo Juanito; ellos y otros dos hermanos, que son cuatro varones; la madre, que tamién murió su marido en la cárcel cuando terminó la guerra. Ella murió en Vic y ellos están en Vic. A lo que iba) yo, después de trabajar los domingos y días festivos que eran los días que hacía 8 horas seguidas de 6 de la mañana a las 2; después cuando venía a casa y comíamos tenía que ir a por leña para que mi mujer hiciera la comida. Durante la semana siguiente venía alguno para ayudarme el que más me ayudó fue Ramón Ruiz Valenzuela. Ese cuando me hecho el César de la zona de machaqueo (ya diré el porqué) siempre venía conmigo los días festivos a trabajar, y días entre semana también. Estábamos en el mismo sitio, aunque cada uno hacíamos lo nuestro. Ese Ramón tiene más fuerza que yo, por lo menos entonces: cuando venía conmigo a por leña cogía los troncos más grandes para llevarlos a mi casa, ya cuando estábamos en el trabajo en el invierno se iba antes de la hora para traer leña y hacía el fuego para los otros, porqué él poco se arrimaba a la candela. Yo le decía: "Ramón, ¿por qué vas tú a por leña si no te arrimas a la candela?" Decía: "Para que se calienten ustedes". El siempre que habla en plural dice de usted.
Diré la maquinaria que había en la zona de machaqueo y porqué me echó el César de ella. Cuando me echó había dos machacadoras, una de mandíbulas, que era la primera que se puso, y otra que hacía poco que se había puesto. Era francesa y vino un francés para montarla. Esa tenía una trompa cilíndrica y en una hora hacía, si tenía piedras, 50 metros cúbicos de grava. Había un tromes, un molino que era el que hacía las piedras pequeñas y después pasaban por una canal a una gilofera y ya salía hecha arena. Cuando trajeron la máquina nueva dijo el César: "Tened cuidado que no pase por esta máquina ningún mayo", y un día me echaron una piedra a la que en la cantera habían dado muchos golpes y no la pudieron partir. La echaron al silo, y cuando cayó en la machacadora no la podía coger. Yo me puse a partirla con un mayo; se me rompió el mango y cayó el mayo: pasó por la máquina y yo, en vez de callarme, como ya había hecho el José, que después me enteré que le había caído a él otro, lo cogí y le dije a uno de los que tenía allí: "Toma y ve al taller y dile a César que partiendo yo una piedra se me ha roto el mango y ha pasado esto por la máquina nueva". Vino el César a las máquinas y me dijo que por haber hecho aquello que me fuera a la cantera a cargar vagonas. Yo le dije: "Me voy donde usted quiera", pero no me dijo más de venir aquí. Me fui a la cantera y cuando llegué le dije al que estaba de encargado: "Mariano, aquí me manda el César arrestado para que cargue vagonas", y él me dijo: "Tú eres oficial, ¿cómo te manda aquí?"
Yo le dije: "A mí me da lo mismo hacer una cosa que otra". Me dijo: "Ahí están esos tubos que hay que hacerles rosca, házsela tú". Al otro día vino Caramer y me dijo: "Félix, vete al muro con Ramón Díaz, que tienes que repararle unas vagonas". Lo primero que hice allí fue repararle los cojinetes a las vagonas.
No sé cómo podían hacerlas andar, los que estaban con aquellas vagonas. Los cojinetes eran de rodillos y los tenían rotos y cuando se montaban los rodillos se les quedaban las vagonas paradas. Ellos le echaban grasa, pero no le hacía nada. Un gallego que estaba entre otros empujando las vagonas, cuando le arreglé la que él y otro iban empujando, la probó y cuando vio lo suave que andaba me abrazó y me dijo: "Así se puede trabajar, no como antes, ven esta noche a la cantina que te convide". Le dije: "Gracias, pero yo he hecho lo que tenía que hacer".
Allí estaba también Ramón Ruiz. Este, como tenía más fuerza que el Sansón empujaba como un mulo. Allí fue donde nos empezamos a conocer. Antes nos veíamos pero no nos habíamos tratado. El, cuando estuvo en la mili estuvo haciendo deportes de lanzamiento de pesas, y por eso tenía tanta fuerza. Es chato y tiene la nariz hundida del medio: quién lo ve piensa que ha sido boxeador. Es analfabeto, pero tiene más memoria que un elefante. Si hubiese podido estudiar sería un buen catedrático. Después que nos echaron del pantano porque lo dejaron parado, cuando volvió a ponerse en marcha volvió él otra vez y no sé cómo se salvó: dentro del túnel le explotaron los barrenos, y por la naturaleza tan fuerte que tenía no murió.
Dice que le han quedado en la cabeza dos clases de ruido, que eso nunca se le irá. El y yo, cuando terminábamos la jornada, hacíamos unas piezas para ventilación de las galerías; las hacíamos por cuenta: nos daban 50 ctms por pieza. El tenía, antes de que le explotaran los barrenos, como dije, mucha fuerza, pero era como los bueyes; iba a su paso y yo le decía: "Aligera, Ramón, que ya tengo yo otra pieza hecha"; yo las hacía y él las ponía en el tendido y les quitaba el molde. Hacíamos 30 o 35 cada noche, y cuando quedaban 8 o 10 por hacer me decía: "Tú vete a tu casa que yo no tengo prisa, ya terminaré yo estos". Después se iba a la cocina y comía, que ya le guardaba comida, y si sobraba rancho era cuando me lo llevaba para las gallinas. Como a la hora que él venía ya estábamos acostados, dejaba la lata con el rancho en el gallinero. Después hablaré de él.
Allí pusieron un economato y daban las cosas más baratas que en las cantinas. Con lo que íbamos ahorrando de aquello, del huerto y de los animales, juntamos unas pesetas para podernos comprar algún día una casa.
A mi mujer, cuando parían las conejas y quería ver los conejillos que habían parido, no se atrevía a cogerlos, le daba miedo, y cuando nuestro hijo tenía tres años o menos le decía la madre: "Felisín (que así le decíamos de pequeño, hasta que fue bien grande), ¿tú eres capaz de coger los conejillos?" El era capaz de coger los conejillos y todo lo que pillaba. Un día vino con un sapo que pesaría más de medio kilo y venía diciendo: "Mira papa que rana más grande he cogido en la balsa de Prisco". Así, cuando parían los conejos, le decía: "Mama, pon el delantal y yo te hecho los conejillos", y él los sacaba y los entraba y también se enseñó a sorberse los huevos, y cuando quería le decía: "Mama, hazme un agujero para sorberme el huevo". Yo fui quien le enseñó las primeras letras. Como a mí me pudieron enseñar tan poco quería que él aprendiera lo más pronto posible, y antes de los cuatro años ya sabía leer algo, y sabía las capitales de algunas naciones europeas y el río que pasa por París.
El Ramón le decía: "¿Cuál es la capital de Checoslovaquia?", y él decía: "Paga", porqué no sabía todavía pronunciar la r. Y el Ramón decía: "Paga y enciende". El, para ser analfabeto, sabe todos los nombres de las capitales europeas.
Donde tiraban el rancho que sobraba se criaban muchos caracoles y había noches, cuando era el tiempo, íbamos mi mujer y yo con una linterna y cogíamos 8 o 9 kilos. Por eso me enseñó el Alfonso cómo teníamos que hacerlos: hay que lavarlos bien lavados, sin frotarlos, y después ponerlos en una olla con el agua fría; cuando vayan a empezar a hervir, quitarle aquella agua y después echar otra para cocerlos bien. Los aliños que le tengas que poner se pueden hacer de varias formas.
Al que pusieron en la zona de machaqueo cuando me quitó el César a mí no duró allí ni un mes. Estuvieron hablando entre los tres gordos (el Caramer, Ramón Díaz y César) para que yo me fuese otra vez a la zona aquella y Ramón dijo que yo le hacía falta allí, que pusieran a otro. El Ramón Díaz era el que más sabía de ellos de planos y de todo. El Caramer era un borracho, y el César lo que sabía era a fuerza de años de trabajo en el orden militar: un patatero.
Así me quedé en el muro. Se fue uno que estaba en las hormigoneras y estuve yo una temporada en ellas: tenía que tener mucho cuidado que no saliera el hormigón ni duro ni blando. Si lo hacía blando venía el vigilante y me decía : "Como sigas echando así la pasta, paro la obra". Y si lo echaba duro los que tenía que destenderla me decían: "Como tú tuvieses que estar aquí destendiéndola, no la harías tan dura". Uno de los vigilantes se llama Francesc. Es de Vilanova de Sau, como los otros vigilantes. A ese le tenían que haber dado la medalla del trabajo. Estaba siempre encima de como iba aquello. Andaba más que un perro malo. Allí fue donde gané más dinero que había ganado en los otros sitios que había estado en el pantano, en el hormigón daban 50 ctms por vagona de prima, y después me ponía el Díaz 150 pts de prima a la quincena.
[Esta es la máquina en la que trabajaba durante la construcción de la presa. Foto tomada en Sau el 9-6-1953.]
Entre unas cosas y otras pudimos ahorrar para dar la entrada de una casa que compramos en Vic, que era nuestra gran ilusión. Un día me dijo Díaz: "Félix, tienes que ir, que no sé qué le ha pasado a la machacadora y me ha dicho el César que vayas, que él te dirá lo que tienes que hacer". Yo le dije: "No será para quedarme allí con aquellas máquinas como antes?" "No hombre", me dijo, y cuando fui a ver al César me dijo: "Más valía que no te hubiese quitado a ti de allí, no han tenido cuidado con el engrase y se han cargado la máquina". Le dije: "¿Y qué quiere que haga yo ahora?" Me dijo: "Llévate herramientas para la máquina y vas que te deje Mariano un hombre o dos, los que tú veas que te hacen falta, y desmontas toda la parte de arriba de la máquina, que hay que sacar toda la trompa para sacar el cojinete". Aquella máquina se engrasaba ella sola con una bomba de aceite, y si no se tenía cuidado con el nivel y le faltaba aceite, con la fuerza que tienen que hacer le pasaba lo que le pasó: el cojinete central se hizo polvo. La avería, entre una cosa y otra, costó una semana. Tuvieron que llamar al que la montó, que era francés, y cuando vino, el César quería hacerle creer que era cosa de la casa que la hizo, pero el francés le dijo lo que era, que esas máquinas, como hacían tanto trabajo, gastaban bastante aceite y no le habían echado, ese era el fallo.
Yo, cuando quedó aquello listo me fui donde estaba. En el invierno, cuando no se echaba hormigón, preparábamos hierros para cuando hacían falta, y cuando tuvimos que bajar los hierros para reforzar las compuertas que hay para desaguar el pantano teníamos que bajarlos a cuestas por las escaleras que hay por medio de la prensa. Vaya trabajito aquel. También un día íbamos otro que se llama Garpas y yo, y cuando nos metimos por la galería que estaba medio a oscuras íbamos diciendo: "Si los tuviera que bajar el Capitán Mala Cara..." (que así le decíamos a Ramón Díaz por lo serio que era). El, que estaba por allí dentro, lo sintió y nos dijo: "¿Tan malamente no me porto yo con vosotros para que me critiquéis? Buscad vosotros otra forma de poderlos bajar". Nosotros le dijimos: "Bajarlos con una cuerda por la rampa del muro". El dijo: "¿Vosotros creéis que eso puede ser? Con los alambres que hay del encofrado no bajaría ni uno".
Después, aquel mismo invierno me echó con el químico para moler el crincre para hacer cemento. Me dijo el Díaz que cuando hiciera mejor tiempo volvería con él. El químico quería que me quedara con él y me fue enseñando todo aquello: la cantidad de arena que había que revolver con el crincre para hacer el cemento, y como iba todo aquello. Cuando el Díaz le dijo que me tenía que ir con él, el químico me dijo: "Este Ramón hace lo que quiere. Ahora que ya sabes como va esto te tienes que ir con él".
Tuve que hacer otra cosa. Habían montado un cabrestante que tenía que subir un cazo que le cogía una vagona de pasta. Aquello tenía que subir por una pilastra y volcar en otra vagona. Cuando había que engrasar la polea de arriba a mí me daba vértigo, y el Ramón Ruiz era el que lo tenía que hacer; cuando veía que tardaba le decía: "Aligera". El me decía: "Sube tú". El que no lo conoce se cree que es una fiera, pero es un trozo de pan. Además de haber venido conmigo a por leña, cuando tenía allí a mi mujer también íbamos al riachuelo que está cerca de la casa Mateu, que viene de Vilanova de Sau, a coger cangrejos. Entonces había allí muchos cangrejos, y nos habíamos comido buen arroz con ellos, que le daba muy buen gusto; pero ya no hay ni cangrejos: allí lo han contaminado todo. Pusieron un puente en la presa, hecho de tubos, y trajeron una pequeña locomotora para transportar las vagonas allí. También pasé miedo: cuando pasaba se movía todo el entramado aquel de tubos que hacía el puente, y yo llevaba un pie fuera por si tenía que tirarme de aquella locomotora.
Unos meses antes de echarnos a casi todos de allí hubo elecciones sindicales. Los encofradores me votaron a mí, y salí uno de los enlaces de los oficiales. También salieron Caramer y Ramón Díaz por la directiva y otros para los peones. El día que fuimos a Vic al sindicato vertical para que nos dieran los credenciales, fuimos dos por los oficiales. Gaspar salió por los de 1ª y yo por los de 2ª, y por los peones uno que se llamaba Antonio, y por los encargados Caramer y Ramón Díaz. En el Sindicato nos estuvo hablando un tal Traverias.
Allí nos echó unas charlas y nos dijo lo que teníamos que hacer, y las horas que teníamos al mes pagadas por la empresa para si teníamos que ir allí para enterarnos de algo. Cuando salimos nos dijeron el Ramón y Caramer que a la una teníamos que estar donde estaba el camión, que lo teníamos en el Paseo, para irnos al pantano.
Yo fui a ver a mi madre y a las doce y media me fui para donde tenían el camión y allí no estaba nadie. Fui al bar de los toreros, que estaba en la acera de de enfrente, y allí estaban el Gaspar y los otros enlaces de los peones, y se estaban convidando. Tenían un porrón de vino, y cuando nos quedaba poco vino se asomó uno a la puerta y ya estaban el Ramón y Caramer en el camión. Les dijo: "Esperen un poco, que en seguida vamos". No tardamos ni cinco minutos en terminarnos el vino que nos quedaba en el porrón y cuando salimos ya se habían ido. Si les hubiesen cogido las maldiciones no hubiesen llegado a Sau vivos. Nosotros, unos decíamos de irnos al pantano andando y otros decíamos de arrendar un taxi e ir a la casa del pagador, y si él no quería pagarlo lo pagaríamos nosotros. Lo pagó de momento el pagador, porqué como a la hora que llegamos y mientras comimos aquella tarde no fuimos a trabajar, y cuando cobramos no nos pagaron aquella tarde. Se cobraron el taxi bien cobrado.
Dicen que ahora valen poco los sindicatos, pero entonces eran los chivatos de los empresarios. Si ibas al sindicato a algo, antes que estuvieras de vuelta a la empresa ya lo sabía el jefe: el teléfono andaba listo. Cuando nos volvieron a llamar para que fuéramos al Sindicato, ya no me dejó el Ramón Díaz que fuese.
Me dijo que si preguntaban por mí le dirían que estaba enfermo, que no podía aquel día dejar lo que estaba haciendo. No fui más hasta que nos echaron de la empresa.
No me quiero dejar una de las tantas injusticias que hicieron en el pantano. Un día que hizo ver don Manuel Sánchez que le habían robado el dinero de las nóminas, a muchos hombres los apalearon, y a uno (se llama Espejo) que había comprado un solar (entre él y un hermano suyo) por la parte de Barcelona y lo iban pagando en plazos, como había comprado aquello se lo llevaron a la cárcel. Después, le teníamos que recoger entre todos algún dinero para que pudiesen comer sus hijos y esposa. De aquello no se pudo saber quién fue el que lo hizo. Pero, no hace mucho tiempo (aquello sucedió en el 1957), en el 1987, un día hablando con un hombre que tenía una frutería en Vic (se llama Roses) me dijo, hablando de las cosas del pantano, que don Manuel, como iba a su casa a por la fruta que consumían los encargados y en su casa (porque a los obreros no nos daban fruta de ninguna clase), un día le dio don Manuel a Roses un paquete muy bien hecho y liado con hojas de periódico, y lo tuvo allí mucho tiempo. Ellos, por curiosidad, miraron el paquete y era un fajo de billetes; un día que fue por allí el tal don Manuel le dijo el Roses: Aquí tienen este paquete que se dejó aquí hace tiempo", y él le dijo: "Ni me he vuelto a acordar de que me dejé aquí esto". Pero al Espejo no se le olvidaría que él estaba en la cárcel por un robo que él no había hecho. ¡Cuántas injusticias hay como esta, y peores, en el mundo!
El tal don Manuel se fue del pantano a vivir a Vic unos meses antes que despidieran el primer grupo que despidieron. Quemaron muchos papeles de la oficina. Serían todos los chanchullos que tenían hechos allí y él se fue a Vic y después no sé a donde iría a parar.
Yo, como se empezaba a decir que nos echarían a todos porque iban a parar las obras, fui un día con mi mujer y nuestro pequeño a ver si encontrábamos una casa en Vic para comprar. Unas que estaban haciendo y era un cura con mejores entrañas que el que estaba en el Hospital de Vic. Estuvimos hablando y nos dijo lo que podía valer una casa de las que estaban haciendo. Sobre la forma de como pagarla nos pusimos de acuerd,o y como aquel día ya no era hora de ir a la caja de ahorros a por el dinero le dije que al otro día iría mi madre a llevarle las 25.000 pts que quedamos que le daríamos de entrada.
Yo, por no perder un día de trabajo, aunque estaba casado era mi madre la que tenía en la cartilla, como cuando estaba soltero; mi mujer podía entrar el dinero pero no sacarlo. Cuando quiso un día sacar mi mujer dinero para comprar un colchón fue a decirle a mi madre que fuera con ella para sacar el dinero y mi madre le dijo: "Yo no puedo ir ahora", y se tuvo que ir mi mujer al pantano sin comprar lo que tenía que haber comprado, y al otro día pedí permiso y fuimos mi mujer y yo. Saqué el dinero que teníamos en la cartilla e hicimos una nueva a nombre de mi mujer y mío. Del pantano como dije anteriormente nos echaron en dos veces. Primero no sé cuantos echaron.
El pagador que había allí se llamaba Torras, era catalán. De los que nos echaron segundos tengo el nombre y el tiempo que tenía cada uno y la fecha de entrada en la obra, porque como era enlace cuando fuimos dos enlaces a ver al Traverias al sindicato para que nos dijera que nos tenían que dar de despido nos dijo que si podíamos que le lleváramos una relación del tiempo que estaba cada uno en la obra, y sus nombres, y yo se lo dije a los de la oficina y el Pedro Puig Creus, como nos conocíamos bien, me dijo: "Ya te lo haré pero que no se entere el ingeniero".
Los nombres y el tiempo que estuvo cada uno y la categoría y edad de cada uno no la voy a poner porqué tendría que estar mucho rato para escribir eso, y quiero escribir otras cosas. Pondré la cantidad de los que fuimos, que son 86. 8 ó 10 se quedaron allí. Cuando estuvimos en el sindicato nos dijo el Traverias que a los que llevásemos allí más de cinco años nos tenían que dar un mes por año y a los de menos de 5 años una semana.
Nosotros le dijimos que allí decían lo que nos habían dicho los oficinistas, que a los que llevaban menos de 5 años no les daban nada, y de 5 años para adelante una semana por año. El decía que era como lo decía él, y yo le dije: "Y si no lo hacen como usted dice y nosotros queremos cobrar los días que tenemos trabajados, qué pasará?" Nos dijo: "Ponéis en la hoja no estoy conforme ni acepto el despido". El otro y yo, cuando volvimos a la obra les dijimos a todos lo que nos habían dicho en el Sindicato.
El día último que estuvimos trabajando (era el 24-5-1958) los encargados querían que quedara todo el material recogido, y la gente tiraba las cosas de mala leche. Yo estaba en un cabrestante subiendo el material del río, y viendo que nos íbamos a hacer daño trabajando de aquella forma a las 11 de la mañana dejé el cabrestante y fui a ver al César y le dije: "Maestro, yo me voy a mi casa, que no quiero hacerme daño el último día que voy a estar aquí. Ya vendré por la tarde a cobrar". Y me fui a mi casa, o a la casa en qué tenía a mi mujer e hijo. Y antes de las doce vino un gallego, que era el único que tenía allí una moto, y me dijo: "Félix, cuando tú te viniste mandaron parar y están pagando, y no dejan que pongan lo que tú dijiste de no estoy conforme ni acepto el despido, y están dándole una semana por año a los que llevan más de 5 años, y a los otros nada más que los días que tienen trabajados.
Me fui con él en la moto y ya habían cobrado casi todos, y cuando me tocó cobrar a mí le dije al Puig que tenía que poner lo que me habían dicho y me dijo que eso no quería don Ernesto (que era uno de los ingenieros de la obra) que se pusiera. Me dijo: "Pasa tú a verlo". Cuando pasé a donde estaba él estaban el Ramón Díaz y Manuel Caramer allí. Estuvimos hablando por lo menos media hora; el ingeniero me decía que en el sindicato se habían equivocado, que había estado él allí y se lo habían dicho. Yo le dije: "Si ha estado usted allí habrá hecho lo que me dijo usted un día, que la empresa mejor le daba al sindicato 50.000 pts que a un trabajador 500, porqué así no iría ninguno a reclamar.
Me desmintió que él hubiera dicho eso, ni que la empresa lo hiciera. Me propuso de llevarme a otras obras, entre ellas un pantano que hacían cerca de Córdoba, pero con contrato nuevo. Yo ya ni con contrato nuevo ni con ninguno me hubiese ido con ellos. Yo le dije: "Ya estoy procurando una casa, y así, si un día estoy en un trabajo y me echan o lo dejo, mi familia estará en su casa y no me la echarán". Me dijo: "De aquí tampoco te la echan; puedes tenerla aquí mientras quieras". Yo le dije: "Serán pocos días, si puedo".
[Sau, 14-8-1957 Esta foto fue hecha poco antes de que pararan las obras del pantano.]
De los 86 que estábamos trabajando entonces, solo 3 no quisimos cobrar. Fuimos José Sans Oña, el que nunca se puso de acuerdo conmigo cuando estábamos uno en cada relevo en la zona de machaqueo para reclamar los dos juntos que nos dieran más dinero que lo que nos daban, yo por reclamar siempre para los otros y él sabiendo menos que yo de mecánica aunque no era mucho, pero él era menos. A él lo hicieron oficial de primera cuando lo pusieron en la zona de machaqueo y yo que ya era oficial de 2ª me quedé en lo mismo. El otro era Antonio, que todos lo conocían como el Criminal y era más cobarde que una gallina. Se le fue la mujer con uno y él se quedó unos días con cuatro hijos solo y yo le decía: "Ahora puedes justificar el nombre de Criminal. ¡Córtales la cabeza a los dos cuando vengan!", pues se habían ido a Vic. El no tuvo cojones de hacerles nada, pero una mañana vino a mi casa a decirme: "Félix, que la Dolores se va a ir otra vez con ese, dile tú que no se la lleve". Fui a donde no me tenía que haber metido, pero como era del mismo pueblo que yo lo hice. El que se la llevó, o se fue ella con él, tenía 25 años.
A la puta le gustaban los tíos jóvenes. Fui a donde estaba acostado y le dije: "¿No te da vergüenza de llevarte a esa tía pelleja con los hijos que tiene, habiendo tan buenas tías en las casa de putas de Vic?" El me dijo que hacía lo que quería, y yo, que no tenía nada que ver, le pegué una hostia que le reventé un labio. Me siguió diciendo cosas, y le di otra. Le salía sangre por las narices, y cuando me salía del barracón me dijo: "Ahora voy al cuartel a dar cuenta de ti". Yo le dije: "Sígueme, que yo voy delante". El no sé si fue, yo fui y al que estaba de puesto, que era Requejo, le conté lo ocurrido y me dijo: "Tú, Félix, vete tranquilo al trabajo, que cuando venga ya lo arreglaré yo. Al cuartel no fue, fue a la oficina y pidió la cuenta. Al Criminal, cuando estuvo en Vic, se le lió la mujer con otro, y le levantaron que se quiso joder a la suegra del otro, y dieron cuenta de él y lo llevaron a la cárcel de Barcelona, y unos decían que se murió, y otros que se suicidó.
Cuando volvimos a ver a Traverias, a decirle que no nos daban nada más que una semana por año a los que llevábamos más de 5 años, él se cambió la camisa como Gil Robles y nos dijo que eso era cosa del estado, y él no sabía eso. Le dijimos entonces: "¿Para qué está al cargo de un sindicato, para engañar a la gente?", y él nos dijo: "¿Y cómo sólo habéis quedado tres? Es como tres garbanzos negros en una olla. Si queréis denunciarlo tendréis que ir al juicio a Madrid". También nos dijo: "Como es del pantano, si queréis podemos hacerlo, que si fuese aquí en Vic yo os aconsejaría que no lo hicierais porqué entonces no volveríais a encontrar trabajo". Mucho rollo y nada en claro.