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FÉLIX JURADO

Memorias de un niño de la guerra (1936-39) escritas cuando me jubilé (1989). Dedicadas a la madre de mis hijos, Lucía Escobar Fernández

 

 

OCTAVO CAPÍTULO:

EN LA MILI (PRIMERA PARTE)

El día que me vine de los Tagarrosos lo hice solo, mi hermano se quedó allí con Andrés y su hijo. Yo fui, como era costumbre, a despedirme de los familiares y conocidos para decirles que me iba a la mili. Aquello, más que para enterar a la gente de que me iba a la mili era porque la costumbre que allí había era que le daban a los quintos algún dinero. Yo junté 250 pesetas entre familiares y conocidos, me daban una peseta por lo general, y el que más tres pesetas. Tuve que andar todo el pueblo para poder juntar aquel dinero. ¡Qué tiempos aquellos, que no vuelvan nunca más para nadie!, ya hubo bastante para nuestros antepasados y nosotros.

Aquel dinero lo guardé como oro en paño, para cuando estuviera en el cuartel donde me destinasen. Llegué con él donde me tocó, el día 3 de marzo de 1945. Nos llevaron a la zona de Córdoba, donde estuvimos hasta el día 7. Esos cuatro días, dos más y yo nos quedamos en una fonda donde estaba sirviendo una vecina mía, la cual se llamaba María de los Ángeles, ella nos hacía la comida y nos cobró lo más barato que pudo. Uno de los que estaba conmigo era primo hermano suyo.

Allí nos pasó una cosa muy curiosa. Como nosotros nunca habíamos hecho de cuerpo sentados en un water, no lo podíamos hacer, y una mañana nos tuvimos que salir a las afueras de Córdoba para poder defecar, y no dejaba de pasar gente. Cuando vi que venía una persona a lo lejos, me puse detrás de un olivo y cagué una mierda que pesaba más de un kilo. Manolo y Daniel, que así se llamaban los otros dos, tuvieron que esperar otra vez hasta que no viniese nadie. A la zona teníamos que ir todas las mañanas.

Nos daban un chusco para cada uno y seis pesetas para los tres; éstas nos las daban con una moneda de 5 pesetas y una de 1 pesetas, por eso teníamos que buscar nosotros el cambio y repartir a dos pesetas para cada uno.

El día que nos fueron nombrando para decirnos a cada uno donde íbamos destinados, de Hinojosa fuimos 10 a la Maestranza y Parque de Artillería de Sevilla. De la quinta de 1945 fuimos cerca de 300. Cuando nombraron a uno de Hinojosa, al cual le había tocado donde a mí, le dije: "Paisano, vamos los dos al mismo sitio". El que nos estaba nombrando me dijo: "Como te pegue un tortazo no volverás más a hablar, grandullón". Pensé: "Pronto van a empezar a pegarnos". Cualquiera volvía a decir nada.

El día 6 nos dijeron: "Mañana a las 8 tenéis que estar todos en la estación". Los que no podían pagarse donde dormir se quedaban en la zona. El día 7, cuando llegamos a las 8 de la mañana nos fueron formando. Cuando estuvimos todos pasaron lista y nos dijeron: "Ya podéis subir a ese tren". Era un tren de mercancías, como el que nos trajo de Belmez a Córdoba; de Hinojosa a Belmez nos llevaron en un camión. El tren que nos llevaba a Sevilla se iba parando en todas las estaciones y apeaderos y podíamos bajarnos donde queríamos a comprar algo en las cantinas de las estaciones. En una de ellas, mientras unos compraban un litro de vino, otros le quitaron al cantinero una garrafa de aguardiente y entre unos cuantos se la bebieron y se pusieron que a Dios le hablaban de tú. Cuando llegamos a Lora del Río uno de ellos tiró una botella a unas muchachas que cuando vieron que íbamos tantos quintos sacaron los pañuelos y los ondeaban diciéndonos adiós. Suerte que una de las muchachas cuando vio la botella que iba hacia ella se agachó y no le dio.

El sargento que iba escoltándonos vio la botella que salía de uno de los vagones pero no quien lo hizo. Preguntó quién había sido, y como no contestó nadie nos dijo: "De aquí en adelante no quiero ver bajar ninguno más del tren, hasta que no lleguemos a Sevilla". Algunos no hicieron caso y volvieron a bajar en otra estación, y uno de los escoltas que venían con nosotros le dio a uno que era de Córdoba capital un culatazo con el fusil.

En aquel tren íbamos para varios cuarteles. Salimos por la mañana de Córdoba y llegamos a media tarde a Sevilla: para ese trayecto nos dieron un chusco y una lata de sardinas en aceite. Cuando llegamos a la Estación llamada Córdoba de Sevilla estaban soldados de cada cuerpo que teníamos que ir cada uno de nosotros. Sabíamos cada uno dónde íbamos. Cuando decían los de tal sitio que formen aquí, nos iban nombrando. Cuando ya iba cada uno para el sitio donde le tenían que llevar, le dejaban ir a beber agua en una fuente que había en la misma estación. Nos dijeron "Id formados a beber y cuando terminéis nos vamos". Después hubo algunos que empezaron a pedir para ir a hacer sus necesidades, y uno de los escoltas dijo: "De aquí no nos vamos en todo el día a la Maestranza".

Cuando terminamos de hacer nuestras necesidades nos volvieron a formar, nos contaron y nos pusieron en marcha. En poco rato estuvimos en nuestro destino, ya que no había mucho trozo de la estación al cuartel. Cuando entramos en el patio y nos vieron otros quintos que habían llegado dos días antes que nosotros empezaron a berrear. El Capitán del cuartel subió a la batería, que era donde estaban ellos, y les dijo: "Esos que están allí son hombres como vosotros, no borregos, como volváis a berrear ya os arreglaré yo", y se terminó el cachondeo. Aquellos que nos lo hicieron eran de la provincia de Cádiz y Huelva.

Nos hicieron subir a la batería, que era el dormitorio; allí dejamos las maletas y volvimos a bajar al patio, y allí nos fueron pelando al cero, que era lo que hacían entonces con los quintos y los que no lo eran, entonces te pelaban por menos de un pitillo. Allí sólo había dos barberos de los veteranos, y pidieron si alguno de nosotros lo éramos. Uno que era de Belálcazar dijo que él lo era, al primero que empezó a pelar fue a mi: más que cortar el pelo lo que hacía era arrancármelo. Aguanté un poco pero le dije: "Si tú eres barbero no termines de pelarme", y lo tuvo que hacer uno de los que estaban allí. Aquel era barbero pero de bestias, o sea esquilador; después se hizo barbero en el destacamento que le tocó: a los primeros que pelara apañados estarían.

Cuando terminaron de pelarnos nos hicieron ir a la ducha; cuando ya estuvimos arreglados nos dieron la ropa militar. Yo no había tenido nunca tanta ropa hasta entonces. Me dieron un traje para salir de paseo y hacer la guardia, un mono para hacer la instrucción, tres camisas, tres calzoncillos, tres pares de calcetines, tres pañuelos, una toalla, una bolsa de aseo, unas botas y unas alpargatas para hacer la instrucción. La ropa que llevábamos la tuvimos que enviar cada uno a su casa, nos dijeron que no podíamos vestirnos de paisano. Cuando nos pusimos aquella ropa y pelados al cero, no nos hubiera conocido ni la madre que nos parió si nos ve de espaldas; como me dijo uno de Hinojosa al que preguntaba por otro que también era de Hinojosa: "Aquí, mientras no nos veamos la cara no nos conocemos, nos han vestido de Carnaval ya que está prohibido en la vida civil". Nos costó unos días familiarizarnos con nuestro aspecto y el de los paisanos. También nos dijeron: "Si alguno tenéis dinero podéis entregarlo en la batería que os toque, y os lo guarden. Así, cuando os alga falta lo vais pidiendo, así no se os perderá". Hubimos bastante que lo hicimos, yo di 150 pesetas para que me las guardaran, y el día que nos dijeron que podíamos salir de paseo porque ya sabíamos saludar militarmente fui a sacar un poco de aquel dinero. Pero yo y otros que dimos el dinero a guardar tuvimos que estar toda la tarde para que nos dieran el dinero. Así, cuando me dijeron: "¿Cuánto quieres?", les dije: "Los 30 duros que tengo ahí" y el cabo primera que se cuidaba de aquello, me dijo: "¿Qué vas a hacer con tanto dinero, no lo vayas a perder?" Le dije: "Ya tendré cuidado de no perderlo".

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[Haciendo la mili en Sevilla (foto tomada el día 2-6-1945)]

En aquellas fechas había en Sevilla, en todas las capitales de España sería lo mismo, muchos oficiales y cuando salíamos de paseo había sitios que tenías que ir todo el día con la mano para arriba y para bajo. Cuando salí otro día de paseo le compré a mis hermanas un pañuelo para la cabeza a cada una, eran de un colorido muy bonito y me costaron cada uno 2,50 pesetas.

En aquellas fechas había muchas quintas en los cuarteles. Estaban las del 40, 41 y 42 de la zona roja, y las del 43, 44 y 45, que estos últimos no habíamos estado en filas durante la guerra. Se comía muy mal en todos los cuarteles, pero allí en la Maestranza se comía bien, en comparación con lo que decían los paisanos que estaban en otros destinos. Yo, cuando vi la comida que nos pusieron el primer día, me quede asombrado.

Como en el pueblo los que iban de permiso decían que los iban a matar de hambre, pensé que aquel día lo harían porque habían llegado los quintos nuevos. Le pregunté a un veterano que si aquella comida la ponían todos los días o si la habían puesto porque habíamos venido nosotros. El me contestó: "Esta porquería la ponen todos los días". Yo le dije: "Si esto es porquería vete a tu casa, que si no eres rico verás lo que vas a comer". Casi todos los días al mediodía se comía lo mismo, excepto domingos y festivos que ponían paella y alguna otra cosa.

El primer plato eran garbanzos, que eran muy gordos y les decían garbanzas, tenían de aliño trozos de tocino y carne y otros días también le ponía trozos de chorizo. Ponían en cada mesa una perola de diez raciones. Salían diez buenos platos; algunos no se comían todo lo que les echaban. Unos días ponían otra perola con sopa de arroz con gambas y almejas, ese era el primer plato. Lo iban alternando con ensaladilla rusa, que era lo único que se podía allí nombrar de Rusia

Había en el comedor unos carteles que decían Desconfía del que te hable de la guerra y El que muere por la patria lo recoge la inmortalidad.

De fruta nos daban lo que daba el tiempo. La ponía uno en fila en la mesa y le decía a uno de la otra mesa: "Di un numero". Así se repartía el postre. Para beber nos ponían una jarra de agua y diez vasos en cada mesa. Los domingos y festivos nos ponían otra jarra con vino.

Los obreros que trabajaban en los talleres decían que antes de la guerra comían ellos con los soldados: aquello era mejor que algunos restaurantes. Ahora no los dejaban comer allí, y bien que lo sentían.

Yo los tres meses que estuve haciendo la instrucción puse cuatro o cinco kilos. Mi madre me mandaba con una cosaria que venia de Hinojosa algún paquete, yo le dije a la Antonina que le dijera a mi madre que no me mandara nada, que se lo comieran ellos, porque yo comía mejor que en casa.

Con la Antonina mandé la ropa que traía cuando me incorpore, y también los pañuelos de cabeza que les compre a mis hermanas, y un kilo de plátanos que compré en la plaza de la Encarnación. En la actualidad no sé si existe.

En Sevilla yo vi por primera vez los nazarenos y los barcos y tantas cosas bonitas como hay allí. Pero como yo no había analizado tantas injusticias como habían echo con nosotros, prefería mas Hinojosa que Sevilla por ser el pueblo que me vio nacer.

También vi la semana santa y la feria de abril de 1945. Las dos cosas eran una maravilla cada una en su genero. No sólo vi fiestas, también aprendí la instrucción, que como yo no tengo oído para la música, me costó bastante de aprender, además de ser la peor etapa de la mili.

Fue muy larga la mili, estuve desde el día 3 de marzo de 1945 hasta el 13 de agosto de 1947. La primera fecha corresponde a mi salida de Hinojosa, y la segunda cuando salí de Sevilla. El día 7 de marzo del 45 que llegué a la Maestranza y parque de artillería de Sevilla. Y la fecha de mi regreso a Hinojosa fue el día 15 de agosto del 47.

Hubo otros que les toco de estar en la guerra, que estuvieron cinco o seis años entre una cosa y otra.

A mí cuando me llevaron le decía a mi madre: "Cuando se lleven a Fulgencio [que es mi hermano] me reclama a mí". Suerte tuvimos que se acabo la segunda guerra mundial y empezaron a licenciar quintas.

A nosotros empezaron a enseñarnos la instrucción donde estaba la tabacalera. No sé si estará todavía allí.

Cuando empezamos a saber marcar el paso nos llevaban a Pinedas. Un día, cuando íbamos a Pinedas, cogieron un lagarto, siempre que ibamos a hacer la instrucción venía con nosotros uno de los que se dedican a vender bocadillos y tortas. Cuando aquellos cogieron el lagarto, todos se acercaron para verlo porque era bien grande.

El de la cesta con las tortas también se metió en medio con los artilleros y le dejaron la cesta vacía. Cuando se dio cuenta de que le habían quitado las tortas le decía el cabo primera que venía con nosotros: "Cabo, mire, me han quitado las tortas". El cabo le contesto: "A quien se le ocurre meterse entre tantos hombres que sólo han tomado un poco de café". El pobre se tuvo que volver con la cesta vacía sin cobrar ni un duro.

Aquel cabo primera era canario y era muy guasón. Cuando nos mandaba unos cuantos movimientos y los hacíamos bien nos decía: "Romper filas. Estaros por aquí haciendo lo que queráis y si sentís la moto del capitán formáis enseguida". Estaba cerca el cuartel de caballería y también hacían allí cerca de nosotros la instrucción.

Aquellos la hacían con los caballos. Les veíamos hacer los movimientos. Se subían y bajaban de los caballos al trote. El primera nos decía: "Anda que esos con el café que se han tomado esta mañana están listos".

El día que nos pagaban las sobras (como les decían a las cinco pesetas que nos daban cada diez días) nos decía: "Cuando cobréis, el que tenga más de las cinco pesetas que vais a cobrar puede ir y echar un polvo si quiere, pero el que tenga sólo esas cinco pesetas, que las ponga en el suelo y las pise, se haga una paja y diga mira que cinco pesetas me he encontrado".

Siempre estaba de buen humor. Se llamaba Manuel. Los apellidos los olvidé tan pronto como los había aprendido, porque cuando estábamos en teórica, un día teníamos que aprender el nombre de los oficiales. Yo me aprendí su nombre y le dije: "Yo se como se llama mi primera". Me dijo: "Ya te puedes ir de paseo".

Cuando terminamos el periodo de instrucción, a cada uno nos echaron a nuestro sitio. No lo volví a ver más. Se licenciaría o lo echarían a otro destacamento.

Uno de los nombres que aprendí cuando hacíamos la instrucción en la Maestranza, fue el del capitán instructor que tuvimos. Se llamaba José Luis Escasi Campos. Había estado en la división azul. Cuando venía a donde hacíamos la instrucción nos decía: "Cundo yo diga España vosotros decís paz". Así nos tenía un buen rato.

No sé si amaba tanto la paz como decía. Y como estaba viendo que los alemanes estaban perdiendo la guerra, le temía a la quema por lo que hicieron los militares en España, y por haber estado en la división azul.

No me creo nada de los militares, porque ellos dicen que están para guardar la paz, pero la historia demuestra lo contrario.

Volvamos a mi vida de quinto.

El día que nos pusieron la vacuna fue un drama. Cuando estábamos en el botiquín había tres para hacer la operación: uno nos daba con algodón empapado en alcohol en la paletilla, otro nos pinchaba la aguja y el tercero nos ponía él liquido en la jeringuilla. Nos decían que nos cogiéramos la mano e hiciéramos movimientos.

Por la mañana nos habían dicho que no podíamos desayunar, y después de ponernos la inyección tampoco podíamos comer hasta la noche. A las dos o tres horas ya estaban muchos en la cama con fiebre. A mí y a otros que nos habían puesto aquella vacuna en la guerra, no nos afectó.

A mi paisano José León le hicieron una buena putada: el que le tenía que poner él liquido se paró a encender un cigarrillo y mi paisano pensó que le habían puesto él liquido, se salió al patio moviendo el brazo, para que no le doliera tanto como decían. Cuando él estaba haciendo el ejercicio, el que salió a fumar se dio cuenta que había salido con la aguja puesta y sin haberle puesto liquido. Mi paisano, cuando salió, lloraba como un niño chico y diciéndole al otro de todo menos bonito.

Con José León López era con el paisano que más salíamos juntos de paseo. Las camas las teníamos cerca el uno del otro. Cuando llevábamos unos días allí, tocaron generala. Eran las tres de la mañana. Él fue el que me despertó a mí. Yo le dije: "¿Para qué me despiertas a estas horas?" Él me dijo: "¿No ves que están todos levantados, que han tocado generala?"

A los quintos nos hicieron formar en la batería y a los veteranos en el patio. Sentíamos ruido de camiones, todos más callados que ratas, cada uno pensando lo peor. Después, cuando nos dijeron lo que era, decíamos todos: "Yo pensaba que se había liado otra vez la guerra, para formarnos a estas horas".

A los quintos nos dijeron: "Acostaos, que los que van son los veteranos, que está ardiendo un polvorín". Era el de la fabrica del Pedroso. Al otro día decían que era la segunda vez que ardía.

Durante una siesta me quitaron el gorro. Cuando le dije a José que sin gorro no podía salir aquella tarde de paseo, él me apaño otro. Sería de uno que tenía el sueño tan pesado como yo.

Cuando íbamos a hacer prácticas de tiro con los cañones íbamos a la pirotécnica que esta por la parte de la Ciudad Jardines. Allí hacíamos simulacro, como si tiráramos con los cañones. Nos hacían formar, cuando decían "a sus puestos", el que pasara por delante de los cañones lo pelaban cuando llegábamos a la Maestranza.

En la pirotécnica, además de tener allí cañones, también tenían almacén con la ropa vieja. Le pedíamos al que estaba allí de guardia que nos dejara buscar alpargatas, porque muchos teníamos que ir con botas a hacer la instrucción, porque las que nos dieron ya las habíamos roto de pisotones que nos dábamos unos a otros, por no saber llevar el paso.

El día 1 de Abril de 1945 juramos bandera. Cogieron una fecha histórica: aprovecharon el día que los otros hacían el desfile militar. Aquella mañana nos levantaron a las siete. Fuimos a tomar el café con leche solo, que era la comida más floja que nos daban.

Después del desayuno nos formaron en el patio hasta que vino el coronel. Nos pasó revista. Después, en formación como es natural, nos llevaron a los jardines María Luisa, y estuvimos formados hasta que nos hicieron jurar bandera. Allí había muchos soldados de otros regimientos y guardias civiles que también iban a jurar bandera. Con el calor que hacía aquel día, y con el café que habíamos desayunado, se desmayaron más de cuatro.

El capitán instructor que nosotros teníamos, preguntó si nos habían dado algo más que el café para el desayuno. Un cabo le dijo que no. Él dijo: "Por eso se caen, porque están hambrientos". No fuimos nosotros solos los que se desmayaron, también de los otros cuerpos y de los guardias civiles.

Serían las once cuando se pusieron dos oficiales con una bandera y el capitán instructor nos dijo: "¿Juráis y prometéis derramar hasta la ultima gota de vuestra sangre si fuera preciso y obedecer a vuestros jefes en bien de la patria?" Nosotros dijimos: "Si juramos", y pasamos por debajo de la bandera y le dimos un beso. La bandera que se habían apropiado los militares y con ellos los que se sublevaron contra el gobierno de la república. A los que no echaron a las fosas comunes nos echaron de la tierra que nos vio nacer. Aunque la tierra no ve con los ojos, siente el daño que le hacemos los hombres.

A nosotros, después de jurar bandera, nos hicieron desfilar por delante de una tribuna en que estaba la plana mayor. Después, cuando llegamos a los jardines Murillo, nos dijeron: "Romped filas y podéis ver los desfiles. Y cuando sea la hora de comer, ya sabéis que tenéis que ir a la Maestranza y parque de artillería".

Muchos de nosotros nos quedemos en los jardines Murillo viendo como desfilaban tantos soldados. Era un desfile por todo lo alto. Sacaron todo el material de guerra que tenían en Sevilla, tanques, cañones, ametralladoras, la caballería.… sería para hacer ver a los sevillanos que si Queipo de Llano los engañó cuando con un camión dando vueltas por las calles de la ciudad les hizo creer que estaba en Sevilla un poderoso ejército, ahora aquel ejército estaba allí de verdad. Aquello que hicieron aquel ida no era engaño. Se veían todos uno detrás del otro.

A mí particularmente el material de guerra no me sorprendía, porque como dije, cuando la ofensiva de enero había visto más material de guerra que el que vi aquel día. Lo que no había visto nunca ni he vuelto a ver más fue cómo lo hacían los gastadores. Lo bien que hacían los movimientos en cruzarse los unos con los otros. Aquello fue muy bonito de ver. No sería tan bonito para los que estuvieran tantas horas haciéndolo.

Los de la Maestranza no iban a desfilar, ni fueron de maniobras, al menos en el tiempo que yo estuve allí. Pero dicen que no, porque en la Maestranza, con los polvorines que tienen que atender, teníamos bastante.

Cuando llegó la Semana Santa nos dejaban salir a los que no teníamos servicio Nos dejaban salir por la mañana y por la tarde. Para ver las cofradías. Por la mañana siempre llegaba tarde. Aquellos días era muy difícil poder atravesar una calle con tanta gente que iba en las procesiones.

Cuando llegaba al cuartel, me decía el cabo de guardia: "¿De dónde vienes tú a estas horas?" Le decía la verdad, que no podía pasar antes con tanta gente. "Ya te has quedado sin comer", dijo. Pero no fue así porque fui para que me diera el chusco el furriel y me dijo: "Ve a la cocina y te darán algo los cocineros". Así fue. Comí con ellos, que lo hacían después de nosotros.

Después de la Semana Santa, según por que calles no podíamos ni andar con las botas que tenían tachuelas y la cera que había caído de tantas velas que habían quemado con las procesiones. En la calle de la sierpe más de cuatro culatazos nos dimos los soldados, que íbamos por allí de paseo.

Después vino la feria de Abril, igual que en la semana santa nos dejaban salir de paseo a los que no tenían servicio. Ni hacíamos instrucción aquellos días.

En la feria por la mañana como, que no había casi ningún aparato en marcha ni casetas de sevillanas, los de Hinojosa, que habían algunos que eran labradores, les gustaba de ver los animales. Nos íbamos donde tenían el ganado semental. Allí había los mejores machos sementales. Había un berraco que parecía un pollino de grande. Allí pasábamos la mañana. Por la tarde nos íbamos a los jardines de Murillo

Nos juntábamos tres o cuatro y nos tomábamos una jarra de cerveza de litro, que valía entonces 2,50 pesetas, y nos daban alguna tapa.

El José y yo éramos inseparables. Yo el primer día que pedimos cerveza no me gustaba aquel amargor que tenia y tuve que pedir un vaso de vino. Pero cuando me hice a beberla, me pasó como a las que se casan con un feo, que al comienzo no les gusta pero después no pueden pasar sin él.

Más adelante, una tarde estábamos tomándonos una jarra de cerveza y vino un caricaturista y nos dijo queréis que os haga una caricatura y me dais un vaso de cerveza. Le dijimos busca a otros que tengan más cuartos que nosotros, sólo tenemos el dinero que nos cuesta esta jarra. Mi inseparable José en el pueblo y Daniel en el cuartel. Un día pidieron albañiles, y el Daniel se apuntó como se apuntaba a todo lo que pedían. Yo le dije has hecho de albañil. El me dijo yo había trabajado en el pueblo algunas veces en las calles. Y con aquello él ya quería saber de albañil.

El primer día que le hicieron hacer un tabique, ponía todos los ladrillos mal, y además no los cruzaba. El que estaba al cargo de los albañiles era paisano y era un buen hombre. En vez de echarlo le dijo quédate de peón y ya irás aprendiendo. Con eso ya no podíamos salir nada más que los domingos y festivos juntos. Antes de irse con los albañiles había hecho guardias pagadas. Me decía si quería hacer guardia por otros que me daban diez pesetas. Yo le decía con las que me toquen a mi ya tengo bastante. Que por cierto, en el tiempo que estuve en la Maestranza, hasta que me echaron al destacamento sólo hice una guardia y una imaginaria. Un día después de la jura de bandera nos dijeron que si alguno no había echo la primera comunión que lo dijera. Hubo unos cuantos que no la habían echo. Y les mandaron que la hicieran.

El día que ellos hicieron la primera comunión, nos cogieron a unos cuantos y nos llevaron a la estación de Villalatas, y estuvimos todo el día cargando proyectiles en unos vagones. Muchos decíamos más valía haber dicho que no habíamos hecho la comunión, y no estaríamos aquí cargando estos pepinos tan duros. Pero algunos teníamos que hacer aquello. Aquel día nos toco a nosotros. Otro día les tocaría a otros.

Después de terminar nos dijo el comandante Alfaro (que era el que estaba con nosotros para que aquello se hiciera bien) cuando lleguemos a la Maestranza, no será hora de salir de paseo, pero vosotros os cambiáis de ropa y salís hasta que sea la hora de la cena.

Algunos no tuvimos ganas de salir. Ya nos divertimos bastante aquel día. En Sevilla fue donde yo comí por primera vez los caracoles que son tan gordos, que en Cataluña abundan tanto. Cerca de la Maestranza había una taberna allí los apañaban muy bien y cuando nos pagaban las sobras era la primera visita que hacíamos más de cuatro.

El día que hice la imaginaria me toco llamar a los cocineros. Ese día no hubo nada que objetar. Pero el día de la guardia me la dieron de quinto. Yo no sabía como iban los relevos, y si la hubiera echo como a mi me tocaba, a las seis de la mañana hubiese estado fuera de servicio. Pero un veterano me dijo a las ocho de la noche cuando yo tenia que entrar de puesto, quinto quieres que yo entre de puesto por ti, y luego entras tu a las diez por mi.

Yo le dije al cabo de guardia si podía hacer eso, me dijo que sí y como que el cabo era de la misma quinta que él, el otro no me explico como iba aquello. Así tuve que salir de servicio a las ocho de la mañana. Como que soy una persona que no me ha gustado rondar, cuando hice la ultima guardia, me tocó en el puesto que hacíamos en los talleres y cuando venían los trabajadores me decían " Hay sueño" y yo decía me quedo dormido de pie. Cuando me relevaron me fui al cuerpo de guardia. Ya estaban los otros formados, nos mandaron romper filas y llevar los fusiles a la batería. Yo cuando solté el fusil me acosté y vino el cabo de cuartel, me dijo tu que haces que no te has ido a hacer instrucción, le dije por que he salido de guardia y tengo mucho sueño. Se fue, yo me quede durmiendo hasta que vinieron los que habían estado haciendo instrucción y me despertaron.

Otro día dijeron de pasarnos revista para ver si teníamos toda la ropa que nos habían dado. A mi me faltaba un moquedor, a otros les faltaban toallas y a otros camisas, no se si se las habían quitado o las habían vendido, por que allí ninguno salió que tuviera camisas de más. Moquedores y toallas sí salieron algunos que tenían la suya y otra, y moquedores había uno que tenia diez o doce. Aquel decía que se los había encontrado. Pero como nos los poníamos en el bolsillo de atrás del mono, cuando subíamos las escaleras, para subir a la batería, se ponía detrás del que quisiera y se lo quitaba sin que se diera cuenta. A mi me dijeron por el moquedor que has perdido te quitamos cinco pesetas (el jornal de diez días) y te daremos otro moquedor.

Ni me dieron pañuelo ni las cinco pesetas de aquellos diez días, y a los que les faltaba una camisa les quitaban veinticinco pesetas. Aunque decían que en la mili no hay ladrones (se pierden las cosas, no se quita nada) pero ellos si que me quitaron a mi el jornal de diez días y a los de las camisas de cincuenta días. Algún espabilado se aprovechó. No sería ningún pez gordo, serian los furrieles, pero no se podía hablar entonces, y los reclutas menos.

En Junio nos dieron a cada uno nuestro destino. De los diez que estábamos allí de Hinojosa sólo a mí me toco a la fábrica del Pedroso.

Los veteranos nos tenían asustados con el dichoso polvorín. Como se había quemado dos veces, nos decían a los que les toque allí están listos. Yo cuando me dijeron que me había tocado a la fábrica, no dormí aquella noche. Se lo dije a Daniel que el se quedaba en la Maestranza, él me dijo a lo mejor te echan a otro sitio y te han dicho eso para asustarte.

0Fuimos a ver a donde me tocaba a mí y me dijeron donde ya me habían dicho.

Por la tarde nos dijeron que los que teníamos que irnos a los destacamentos, preparásemos las maletas, que al otro día por la mañana nos llevarían a cada uno a nuestro sitio.

La mañana que nos teníamos que ir me levanté antes de que tocaran diana y pedí permiso al cabo cuartel, para que me dejara ir a buscar la ropa a la lavandera. Fui a Triana, que allí me lavaba la ropa una mujer.

Cuando iba para Triana iban una pareja de novios que todavía no se habían acostado y ella me dijo "Soldadito" me quiere pegar este. Yo no le hice ni caso, ellos siguieron su camino y yo el mío. Para bromas estaba el soldadito que decía ella.

Cuando llegué a la casa de la lavandera tuve que llamar y se tuvo que levantar. Me dijo qué horas son estas de venir a por la ropa. Le dije por lo que era, le pagué la ropa, me deseó suerte y me fui a la Maestranza. Llegué a tiempo de tomar café. Terminé de preparar mis cosas y a las ocho nos fuimos los diez que nos toco de ir al Pedroso y el enlace que nos acompaño hasta la estación.

Cuando estuvo a punto el tren que iba para la fábrica del Pedroso, nos subimos y fuimos a ver el dichoso polvorín. Cuando llegamos no vimos que fuera aquello tan feo como lo pintaban.

Cuando bebimos agua, era fina y buena no como la que había en Sevilla. Cuando la bebíamos caliente como el caldo de la olla, y basta como un serón de esparto. En Sevilla en aquellos tiempos había un agua muy mala.

En el Pedroso tenían tierra para sembrar todo lo que se cría en una huerta y agua en abundancia para regar.

Lo que no había cuando nosotros fuimos, era luz eléctrica, después pusieron una dinamo y daban luz desde que se hacía oscuro hasta las diez de la noche. Pero eso fue cuando llevábamos allí bastante tiempo.

Las primeras noches que pasamos allí, al anochecer nos íbamos a la estación, que uno de los ferroviarios tenía una pequeña cantina, y nos tomábamos unos vasos. Yo siempre iba con dos. Uno tan alto como yo y mas bruto que un arado, que se llamaba Cristóbal López Gálvez, el otro que no era tan bruto cuerdo, pero pintón o borracho le podían dar por saco no dejaba títere con caña, se llamaba Diego Velas.

Después que veníamos de la cantina cenábamos y después es cuando nombraban los servicios del otro día.

Allí había trabajo para todos, los que no tenían guardia o cuartel ya tenían otras cosas. Unos tenían que ir con los maestros artificieros para sacar cajas de pólvora y mirarlas, para ver si estaban buenas o dudosas.

Otros tenían que hacer de hortelanos, otros de cabreros, había también un zapatero y un porquero, un carpintero, aquello además de un polvorín era una pequeña colectividad y uno que se aprovechaba de las ganancias.

A mí, cuando nombraron los servicios aquella noche me tocaba entrar de guardia. Unos entraban de plantones , esos tenían que estar todo el día de puesto. Los relevaban para ir a comer y cuando comían volvían a su sitio. Por la noche hacían como los que están de guardia, relevarse cada tres horas. Que era como se hacían allí los puestos.

La noche que me dijeron que tenia que venir al Pedroso, no me pude dormir, pero la noche que hice allí mi primera guardia no me paso como la que hice en la Maestranza. Estuve toda la noche como los mochuelos, mirando para todos los lados.

Cuando entrábamos de guardia nos daban un silbato, como el de los municipales y cada media hora teníamos que tocarlo. Empezaba el cabo guardia y teníamos que ir contestando correctamente cada uno desde su puesto y si alguno no tocaba, ya sabían que estaba dormido. Eso fue al comienzo de llegar, pero no tardo mucho tiempo que ya no había quien encontrara un silbato de aquellos, tampoco podías llevar mucha ropa al puesto. Para cuando hiciera frío estuvieras despierto, porque para que aquello fuera bien y hacer las guardias cada 24 horas y atender a lo que había que hacer allí, tendrían que estar por lo menos cien hombres y cuando mas estábamos eran unos sesenta. Con tanto trabajo que había que hacer, teníamos que hacer corta-fuegos alrededor de los polvorines. El carretero con otro, tenían que ir a por leña para la cocina. El teniente, los maestros artificieros y un sargento esos vivían cada uno en una casa, por que aquel polvorín estaba en donde en tiempos había sido una fundición, allí estaban las casas de los jefes de cuando aquello estuvo funcionando.

Y los cuarteles de los obreros era donde tenían metida la pólvora, además de unas naves nuevas, que hicieron allí cuando pusieron el polvorín, pues como faltaban hombres había veces que cuando salía de guardia y al otro día entrabas de plantón, y así estaban hasta una semana sin soltar las cartucheras.

Había uno de la provincia de Huelva que decía, yo cuando me licencie me tengo que llevar las cartucheras que ya no se dormir sin ellas. La pólvora que salía dudosa la teníamos que llevar a un río que había cerca de los polvorines. La echábamos en agua y después la quemábamos haciendo pequeños montones. Hacíamos un cordón de pólvora, bastante retirados de los montones y así la íbamos quemando.

Allí había un padre e hijo que eran del Pedroso y ellos con un carro y unos bueyes, eran ellos los que llevaban las cajas al río. Las cajas pesaban 105 kgs, y cuando tenían que llevarse la pólvora de allí, eran ellos y los que nos tocaban de nosotros los que hacían las cargas de los vagones que llevaban y traían la pólvora.

El padre y el hijo se llamaban Juan Brenes.

Diré algo de ellos por que yo voy escribiendo esto y como digo los archivos que tengo están en mi cerebro, ya iremos viendo como termino todo esto, por lo menos me voy a hartar de escribir.

Allí cuando llegamos el practicante que había, se pasaba todo el día pescando con una caña. Un día le dije yo, así no coges ni un kg. de peces en todo el día, y me dijo entonces como se cogen.

Con las manos cojo yo en un rato mas que tú en todo el día. Y me dijo me quieres coger unos pocos para mañana, que vendrá mi novia y se los daré. Me metí en un charco y él en la orilla y le cogí peces hasta que él me dijo ya tengo bastantes. Me quiso dar cinco pesetas, no se las acepté y le dije que el día que quisiera le podría coger más. Pero ya no le cogí más.

Por poco me pega, porque el día que vino su novia, yo la vi cuando bajo una mujer que tendría por lo menos cuarenta años. Estuvo hablando con él y yo me fui a la batería. Después cundo lo vi, le dije no decías que iba a venir tu novia?

Me dijo no la viste que estaba yo hablando con ella en la estación, le dije aquella era tu novia o tu abuela. Buena cosa le dije. Me quiso pegar y lo tuve que dejar porque sino la hubiéramos liado. Por lo que decían allí en el Pedroso, aquella mujer lo había aliñado.

Era una mujer viuda y la hija que tenia aquella mujer, si podía haber sido novia del, lo que sí fue cierto es que estropeo la carrera de practicante, le faltaba poco para terminarla.

Vino su padre que tendría influencia y se fue a Sevilla a la Maestranza. Después el se fue a la Guardia Civil. Yo lo vi un día que fui de permiso por alguna calle de Córdoba, ya de guardia Civil, pero ya no nos dijimos nada.

Cuando nosotros llegamos como era natural, era los que teníamos que hacer mas guardias los veteranos tenían los enchufes. Ellos nos decían cuando seáis padres tendréis enchufe. Antes de pillar mi primer enchufe fueron calenturas martas, como nosotros decíamos que son las fiebres.

En la primera quincena de julio me tuvieron que llevar a Sevilla a la Maestranza. Cuando llegué me tuvieron un día en el botiquín. Lo primero que me dieron fue un vaso de aceite resina, gracias que allí había otro muchacho que había llegado el día antes, aquel día le dieron ciruelas.

El no se las había comido y me dijo comete esto que a mí me dieron ayer una vaso de eso y aun tengo mal gusto de boca. Y cuando me tomaron la afiliación me dijeron cuanto mides, le dije 1,80 y no se lo creyeron.

Eran dos enfermeros, les dije me levanto y me medís, y me dijeron ya pondremos lo que tu dices, sin pelo en la barba y con los días que estuve en el destacamento con fiebre y sin comer se me quedo la cara de un crío de quince años. Allí estuve aquel día y al otro día nos llevaron a los dos al hospital de Queipo del Llano.

A cada uno nos pusieron en diferente pabellón y no nos volvimos a ver. A mí me echaron al quinto de infecciosos y me sacaron en los análisis fiebres martas. Y como que con fiebre no se puede comer, hasta que se me fueron cortando me quede como una momia con mí 1,80 llegue a pesar 55 kgs, pero tenia correa como dicen en Hinojosa cuando uno esta seco y tiene fuerza.

En aquel pabellón había que tenían varias enfermedades. Los había con paperas, sarampión, tuberculosos y los de las fiebres martas.

Como que me quede tan seco pensaban los médicos que podía tener además de las fiebres algo de los pulmones y un día mandaron a dos enfermeros con una camilla para hacerme una radiografía.

Y cuando quisieron echarme de la cama a la camilla, les dije yo no voy en la camilla, voy andando. Ellos dijeron no vayas andando que puedes caerte. Me fui andando. Del pecho no tenia nada. Cuando empezaron a darme de comer me daban arroz con leche y pescado hervido.

Pero cuando veía el cocido y el arroz que no era con leche le decía a la monja. Hermana, por que no me da cocido y no me dé mas arroz con leche. Ella me dijo… ¿tu comerás de eso?

Claro, si cuando veo que se lo comen los otros la boca se me hace agua.

Me dijo te lo voy a dar, pero no se lo digas al medico. A los dos días de comer cocido y arroz del que no era con leche, se lo dijo ella al medico. Cuando vino pasando visita, le dijo que yo tenia apetito y quería comer de otra cosa.

Él le dijo dale carne de ave y pescado blanco. Yo le dije… ¿no puedo comer cocido?

Él me dijo, espera unos días, pero yo ya lo estaba comiendo.

Suerte tuve de aquella monja. Se llamaba Sor Rosa.

Que aunque nosotros les decíamos hermanas, a ellas les decían Sores.

Entonces era yo muy católico, y tenia la cabeza llena de lo que me habían metido otros, que ellos no creerían tanto como yo. Y cuando se ponían a rezar los que se podían levantar, yo le decía a la monja, quiere que me levante para ir a rezar ?. Ella me decía tu reza en la cama.

Era buena mujer, yo tampoco seria muy malo solo que estaba malo. Con ella no me faltaba de comer. Siempre que venia por mi habitación me ponía algo en la mesita. Además de cuando venia el muerto, que era como llamábamos al carrillo que traía la comida.

Me decía que quieres que te ponga? Y le decía póngame cocido y lo que usted quiera. Gracias a ella pude ir recuperando kilos.

Un día vino por allí la superiora y me vio. Le dijo a ella, este niño esta muy delgado, dale mas de comer. Ella le dijo ya come lo que quiere. Suerte a Sor Rosa, pude echar una flor. Sino no se como hubiese terminado.

Después cuando empecé a estar mejor, la ayudaba a ella y al practicante. Yo le tomaba la tensión a otros enfermos y les curaba a los de las paperas. Cuando peor lo pasaba , era cuando les tenía que poner el termómetro a los que estaban del pulmón.

Aquellos pobres había veces que echaban vómitos de sangre y tenían la escupidera media de sangre. Cuando comíamos después juntaban todos los cubiertos, yo se lo decía a la monja que algún día nos íbamos a contagiar todos. Me decía que cuando se lavaba quedaba desinfectado.

Mientras yo estuve allí, murieron dos en aquel pabellón. En todo el hospital era raro el día que no se moría alguno. Uno de los que murió donde yo estaba fue de sarampión. Esa enfermedad cuando da de pequeño no es muy mala, pero de grande sino se vigila mucho, es mortal.

Aquel muchacho, lo trajeron por la tarde, cuando vino allí ya traía el sarampión por dentro y solo quería meterse en la ducha. Por la mañana amaneció muerto. El otro no se de que enfermedad murió, porque no nos enteramos de lo que fue. Antes de morir aquel estaba yo en una sala que había ocho camas. Cuando murió el se quedo la habitación vacía. Nos cambiaron de la habitación de ocho camas aquella habitación que era de dos camas.

Eso fue a lo primero de estar yo allí, sino le hubiera dicho a la monja que no me hubieran puesto allí. Aunque ella decía que si se desinfectaba bien no pasaba nada.

Cuando nos mudaron a aquella habitación el otro decía en tu cama es en la que murió aquel. Yo le decía que era en la suya. Por la noche le decía que va a venir el muerto y te va a coger.

Cuando por la mañana vino el enfermero le preguntó en qué cama se había muerto. El enfermero le dijo en la que estas tú. Se levantó de la cama y dijo aquí yo no me acuesto más.

Cuando vino el médico le pidió el alta. El médico le decía espérate unos días y luego pasas por el tribunal y puedes ir unos días de permiso.

El le dijo que estaba bueno que se quería ir al cuartel.

Se fue. Yo dormía de día en aquella habitación, y cuando se iban las monjas, yo me estaba donde había estado antes, que siempre había alguno despierto.

Cuando veía venir a las monjas que estaban de guardia salía corriendo y me metía en la cama.

Cuando ellas miraban levantaba yo la cabeza y me decían estás despierto, les decía que sí y me daban un vaso de leche o de caldo. Hasta que me hice a aquella habitación.

Allí era donde la monja me llevaba a la mesita lo que ella quería, si yo estaba fuera de la habitación.

Después me trajeron allí a otro muchacho que tenía el estomago hecho polvo. Cuando veía la comida se ponía a arrojar. Al comienzo se me levantaba a mi el estomago de sentirlo, pero después me tuve que hacer. Cuando venía la comida le decía ya puedes hacer lo que quieras, que yo voy a comer.

Después se fue recuperando y empezó a comer algo porque estaba echo un pirulí como había estado yo.

Un día vinieron sus padres a verlo y Sor Rosa le preparo una cama a su padres en el sótano, que allí estaban los lavaderos.

Estuvieron dos días. Ella también les daba la comida.

Yo cuando me vine de allí el muchacho se quedo bastante enfermo, no se que seria de el.

Me hice una foto, y cuando me vi pensé que hago con esta foto, la mando a mi familia o la rompo.

Lo único que abultaba era el pijama. Uno me dijo rómpela que si se la mandas a tu madre cuando te vea se muere del susto.

La rompí pero tenia que haberla dejado para recuerdo.

Allí estábamos como en todas partes gente que cada uno tenia su forma de ver las cosas. A uno le dio por matar avispas que allí había muchas, y otro que vio lo que estaba haciendo le quiso pegar por matarlas.

Tuvimos que intervenir otro y yo para que no se pelearan. Yo pensé en lo que siempre pienso, que unos no quieren que maten ni a unas avispas y otros que maten a los hombres como si valieran menos que las avispas. Así somos los hombres, el animal mas animal que puebla la tierra.

De tanto poner el termómetro me enseñe a ver la fiebre que tenia cada uno, que cogiéndole la muñeca ya sabia los grados que tenían. Unos me decían no me pongas el termómetro, tómame el pulso y ya saber los grados que tengo.

Lo más malo que tenia que hacer era cuando les daba el jarabe a los que tenían paperas, porque de malo que estaba alguno no se lo querían tomar. Yo les decía si no te tomas esto, no se te quitaran las paperas, y le tenia que dar un poco de agua para que se lo tomasen.

Allí me podía haber pasado buena parte de la mili. Yo le decía a la monja, hermana ya pronto me iré. Y ella me decía si no quieres que te den el alta te pones en la gráfica, que era una hoja de papel que teníamos en el respaldo de la cama. Unas décimas de fiebre y mientras tengas fiebre no te dan el alta.

Yo le decía que quisiera pasar por el tribunal el día 25 de agosto y así poder ir a mi pueblo, que es la feria el día 28 y así ver a mi madre y mis hermanos que ya hacia cinco meses que no los veía.

Ella me decía cinco meses no es nada, yo tardo mas de un año en ver a mi familia, pero tu puedes hacer lo que quieras. Pero estas fiebres que tu has tenido hay veces que se van y después vuelven a dar.

No se equivoco, a los pocos días de estar en Hinojosa me volvieron a dar.

Ella cuando me iban a pasar por el tribunal, me dijo si fuera otro medico le diría que te pusieran dos meses de convalecencia, pero este basta para que digas una cosa para que haga otra. No se si se lo diría o no pero cuando vino el practicante, la mañana después de pasar por el tribunal, algunos iban en persona pero yo no fui ni iba ninguno de aquel pabellón. El practicante me dijo ve y cura a los de las paperas y les pones el termómetro que te voy a dar una buena noticia.

¿Que noticia me vas a dar?, me dijo que te han puesto dos meses de permiso, y cuando termine de darles una pomada por la mañana a los enfermos de las paperas, el jarabe era antes de la comida del mediodía.

Cuando termine fui a decirle al practicante que ya había terminado, y me dio los papeles que tenia que llevarme para presentar en la Maestranza. Allí me hicieron una lista de embarque, para no tener que pagar nada del viaje.

Cuando vino la monja le dije… hermana me voy esta tarde. Y ella me dijo cuando echen flores las macetas que sembraste me acordare de ti.

Me dijo que encuentres bien a tu familia y que no te vuelvan a dar mas las fiebres. Me despedí de los enfermos que no lo había echo y después de comer al mediodía, cogí mi maleta y me fui a la Maestranza.

Le presente los papeles al capitán de cuartel. El me dijo a que batería perteneces ?, yo le dije a la sexta.

Ve a la oficina y presenta estos papeles y que te hagan una lista de embarque.

Fui a la oficina y un cabo primera que estaba allí me hizo la lista de embarque.

Como que era tarde me tuve que quedar aquella noche allí. Un cabo que me vio sentado en el patio me dijo como te llamas tu.

Para que quieres saber mi nombre, y me dijo es que me hace falta uno para la guardia de mañana y te la voy a poner a ti.

Le di los papeles y le dije mira mi nombre, vio que me iba de convalecencia y no me podía poner guardia. Me dijo buscare otro si lo encuentro. Que lleves buen viaje, y le dije gracias.

Por la mañana tome el desayuno. Cogí la maleta y me fui a la estación de córdoba. Cuando salió el correo me fui a Córdoba, desde allí cogí otro tren hasta Belmez y desde allí cogí un autobús y llegue tarde al pueblo.

Cuando me vio la familia me dijeron que delgado estás.

Si me hubierais visto hace un mes entonces si que estaba delgado.

Mi hermano no estaba en casa, se había ajustado de pastor con nuestra tía Helena. Le daba el hato y 200 pts al mes. Fui a verlo al día siguiente. Estaba a unos 3 kms del pueblo. El se arreglaba allí solo en una huerta que había. Los dueños se iban por la noche al pueblo. El se quedaba solo.

Cuando me vio me dijo como mi madre y mis hermanas, que seco que estas. Verás esta noche si te quedas aquí conmigo lo bien que vamos a comer. En la huerta tenía sembradas patatas. Después que se fueron los dueños, me dijo quieres que hagamos patatas fritas?, y después leche, que a ti te gusta mucho.

Las papas las cogimos de la huerta, las sacamos sin arrancar las matas para que no se dieran cuenta los hortelanos. Freímos bastantes patatas y después mi hermano ordeño dos cabras y coció un puchero de leche. A mi me decía esto lo hago muchas noches, por que con lo que me da la tía Helena tengo que dejar para mama y las hermanas.

A mi me decía come que te engordes.

Tu crees que por mucho que coma en una noche me voy a engordar?

Mi hermano tenía 18 años y de día tenía que hablar si quería con las ovejas y el perro y de noche con las estrellas, que ya no se asustaba de verlas, como cuando era mas pequeño.

Aquella noche estuvimos hablando hasta bien tarde.

El me decía yo me acuesto temprano porque tengo que madrugar, y luego cuando encierro las ovejas al mediodía me echo la siesta.

Me decía no sabes que cuando hace mucho calor las ovejas no comen y por eso las tengo que encerrar hasta media tarde cuando ya no hace tanta calor.

Esta es la vida de los pastores. Los que están casados tienen a las mujeres con ellos y no tienen que preocuparse ellos de hacer la comida, pero yo si quiero comer caliente me lo tengo que hacer yo.

También me dijo, el otro día pasaron dos falangistas que hacen de guardas y dos guardias civiles. Yo estaba cerca del camino y no me dijeron adiós, y cuando anduvieron unos pasos de donde yo estaba se volvieron. Me dijo un guardia civil. ¿ Tu no sabes decir adiós ?, como que ustedes han pasado y no me han dicho nada, porque yo siempre que paso donde hay alguien le digo buenos días o buenas tardes, y me pego dos tortas, me dijo toma para que otro días cuando nos veas digas adiós.

El pensó como pensamos todos, que los falangistas le dirían que a ese le habían matado a su padre.

Se lo dijeran o no que motivo tuvieran para darle dos hostias.

Esto el que no lo a vivido, le parecerá una historia que no paso, pero fue una realidad, que sino la hubiese vivido me ahorraría de estarla escribiendo, pero por desgracia la tuvimos que vivir.

A los pocos días de estar en el pueblo después de pasar la feria, no tenia ganas de ir ni a la feria ni a ningún sitio, me empezaron a dar las fiebres y le dije a mi madre, ya me lo decía la monja que se podían repetir.

Mi madre llamo a un medico que se llamaba Don Heladio, y cuando vino a verme le dije yo la clase de fiebre que había tenido y las inyecciones que me habían puesto.

Me receto una, y vino el mismo a ponérmela. Como me las tenían que recetar por la beneficencia y eran caras no me podía recetar nada más que una por día.

Pero de aquello el no dijo nada. Me puso la inyección y se fue. Con aquella inyección se me fueron las fiebres.

Después lo vio un día mi madre y le dijo Don Heladio, que bien que le vino aquella inyección a mi hijo, que se le han ido las fiebres. Y el le dijo que porque no vino mas días y le hubiésemos puesto algunas mas.

Aquel hombre era un buen medico y estaba en Hinojosa desterrado de las palizas que le habían dado en las cárceles, iba encorvado. Decía que no tenia en su cuerpo un hueso que no se lo hubieran roto.

Yo cuando vi que me volvían las fiebres, le dije a mi madre con los avíos que tenemos, que estando buenos nos vemos negros para subsistir. Lo que haré como que Sevilla esta tan lejos para irme, iré al Hospital militar de Córdoba. Pero con aquella inyección y el cambio de aires, tuve la suerte de poder quedarme con los míos aquellos dos meses.

Mi familia tenía un jamón guardado para cuando yo viniera del hospital, y aquel año tuvieron sembrada la tierra que nos dejó mi abuelo de habas. Habían escaldado unas pocas, poníamos buenos potajes de habas (eso de escaldar es para que no críen bichos).

Allí había muchos trabajos como siempre, pero trabajo ninguno. El trabajo que hice fue poner trampas en las rastrojeras que eran donde iban los pájaros a comer. Aquella vez no quise ir a por peces, no fuese que de meterme en el agua tanto tiempo me fuesen a dar las fiebres otra vez.

Puse unos kilos en los dos meses que estuve en mi casa, pero seguía teniendo mas estatura que kilos debía tener. Habían muchachas que decían que si era mariquita, que estando en la mili todavía no tenia novia. La que me lo dijo a mí era la Irene la Pescueza.

Yo le dije como esta la cosa tu crees que uno se puede casar. Para traer mas desgraciados al mundo bastantes estamos. Tú crees que nuestras madres no están pasando bastante para sacar a sus hijos adelante.

A ella también le habían matado a su padre. Al mío lo fusilaron pero al suyo se lo llevaron fuera de Hinojosa y lo mataron de hambre y a palos, y no volvió. Ellos eran diez hermanos.

La Alberta que era una mujer de carácter fuerte estaba apañada con tantos hijos.

La Irene se caso cuando tuvo tiempo, pero ella no a tenido familia. Y por no estar sin hijos ha criado a una hija de la hermana.

Yo también me casé y tengo dos hijos, buenos y grandes como yo de estatura, pero de ellos ya hablaré cuando llegue su momento. Estaba temiendo que se me terminar el permiso y por otro lado de que llegara y así habría en mi casa una boca menos para comer.

Aquel verano había ido mi hermana María a segar y la criatura comía con muy poco pan del que le daban, la vio el dueño y le dijo María porque comes tan poco pan. Ella le dijo porque quiero ahorrar un pan para que se lo coma mi madre y mi hermana, que ellas no comen este pan tan bueno. No era como uno que me dio a mi Juanito Borrego un año que fui a segar con él que era de cebada y tenia que estar comiendo y escupiendo raspas.

A mi hermana le dijo aquel hombre tu comete el pan que para eso estas segando. El día que terminaron le dijo a María toma este pan para tu familia. Dice que aquello fue una sorpresa y una gran alegría para ella.

En aquella fecha tenia ella 14 años, y mira si teníamos que pasar hambre que ella había echo lo que no hicimos ninguno de los hermanos.

Ella y otra amiga se ponían un pañuelo en la cabeza para taparse la cara e iban a perder de puerta en puerta. Quién le iba a decir a ella y a los demás hermanos que íbamos a hacer lo que hemos hecho. Ya hablaré de ello.

Voy otra vez a lo que iba.

 

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