Por comer melocotones
a Crispín se le rompen los pantalones.
Llega a casa confundido
pensando en el castigo merecido.
Un beso a mamá, otro a la abuela,
y una idea en su mente se revela:
¿Mamá, qué es mejor, que me atropelle un camión
o que a trozos se me rompa el pantalón?
¡Hijo mio, cientos de pantalones, otros se compran!
Pues entonces mamá ríete a montones
porque sólo se me han roto los pantalones.