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MANEL QUERALT
ENE MENOS UNA
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Prólogo A menudo el aliento le apestaba a pus y los días en la cama languidecían —entonces, el tiempo, tan solo a él le pertenecía lila (1). Construía en la sobrecama ciudades con esos recortables que tanto le gustaban. Podría —pensaba— imaginar una ciudad entrelazada con las casas, un ambiente físico para una especie que la recorrería. También podría diseñar cómo serían sus transeúntes y cuánto tiempo vivirían («Las Moiras son la personificación del destino de cada uno, de la suerte que le corresponde en este mundo. La Moira es inflexible y personifica una ley que ni los mismos dioses se atreven a transgredir. Las Moiras regulan la duración —el hilo— de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte: Átropos la hila, Cloto la devana y Láquesis, cuando quiere, la corta.») Podría imponer las normas de un juego para que determinasen su conducta (“Juego popular infantil en el que N jugadores tienen que ocupar N-1 esquinas y tienen que ir cambiando rápidamente de lado, procurando no quedarse en medio de la calle sin donde esconderse, ya que quedarían eliminados.»), normas también que mantuvieran el equilibrio del ecosistema («Un sistema de N componentes tiene seguridad N-1, si se puede garantizar que el sistema continuará funcionando aunque falle uno de ellos. Es necesario reponer el elemento averiado para que el sistema recupere su estado normal.») Podría, por ejemplo, regalar a los transeúntes la debilidad de la incomunicación como excusa para justificar su incapacidad de amarse («Cada uno ve la ciudad a su manera, según sus miedos y sus deseos, y nunca coincide con la imagen que otros tienen. Nos pasamos el tiempo luchando contra todos y todo para que escuchen nuestros monólogos, para que se adapten a nuestras ciudades. Y así corremos —huimos— buscando amor en las esquinas que, una vez alcanzadas, encontramos siempre vacías.») y regalar también la muerte como premio de consolación de un juego que nadie gana («En el Café van a parar seres de todo tipo, extraño pastiche que se me aparece cómo la antesala de la muerte.») Finalmente, el niño enfermo podría incluso creerse lo que estaba haciendo, aunque casi siempre —aburrido— se dormiría. En la ciudad, el juego y los chillidos continúan. M.Q. (1) La palabra sánscrita lila, significa gratuidad absoluta según el Vedanta, creación del mundo por diversión divina. (ref. Ese maldito yo de E.M. Cioran) |
© Manel Queralt Utrilla